“España jamás podrá tener una relación inteligente con las Américas mientras siga negándose a reconocer su propia y conflictiva historia de aventura feudal”

Eduardo Subirats

POR ORIOL MALLÓ /

Jamás el Reino de España, cuyo jefe de Estado en pleno siglo XXI es un Borbón, funesta herencia del sanguinario dictador Francisco Franco para vergüenza de muchos españoles, “podrá reconocer la envergadura de las altas culturas de mayas, incas, zapotecas, guaraníes o aztecas, porque las destruyó sistemática y absolutamente. Y jamás podrá reconocer el alto precio que pagó por su triunfante aventura feudal en América: el atraso intelectual, moral y social que hoy le convierten en la última rémora de la Unión Europa”, sostiene de manera categórica el docente universitario de filosofía, arquitectura, literatura y teoría del arte y la cultura en São Paulo, Barcelona, Caracas, Madrid, México y Princeton, Eduardo Subirats.

Enterrar los vacíos clichés del posmodernismo para recuperar la razón crítica es la homérica tarea que se ha propuesto el filósofo y ensayista catalán de ascendencia alemana Eduardo Subirats Rüggeberg, profesor de la Universidad de Nueva York. Entre el legado de la hispanidad en América Latina y sus nuevos proyectos 2.0, una plática sin red con un pensador original y valiente.

Autor del ensayo Crisis y crítica ante “el colapso del pensamiento”, lo llevó a bautizar con la misma denominación una publicación virtual en 2013 que surgió en el fondo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en un seminario semiclandestino titulado Invitación al Apocalipsis. En su momento fue una revista electrónica que se propuso tres objetivos: burlar las fronteras y censuras institucionales y lingüísticas que rigen las relaciones entre Norteamérica y la América al Sur del río Bravo, romper las barreras de control corporativo y lingüístico por parte de la academia norteamericana que reduce la investigación de las Humanidades a una tarea reproductiva en el mejor de los casos irrelevante, y en tercer lugar, crear un espacio de dialogo humanista latinoamericano que no respete las divisiones burocráticas y las dependencias lingüísticas impuestas por la universidad corporativa. Y todo eso atravesado por el proyecto de una nueva teoría critica a la altura de las condiciones generadas por los nuevos poderes tecnológicos globales. Un amplio y ambicioso proyecto intelectual…

“El exilio es la condición del pensamiento”

¿Fue el exilio intelectual de España el motor de tu crítica visión de la hispanidad?

Yo me fui de España durante el estado de excepción fascista de 1972. Mi madre y mi educación eran germánicas. Mi padre era republicano catalán. Ambos habían huido de los campos de concentración del nazismo y del franquismo. Yo nunca me sentí “español”. Tampoco alemán. Ahora tengo un pasaporte norteamericano. Esa condición de exilio es hoy universal. Su concepto lo formuló Thomas Mann frente a una Alemania completamente arrasada por millares de toneladas de bombas aéreas. Es un exilio sin retorno. Tras la destrucción militar de Europa Mann se refugió en Suiza.

Pero el exilio sin retorno también es la condición absoluta del pensamiento, desde Pitágoras y Sócrates hasta Ibn Arabi o Ibn Gabirol, por mencionar autores clásicos.

Como intelectual nacido en España ¿cómo te has librado de este sentimiento de superioridad compasiva o misionera propia de los españoles cuando hablan de América Latina?

Cuando era estudiante de medicina en Barcelona leí una única entrevista del historiador exiliado español y ciudadano norteamericano Américo Castro, cuyos libros estaban (y están) censurados en España. Y recuerdo una frase: España jamás podrá tener una relación inteligente con las Américas y el mundo mientras siga negándose a reconocer su propia y conflictiva historia. Los incontestados e incontestables eventos históricos del posfranquismo español han sido el Centenario del Descubrimiento, el Centenario del Desastre de 1898, y el Centenario de las Cortes de Cádiz. Han sido tres modelos de falsificación y trivialización pública de la memoria. Una falsificación incontestada por la mediocre intelligentsia española. Esta nunca podrá reconocer que Iberia fue el espacio multireligioso que dio nacimiento al Primer Esclarecimiento Europeo en los siglos doce y trece, con obras como las de Maimónides o Ibn Rushd (Averroes) que deben considerarse como el origen del concepto filosófico de Europa (concepto que excluye a la España contrarreformista y actual). Jamás podrá reconocer la envergadura de las altas culturas de mayas, incas, zapotecas, guaraníes o aztecas, porque las destruyó sistemática y absolutamente. Y jamás podrá reconocer el alto precio que pagó por su triunfante aventura feudal en América: el atraso intelectual, moral y social que hoy le convierten en la última rémora de la Unión Europa.

Miguel León Portilla inventó el cuestionado concepto del “encuentro de dos mundos” para los festejos del Quinto Centenario en 1992. ¿Fue El continente vacío (Siglo XXI, 1994) tu forma de responder a esta visión ecuménica y ‘amigable’ de la conquista española de América?

En cuanto a León Portilla no se me ocurre nada. Es el mayor responsable de la falsificación de la historia precolonial mesoamericana. En cuanto a El Continente vacío fue la respuesta a mi experiencia personal viajera a lo ancho de México, Brasil, Venezuela, Perú, Argentina, Guatemala… en los años ochenta. Fue la respuesta a la despreciada riqueza intelectual y cultural de sus pueblos. Cierto: es una crítica letal contra la Teología de la Colonización. Y esa crítica fue la razón de que la edición española fuera destruida. Pero esta obra es, sobre todo, el primer reconocimiento filosófico al Inca Garcilaso de la Vega, el primer humanista de América Latina y a su restauración del orden espiritual del mundo o los mundos americanos.

¿Existen dos líneas literarias contrapuestas en la cultura latinoamericana?

En mi manuscrito Mito y literatura (2011) explico clarísimamente sus señales de identidad: crítica de una independencia traicionada, reconocimiento (no exactamente restauración) de las memorias de los pueblos históricos de las Américas, o sea las memorias indígenas o africanas, una concepción literaria y filosófica que arranca de los mitos (no de su parodia comercial “mágico-realista”), y un proyecto lingüístico, cultural y político soberano. En Paraíso o en su versión reducida, Una última visión del paraíso (FCE, 2004), reconstruyo los mismos signos de identidad en la arquitectura y el arte latinoamericanos del siglo veinte. No tengo nada más que decir.

Caciquismo de barrio

¿El “imperio de las gramáticas y lexicografías coloniales” sigue dirigiendo la vida cultural de América Latina dos siglos después del fin del imperio español?

Ya no se lo puede llamar imperio. Es un caciquismo de barrio, económico, científico y tecnológicamente impotente: la Real Academia Española. Su lema sigue siendo “limpiar” (lo que significa eliminar las huellas étnicas extrañas, desde el hebreo y el árabe hasta el guaraní o el náhuatl, del español desesclarecido de Valladolid), y darle el “esplendor” de una lengua científicamente irrelevante a través de una política de premios literarios que ha celebrado la mediocridad a manos llenas.

¿La oralidad o experiencia de lo sagrado como contraposición a la cultura de los escribanos, los soldados y los comerciantes que conquistaron América sigue siendo válido en las ciudades perdidas del siglo XXI?

Imagino que esta era la creencia de los misioneros que torturaron y asesinaron a los sacerdotes nahuas, incendiaron sus códices y redujeron a polvo a sus dioses. En las minas y las encomiendas el trabajo etnocida y militarmente organizado debía transformar a las Américas en un páramo como el de Castilla. Sin embargo, no fue así. El verdadero espíritu de los pueblos nunca muere.

Has dicho varias veces que las  fracasadas revoluciones hispanoamericanas son superiores a la norteamericana por su carácter inclusivo de los pueblos colonizados. ¿Podrías explicar mejor una idea tan a contracorriente de lo establecido?

Elaboramos con unos intelectuales mexicanos y norteamericanos un ensayo que precisamente incide frontalmente sobre esta falsificación de la relación Norte/Sur de las Américas. Se titula Esclarecimiento en una edad de destrucción (2017). Y plantea en primer lugar la necesidad de reivindicar el esclarecimiento contra la escuela francesa, que lo ha degradado a un asunto de panópticos y manicomios. Pero el telón de fondo de este proyecto es más intenso que eso: demostramos que el Enlightenment  (ilustración) de América del Norte, y sus Human Rights, es un programa filosóficamente limitado que, desde los Founding Fathers (Padres Fundadores), define un proyecto imperial. Atacamos esta versión limitada e imperialista de enlightenment. Al mismo tiempo cuestionamos la mera existencia de un Esclarecimiento (la palabra “Ilustración” es semánticamente un absurdo y carece de referente) en el mundo de habla hispano-portuguesa, dominado hasta entrados en el siglo diecinueve por la Inquisición.

¿Qué nombres representarían esta ilustración decapitada?

En mi libro Memoria y exilio que reeditó la editorial Anthropos en una versión muy ampliada y muy corregida bajo el título Reformar la memoria, señalo también los grandes testimonios de este esclarecimiento escamoteado por los teólogos de la liberación eclesiástica: Blanco White y Francisco Goya en España, Simón Rodríguez en Venezuela. Son tres grandes reformadores y esclarecidos, y los tres exiliados paradigmáticos de la monarquía hispánico-católica. Sus obras siguen siendo censuradas por la industria cultural y la academia a ambos lados del Atlántico.

En tu lectura personal Pedro Páramo representaría ante todo el inframundo ahogado, el misterio de lo sagrado que late como prueba visceral y agónica de una Atlántida precolombina. ¿Es una forma de romper con los tópicos que cubren esta obra crucial?

La realidad profunda de los pueblos de América la configuran sus memorias mitológicas y religiosas. Pedro Páramo es una gran novela porque revela esas memorias enterradas, las memorias de las diosas femeninas del Reino de Tlaloc, y las opone, en una complicada trama, al mundo corrupto del cristianismo y el caciquismo poscoloniales. Naturalmente la ignorante academia norteamericana neutraliza la fuerza reflexiva de este planteamiento político y poético catalogándolo como neosurrealismo tercermundista o realismo mágico.

El realismo mágico es a tu parecer una forma de negar o cosificar la realidad latinoamericana pero ¿la novela de Alejo Carpentier no cuenta mejor que mil libros de historia las claves de la primera revolución americana en Haití?

El problema aquí es lo que se entiende por “contar”. La estilización de las maravillas del Nuevo Mundo ha sido una fijación del público europeo desde la traducción alemana del siglo XVI de La destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas hasta la traducción alemana de Cien años de soledad en el siglo XX. La ficción comercial, las artes plásticas comerciales y los eventos culturales comercialmente diseñados reproducen hoy ese mismo principio.

¿Son las derivas políticas del mesianismo algo peligroso, como lo expresaba el ultraconservador mexicano Enrique Krauze en un famoso artículo de Letras Libres llamado El mesías tropical?

El concepto de mesías es bastante complejo. El retorno de Quetzalcóatl, que los misioneros coloniales identificaron propagandísticamente con Cortés, representa un mesianismo esclarecido. La Tierra sin mal de los indios guaraníes es un mesianismo espiritual. El templo a la Tierra fecunda de Chapingo, realizado por Rivera, representa un mesianismo revolucionario moderno vinculado a un orden armónico de la civilización y la naturaleza en cuyo centro está el culto a la Gran Madre de las religiones mesoamericanas antiguas… El mesianismo es un tema apasionante que no tiene fin. Pero a esos periodistas amarillos simplemente los ignoro.

¿Por qué te produce tanto enojo el giro que ha tomado la vida académica en los últimos 30 años?

Los estudios culturales son la caricatura de la tradición hermenéutica que en América Latina representan António Cândido y Ángel Rama, y en Europa, Adorno o Ernst Bloch. En la ejemplar universidad norteamericana de hecho ya no existen los estudios literarios y la tradición humanista ha sido suplantada por un ejército de ignorantes especializados, o sea los expertos. Tampoco se me ocurre nada sobre ellos.

Me fascina el concepto de multiculturalismo de apartheid pero ¿qué significa exactamente?

Significa que todos somos igualados bajo una misma ley, pero todos estamos separados por innominadas fronteras de raza, género, clase social, conducta sexual u otras infinitas clasificaciones y subcategorías. Su modelo clásico lo proporcionó el campo de concentración de Buchenwald en el que los prisioneros estaban rigurosamente clasificados y diferenciados en sus uniformes con respecto a la raza (judíos, gitanos, eslavos…), sexualidad (homosexuales, ofensores de la pureza racial…) o idearios políticos (comunistas, socialdemócratas, etc.). Este modelo hoy se aplica en gran escala. Sólo quiero recordar que a este modelo de democracia racial vigilada Darcy Ribeiro opuso el modelo brasileño de creación de pueblos nuevos a partir de la mezcla sexual y espiritual de razas y religiones “opuestas”.

Desde Las poéticas colonizadas de América Latina, Mito y Literatura, pasando por Siete tesis contra el Hispanismo, una idea obsesiva recorre tus reflexiones: reivindicar los mundos arrasados por la arrogancia imperial. ¿Sigues solo en esta búsqueda o sientes que desde las universidades alguien sigue tu mismo camino?

En este momento hay un colapso del pensamiento. México no es una excepción. Pero Crisis y Crítica es un intento de abrir un cauce a los intelectuales que se empeñan a pensar de manera soberana e independiente, y por eso la academia corporativa les cierra el camino.

En tu vida universitaria parece que te ha salido caro ir por la libre. ¿A qué crees que se deba?

Sólo tengo que recordar que Kant, en su famoso artículo “¿Qué es el Esclarecimiento?”, puntualizaba: no vivimos en una edad esclarecida, sino en una edad de esclarecimiento. Y esclarecimiento supone acción, dinamismo, creación, y eso molesta siempre tanto a editores comerciales como a profesores corporativos. No por eso dejaremos de pensar.

La civilización no se opone a la barbarie, se revela ella misma como barbarie. ¿Haces tuya esta conclusión que extraes de la lectura de Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos?

La identificación de la civilización capitalista y su expansión imperialista con el desprecio a la vida humana, la destrucción de memorias culturales, la expansión universal de la corrupción y el crimen organizado, los genocidios de diversas especies y la guerra científica como su más alto exponente ha sido un motivo constante de reflexión desde el holocausto de Auschwitz y su coronación en el holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki. La lógica del progreso es la lógica de la barbarie.

Eduardo Subirats o la experiencia del fin

Se siente, y lo proclama, un verdadero exiliado. La única patria de Eduardo Subirats es la razón crítica; la búsqueda de un pensamiento libre que guió sus estudios entre Barcelona, París y Berlin. Un largo viaje intelectual con recalada final en Estados Unidos. De Princeton a la New York University, este ensayista siguió su camino lejos de las modas intelectuales: Desde La cultura como espectáculo (FCE, 1988) a Paraíso, ensayos sobre América Latina (FCE, 2013) decenas de libro respaldan un curriculum vitae abrumador.

En los setenta tomó sus clases con Gilles Deleuze y Jean-François Lyotard pero también sus distancias. Considera Subirats que el posmodernismo académico acabó con el espíritu revolucionario del 1968. Hoy en día, dice, los estudios culturales ofrecen la excusa académica para bombardear Afganistán.

Entender su exilio filosófico requiere rastrear su doble derrota. Su madre alemana tuvo que escapar del nazismo por su condición de judía. Su padre, republicano catalán, terminó encerrado en un campo de prisioneros tras la guerra civil española. El totalitarismo arrasó el mundo de sus padres y la cultura del espectáculo concluye, en el siglo XXI, un proceso de degradación humana que este filósofo analiza en cada una de sus obras. Este es el “exilio sin retorno” de Eduardo Subirats.