Imperios combatientes a casi un año de la guerra de Ucrania: la gran ceguera

POR RAFAEL POCH DE FELIU /

Al cumplirse ya casi un año del inicio de la invasión de Ucrania asistimos a una debacle estratégica general de todas las partes implicadas y a una peligrosa y completa incertidumbre sobre sus resultados.

Pronto hará un año del inicio de la invasión rusa de Ucrania y aún no tenemos claro quién está ganando esta guerra. Obviamente, en el plano humano, la población ucraniana es la que más está perdiendo, no solo en Járkov y Kiev sino también en Donetsk, por la barbarie y el sufrimiento que acumula. Pero, más allá de ese hecho, en el plano militar, los vaivenes de la situación en el frente, distorsionados por las respectivas propagandas, no ofrecen un cuadro claro.

Biden y Putin disputan su poderío bélico y su liderazgo como potencias en territorio ucraniano.

En otoño las fuerzas armadas ucranianas apadrinadas por la OTAN tomaron la iniciativa, pero tras una retirada rusa, presentada como “táctica” y aparentemente ordenada –pues no dejó prisioneros– parece ser que los rusos están marcando la pauta en invierno. Los estrategas de Putin, que en otoño estaban inquietos, se muestran ahora seguros y confiados en sus fuerzas y capacidad industrial, mientras en Ucrania la movilización forzosa, con decenas de miles de insumisos y escapados, chirría tanto o más que en Rusia. Pero la situación sigue abierta a los vaivenes que ya hemos conocido.

El mero impacto de un misil ucraniano/noratlántico en Moscú, donde estos días se están instalando nuevas baterías interceptoras, bastaría para cambiar la percepción de la situación…

Pero más allá de la relativamente confusa crónica militar, hay un hecho meridianamente claro: el balance que nos ofrece el resultado de esta guerra, a casi un año de su inicio, retrata colosales errores de cálculo de todas las partes implicadas en ella.

Rusia

En esta general gran ceguera estratégica, destaca el estrepitoso fracaso de la “corta guerra victoriosa” que el Kremlin esperaba alcanzar con el doble objetivo de que Occidente respetase sus “intereses de seguridad”, así como disciplinar a sus vecinos exsoviéticos de Eurasia de puertas afuera, y consolidar su régimen político de puertas adentro.

El Kremlin ha enterrado la integración de Rusia con la comunidad occidental. El proyecto de la “gran Europa” de Lisboa a Vladivostok, que fue su razonable reivindicación histórica desde el fin de la Guerra Fría, se ha hundido definitivamente. Como dice Dmitri Trenin, “por primera vez en su historia, Rusia no solo no tiene aliados en Occidente, sino ni siquiera interlocutores capaces de desempeñar el papel de mediadores y traductores”. Finlandia, Austria, Irlanda, Suiza… desaparecen los restos de neutralidad en el continente.

Paralelamente, se ha destruido la relación económica de Rusia con Occidente. Las sanciones económicas impuestas en 2014 se han convertido en una guerra total económica, financiera y comercial.

En el ámbito de la seguridad, el propósito de alejar a la OTAN de sus fronteras ha resultado en lo contrario, en el deseo de Finlandia y Suecia de ingresar en la Alianza, lo que supone 1.200 kilómetros más de frontera directa con la OTAN, así como un rearme occidental inusitado. La voluntad de desmilitarizar y neutralizar a Ucrania se ha quedado en la transformación de ese país en una temible potencia militar firmemente orientada contra Rusia.

La disuasión nuclear, en la que Rusia ponía tanto esfuerzo, se demuestra como un factor insuficiente, porque el adversario –y esto es sumamente peligroso– no se lo toma en serio. Nunca desde que existen armas nucleares se banalizó tanto ese factor. Nunca se jugó a la ruleta rusa con él, como se hace ahora.

Fracasó también, por tanto, del “arma energética” que Moscú pensaba que frenaría a la Unión Europea y en especial a Alemania.

La especial relación con Alemania, iniciada con la reconciliación postbélica, dinamizada durante la Guerra Fría por la Ostpolitik socialdemócrata, y culminada con la luz verde de Moscú a la reunificación de 1990, ha fallecido. Alemania vuelve a ser enemigo de Rusia y envía de nuevo sus tanques al escenario de su gran derrota en la Segunda Guerra Mundial. Podría ser solo el principio. Como ha dicho en su mensaje de Twitter el ultra Andri Melnyk, exembajador ucraniano en Berlín: “¡Aleluya!, ahora queridos aliados formemos una fuerte coalición en materia de aviación de guerra, para enviar F-16, F-35, Eurofighter y Tornados, Rafale y Gripen, y todo lo que pueda enviarse a Ucrania”.

Las “organizaciones internacionales” controladas por Occidente, como la OSCE, o el organismo Internacional de la energía atómica (IAEA), por mencionar solo dos, culminan su orientación de instrumentos contra Moscú.

Ninguno de los aliados rusos en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, excepto Bielorrusia (y hay que entender las condiciones bajo las que Lukashenko coopera con Putin), se ha mojado con la intervención en Ucrania y han preferido declararse neutrales.

El único capital ruso es la actitud de los BRICS y los no occidentales en general, que comprenden que la invasión de Ucrania es el resultado de responsabilidades compartidas y sacan sus propias conclusiones prácticas, condenando la agresión pero sin sumarse a las sanciones.

Hay todo un polo en formación interesado en el propósito general ruso de corregir y cambiar el marco institucional internacional elaborado durante la posguerra mundial, que ya no se corresponde con las realidades del mundo de hoy. Pero, al lado de los citados fracasos concretos e inmediatos, esta es una ventaja relativa y difusa, que solo se podría concretar a medio y largo plazo.

Unión Europea

Entre el 24 de febrero y el 15 de diciembre de 2022, la Unión Europea ha impuesto 10.300 sanciones a Rusia. Ya va por el décimo paquete de sanciones. Las sanciones debían servir para que Rusia perdiera la guerra o, por lo menos, la guerra energética. La ministra de Exteriores alemana, Annalena Baerbock, dijo que su propósito era “arruinar” a Rusia, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, dijo que el objetivo era “desmantelar, paso a paso, la capacidad industrial de Rusia”. Pero la economía rusa no se ha hundido. Sus ingresos por exportación de hidrocarburos han aumentado un 28%. Europa compra diesel ruso a India. La caja que sostiene la guerra de Moscú no se ha vaciado. La recesión rusa está siendo suave. La economía rusa, y quizás también la sociedad, se transforma con gran dinamismo y una eficacia considerable. La oposición no ha hecho acto de presencia y la política informativa parece bien engrasada. La guerra puede actuar como locomotora keynesiana. Las fábricas de armas trabajan a todo gas, los elevados sueldos de los soldados bajo contrato atraen a decenas de miles de pobres de las últimas regiones del país, y los vacíos dejados por el boicot prooccidental se cubren a gran velocidad.

Al mismo tiempo, los costes de la energía en Europa amenazan con desplazar empresas e industrias europeas a otros lugares, en primer lugar a Estados Unidos, en beneficio de la reindustrialización de ese competidor.

La Unión Europea se ha convertido en subalterna de la OTAN, donde manda Estados Unidos. El antiguo eje político europeo fundamental franco-alemán ha sido sustituido por el eje político-militar Washington / Londres / Varsovia / Kiev, que marca la línea a seguir. La Unión Europea de Maastricht ha muerto. Ha perdido, literalmente, su orientación y está extraviada en el mundo.

Europa inventó la geopolítica en el siglo XIX pero, como dice el politólogo de Singapur Kishore Mahbubani, “en el XXI ha olvidado que la geopolítica se compone de política y de geografía, y parece creer que su geografía y sus intereses en general coinciden con los de Estados Unidos”.

En la Unión Europea de Von der Leyen cada vez hay menos políticos y más actores. No se hace política, sino gestos, declaraciones y anuncios sin apenas consecuencias. La UE vive en el reino de la imagen. Tan importante es el discurso de la presidenta como la combinación azul y amarilla de su traje ante el Parlamento Europeo. Los “valores europeos” (¿la ilustración, la división de poderes y Beethoven, o las guerras de religión, el colonialismo y Auschwitz?) y los “derechos humanos” (¿o más bien su selectiva utilización vía la política de derechos humanos?) ya no impresionan al mundo no occidental, harto de la hipocresía y los dobles estándares.

Como ha explicado Emmanuel Todd, el mundo es mayoritariamente patriarcal y, para la inmensa mayoría de su población, el neoconservadurismo ruso-ortodoxo en materia de moral y costumbres (patria, familia, religión) es mucho más comprensible que la revolución LGTBI occidental. Eso no tiene nada que ver con el progreso de civilización que el paulatino pero inexorable avance universal del rol femenino representa en todas partes, y desde luego también en el sur global, algo que la modernidad y la instrucción llevan consigo. Con lo que tiene que ver, dice Todd, es con la pérdida general de conexión con el mundo real que el neoliberalismo ha generado en occidente, donde el establishment reduce la igualdad a igualdad de género y el género a una cuestión de libre opción.

Estados Unidos

Llegamos así al principal y más inquietante enigma. Hay un consenso general de que el gran marco de las relaciones internacionales en el momento en el que nos ha tocado vivir consta de dos aspectos fundamentales: el relativo declive de la potencia occidental que ha dominado el mundo los últimos 200 años, y el traslado de la potencia desde Occidente hacia Asia.

Las tensiones a las que asistimos hoy, en forma de sanciones, acción informativa (propaganda) y abierto conflicto militar, son consecuencia directa de las ansiedades que estos dos aspectos crean en Estados Unidos, que ha trabajado para tener bien amarrada a Europa, vía la OTAN, creando las tensiones con Rusia que justificaban esa organización desde el mismo fin de la Guerra Fría, hace un cuarto de siglo. La guerra de Ucrania está claramente relacionada con ese contexto general y ofrece señales importantes en tiempo real sobre la correlación de fuerzas global que todo el mundo observa con la máxima atención. Pero lo que aquí importa es cómo la primera potencia mundial reacciona a la situación.

Como observábamos hace un par de años, Estados Unidos pasa por ser una “sociedad abierta” –incluso la sociedad abierta por excelencia–; sin embargo, es obvio que las preguntas esenciales sobre su comportamiento internacional ni se plantean, ni pueden siquiera ser planteadas. Por ejemplo, la mera hipótesis de que el país deje de ser la “potencia número uno” en el futuro próximo –una posibilidad en absoluto excéntrica– no solo es implanteable, sino que tiene categoría de simple herejía: nadie en Estados Unidos está dispuesto a discutir la posibilidad de que el país llegue a ser un “número dos” mundial. El mero enunciado de tal posibilidad, como dice Mahbubani, “sería suicida para cualquier político que lo planteara”. Estados Unidos no tiene una estrategia para el nuevo mundo del siglo XXI. No se prepara para los cambios que están en marcha, sino que únicamente se resiste a ellos militarmente.

Con la expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia y las tensiones que ello ha ocasionado con ese país, Estados Unidos ha logrado retomar el control político militar de Europa. Está atando corto a Alemania, para lo que ha tenido que reventar mediante atentados los gasoductos por los que fluía la sólida relación energética del gigante europeo con Rusia. Pero, ¿no era la guerra “la continuación de la política por otros medios”? Si es así, entonces, ¿cuál es la política que hay tras las guerras de Estados Unidos?

En Afganistán entraron en octubre de 2001 y, tres meses después, hacia finales de diciembre, ya se había conseguido el objetivo esencial: el hundimiento del régimen talibán y la destrucción de Al Qaeda allá, aunque sin apresar a Bin Laden. En lugar de proclamar “misión cumplida” e irse en diciembre de 2001, se quedaron veinte años. Y al final tuvieron que salir apresuradamente ante el regreso de los talibán. En Irak, incubaron el Estado Islámico y han dado paso a una influencia inusitada de su principal adversario regional, Irán, en el país. Objetivos y actitudes manifiestamente errados, que provocan inmensa destrucción y mortandad.

¿Cuál es ahora el propósito en Ucrania? ¿Cuál es el objetivo? ¿Se trata del cambio de régimen en Moscú?, ¿disolver Rusia en varios estados?, ¿agotarla? Tratándose de una superpotencia nuclear, todos esos objetivos son demenciales. La ceguera estratégica demostrada en Afganistán e Irak es ahora mucho más temeraria y catastrófica porque abre una caja de Pandora tan imprevisible como inquietante, particularmente para Europa. Y eso es lo que pone de candente actualidad la necesidad de que Estados Unidos se vaya, de una vez por todas y definitivamente, de Europa, como debería haber hecho al concluir la Guerra Fría. Que nadie reclame hoy esto en el viejo continente forma parte de esa ceguera colectiva.

A un año del inicio de la invasión, asistimos a una debacle estratégica general de todas las partes implicadas y a una incertidumbre completa, pero la de Estados Unidos es, sin duda, la principal y la que mayores consecuencias tendrá porque nos está arrastrando a la tercera guerra mundial.

Post scriptum. Casi la mitad de los europeos están a favor de un pronto fin del conflicto ucraniano, incluso a costa de pérdidas territoriales para Ucrania. Según Euroactiv, citando una encuesta realizada por Euroskopia, el 48 % de los residentes de los países de la UE apoyaron esta opción. Contra tal sacrificio, incluso a costa de la paz, se pronuncia el 32% de los europeos.

La encuesta se realizó en nueve países de la UE. El mayor número de partidarios de un rápido final del conflicto vive en Austria: el 64% de los encuestados estaba a favor. El 60 % de los alemanes también quieren que la lucha termine lo más rápido posible. Al 54 % de los habitantes de Grecia, al 50% de los ciudadanos de Italia, al 50 % de la población de España y al 41 % de los portugueses les gustaría lo mismo. El menor número de partidarios de tal idea se encuentra en los Países Bajos y Polonia: 27 % y 28 %.

https://rafaelpoch.com/