¡Vuelve el pueblo! (II)

POR LUIS IGNACIO SANDOVAL MORENO

En columna anterior esbocé que en Colombia el pueblo vuelve a la escena política para ejercer soberanía y ello solo es real si se decide materializar el poder constituyente. Esa la misión de un eventual gobierno alternativo: facilitar, crear condiciones favorables al proceso constituyente (proyecto y sujeto). El movimiento amplio y plural que se conforme tiene que prepararse para mucho más que ser gobierno, incluso para direccionar la historia sin ser gobierno.

Si el pueblo está de regreso como potente sujeto transformador democrático, si el momento y la perspectiva son de sentido constituyente, si se trata no solo de ser gobierno sino de asumir la dirección de la historicidad de la nación mediante nueva hegemonía, si estamos decididos por la revolución de la democracia paritaria, si  el proceso se materializa en una transición turbulenta de la república oligárquica a la república social se requieren indispensablemente organización y liderazgo democráticos transformadores.

El liderazgo en las circunstancias de hoy

¿Cómo organizar, como ejercer liderazgo en las condiciones de hoy tan distintas a las del pasado? Tal es el interrogante para cuya respuesta quiero ofrecer algunos elementos primarios, fruto de la observación, la experiencia y también de algunas lecturas.

Organizar y liderar parece complejo y aun intrincado y, sin duda lo es. Pero hay un secreto ya descubierto y puesto en boca de todos y todas para asumir y tramitar esa enorme complejidad. Se trata ahora de que el secreto pase de la boca de hombres y mujeres a su praxis cotidiana en todo tipo de agrupamiento, comunidad, movimiento, partido, instancia organizativa, bancada, coalición o espacio de encuentro (virtual o presencial): el secreto es el manejo de la pluralidad.

La realidad es plural, plural en muchos sentidos. El proyecto, la organización, el liderazgo, la comunicación, tienen que estar pensados y diseñados para que haya juego de pluralidad, para que fluya sinérgicamente la pluralidad, para que todo mundo se sienta reconocido e incluido, para que todo mundo pueda tomar la palabra, desatar iniciativa y creatividad, asumir responsabilidades, para que la amplitud no dificulte la acción sino que la proyecte y la potencie, para que existen reglas confiables concertadas al momento de dirimir aspiraciones y tomar decisiones.

La pluralidad se forma de las diferencias. No hay dos personas idénticas. En un grupo puede haber tantos pareceres como personas. Si es un partido o movimiento habrá tendencias, si es una coalición habrá al menos una mirada y una voz por cada actor, si es un bloque social y político de clases y sectores subalternos aflorará la diferencia de intereses de clase, amén de las diferencias intergeneracionales y de género, las culturales… etc.

Hay que superar el enfoque de que la pluralidad es una concesión a concepciones meramente liberales. No, reconocer la pluralidad es reconocer la realidad de la vida, es reconocer que cada persona y cada expresión colectiva obedecen a una forma de resistencia. Resistencia al retroceso en materia de libertad, igualdad, derechos, oportunidades, justicia, dignidad. En positivo la pluralidad es la expresión de los innumerables proyectos de vida existentes, tanto individuales como colectivos.

Así es el pueblo: plural y diverso, multicolor y polifónico, que mira y se mueve en muy diferentes direcciones. Sin embargo, es preciso estar en guardia cuando personas y grupos que no son del pueblo aparecen al momento en que el pueblo avanza y asciende con posibilidad de victoria. La alianza con sectores hasta ahora integrados a las élites dominantes tradicionales exige un criterio riguroso para discernir entre personas y grupos dispuestos a un compromiso programático efectivo y los oportunismos que pululan.

Una cosa era la pluralidad en el siglo XX y otra es en el siglo XXI. Antes la pluralidad se expresaba dentro de ciertos límites (normativos, organizativos, jerárquicos, culturales…), al presente y hacia el futuro la informatización y la desregulación absolutas, en un mundo irreversiblemente globalizado, nos ponen ante la realidad asombrosa e inasible de una sociedad líquida en todas sus dimensiones y manifestaciones (Bauman, 2017).

Hoy nada ni nadie se someten a límites; nadie quiere constreñimiento distinto al que la misma persona se imponga; el universo entero, está al alcance de cada persona, al instante, a través de esa pequeña maravilla que es un teléfono celular.

Aparte de ello hay que tener en cuenta que la sociedad colombiana de hoy es una sociedad alegre y atormentada a la vez, sociedad de la desmesura, como solía decir Gabriel García Márquez, donde lo bueno y lo malo, la positivo y lo negativo, la excelencia y la mediocridad, el refinamiento civilizatorio y la barbarie, están juntos, entremezclados y yuxtapuestos, en grado superlativo en cada hombre y cada mujer. Y todo ello en ebullición, con una explosividad volcánica incesante e impredecible.

El modelo financiero neoliberal, un factor deshumanizador y distorsionante

Necesario comprender que hay un factor que distorsiona y deshumaniza la natural pluralidad y diversidad humana: el sistema de competencia, rivalidad y afán de lucro que es el capitalismo, particularmente en la forma voraz y depredadora de capitalismo financiero neoliberal. Ese capitalismo está deshumanizando a las personas mediante la acentuación del “todo vale” que propicia el homo homini lupus, destruyendo el planeta, la casa común, y poniendo en gravísimo riesgo a la especie humana por los estragos del cambio climático.

A esta altura es preciso afirmar que el reconocimiento de la pluralidad de los de abajo y el medio como expresión de las múltiples resistencias al fascismo social y a las formas autoritarias y mafiosas de gobernar no es para dejar piezas a la vista como un rompecabezas sin armar, es para transitar a la construcción de una identidad política alrededor de un proyecto de transformación anudado en un programa audaz y una voluntad política modelada, en expresión de Antonio Gramsci, como “conciencia activa de la necesidad histórica”. Solo de esta manera, lo cual demanda un arduo y prolongado trabajo político, irá apareciendo el pueblo como sujeto protagónico de una nueva historicidad.

La justa percepción de la transformación necesaria obliga a buscar el agua más arriba. La actividad política, que en su origen y en principio es la actividad básica de organización de una comunidad para procurarse sus medios de vida y alcanzar metas ambiciosas de bienestar, libertad e igualdad, está hoy convertida en objeto de manipulación y baratija de mercado entre rufianes.

Lejos está la política de ser una praxis colectiva para la solución de los problemas colectivos y la realización de los proyectos colectivos. La dignidad originaria y primordial de la política radica en que es organización y praxis para la vida de una comunidad.

Política y vida son inseparables, donde anda bien la política le va bien a la vida. También es cierto lo contrario: la mala política es terreno abonado para la muerte. Buena política conduce a la paz, mala política deriva en guerra. La política es el lugar privilegiado de la tensión entre el homo homini amicus y el homo homini lupus.

Entre pluralidad y amplitud

Pluralidad. Necesario distinguir entre pluralidad y amplitud. Pluralidad es el reconocimiento de otros, otras, sujetos senti-pensantes, en el entorno cercano de vida. Amplitud es la inclusión de otros, otras, ciudadanos y ciudadanas soberanos, en el quehacer social o político. Pluralidad y amplitud son enfoques y prácticas propios de la construcción democrática transformadora.

En pluralidad con amplitud la palabra de cada persona es plenamente respetada: ¡tu voz, presencial o virtual, es tu poder! Cuando levantas la mano para pedir la palabra se detiene expectante el universo, dijo o escribió alguien. Pluralidad y amplitud toman en cuenta las capacidades, siempre existentes, de los demás.

En pluralidad con amplitud se generan relaciones estéticas no depredadoras entre personas y colectivos, comunidad y naturaleza. Pluralidad y amplitud no ingenuas, que asumen realidades ineludibles, ubican con claridad un ellos y un nosotros; en democracia hay competencia agonal entre adversarios no guerra entre enemigos.

En la pluralidad con amplitud la mayor capacidad de unos aportantes no avasalla a otros aportantes menores del proceso. En la pluralidad con amplitud las relaciones entre diferentes son de cooperación, no de contradicción, competencia extrema o imposición. Lo propio de la pluralidad con amplitud, no centrífuga, es el trabajo en equipo, red, convergencia, confluencia, frente, coalición, coalescencia…

En pluralidad con amplitud el trabajo que se hace en equipo se presenta como tal, no se lo apropia uno solo de los autores o autoras. Las prácticas, conscientes o inconscientes, de burocratismo, sectarismo, cliques, aparatismo, atomización, ferrocarrileo… no caben porque frustran la pluralidad y la amplitud, esto es, el genuino ejercicio democrático.

Liderazgo. Figura descollante en un marco de pluralidad. La gran novedad en el universo alternativo colombiano hoy es que comienza a existir un referente común para todas las luchas democráticas, todas las resistencias al modelo depredador y deshumanizador, todas las aspiraciones de cambio y transformación en la lógica de la vida.

La larga y diversa lucha por los derechos se anuda sorprendentemente con la posibilidad de acceso al derecho a gobernar. Estamos en el pórtico de la alucinante aventura de construir una sociedad en paz revolucionando la política.

Se está creando una identidad y una conciencia de un nosotros popular en ascenso frente a un ellos elitista en desgaste irreversible. Colombia entera está entendiendo que el liderazgo alternativo “no promueve el odio de clases, sino que explicita el conflicto de clases existente” (Luciana Cadahia, 2018) para superarlo en democracia.

El liderazgo es un aspecto central del referente común que se está creando. El problema del liderazgo que era un asunto al parecer insoluble en la perspectiva de la cohesión del complejo espacio alternativo, hoy, por fin, tiene un comienzo de solución en dos manifestaciones extraordinariamente novedosas: la más amplia pluralidad de fuerzas sociales y políticas subalternas constituidas en coalición (coalescencia) y el surgimiento de un liderazgo articulador como figura descollante.

No es el estereotipo del jefe natural que hace y deshace a su arbitrio, ni tampoco el esquema del comité central que no da la medida para estos tiempos. Es, más bien, la figura del príncipe democrático que describe Sergio Fabrini en El liderazgo en las democracias contemporáneas (1999). “Si impedir el ascenso del Príncipe representa una falta de sentido de la realidad, controlar su ascenso es una tarea imprescindible. La democracia necesita de líderes, hombres y mujeres, que sepan meter la mano en los engranajes de la historia, pero debe conseguir que lo hagan para mejorar su funcionamiento y no para destruirlos” (p.234).

El colectivo plural de dirección y, dentro de él, la presencia de una figura descollante constituye una modalidad inédita de liderazgo en el campo alternativo. Se retoman y recrean, en condiciones diferentes, procesos de ascenso popular y liderazgos que quedaron truncos en pasados momentos históricos por la desaparición violenta de reconocidas figuras políticas alternativas o renovadoras: Uribe Uribe, Gaitán, Camilo, Pardo Leal, Pizarro, Bernardo Jaramillo, Galán…

El nuevo liderazgo alternativo se reconoce como parte de un conjunto ampliamente plural y diverso, al que es capaz de interpretar y expresar de manera altiva y lúcida afirmando la voluntad colectiva confluyente y transformadora en camino de una nueva hegemonía.

Ahora se tiene un liderazgo que reconoce a los otros y que él mismo goza de amplio reconocimiento por el conjunto plural alternativo. Esta característica es preciso profundizarla y consolidarla institucionalizando, no simulando, instancias amplias y flexibles de pluralidad. En este liderazgo in fieri hay que acentuar la condición de figura descollante que cuenta real y efectivamente con el colectivo plural para definir posiciones y tomar decisiones fundamentales, esto es, acentuar el carácter de dirigente por sobre el de jefe o caudillo.

Organización. Organización democrática para la deliberación y la acción. Antes y ahora esta es la función básica de la organización: traducir en sinergia la inercia y la entropía de los intereses dispares de las personas, los grupos, las clases.

Solo que ahora esa función no se cumple haciendo de la organización un contenedor rígido, compartimentado y jerarquizado. En las condiciones de la sociedad informatizada y desregulada del siglo XXI la organización es un espacio de encuentro, más virtual que presencial, donde mediante la deliberación se trata de superar el caos informativo y de construir un sentido compartido de la acción respecto a lo público, lo común, lo que interesa al vivir, buen vivir y convivir de una comunidad local, regional, nacional o aun global.

Las redes virtuales que expresan nodos y los conectan en una dimensión horizontal impiden o reducen el riesgo del burocratismo que señalaba Weber como el destino casi ineludible de toda organización, incluida, por supuesto, la organización política y la institucionalidad pública. La praxis colaborativa, participativa y democrática, se facilita enormemente con la existencia de las redes virtuales cada día más incidentes y sofisticadas.

El ejercicio de ciudadanía y la militancia y activismo en causas de distinta índole, o en proyectos de naturaleza política, demandan al presente una experticia básica en la utilización de las redes virtuales. Ahora el combate es contra el analfabetismo informático. Hacer política, organizar y liderar, hoy más que en cualquier momento anterior, es comunicar y comunicarse.

Imposible dejar de observar que la virtualidad es susceptible de utilización en un sentido completamente distinto y aún contrario del que se acaba de referenciar. También el caudillismo, la imposición, el fraccionalismo y la manipulación pueden ocurrir, de hecho, ocurren, inclusive en una escala insospechada con el empleo de las redes. Como pasa con todo tipo de medios, también el empleo correcto de los medios informáticos depende de la cultura y eticidad de los usuarios.

Gobierno. Se gobierna como se vive. Todo lo dicho hasta aquí tiene esta implicación: como vives, como haces la política, así gobiernas. Los políticos, cuando triunfan, gobiernan según lo que hacen no según lo que dicen. Si no es democrático el movimiento no será democrático el gobierno. Solo si en la institucionalidad ciudadana, social y popular, partido, movimiento o coalición, se experimenta la vivencia de la potencia transformadora de la democracia, solo entonces el ejercicio del gobierno será una auténtica gesta transformadora en libertad.