Panorama de desolación, saqueo y destrucción

POR JUAN DIEGO GARCÍA

El objetivo de las potencias coloniales nunca ha sido llevar a las naciones que invaden la civilización, el desarrollo y la paz. En realidad, lo que registra la historia es todo lo contrario aunque siempre los contactos o choques de culturas dejen algún aspecto positivo en ambos bandos. Por supuesto, lo ideal sería que ese encuentro de culturas permitiera que se intercambiara pacíficamente conocimientos y avances tecnológicos de suerte que se produjese un beneficio mutuo; hasta las comunidades menos avanzadas (llamadas tradicionalmente “sociedades bárbaras”) ofrecen aspectos valiosos que pueden servir a toda la humanidad. Pero el balance de la expansión del occidente cristiano sobre el planeta deja un panorama de desolación, saqueo y destrucción y muy poco o nada de beneficio para esos pueblos. Y en Afganistán no es diferente. Afganistán es un campo de batalla en donde las potencias del capitalismo occidental, derrotados por el talibán, dejan tras de sí un escenario de destrucción total y una población sometida al miedo y la opresión, sin saber qué bando es peor, si los invasores occidentales que dejan a su paso miles de civiles asesinados, millones de desplazados y un atraso material mayor que el que había antes; o los talibán, una de las expresiones más reaccionarias del islamismo. No olvidar que esas corrientes extremas del Islam comparten no pocos valores y costumbres con el resto de los extremismos religiosos vecinos de Arabia Saudí o de los Emiratos Árabes y, guardando las debidas proporciones algo similar ocurre con el sionismo racista de Israel o con algunas de las corrientes del fundamentalismo cristiano en el Occidente civilizado (Estados Unidos, por ejemplo) cuyo discurso está igualmente cargado valores opuestos totalmente al ideario humanista.

Occidente que desde hace más de dos décadas lleva a cabo en Afganistán una guerra atroz que somete a la población local a diversas formas de exterminio (por ejemplo, bombardeos indiscriminados) compite con los talibán en el desconocimiento de los derechos humanos más elementales; el derecho a la vida, para comenzar. Además, ni los occidentales ni los talibán cuentan con un grado suficiente de apoyo social que los legitime. Los partidarios de occidente constituyen una elite pequeña de colaboradores y empresarios, así como sectores urbanos medios (muy escasos en uno de los países más pobres del planeta) que ahora intentan salir como sea del país o se resignan al régimen de opresión de los vencedores. Por su parte los partidarios del talibán también son una minoría relativa que se limita a algunas etnias y regiones (hay muchas en Afganistán y no todas apoyan el fundamentalismo islámico), mientras todo indica que la mayoría de la población resulta en buena medida un simple espectador y víctima obligada de los excesos de ambos bandos. Los talibán oprimen de forma salvaje a los colectivos que no aceptan sus preceptos reaccionarios; unas normas que se imponen violentamente sobre todo a las mujeres y a los menores, a quienes niegan su condición de sujetos; para sus normas retardatarias ellos son simples objetos. Los occidentales, de otras maneras, no les van a la zaga. ¿Qué decir de los muchos Guantánamos instalados allí? ¿Qué decir del bombardeo sistemático de las bodas rurales alegando que “allí van jefes talibán”?

¿Qué buscan en Afganistán Estados Unidos y sus aliados de la OTAN? Lo que buscan todos los colonialistas, tradicionales y modernos: saquear riquezas naturales, ampliar mercados para sus productos, asegurarse zonas de influencia y corredores comerciales, ganar a sus competidores (en este caso Rusia, Irán y China). En Afganistán, aunque el paisaje que muestran los medios de comunicación es desolado y casi desértico, se sabe que el país cuenta con algunos de los mayores depósitos de litio del planeta, un mineral de valor estratégico indispensable para el desarrollo de nuevas tecnologías, además de ser uno de los mayores productores mundiales de opio, un artículo de enorme demanda en los mercados metropolitanos y que deja amplísimos beneficios. Importa poco las objeciones morales y de orden legal que se puedan esgrimir; el opio garantiza amplios beneficios y eso es ya suficiente para la lógica del capital. Afganistán es además una posición clave para la construcción de un oleoducto de importancia estratégica para las grandes multinacionales del petróleo y del gas, así como un paso que facilitaría enormemente la nueva Ruta de la Seda que comunica a China sobre todo con Europa y resulta primordial en la competencia por la hegemonía económica mundial. Para Occidente este territorio es clave para la instalación de bases militares, indispensables sobre todo para Estados Unidos que intentan cercar a Rusia y China. Los europeos participan de esta estrategia militar (dentro de la OTAN, sobre todo) aunque existen indicios de cierto enfriamiento del apoyo a Estados Unidos puesto que tienen también sus propios intereses. Son conocidas las quejas de Washington relativas a “la escasa inversión en la Alianza” por parte de los aliados del Viejo Continente.

Tras el triunfo talibán el balance es desastroso para la población afgana. Un triunfo que aunque parece ya muy sólido, debe aún asegurarse, sobre todo con determinadas étnicas y regiones poco afines al talibán. En ese contexto, las lamentaciones de las potencias occidentales acerca de los excesos que traerá el nuevo gobierno en Kabul (¿desparecieron alguna vez, sobre todo respecto de la mayoría de la población?) no son más que formalidades diplomáticas. Occidente necesita justificar su derrota y debe condenar solemnemente los enormes peligros del fundamentalismo talibán pero seguramente que ya busca la normalización de sus vínculos con quienes siempre fueron sus amigos, a quienes financió y armó contra la Unión Soviética, con quienes siempre ha mantenido buenos contactos”. Las desavenencias que llevaron a la guerra deben superarse en aras del interés común. El responsable de las relaciones exteriores de la Unión Europea ya ha manifestado (muy solemnemente, por supuesto) que no se reconocerá al nuevo gobierno de Kabul pero que se mantendrá con ellos el contacto necesario; Biden, por su parte, seguramente de forma discreta adelanta ya contactos similares para intentar que los talibán le permitan a Estados Unidos mantener alguna forma de presencia militar en el país a cambio, si no de un reconocimiento formal, sí de un alivio de las sanciones que se han tomado esta misma semana contra Kabul. Afganistán no es Cuba ni es Venezuela, con las cuales el enfrentamiento tiene otra naturaleza; es un enfrentamiento que tiene el antiimperialismo como fondo, algo completamente extraño en el caso afgano.

El nuevo gobierno de Kabul intentará limitar en lo posible los excesos de sus “muchachos”, muchos de los cuales ni siquiera son afganos sino fundamentalistas de otros países y terroristas de profesión. Se buscará aliviar las presiones de sus aliados de siempre, los occidentales, que a su vez tienen el problema de tener que explicar a sus poblaciones por qué han estado apoyando a grupos como los talibán y otros tan o más peligrosos que ellos, una política que se inició con el apoyo a los Hermanos Musulmanes en Egipto como medida para combatir el creciente nacionalismo árabe impulsado entonces el presidente Nasser y que resultaba un peligro muy grande para los intereses de las viejas y nuevas potencias coloniales. Quienes hoy se rasgan las vestiduras por la derrota han sido los promotores del talibán desde sus comienzos no menos que impulsores de los otros grupos fundamentalistas que someten al terror a millones de gentes por todo el mundo. Dentro de poco se verá cómo Occidente se reconcilia con el nuevo gobierno talibán y se toleran los excesos del fundamentalismo, tal como sucede con Arabia Saudí y otros regímenes similares. No importa el precio; importan los beneficios.