Tras el velo de la caída de Washington en Kabul: abundante litio, pletóricas tierras raras y ganancias financieras del Pentágono y Wall Street

La emblemática fachada de Wall Street, la Bolsa de Valores de Nueva York.

POR ALFREDO JALIFE-RAHME /

Detrás del desastre muy cantado de Estados Unido y la OTAN en Afganistán se encuentra el velo de las enormes ganancias circulares del Pentágono y la bancocracia de Wall Street, además de las pletóricas reservas de tierras raras y litio.

Al contrario de la revista globalista británica The Economist –que disminuye a la mitad los costos de la guerra en Afganistán y que promovió el narconeoliberalismo-militarizado–, la Universidad Brown de Estados Unidos publicó, tres meses y medio antes de la humillante caída de Kabul, la cuantiosa inversión de Estados Unidos durante 20 años aparentemente estériles, que ascienden a 2.26 millones de millones de dólares (trillions en anglosajón) que fueron desglosados de la siguiente manera :1) 933 mil millones para los gastos militares; 2) pago de 530 mil millones de intereses (¡mega-sic!) del préstamo para su guerra; 3) 443 mil millones de incrementos a la base presupuestal del Pentágono; 4) 296 mil millones para cuidado de veteranos de guerra, y 5) 59 mil millones del presupuesto del Departamento de Estado.

Los costos del proyecto de guerra en Afganistán estiman que 241 mil personas han muerto como resultado directo de esta guerra y constituyen una parte (¡mega-sic!) de los costos más amplios de las guerras (sic) de Estados Unidos después del 11 de septiembre que se extienden a Irak, Siria, Yemen, Somalia y otros lugares.

Así, resulta que el complejo-militar-industrial de Estados Unidos y sus guerras eternas practican la economía/finanzas de guerra y la destrucción nihilista de los países que invade.

Estas cifras perturbadoras contrastan con el PIB nominal de Afganistán –casi 20 mil millones de dólares, según el FMI–, uno de los países más pobres del planeta con ingresos de menos 2 dólares al día de 90 por ciento de su población, sin contar su primer lugar global en mortalidad infantil, pese a ostentar en sus entrañas pletóricas reservas de minerales de tierras raras y litio.

Los talibanes, de señores de la ruta del opio a dueños del negocio del litio.

En un escrutinio expedito, se deduce que la industria de defensa de Estados Unidos –con sus célebres empresas Raytheon, Lockheed Martin, General Dynamics, General Electric, Northrop Grumman, Boeing– descolgaron pantagruélicas ganancias, al unísono de los cuantiosos ingresos financieros por intereses (sic) de la bancocracia de Wall Street.

No aparecen tramposamente los beneficiarios del pago de intereses por el préstamo de guerra ni los costos o ganancias de los numerosos contratistas ni de los 6 mil paramilitares/mercenarios privados de la estadunidense Blackwater/Academi/Xe Services LLC y la británica G4S.

Quien invirtió 10 mil dólares en acciones bursátiles de la industria de defensa de Estados Unidos de sus principales cinco empresas hace 20 años, obtuvo hoy jugosas ganancias por casi 100 mil dólares.

Hace 11 años, The New York Times, con base en un memorándum interno del Pentágono, publicó que Afganistán posee inmensas reservas que lo podrían convertir como la Arabia Saudita del Litio.

En ese entonces –cuando el general David Petraeus, comandante del CentCom de Estados Unidos se extasiaba de sus cantidades inmensamente significativas– se calculaba su valor en un millón de millones (one trillion, en anglosajón). Hoy, 11 años más tarde, la cotización del litio se ha disparado.

Ahora, el mayor temor de Estados Unidos se (con)centra en la santa alianza minera de los talibanes y China, con el fin de explotar las pletóricas reservas de minerales en tierras raras en Afganistán, indispensables para las aplicaciones de las nuevas tecnologías militares, espaciales y computacionales.

La nueva geopolítica de las tierras raras en el siglo XXI expone la gran vulnerabilidad de Estados Unidos frente a China cuando las reservas de tierras raras en Afganistán tendrían hoy un valor de 3 millones de millones de dólares. Quizá esa haya sido la peor derrota allí de Estados Unidos.

En pos del mercado global de las tierras raras

EE.UU. y la OTAN sufren una humillante derrota geopolítica en un Afganistán arruinado, que paradójicamente posee enormes reservas de tierras raras cotizadas en 3 billones de dólares. Estos recursos podrían ser explotados por China gracias a la Ruta de la seda y el Corredor Económico con Pakistán, que se puede acoplar a sus inversiones en Irán.

Ahora que EE.UU. se retira en forma humillante de Afganistán, sus medios sacan a colación que China, debido a su relación con los Talibanes, estaría lista a explotar los metales de tierras raras que allí abundan y que tendrían un valor hoy de 3 billones de dólares.

Los metales de tierras raras tienen aplicaciones tecnológicas de ensueño.

Talibanes

CNBC, muy cercano al complejo militar de EE.UU., expuso —dos días después de la caída de Kabul— la alianza de los talibanes con China que “ha dominado el mercado de tierras raras a escala global y amenazó con obstaculizar su abastecimiento a EEUU durante la guerra comercial de 2019”.

Ya hace exactamente cuatro meses, antes de la caída de Kabul, el portal The Hill, muy cercano a los demócratas, señalaba que “EE.UU. nunca debe abandonar Afganistán”. Una de las razones que alude es el valor de las “tierras raras de Afganistán” que “son esenciales para las baterías de litio, los chips de las computadoras, armas de alta precisión guiada, drones, satélites, aviones furtivos y armas hipersónicas”.

Hoy China es el principal proveedor de EE.UU. de tierras raras y con la salida de Washington de Afganistán le cedió una carta de suprema importancia geoestratégica a Pekín, que prosigue ineluctablemente sus tres rutas de la seda.

También Afganistán dispone de pletóricas cantidades de litio con un valor de un billón de dólares por lo que en un memorándum interno del Pentágono fue denominada la Arabia Saudí del Litio.

Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, China exportó en 2019 el 80% de las necesidades de EE.UU. en tierras raras, lo que ha mantenido hasta la fecha pese a su colisión comercial con Washington.

En cuanto a las reservas en tierras raras, no hay nada que comparar al ver que China ostenta 44 millones de toneladas métricas frente a las magras 1,4 millones toneladas métricas de EE.UU. Se considera que el 35% de las reservas globales se encuentran en China.

Ahora, el derrotado EE.UU. y su propaganda negra se concentra en denigrar el medievalismo de los talibanes y su santa alianza minera con China poniendo de relieve la recepción amigable a finales de julio en Tianjin del canciller chino Wang Yi a una delegación de talibanes encabezada por su segundo de a bordo, Abdul Ghani Baradar.

No se puede soslayar la compenetración del Pashtunestán —que abarca a las legendarias tribus pashtunes: primera y segunda etnia en Afganistán y Pakistán respectivamente— que fue dividido artificialmente por la línea Durand establecida por el Imperio británico, que balcanizó la región.

Se puede gestar una federación geoeconómica entre los talibanes, cuya mayoría pertenece a la etnia pashtun que controlan las tierras raras y el litio de Afganistán, para acoplarse con el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC). Este corredor va desde la ciudad china de Kashi —en la sensible provincia autónoma islámica de Xinjian, hoy bajo la metralla propagandística anglosajona— hasta el puerto de Gwadar en el mar Arábigo. Hasta ahora, su mirífico proyecto lleva 62.000 millones de dólares de inversiones. Los medios asientan que el corredor CPEC constituye el Plan Marshall de China para Pakistán.

Se pudiera aducir que uno de los principales vencedores con el retiro de EE.UU. y la OTAN es Pakistán, que de facto obtiene una mayor profundidad estratégica de la que carecía frente a su sempiterna disputa con la India. De paso, China asegura su salida estratégica al mar Arábigo cuando sus intercambios comerciales dependen del ultraestratégico estrecho de Malaca.

China, fuerte con el paraguas militar hipersónico de Rusia, con quien acaba de realizar disuasivos ejercicios militares, mueve sus fichas al estilo de su juego go cuando está rompiendo paulatinamente el cerco de EE.UU.

Más allá del binomio maniqueo al que son muy adictos los mandatarios estadounidenses, que condensan su conocimiento del Gran Medio Oriente a un simplista choque teológico entre sunnitas —mayorías en Afganistán y Pakistán— y chiitas —mayorías en Irán e Irak—, en la posmodernidad geoeconómica del siglo XXI, salpicada por la mentalidad pragmática de China, no se puede soslayar el gran acuerdo de inversiones de Pekín por 500.000 millones de dólares con Irán en los próximos 25 años a cambio de un abastecimiento más seguro de gas para las cada vez más crecientes necesidades energéticas de Pekín.

Hasta en la India aceptan que el “ascenso de los talibanes en Afganistán” constituye una derrota de Nueva Delhi en la construcción de su puerto en Chabahar (Irán), que hoy es una “inversión muerta”.

Así las cosas, la federación geoeconómica del Pashtustán sunnita muy bien podría englobar a los chiitas de Irán bajo la égida pragmática de China para conformar uno de los principales nodos de las dos rutas de la seda de Pekín: la continental y la marítima.

Una de las varias lecciones dramáticas de la catástrofe militar de EE.UU. radica en la derrota de los teoremas geopolíticos anglosajones —desde la década de los 80: con los balcanizadores axiomas del israelí angloestadounidense Bernard Lewis y su Arco de la crisis, sumado de la obsesión compulsiva rusófoba de Zbigniew Brzezinski, quien tendió una trampa a la URSS en Afganistán— frente al despliegue geoeconómico de China: mucho más plural, desideologizado y pragmático.

Los 20 años de ocupación desastrosa de EE.UU. en Afganistán no adelantaron a su sociedad ni beneficiaron al país, ya que las inversiones de Washington patrocinaron de facto a su omnipotente complejo militar industrial y los descomunales intereses de su bancocracia.

Según un estudio de la Universidad de Brown, EE.UU. invirtió 2,26 billones de dólares, de los cuales un billón fue a dar al complejo militar industrial y otros 530.000 millones de dólares sirvieron para pagar los intereses de su inversión militar. Quien invirtió 10.000 dólares en acciones del complejo militar industrial, 20 años después sus acciones ya valían casi 100.000 dólares.

En realidad, EE.UU. impuso su modelo de narco-neoliberalismo militarizado, que de hecho constituyó la tercera guerra del opio de los anglosajones en el corazón asiático —las 2 primeras guerras del opio fueron libradas por el Imperio británico contra China: primero entre 1839 y 1842 y luego entre 1856 y 1860—.

En realidad, la invasión de EE.UU. y la OTAN a Afganistán comportaba pretextos multidimensionales y uno de ellos fue el disparo de la cosecha del opio y sus derivados morfina / heroína que desgraciaron a toda la región y que sirvieron como arma hegemónica a los designios geopolíticos de nihilismo masivo de la CIA con sus operaciones encubiertas.

Hoy, las retiradas de EE.UU. suelen ser peores que sus fallidas invasiones ya que su notable catabolismo narco militar en Afganistán expuso que su verdadero objetivo geoestratégico consistía en destruir y/o desestabilizar a China, como lo hizo antes con la URSS, mientras el 90% de los afganos vive con menos de 2 dólares al día.

Mientras redespliega sus tropas en el océano Índico y en el mar del Sur de China¿qué tal si el caos deliberado de EE.UU. en Afganistán oculta una nueva trampa contra China, como lo hizo antes con la URSS?

www.alfredojalife.com

La Jornada, México; mundo.sputniknews.com