Los cientos de millones de muertos del capitalismo

La brutal devastación que generó el gobierno estadounidense de Harry S. Truman al lanzar la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima en agosto de 1945.

POR JORGE MAJFUD /

Uno de los libros más promocionados de los años 90s fue Le Livre noir du communisme, publicado por el exmaoísta Stéphane Courtois en 1997. No nos detendremos sobre la conocida psicología del converso. El libro fue una especie de Manual del perfecto idiota latinoamericano pero del primer mundo y con mucho más vida mediática.

De este libro proceden las infinitas publicaciones de las redes sociales sobre “los cien millones de muertos del comunismo”, aunque sus propios autores estimaron los muertos entre 65 y 95 millones, enlistando cualquier evento donde estuviese involucrado un país comunista y tomando la cifra más alta en cualquier caso.

La Segunda Guerra Mundial es atribuida a Hitler y a Stalin, cuando fue este último el primer responsable de la derrota del primero, y fue el primero el causante de esa tragedia. Es más, los autores llegan a la conclusión de que Stalin mató más que Hitler, sin considerar las razones de cada tragedia y atribuyendo parte de los 70 millones de muertos en la Segunda Guerra a Stalin, siendo que uno comenzó la guerra y el otro la terminó. Los veinte millones de muertos rusos son atribuidos a Stalin. Los especialistas en la Era soviética estiman la responsabilidad de Stalin en un millón de muertos, lo cual es una cifra horrenda, pero lejos de lo que se le atribuye y aún más lejos que cualquiera de las matanzas causadas por las otras superpotencias vencedoras.

En 1945, el general LeMay arrasó varias ciudades japonesas, como Nagoya, Osaka, Yokohama y Kobe, tres meses antes de las bombas atómicas. En la noche del 10 de marzo, ordenó arrojar sobre Tokio 1500 toneladas de explosivos desde 300 bombarderos B-29. 500.000 bombas llovieron desde la 1.30 hasta las 3.00 de la madrugada. 100.000 hombres, mujeres y niños murieron en pocas horas y un millón de otras personas quedaron gravemente heridas. “Las mujeres corrían con sus bebés como antorchas de fuego en sus espaldas”, recordará Nihei, una sobreviviente. “No me preocupa matar japoneses”, dijo el general LeMay, el mismo que menos de dos décadas después le recomendará al presidente Kennedy lanzar algunas bombas atómicas sobre La Habana como forma de resolver el problema de los rebeldes barbudos. A principio de los 80s, el secretario de Estado Alexander Haig le dirá al presidente Ronald Reagan: “Sólo deme la orden y convertiré esa isla de mierda en un estacionamiento vacío”.

El libro de Courtois enlista dos de los tres millones totales de muertos en Corea del Norte y los atribuye al comunismo, sin considerar que los bombardeos indiscriminados del General MacArthur y otros “defensores de la libertad” barrieron con el 80 por ciento del país. Desde el año 1950, se solían arrojar cientos de toneladas de bombas en un solo día.

Courtois también cuenta un millón de muertos en Vietnam debido a los comunistas, sin considerar que se trató de una guerra de independencia contra las potencias imperiales de Francia y de Estados Unidos, las que dejaron al menos dos millones de muertos, la mayoría no en combate sino bajo el clásico bombardeo aéreo estadounidense (inaugurado en 1927 contra Sandino en Nicaragua) y del uso del químico Agente Naranja, que no sólo borró del mapa a un millón de inocentes de forma indiscriminada sino que sus efectos en las mutaciones genéticas se siente aún hoy.

También atribuye la barbarie del régimen de los Jemeres Rojos en Camboya enteramente al comunismo, sólo porque el régimen era comunista, sin mencionar que había sido apoyado por Washington y las corporaciones occidentales, y que fue el Vietnam comunista que derrotó a Estados Unidos el que puso fin a esa barbarie, mientras Occidente continuó apoyando a los genocidas reconociéndolos en la ONU como gobierno legítimo hasta los años 80. Ente 1969 y 1973, cayeron sobre Camboya más bombas (500.000 toneladas) que las que cayeron sobre Alemania y Japón durante la Segunda Guerra. Lo mismo les ocurrió a Corea del Norte y a Laos. Pol Pot y los Jemeres Rojos, hijos de la reacción anticolonialista contra Occidente, fueron luego apoyados por China y Estados Unidos mientras exterminaban a un millón de personas. Vietnam puso fin a la masacre de Pol Pot luego de una matanza de 30.000 vietnamitas.

El mortífero proyecto Manhattan consistió en la fabricación de la bomba atómica por parte de Estados Unidos para exterminar las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

El mayor número que suman a los 94 millones de víctimas del comunismo se refiere a la catastrófica hambruna de la China de Mao en los 60s. Esta hambruna de 1958-62 no causó 60 millones, sino, muy probablemente, unos 35 millones y, en ningún caso, fue un plan de exterminio deliberado y racista, estilo nazi en Alemania o británico en India. La necesidad de industrialización se repitió en países como Brasil y Argentina y su único pecado fue haber llegado tarde. En el caso chino, combinó una política desastrosa con problemas climáticos. Pese a todo, la expectativa de vida en China comenzó a mejorar rápidamente a partir de los 60s.

Durante el mismo período, India comenzó a mejorar las expectativas de vida de su población solo por haber dejado de ser una colonia hambreada y expoliada por el Imperio británico, que sólo entre 1880 y 1920 fue responsable de la muerte de 160 millones de personas. Sin embargo, el economista y profesor de Harvard University Amartya Sen y Jean Drèze, de la London School of Economics, en 1991 habían publicado Hunger and Public Action, donde analizaron con rigor estadístico varios casos olvidados de hambrunas mundiales provocadas por políticas capitalistas, llegando a la conclusión de que en el mismo período, en la India democrática, habían muerto cien millones, también por razones políticas.

La gran prensa no se hizo eco de estos estudios y el mundo no se enteró. Seis años más tarde, saltó a la fama Le Livre noir du communisme y otros del mismo género comercial de venta rápida y de fácil digestión. Lo mismo ocurrió con los análisis del intelectual y diplomático Shashi Tharoor y los profesores Jason Hickel y Dylan Sullivan sobre el impacto de las políticas imperiales del capitalismo.

Bomba atómica lanzada por EE.UU. sobre Nagaski.

Si continuásemos contando, con el mismo criterio de Courtois, los millones de indígenas muertos en las Américas en el proceso que hizo posible el capitalismo en Europa, los diez millones de muertos que el rey belga Leopold II dejó en su empresa llamada Congo y tantas otras masacres en África, India, Bangladesh o Medio Oriente, pasaríamos fácilmente varios cientos de millones de muertos en cualquier Libro negro del capitalismo.

La reconocida economista y profesora Utsa Patnaik, ha calculado que Gran Bretaña le robó a India 45 billones de dólares sólo entre 1765 y 1938 y causó, a lo largo de esos siglos, la muerte no de cien millones sino de más de mil millones de personas. La cifra alcanzada en su libro publicado por Columbia University Press a primera vista parece exagerada. No lo es más que la alcanzada por Courtois en base a los mismos criterios -sólo mejor documentada.

* Capítulo del libro de próxima aparición Moscas en la telaraña.