Prólogo al libro «La oligarquía colombiana. Una belicosa marioneta del Tío Sam», de Renán Vega Cantor

POR ATILIO A. BORON

Renán Vega Cantor, el notable intelectual colombiano ‒y apelo a esa palabra, “intelectual”, para definir a un pensador que tiene como una de sus virtudes la osadía de traspasar las estériles fronteras disciplinarias‒ nos entrega un nuevo libro que arroja un potente haz de luz sobre Nuestra América y sus turbulentas, podríamos decir tóxicas, relaciones con Estados Unidos. El objeto específico de este escrito es un análisis de Colombia, sumida en un interminable baño de sangre desde hace más de setenta años, y su triste papel al cual la condena la vileza de su clase dominante que, para su eterna deshonra, ha aceptado con orgullo ser el ariete predilecto de Washington en su persistente ataque en contra de la República Bolivariana de Venezuela.

La problemática es abordada desde múltiples perspectivas. Renán Vega Cantor es un pedagogo, pero también economista, historiador, sociólogo, antropólogo y analista internacional. Dueño de un notable dominio de estas múltiples disciplinas ofrece en sus páginas un sombrío cuadro del papel que sucesivos gobiernos colombianos han jugado en viabilizar la agresión del imperialismo en contra del chavismo, con especial énfasis en los episodios de los últimos años y las diversas tentativas no sólo de producir el tan ansiado “cambio de régimen” en Venezuela sino también en eliminar (expresión políticamente correcta utilizada en lugar del verbo “asesinar”) al presidente Nicolás Maduro.

Con su reconocido rigor Vega Cantor recorre los meandros de la relación entre el narcogobierno colombiano y los mandatos de la Roma Americana, como gustaba decir Martí. Comienza, lógicamente, con un examen del “imperialismo benévolo” de Joe Biden que, en los hechos, es la continuación y actualización del proyecto imperialista seguido por la Casa Blanca desde tiempos inmemoriales. En ese sentido lo único que hace Biden es continuar con el despliegue de todos los dispositivos del soft power y la guerra híbrida, sólo que actúa bajo la exacerbación que le produce su veloz pérdida de popularidad en el primer año de su gobierno, la más vertiginosa jamás sufrida por presidente alguno desde la Segunda Guerra Mundial. Este derrumbe es fuente de renovada belicosidad en la medida en que la transición geopolítica global ha llegado a un punto en el cual se ha consolidado un orden tripolar más que policéntrico o multipolar, como era en las dos primeras décadas de este siglo. En efecto, a diferencia de las ensoñaciones de Joe Biden: sentarse en la cabecera de una larga mesa con sus aliados y competidores y desde allí dictar las reglas del sistema internacional lo que hoy muestra la escena global es una mesa triangular en donde se sientan tres actores: Estados Unidos, Rusia y China, rodeados, a los lejos, de impotentes espectadores. Para desgracia de las ilusiones estadounidenses, Rusia y China han forjado una férrea alianza alimentada por las continuas agresiones, sanciones y ataques diplomáticos de Washington. Factores decisivos de esta mutación han sido el fracaso del proyecto europeo: crisis del Brexit, creciente irrelevancia de los países de Europa y de la Unión Europea en los principales teatros donde se escenifican los conflictos internacionales como Oriente Medio, Sudeste Asiático y, en estos días, en la propia Europa con la crisis ucraniana, con lo cual se resquebrajó una apoyatura fundamental para la proyección del poder estadounidense a escala planetaria. Y, paralelamente, el debilitamiento, de un aliado situado en el otro extremo de la masa continental euroasiática, del Japón, otrora una potencia económica y tecnológica de primer orden que apuntalaba el poderío norteamericano en el Asia Pacífico, actual centro de gravedad de la economía mundial. Las implicaciones para Colombia, Venezuela y, en general, los países de la región de estos cambios en la cúspide del sistema internacional –en algunos casos positivas, negativas en otros‒ son minuciosamente analizadas en el libro que estamos prologando.

No es mi intención en estas breves páginas introductorias sintetizar la enorme riqueza de datos y evidencias empíricas de todo tipo contenida en este libro, una verdadera puesta al día de la situación de Colombia y, por extensión, del así llamado (por el Departamento de Estado) “hemisferio occidental”. Tampoco inventariar las sugestivas tesis y, en algunos casos hipótesis interpretativas, que se despliegan a lo largo de sus páginas. Pero no podría dejar de llamar la atención sobre el análisis que Vega Cantor hace de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el gobierno colombiano a lo largo de décadas. Crímenes que son obra de las “fuerzas de seguridad” de ese país, pero también de un amplio abanico de fuerzas “paramilitares” que, más allá de las apariencias, mantienen una íntima, estrecha, relación con los aparatos represivos oficiales del Estado lo que convierte a esa distinción en un asunto meramente académico, ajeno a lo que Maquiavelo llamaba “la realidad efectiva de las cosas”. El paramilitarismo, como el narcotráfico, se convirtieron en la aberrante normalidad de un Estado que, en la práctica, le ha conferido un carácter oficial a uno y otro, a narcos y “paracos” por igual. Pese a esta monstruosidad política y jurídica, un abominable portavoz del imperio, Mario Vargas Llosa, no ha cesado en los últimos tiempos de ensalzar a los narcogobernantes colombianos como el modelo que deben imitar todos los países de la región [1].

Renán Vega Cantor

Los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el gobierno colombiano son espeluznantes, y plantean cuestiones de todo orden. Una, ¿cómo ha sido posible llegar a un despliegue de tanta violencia y crueldad sin que se haya producido una reacción de horror y repudio de parte de la sociedad colombiana?  ¿Cómo explicar tamaña resignación ante un interminable baño de sangre? La derrota sufrida por el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz, en 2016 es una elocuente muestra del estado de ánimo de la población, del adormecimiento de su conciencia persistentemente cincelada por la demoníaca artesanía del neuromarketing político, cultivada por los grandes medios de comunicación colombiano bajo la dirección de sus asesores del Norte. Resultado: un pueblo que ha sufrido décadas de derramamiento de sangre y que, consultado ¡rechaza la paz! Se dice fácil, nos hemos resignado a escuchar esa frase, pero en realidad constituye una aberración política y moral. Y sin embargo se produjo en una Colombia, precisamente por ser esa “belicosa marioneta del Tío Sam” que ha padecido por décadas la ocupación militar, cultural y política estadounidense hasta convertirse en un protectorado dispuesto a cometer cualquier crimen, violar cualquier norma moral con tal de observar fielmente las órdenes emitidas desde Washington, muy especialmente aquellas que tienen por objeto producir el “cambio de régimen” en Venezuela. Las consecuencias sobre la conciencia pública saltan a la vista y no deberían sorprender a nadie.

Pero la sumisión del narcogobierno colombiano a sus amos estadounidenses (subordinación teñida de pies a cabeza de corrupción, narcotráfico y crímenes de todo tipo) no es suficiente para explicar la pasividad de la sociedad civil colombiana ante siete décadas de inaudita violencia. Esto nos remite a una segunda consideración, que recorre las páginas de este libro: ¿cuál ha sido, y es, el papel de los grupos de poder, dentro y fuera de Colombia, que consienten u ocultan este verdadero “genocidio por goteo” que ha desgarrado a este entrañable país? Y, en línea con lo anterior, el rol de los medios de comunicación, controlados casi por completo por el imperio y sus voceros ‒no sólo en Latinoamérica y el Caribe sino también en Europa, como lo prueba el atronador consenso rusofóbico expresado a propósito de la crisis en Ucrania‒ para anestesiar a una sociedad y tornarla indiferente ante tanta muerte y violencia y desconfiada y sospechosa ante cualquier iniciativa de paz. Tal como lo demuestra Vega Cantor sobre aquellos y estos, sobre la oligarquía colombiana y sus representantes mediáticos y culturales, pesa una gravísima responsabilidad al ocultar o convalidar la matanza en curso e incentivar el odio y el revanchismo en contra de las fuerzas insurgentes o de toda persona que se atreva a cuestionar un orden social, económico y político injusto, violento y violador de los más elementales derechos ciudadanos y medioambientales.

Un tercer factor que contribuye a entender las raíces del drama colombiano es el papel de la mal llamada “comunidad internacional”, en realidad el conjunto de gobiernos lacayos de Estados Unidos que apoyan y cohonestan activamente las políticas del “terrorismo de Estado” practicadas por el Palacio Nariño con el férreo apoyo de la Casa Blanca. Con razón habla nuestro autor de la “pandilla de Lima”, esos “peones del patio trasero” del imperio que montaron una “lumpendiplomacia” a lo largo de varios años, en un vano intento por acabar con el gobierno de Nicolás Maduro. Esos gobiernos: los Piñera, Macri, Bolsonaro, Lenín Moreno y otros de su ralea fracasaron rotundamente en su intento, pero también llegará un día en que tendrán que rendir cuentas por su complicidad ante el holocausto sufrido por nuestra hermana Colombia. No podrán mirar hacia otro lado. Son corresponsables de un genocidio que una sucesión de gobiernos, uno de los cuales exaltado nada menos que con el Premio Nobel de la Paz (Juan Manuel Santos), practicó ante la indiferencia o la mirada cómplice de sus vecinos, de sus países hermanos.

Pongo fin a este ya extenso prólogo expresando mi más profunda satisfacción por este magnífico libro que aporta una detallada radiografía no sólo de las estrategias destituyentes concebidas por Estados Unidos para, con la colaboración de su peón colombiano, poner fin al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela (aún a riesgo de hacer estallar una guerra entre dos países hermanados como pocos en la región por su historia, geografía y cultura) sino también de los múltiples lazos de sujeción y dependencia que el imperio ha tejido con la complicidad de las clases dominantes de la región. El repertorio de iniciativas, proyectos, ONG, agencias oficiales y políticas puestas en juego por Washington para preservar su hegemonía imperial en esta parte del mundo es impresionante. Vega Cantor concentra su mirada analítica sobre el papel de Colombia en la puesta en funcionamiento de todo el arsenal de la “guerra híbrida” contra Venezuela, pero al hacerlo también echa luz sobre ese mortífero arsenal del “soft power” al que apela el imperio, claro que no tan descaradamente, para someter a los países de Nuestra América. Es un mérito extraordinario el que logra el autor porque, a través del minucioso examen de un caso concreto, ilumina los mecanismos de la dominación imperialista en toda Nuestra América, por lo que sólo cabe extenderle una muy cálida felicitación y recomendar a las amigas y amigos de mi querida Colombia que se entreguen a la lectura de este magnífico libro.

[1] “El ejemplo colombiano”, en El País (Madrid), 20 de febrero de 2021.

@atilioboron