Perú: lo que se viene tras la presión de la ultraderecha por lograr la renuncia del canciller Béjar

POR GUSTAVO ESPINOZA M. /

La ofensiva de la mafiosa derecha peruana le apunta en una primera fase atacar a los ministros más destacados y con posturas ideológicas firmes del gobierno de Pedro Castillo. Su objetivo es derribar al Presidente de la República.

Desde que inició la administración de Castillo comenzó una campaña de difamación contra el Jefe de Gabinete y el Canciller.

Si alguien cree que la salida de Héctor Béjar de la Cancillería resuelve la “crisis política” del momento, está completamente equivocado. Aquí, no termina la cosa. Aquí, comienza.

La mafia de la ultraderecha peruana, transitoriamente vencedora, pasará a la ofensiva con la soberbia que ya es ampliamente conocida, y pretenderá arrasar con todo. Por lo pronto, exigirá la salida de otros ministros; después, el cambio del Gabinete, o su censura; luego la rectificación de rumbos por parte del gobierno. Finalmente buscará derribar a Pedro Castillo.

No se trata de una premonición, ni de un mal augurio. Es simplemente la lógica política la que determina las pautas. Y ella, en el caso, está signada por el comportamiento de las fuerzas actuantes, y cuyos antecedentes, la opini´ñon pública peruana conoce. Veamos algunos de los elementos que deben ser tomados en cuenta.

Las declaraciones cuestionadas

Lo primero que hay que señalar es que el Ministro de Relaciones Exteriores cuestionado por el alto mando naval, no hizo ninguna declaración que hubiese podido afectar, ni a la Marina, ni a nadie.

La “declaración” que generó la indignación de los uniformados, fue hecha no por el ministro, sino por el profesor universitario y analista político, mucho antes de ser Canciller, cuando analizaba el conjunto del escenario nacional en el marco de una interpretación de hechos ocurridos, y su proyección.

Si usar eso, resulta válido, como herramienta política, habría que preguntarse ¿por qué no se sirvieron de ese, y otros argumento afines cuando Alan García elogió el “misticismo” de los senderistas y su entonces presidente del Consejo de Ministros, Armando Villanueva del Campo colocó flores ante la rumba de la insurgente senderista Edith Lagos?

¿Por qué es “un horror” lo que dijo Héctor Béjar y no lo es cuando Fujimori “negocio” con el líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, por interpósita persona, para obtener una cuestionada “rendición”?

Lo que ocurre es que ahora los dirigentes conservadores tomaron eso como argumento para lograr la caída de un Ministro que ofreció una política exterior autónoma, independiente y soberana, distinta a la que promoviera la mafia fujimorista en la campaña electoral, es decir, otra, sometida a los dictados del imperio y supeditada a los intereses de la ultraderecha interna y externa.

Héctor Béjar

Derriban a Héctor Béjar por eso, porque anunció el abandono del desacreditado y obsoleto Grupo de Lima; porque anunció la reanudación de vínculos con el Gobierno Constitucional de Venezuela; porque se declaró amigo de Cuba; porque rechazó la política de bloqueos, amenazas e injerencias externas como las que usa el gobierno de los Estados Unidos para castigar a los pueblos. Ahí estriba la causa de la furibunda ofensiva desatada por la reacción a través de sus distintos voceros.

El tema de las “declaraciones”, fue solo un pretexto que sirvió para unificar voluntades tras un membrete supuestamente patriótico. Los marinos se declararon “herederos” de Miguel Grau, como si el almirante hubiese suscrito alguna vez una política de signo contrario.

La política exterior y el Presidente

Es indispensable recordar que, según lo establece el artículo 118 de la Constitución vigente -parágrafo 11- es atribución del Presidente de la Republica, dirigir la Política Exterior del Estado. Esa, no es función del Canciller. El Jefe del Estado nombra un Ministro para que ejecute sus disposiciones en torno a la materia, pero el que decide es él.

Por eso, el Canciller no puede ser “interpelado”. A lo más, puede ser invitado a la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso para que “informe” del curso de la política internacional que dicta el primer mandatario.

En otras palabras, el Congreso podría Interpelar a todos los ministros, menos al Canciller. Este, sólo le da cuenta de sus actos, al Presidente. A nadie más.

Y, en efecto, el Presidente podría pedirle al titular de ese portafolio, cuentas de sus actos, o de la manera cómo maneja la aplicación de sus políticas.

La Marina y el terrorismo

El “hueso” de la declaración que se cuestiona, tiene que ver con el terrorismo y la Marina de Guerra.

Los vicealmirantes -el único almirante es Miguel Grau Seminario- han desatado su ira al haberse sentido “ofendidos” por una alusión referida a actividades terroristas de la Marina de Guerra.

El experimentado periodista Cesar Hildebrandt, que sabe del tema, puso cada cosa en su lugar. Pero no se necesita ser como él, para recordar algo que vive en la memoria de millones de peruanos. En los años de Juan Velasco Alvarado, fueron dinamitadas las viviendas de dos comandantes de la Armada, los vicealmirantes Larco Cox y Faura Gaig. Eso fue entre 1974 y 1975, mucho antes de Sendero Luminoso.

Poco más tarde, entre 1977 y 1978 -y también antes de Sendero-, fueron colocadas cargas explosivas en dos barcos pesqueros cubanos anclados en la rada del Callao. En todos los casos, el gobierno de los Estados Unidas, reportó la mano de la Marina de Guerra del Perú.

Oficiales de la Armada, como Álvaro Artaza –‘Comandante Camión’– y Oscar Brain, participaron en esas y otras acciones terroristas. El primero tuvo que irse del país. Le cambiaron de nombre y “desapareció”, para que nadie indague sus acciones. Y el segundo, se esfumó también en su momento.

Pero la Infantería de Marina operó en Ayacucho. Y tuvo participación activa en la matanza de Aucayacu en 1986. Tuvo también a su cargo el Estadio Municipal de Huanta, donde “desapareció”, entre otros, Jaime Ayala Sulca, reportero del diario La República. ¿Estos sucesos se han olvidado?

Por lo demás, fueron infantes de Marina, los que mataron a Páez, el poblador del Cono Norte; y los que quitaron la vida a 6 peruanos el 19 de julio de 1977, durante el Paro Nacional de la época. Y hasta el “coche bomba” que estalló ante el Canal 2, fue un camión de la Armada ¿Ya no se recuerda?

Decir que la Marina tuvo que ver con estos hechos -y muchos más- no es propiamente descubrir la pólvora. Es poner el dedo en la llaga. Por eso saltan, cuando se recuerdan esos episodios siniestros de la vida nacional.

Debiera el mando naval, reconocerlos, y ofrecer humildemente disculpas a todos los peruanos. Pero no lo hace. Al contrario, escupe con fiereza a quienes aluden a esa historia.

La renuncia

No obstante la furibunda campaña de la ultraderecha, el titular de Torre Tagle no debió renunciar. Quizá lo hizo, desalentado por la falta de solidaridad por parte del Gabinete y por la facilidad con la que algunos, como el titular de Defensa y aun el Primer Ministro, cedieron a la presión del enemigo. En todo caso, tuvo el valor de resistir y de afirmar que para él, la lucha continúa. Y así debe ser.

Lo ocurrido se explica por la inconsistencia del gobierno, por la debilidad de la izquierda y su lentitud para reaccionar, y sobre todo, por el peso de la reacción que tienen en sus manos prácticamente todos los resortes del poder.

Mientras tenga el aparato productivo y la economía en sus manos; mientras sea dueña de los medios de comunicación; mientras el gobierno no supere el quietismo que lo paraliza; y mientras Pedro Castillo no asuma el liderazgo real del pueblo para luchar con él, y a partir de él, tomando sus manos las banderas esenciales del proceso que vive el país; la derecha, infortunadamente, lucirá imbatible.

Las cosas podrán cambiar cuando se perfile la vanguardia, se homogenice la versión del gobierno, se afirme la unidad y la capacidad operativa de la izquierda y se afiance el liderazgo de un mandatario que todo le debe al pueblo.

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