Uber: el símbolo de la disrupción

POR OCTAVIO QUINTERO

De las cosas fáciles de entender y difíciles de implementar.

La irrupción de plataformas digitales en el ámbito del transporte urbano está provocando una disrupción global en ese sector que refleja, ni más ni menos, el choque generacional entre el ‘internet de las cosas’ y el mundo presencial. El mundo entero emigra a la virtualidad, regulado todavía por normas del siglo pasado.

Uber es el símbolo de ese choque que repercute tanto en países industrializados como en desarrollo, y en grandes capitales como en ciudades intermedias: es inexplicable que todos los gobiernos aún permanezcan presos de normas y regulaciones del siglo XX con las que tratan de regular la invasión de las TIC de última generación, diseñadas para eliminar por completo la intervención humana en el libre mercado de las comunicaciones, educación, salud, negocios, comercio, transacciones financieras y transporte, por decir lo que primero llega a la mente.

Uber, que es el ejemplo de muchas plataformas virtuales, tiene problemas de reconocimiento legal en la propia tierra que le vio nacer, California, EU, donde una ley de derechos sociales y laborales, entrada en vigor a partir del 1 de enero, la obliga a incorporar a su planta de personal a todos los conductores que hoy se reconocen como ‘socios’ de la plataforma y no trabajadores formales.

Desde Asia y Europa, pasando por EU y Canadá, entrándose a Latinoamérica, Uber tiene problemas de reconocimiento legal. En varias partes ha logrado acuerdos operativos, pero de otros países y ciudades le ha tocado emigrar: es el caso de Colombia donde anunció que a partir del 1 de febrero apagará su motor.

Uber es el prólogo de un libro que está por leer juiciosamente. Ni siquiera plantea un dilema como entre seguir o no seguir, ya que oímos decir, y es cierto, que cuando la tecnología llega, llega para quedarse.

En el transcurso de la revolución industrial, la humanidad ha pasado por tres etapas: ésta del ‘internet de las cosas’ es la cuarta. Cada etapa nueva construye su propia cultura. Eso quiere decir que también destruye la cultura de la antecesora. Es como en el dicho ese de que “todo torero llega con su cuadrilla”.

La actitud más negativa es cerrar los ojos a la tecnología. Impresiona esa respuesta de la ministra del Transporte de Colombia cuando le preguntan si el gobierno está hablando con Uber y responde: “No porque es ilegal”, y es ilegal porque no ha sido reglamentada a pesar de llevar casi ocho años de operación en este país.

Uno quisiera creer que se dificulta la reglamentación de Uber viendo a ver cómo se defienden mejores ingresos y prestaciones sociales de 88.000 conductores afiliados a la plataforma, o la prestación de un mejor servicio de transporte a los 2 millones de usuarios que dicen que tiene en Colombia.

Pero no: el caso Uber es una clásica jugada clientelista, politiquera y mafiosa. ¡Planto!

@oquinteroefe