¿Por qué leer a Rosa Luxemburgo desde América Latina?

POR MÓNICA LÓPEZ OCÓN /

Entrevista con el politólogo argentino Hernán Ouviña, autor del libro Rosa Luxemburgo y la reinvención de la política, que acaba de aparecer en una nueva edición publicada por cuatro editoriales. Hubo una edición previa el año pasado al cumplirse 100 años del asesinato de la dirigente y teórica marxista polaca de origen judío. La actual está actualizada, tiene un prólogo de Silvia Federici y un postfacio de Gerhard Dilger, presidente de la Fundación en el cono Sur.

Politólogo, licenciado en Ciencias Políticas, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Instituto de América Latina y el Caribe de ese centro académico, le gusta autodefinirse como “educador popular” y justifica por qué. “En realidad, –dice- buena parte del aprendizaje que tuve, sobre todo en las últimas dos décadas, está más vinculado a procesos de formación junto a organizaciones y a movimientos sociales no sólo de Argentina”.

En diálogo con Tiempo Argentino, Ouviña le restituye a Rosa Luxemburgo las cualidades intelectuales y políticas que quizá por su condición de mujer le fueron arrebatas para convertirla solo en un ícono de la pasión.

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Le dedicás a tu padre el libro sobre Rosa Luxemburgo porque cuando eras chico te hablaba de ella. Creo que eso debe de ser una de las causas que te llevaron a escribir el libro. Pero supongo que también hubo otras razones. ¿Cuáles fueron?

-Se hubo cosas subjetivas de un recorrido personal. Mi padre tuvo muchos años de militancia, pero también un balance autocrítico de los procesos de burocratización, de la deriva de varias organizaciones que terminaron teniendo prácticas burocráticas, autoritarias, replicando lo que combatían al interior de la propia organización. Recuerdo referencias de mi padre a la Unión Soviética y a Rosa en cuanto a los peligros de la burocratización, a la falta de la participación popular y la necesidad del protagonismo más desde abajo en el involucramiento de las cuestiones públicas. En lo subjetivo también entra el convite a leer algunos textos vinculados a la obra de Rosa. Por otra parte, estuve muy marcado por el ciclo de luchas antiliberales, anticoloniales, antiimperialistas, anticapitalistas y más recientemente, antipatriarcales. Me marcó mucho el ciclo del alzamiento zapatista, la Guerra del agua y el gas en Bolivia, los levantamientos indígenas en Ecuador y, fundamentalmente, el 2001 en la Argentina. Empecé a militar a mediados de los 90 en diferentes espacios y organizaciones por un marxismo con pensamiento crítico anclado en una práctica militante, menos ortodoxa, menos dogmática y tuve a Rosa, a Gramsci y a Mariátegui como referentes comunes.  Estaba en la búsqueda de un marxismo que fuera más una brújula, como decía Mariátegui, que un itinerario. En este sentido, Rosa es una militante y me gusta decir que es una militante del sur global, una marxista marginal porque fue marginal en su época y también porque piensa desde los márgenes, desde su rol subalterno como judía, polaca, y mujer.

-Las tenía todas.

-Sí, las tenía todas. También dificultades físicas como Gramsci y Mariátegui y creo que no es casualidad. Los tres hicieron de la adversidad una bandera de lucha, una trinchera donde parapetarse. Rosa vino a oxigenar los procesos de lucha. El poder popular, la dinámica territorial de construcción desde abajo y, sobre todo, la pluralidad de sujetos y sujetas, están en sintonía con el ella.

El subtítulo de tu libro es Una lectura desde América Latina. ¿Rosa puede ser considerada desde América Latina porque esa América también es un margen?

-Totalmente. Creo que hay que leer a nuestra América desde Rosa, pero también a Rosa desde nuestra América, desde este territorio tan convulsionado pero también colmado de apuestas y de búsquedas. América Latina fue la precursora a sangre y fuego de neoliberalismo, pero también ha sido precursora en la construcción de alternativas. La propuesta del libro es releer a Rosa desde nuestra realidad como latinoamericanos y latinoamericanas y en diálogo permanente con los procesos de lucha, con las construcciones populares.

-¿Cómo se fue construyendo tu libro?

-A partir de la coordinación de varios talleres de formación política, leyendo a Rosa junto con movimientos colectivos y organizaciones en la Argentina, pero también en Uruguay, en Chile, en Paraguay, en Colombia y en Perú. Estos talleres fueron el disparador del libro. Por eso no es casualidad que sea publicado en conjunto por cuatro editoriales independientes, autogestivas, de cuatro países distintos.

-Por qué hablás de “reinvención de la política” en relación a Rosa…

-Porque ella no piensa en la política como la potestad de una minoría, como aquello que deben terminar resolviendo una casta, un sector minoritario de la sociedad, ya sean los políticos o los hombres en el caso del patriarcado, una elite económica, una clase. La reinvención de la política es pensarla como una intensidad en toda práctica y como un reinvención también de la propia vida cotidiana, como una herramienta de transformación integral de esa vida de todos los días. Para ella el socialismo era un faro, una referencia ineludible aquí y ahora. La consigna que ella lanzó contra la Primera Guerra Mundial y contra el militarismo fue “socialismo o barbarie”, hoy, en tiempos de pandemia, esa consigna demuestra su urgencia y su vigencia. La barbarie no era para ella una posibilidad remota, sino una exacerbación del contexto que estaba viviendo. Ella se dedicó a construir una alternativa civilizatoria en todos los planos: en lo subjetivo, en la materialidad de las condiciones de vida a nivel cultural e incluso en el vínculo con la naturaleza. Rosa también es impulsora de un vínculo más armónico con la naturaleza. Le interesaba la defensa de todas las formas de vida, no sólo la humana. Llegó a decir que se sentía más cómoda entre pájaros en una pradera que en un congreso, en un partido, entre militantes.

Hernán Ouviña

-Además, vos decís en el libro que no se autodefinió como feminista pero que lo fue desde su práctica.

-Sí, fue una feminista antes de tiempo. En ese momento las mujeres no tenían acceso a las universidades. Ella se tiene que casar con el hijo alemán de unos amigos para obtener la nacionalidad alemana y en Alemania sólo el 5 por ciento de las mujeres estaba sindicalizado. En ese contexto que una mujer joven, migrante, judía y polaca patee el tablero, polemice con los mayores referentes de la socialdemocracia alemana acusándolos de reformistas, dispute el papel de la organización política pero también la potencia de la espontaneidad de las masas, de los sectores no organizados como las mujeres, dice mucho de su feminismo de acción, de ruptura de todos los mandatos en un contexto como el alemán, profundamente chauvinista, patriarcal donde regía la violencia sobre los cuerpos.

-Siempre se la asocia con la pasión. Sin embargo, además de su pasión tenía grandes dotes intelectuales. Era capaz, según contás, de polemizar con El Capital de Marx. ¿Identificarla con la pasión es una forma de ningunearla porque es mujer?

-Sí, creo que no es casual que se la vea simplemente como una apasionada y muy cercana a lo que en un lenguaje patriarcal misógino podríamos llamar histérica. De hecho la denominaban histérica, irrespetuosa. La imagen que mencionás fue construida a posteriori para desestimar toda la dimensión crítica, teórica, e incluso científica. En una escuela de partido en Berlín, en que todos eran hombres, ella era la que dictaba economía política. Era una periodista políglota que escribía para muchos periódicos autogestivos que se editaban a pulmón en buena parte de Europa. Vivía de la docencia y el periodismo. Aunaba la pasión y la razón, la emotividad y el pensamiento crítico, la reflexión rigurosa con la sensibilidad extrema. Ella articulaba lo que el marxismo más dogmático ve siempre de forma desencontrada: reforma y revolución, emotividad y pensamiento crítico, espontaneidad y organización, internacionalismo y plurinacionalidad, centro y periferia, lucha de clases y lucha de las mujeres. Ella denunciaba la posible disociación que planteaba cierto feminismo burgués entre la lucha de las mujeres y la lucha de clases

-Fue redescubierta por estas latitudes en el 68 y 69.

-Sí, en los años 20 y 30 hubo una cierta lectura, pero muy marginal. Uno de los que más aporta a su reivindicación es José Carlos Mariátegui, pero también él tuvo un destino trágico. También la reivindica la poeta argentina y activista feminista Nydia Lamarque. Pero esas defensas son marginales. En el 69, el Cordobazo es un parteaguas que inaugura una serie de huelgas políticas en la Argentina y ahí se publica el libro de Rosa Huelga de masas, partidos políticos y sindicatos. Nace en ese momento una nueva izquierda que necesita tomar distancia de los marxismos más dogmáticos. En Europa se la difunde a partir del Mayo francés, de la izquierda extraparlamentaria alemana, del Otoño caliente de Italia, de la lucha de la guerra de Vietnam, de un relevo generacional donde el movimiento estudiantil tiene un protagonismo importante. Te diría incluso que esta reivindicación se produce cuando empieza a despuntar una nueva ola de feminismo.

-¿Qué devoluciones tuviste hasta el momento?

-Creo que la más gratificante es poder dialogar, poder intercambiar ideas con los movimientos populares. En 2019 lo presentamos en octubre cuando estalló la rebelión en Chile. Estábamos por presentarlo en una cooperativa y tuvimos que bajar a la calle y lo hicimos entre barricadas, con la gente combatiendo con la policía, en medio de los saqueos. Pasó algo similar en Colombia donde discutimos sobre las huelgas políticas y en qué medida la espontaneidad de Rosa tenía sentido. A los poquitos días se inició un ciclo de protestas. Estos movimientos de apropiaron de Rosa, que había sido reducida a un ícono. Hoy está siendo redescubierta desde una perspectiva integral. Hay un grupo mapuche en Chile que lee y reivindica a Rosa Luxemburgo, compañeras de Paraguay escribieron una carta destinada a Rosa en guaraní. Todo esto nos lleva a decir que un fantasma recorre Latinoamérica y es el fantasma de Rosa Luxemburgo.

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