La sopa espesa de los prejuicios colombianos

POR HÉCTOR PEÑA DÍAZ

Así no nos demos cuenta, muchas de las cosas que pasan en Colombia parecen provenir de un mismo miasma: un conjunto de emanaciones fétidas de la vida social y de la mentalidad arraigada en el común de las personas. Las causas son diversas y su desentrañamiento daría para una investigación sociológica de enormes proporciones. Que un cirujano cambie el bisturí por el gatillo y mate a tres personas lo acerca al ideal del héroe que carcome el alma de muchos. Sí, es verdad, la gente en las calles se siente agobiada por el delito, pero ¿acaso este sistema no es una fábrica, abierta 24 horas al día, de criminales? No aparecen por generación espontánea, son el resultado de un modelo social que los reproduce como moscas que afean el paisaje de la desigualdad. Estamos listos al linchamiento ante el fracaso de la justicia. En un país en el que se mata a diario (líderes sociales, feminicidios, venganzas de toda índole, etc.), se oyen voces y no pocas que proclaman la pena de muerte como la solución al crimen. Habría más bien que abolirla y no imponerla, digo yo. Lo que hizo el médico (A cuentagotas hemos ido sabiendo que por violencia intrafamiliar tenía orden de alejamiento de su expareja y prohibición de portar armas), suponiendo que los hechos sean como nos lo cuentan, es algo excepcional que no se puede predicar como lo que debe hacer un ciudadano en casos similares, sobre todo, teniendo en cuenta el clima de temor y sospecha reinantes que sería fuente de incontables abusos. Volvemos al viejo oeste. El tipo de la película siempre era el más rápido en sacar el revólver, por tanto, su superioridad ética era justificada si los “malos” lo atacaban primero. Ello implicaba pericia y equilibrio que no suelen ser las virtudes del ciudadano del común.

Hay que decirlo con todas las letras: la justicia por mano propia es el fracaso de la justicia, un remedo de ella, su negación. Pero si la gente elogia al que mata, el colmo es que el Comandante del Ejército muestre sus condolencias por la muerte “natural” de un sicario cuyo prontuario de crímenes y dolor dejó tantas familias destruidas. Es un error, pero ha deshonrado el uniforme e infligido un daño moral a las víctimas. La consecuencia debería ser que dé un paso al costado, aunque estamos en Colombia donde no existe la costumbre de que una persona asuma la responsabilidad por sus actos, o da respuestas pueriles o le echa la culpa a los otros, es la tradición.

Haciendo una analogía con la caída de la líder alemana del partido de Merkel por el pacto con la extrema derecha en Turingia, nosotros debemos tener una línea intraspasable: no hacer pactos espurios con los narcos y mucho menos, honrarlos con nuestras palabras.  Si sigo revolviendo con el cucharón esta sopa espesa salen alacranes vivos que horadan la conciencia.

Aida Merlano desde Caracas denuncia la corrupción de la clase política colombiana. Más allá de lo que exagera u omite en su declaración la prófuga Merlano, leo la sentencia de la Corte Suprema en la que se condena a quince años de prisión y quedo perplejo. No lo puedo creer. Es de tal dimensión la compra de votos que se creó una “institucionalidad paralela” para tramitarla en debida forma.

Veamos lo que dice la Corte: «En efecto, la organización delincuencial a la que perteneció 1a acusada por varios años, tenía como objetivo principal acceder a escaños públicos de elección popular de orden municipal, departamental y nacional, a través de la compra de votos. Esas prácticas fueron las utilizadas en las diferentes campañas electorales por la acusada MERLANO REBOLLEDO, y los demás candidatos que junto con ella aspiraron a distintos cargos, conforme lo señala la prueba que milita en el proceso».

Gravísimo lo que comprueba la justicia, solo una punción en un punto y brota pus a borbotones, ¿cómo será a lo largo de la geografía política del país? Sin embargo, asómbrense ustedes, esto no es lo más grave siendo grave, y es lo que omite la prensa, no es solo que una clase política corrupta se haya apoderado de los recursos del Estado, sino que haya miles de ciudadanos que vendan su voto por unos pesos (en este caso por cincuenta mil). Recuerden que en la segunda vuelta de la campaña presidencial que eligió a Duque se habló de costaladas de billetes en la Costa Caribe, Todo esto pone de presente la falta de legitimidad de las instituciones y un relativo fracaso de la democracia.

Un alto porcentaje de la ciudadanía no vota, una buena parte vende su voto y una mínima fracción vota conciencia y no transforma mucho. Por eso hay que salir a las calles, persistir en la protesta ante un estado de cosas insoportable. Y ya despidiéndome, salta de la sopa una rana cínica que lleva en sus patas unas cuantas declaraciones de renta de los políticos que nos gobiernan e imponen reformas tributarias. Un primer dato: ninguno paga impuestos, excepto la retención por la derecha que hace el fisco de sus sueldos. Todos son neoliberales pegados a las tetas del Estado como tiernos terneros, vaya paradoja. Incluso Duque, el fabulador del emprendimiento, le debe a Hacienda.

En fin, ese caldo de mitos y resentimiento es un animal muerto y atravesado en las calles de la democracia; todo se junta en el fondo de la olla: el aplauso a la violencia, el billete por el voto, la admiración por los bandidos, la lógica del azadón (la tierra solo para mi lado), el cinismo de los poderosos, las víctimas sociales haciendo suyas la razones de sus verdugos de clase. Lo que se sabe, lo que la experiencia histórica ha demostrado es que los cambios en la realidad (las revoluciones científicas y sociales) permanecen rezagados un tiempo en la conciencia y por ello se explica la inercia del prejuicio y la superstición. Colombia como ha sostenido el filósofo Rubén Jaramillo Vélez, sigue teniendo el desafío como sociedad de trascender la modernidad postergada y sintonizarse con los nuevos tiempos de la vida

Médico, m y f.  (Colombianismo) Persona legalmente autorizada para abatir a otro en el quirófano y fuera de él.

Votante, adj. (Colombianismo) El que bota su voto y almuerza.

Neoliberal, adj. Partidario de que el Estado sea administrado por el sector financiero.

 Neoliberal, adj.  (Colombianismo) el que vive del Estado denostando del Estado.

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