Crónicas desde Santiago: a un año del estallido social en Chile

POR GILBERTO LOPES /

Este 18 de octubre de 2020 se cumple un año desde que estallaron las protestas sociales más graves desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Nuestro colaborador Gilberto Lopes de Castro llegó a Santiago tres días después de que irrumpió la ira ciudadana ante la criminal política económica neoliberal del mandatario pinochetista Sebastián Piñera. Cuando arribó a la capital chilena era un lunes, con toque de queda. Unos días después, el 24, empezó a escribir unas notas testimoniales que llamó Crónicas desde Santiago, las cuales publicamos a continuación en su conjunto.

La ceguera de los torpes

Amanece en Santiago. Un día triste, algo nublado. Está gris. Hace cinco días que el país está sometido al toque de queda.

¡Es un caos!

Interrumpe el hilo de la vida urbana, el tránsito de la gente, la hora de volver a casa, la de salir al trabajo, de suplir el comercio, de abastecer las industrias. Hay que reacomodar todo.

Desde hace una semana Santiago no tiene servicio de metro. Se ha podido restablecer parcialmente solo una de las líneas que sirven a la ciudad. Algo más se ha logrado con los buses, después de que también dejaron de circular, en medio de las protestas.

Con toque de queda y sin transporte adecuado, la ciudad cruje bajo la torpe camisa de fuerza que le impuso el gobierno. Venden la idea tratando de convencer a todos de que es para su protección, que es necesaria para impedir los saqueos.

Pero amanece el jueves y ya se lleva casi una semana de toque de queda. El miércoles, miles de personas se manifestaron en todo el país. De norte a sur. En Arica y Puntarenas. En Concepción. En Santiago, en las dos pistas de la alameda, el corazón de la ciudad, miles de personas celebraban su libertad, mientras el canal nacional –medio público, medio privado– abría su micrófono a la gente. Una medida atrevida. Algunos sabían decir por qué protestaban, otros no. Pero todos sabían por qué protestaban.

El alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, una joven figura política en Chile, lo dijo: No por 30 pesos, por 30 años de una política torpe.

Los 30 pesos de aumento del metro, que desató la ira, como si faltara siempre una chispa que prendiera el material inflamable acumulado.

¡30 años de políticas torpes!

¡Saquen la cuenta! Ahí están todos, los pinochetistas y los que vinieron después de Pinochet. Políticos que no ven más allá de la punta de sus zapatos.

Están matando gente

Están matando gente. Los militares no están para mantener el orden público. Están para matar. Aquí, se han dedicado a matar a su propia gente. En otros lugares también, en los países vecinos. En todos: en Argentina, en Uruguay, en Brasil, en Bolivia. No fue hace mucho tiempo. Solo 40 o 50 años.

Verlos en las cales, cuidando gasolineras, o estaciones del metro, es brutal. Por lo menos para quien los vio hace esos 40 o 50 años. Pero se equivoca el que piense que es lo mismo. Entonces se sentían dueños del mundo. Y actuaban como si lo fueran. Hoy no se atreven. Hablan distinto. Es que entonces tenían detrás a los dueños del mundo. Hoy, esos mismos ven tambalear sus derechos de propiedad.

Pero están matando gente en Chile. El ministro de Salud, Jaime Mañalich, hizo un cuidadoso recuento ayer: –en la red pública hay ingreso de 96 personas en la región metropolitana, 229 en el resto del país. 40 personas hospitalizadas en últimas 12 horas por severidad de sus lesiones.

En Chile gobiernan los pinochetistas. O, para decirlo con más claridad, los mismos para quienes gobernaba Pinochet. La ira se concentra en el ministro del Interior, Andrés Chadwick, pinochetista de primera hora, desde jovencito, primo de Piñera. Lo acosaron ayer en el Congreso. Es difícil verlo defender las reformas con las que el presidente pretende desarmar las protestar, rehacer una base política. Es difícil.

Acosado, se limitó a decir: –Yo asumo mis responsabilidades, pero no tengo ninguna responsabilidad política en esta situación. La “situación” es la de las protestas y la de los muertos. ¿Quién las tiene, entonces?

Hay cerca de tres mil detenidos. Un número no bien precisado de muertos, que se acerca a los treinta.

El oasis

Hace tan solo dos semanas, el 8 de octubre recién pasado, Piñera decía en entrevista, en el programa matinal Mucho Gusto de Mega: –“Mire lo que pasa en América Latina, Argentina y Paraguay en recesión, México y Brasil estancados, Bolivia y Perú con una crisis política muy grande. Colombia con este resurgimiento de las FARC y de las guerrillas”.

–En medio de esta América Latina convulsionada, nuestro país es un verdadero oasis, con una democracia estable, el país está creciendo, los salarios están mejorando…

Con la mirada puesta en la punta de sus zapatos. Son los mismos que se han unido para defender la democracia en América Latina. Aznar, Uribe, Mireya Moscoso y unos más. Delincuentes internacionales, delincuentes nacionales y algún ratero chico, a los que se han sumado los otros. ¿Se volverán a reunir? ¿Nos volverán a indicar el camino?

O los del Grupo de Lima. Todos contra Venezuela, siempre en nombre de la democracia y la libertad. Siempre bajo las iniciativas y los intereses de otros, que no los latinoamericanos. ¿Volverán a hablar? ¿Queda alguno?

Supongo que saldrán contra Evo. El domingo hay elecciones en Argentina y Uruguay. ¿Influenciará lo que ocurre a este lado de la cordillera? Ayer lo recordó Cristina Kirchner, en uno de los últimos actos de campaña en Argentina.

¡Renuncia Piñera!, exigían a gritos en Valparaíso. Difícil saber lo que pasará.

Amanece y la ciudad se mueve poco a poco. Me queda la impresión de que lo hace con cierta pereza. Más tarde hay convocada nueva protesta. Y todo volverá a ganar velocidad…

 La desaparición del hombre feliz

Amaneció temprano. Hoy el toque de queda terminó a las cuatro de la mañana. La ciudad todavía dormía.

Luego amaneció con carreteras colapsadas. Los camioneros protestan contra los cobros en las carreteras privatizadas. Una protesta polémica, que Felipe Berríos, un sacerdote muy identificado con los sectores populares, denuncia. Son los dueños de los camiones, los mismos que contribuyeron al colapso del gobierno de la Unidad Popular en los años 70, los que impiden el desarrollo del ferrocarril, los que contaminan con un diésel subsidiado y que ahora se aprovechan para pedir más privilegios.

Las protestas de estos días en Chile –dice Berríos– ¡debe ser de los discriminados, no de los privilegiados! Si no tenemos cuidado terminan ganando los de siempre, advierte.

La gente sigue reunida en la plaza Italia, donde ayer tomé la foto que encabeza esta nota.

Pican los ojos y la garganta. Son los restos de los gases que se resisten a disolverse aunque, de madrugada, bajo toque de queda, los funcionarios municipales le renuevan la cara a la plaza.

Un silencio atronador

Amanece y suena un silencio atronador en la ciudad. Hace tres días no se oye al general Javier Iturriaga, comandante de la zona de Emergencia. Piñera había dicho que Chile estaba en guerra. El general discrepó: –yo soy un hombre feliz. ¡No estoy en guerra con nadie!

Piñera habla de guerra. No es su especialidad. Él es solo un empresario y presidente del país. Pero no sabe de guerra, ni la tiene que librar.

El experto en el tema es Iturriaga. Él sabe de lo que habla y sabe también que, si fuera cierto, es al él a quien le toca pelearla.

Pero no ha vuelto a hablar. El silencio suena atronador. Pero tampoco ha hablado el presidente.

Tenía razón el general. El habla del presidente coincide con la de su esposa que atribuye la guerra a una invasión de alienígenas. Muchos se han burlado de esta frase, pero no tienen razón. Es cierto lo que dice la esposa del presidente: los alienígenas han invadido su mundo. Es una guerra.

Un diálogo absurdo, en un escenario vacío, con autores ausentes, mientras en las calles, y en las plazas, la obra se sigue desarrollando con un ruido ensordecedor. Como un desesperado asalto al cielo.

En los cabildos

Ayer fui a los cabildos. Es una vieja idea, de los tiempos de la colonia. Autoconvocados, asistí al de La Reina.

Caía la tarde. Al pie de la cordillera, lo gris, lo café de la montaña contrasta con un azul desmayado de un cielo que se apaga. La montaña adquiere relieves mientras se mueven las sombras. Abajo, 300, 400 personas, conversan. Refresca.

–Este estallido me ha hecho ver que no estoy solo. Es ocasión para reconstruirnos, para repensarnos. Estamos cansados de los abusos. Nos van a tener que escuchar. No sé si tenemos claro lo que queremos…

Hay enojo. Frustración. Sienten que Chile fue un laboratorio para un modelo que se ha agotado. “Como las AFP –el sistema privatizado de pensiones– que solo se sostenía porque aparecíamos como una sociedad dormida”.

–Somos mucho más de lo que se imaginan, aseguran. Ojalá. Habrá que verlo.

Hablan. Escuchan. Aplauden. ¡Hay que reconstruir el tejido social! Desatar el sistema neoliberal “bien atado por Pinochet en una constitución”.

¿Una nueva constitución? Es una de las demandas más aplaudidas.

La desaparición de los alienígenas

¡Zás!, hace el mago con su varita. Y la plaza queda vacía. En un instante más de 1,2 millones de personas se han esfumado. Desaparecen los alienígenas…

¡Zás!, vuelve a hacer el mago con su varita. Y la plaza se llena, como por arte de magia.

Hay magos que han hecho desaparecer un avión en el escenario. No recuerdo bien si alguno ha hecho desaparecer un elefante. La magia es un arte encantador. Desconcertante.

Aquí, lo hace el toque de queda. ¡Zás! Y la plaza queda vacía. Lo puedo ver por televisión. No se puede asomar uno a la calle.

Era viernes por la noche. Como por arte de magia, desaparecen más de un millón de personas, mientras hombres armados cuidan la plaza vacía para que no vuelvan los alienígenas. Por lo menos hasta hoy, que es sábado, cuando la plaza volverá a llenarse de alienígenas.

¿Hasta cuándo?

Ayer caía la tarde. Un cielo enrojecido los cubría a todos. No se si era también por arte de magia. Empezaba a hacer fresco, pero no parecía importarle a los alienígenas.

Lo hacían todo en silencio. No se oía ni una palabra. ¡Había un silencio ensordecedor! No tenían con quién hablar. No había interlocutor. Entonces hablaban a todos. No se entendía bien lo que querían decir. No estaba claro.

O quizás era la multitud de voces lo que no dejaba entender bien lo que decían. Hablaban todos al mismo tiempo y no se alcanzaba a entender si todos decían lo mismo.

Son costumbres alienígenas. Difíciles de entender. Tocan tambores. Golpean ollas. No se entiende bien lo que quieren decir.

Pero algo querían. Había que aguzar el oído para entenderlos. Es difícil con los alienígenas.

No hay discursos

No hay discursos. Ni tarimas. Es una plaza muda, críptica, escandalosa. Imprecisa y exacta, según se la mire. No hay quien los dirija. Que les diga lo que tienen que hacer. Ni lo que tienen que decir. Es eso lo que hace tan difícil entender a los alienígenas. Son otras costumbres.

Había un letrero grande. Algunos eran amigos de Sebastián. Antes de desaparecer le decían adiós. Como en una despedida: “Adiós Sebastián”. Como si estuvieran despidiéndose antes de irse.

Quizás vuelvan hoy. Es casi seguro. Entonces quizás intenten hablarle de nuevo.

Pero, ¿con quién hablará Sebastián? ¿En qué idioma? ¿Qué les dirá? Han sido días frenéticos. Los alienígenas están por todas partes, en Temuco, región de la araucanía, en Punta Arenas y Antofagasta, en Viña… ¡por todas partes!

No se sabe bien con quien dialogar. Ni qué decir. Sebastián parece estar solo. Nadie sale a apoyarlo. Ni una sola expresión masiva a su favor.

¡Silencio! Callado hasta en las mesas de conversaciones, ve pasar a los alienígenas. Una multitud. La esperanza es que se vayan. Los oye en silencio. Lo cierto es que no se entiende bien lo que dicen.

¿Qué quieren? ¿Tocar el cielo con las manos? ¿Trabajar? ¿Comer? ¿Educar a los hijos? ¿Poder ir al médico? ¿No morirse antes de morirse?

¡No son claros los alienígenas! Parece que lo quieren todo.

Romper la lógica de la dictadura

Se asoma una mañana perezosa. Mañana de domingo. Todos los tiempos se alargan.

Es tiempo propicio para el asombro. ¿Qué hemos hecho? Ha sido una semana que cambió el mundo. Llovió en el oasis y la tierra floreció y se extendió su verde más allá de los límites de ayer.

¿Qué hemos hecho?

Nadie se lo imagina todavía. El país hierve. ¡Hay que verlo! Se multiplican las asambleas. Todos hablan. Es una sinfonía de voces. Se han ido afinando: ¡Hay que romper la lógica de la dictadura!

En el Chile de hoy, lo que la gente de Pinochet amarró sigue bien amarrado. Los dedos apuntan a la Constitución.

Fui de asamblea en asamblea. Eso fue ayer. Todos repartidos en mesas de diálogo, se pensaban a sí mismos. ¿Qué hemos hecho? ¿Hacía adónde queremos ir? Todos los caminos parecen conducir a una nueva constitución. Pocos cambios parecen posibles si no se cambia la constitución.

La derecha se asusta: que Lagos, que Bachelet, que no lo hicieron cuando fueron gobierno. Pero lo cierto es que ni el sistema perverso de pensiones de ahorro individual en manos de cinco o seis empresas, que condena a la mayoría de los chilenos a la pobreza en su vejez, se puede cambiar a fondo sin un cambio en la constitución. Y ese cambio necesita dos tercios de los votos en el congreso.

¡Plebiscito!, pide la gente. ¡Hay que romper la lógica de la dictadura! La derecha se resiste. Esperará que se diluya la marea que levantó el millón y medio de chilenos en las calles, de Arica a Punta Arenas. Se atrinchera.

No es el único debate. Se multiplican las imágenes de la brutalidad policial. Se insiste en las denuncias de vandalismo tolerado (¿promovido?) por Carabineros. En crímenes, en violencia abusiva, cobarde. Se los ve apaleando a mujeres, a gente que camina por las calles, como en patota, con sus bastones y sus cascos.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), institución estatal, presenta 50 querellas por violaciones a las derechos humanos. 15 por violencia sexual y cinco por homicidios.

“La democracia tiene derecho a defenderse”, se oye en televisión. Son los que critican la violencia. La de los que salieron a saquear. Se defienden con la otra violencia, con la suya, la misma que los permitió adueñarse del país hace tan solo 46 años. Y del que aún son dueños.

Quedó al desnudo la magnitud del dolor. Es lo que explica la magnitud de la protesta: los hijos sin escuelas adecuadas, casi todos con atención médica deficiente y la perspectiva de una vejez miserable. Un Estado despiadado.

¿Y ahora?

Se multiplican las voces. Una multitud en estado de asamblea. ¿Qué quieren? ¿Cómo lo pretenden lograr? Un error de cálculo ¿qué costo tendría? Estamos todos en la encrucijada.

Al otro lado de la cordillera

Hoy la mirada traspasa la cordillera. Se va al otro lado. Se ha vuelto el país al revés y hay que tomar un minuto de descanso. Hay que repensarse.

Al otro lado, se tambalea la vergonzosa jornada del macrismo, que puso a la Argentina de rodilla. Hacía yunta con Piñera. Aglutinaban desde el sur la ofensiva conservadora del norte. Prometió de todo y, cuatro años después, devuelve a sus ciudadanos una Argentina miserable.

¿Cambiará el rumbo?

¿Y Uruguay? Tierra del inefable Almagro, que ha llevado la ignominia a niveles difíciles de imaginar, es también escenario de otras luchas, de resistencias, corredor de aires frescos. ¿Seguirá la brisa?

También Colombia elegirá autoridades locales. ¿Se amarrará la mano a una derecha que ha hecho política siempre con el machete en la mano?

Ya lo hizo Bolivia

Se alarga una mañana de domingo perezosa en la que se arremolina una historia que tendrá que encontrar nuevos cauces esta tarde.

Todas las miradas, todas

 Es la multitud de voces. La de los que tratan de hacerse oír en la precaria pausa de silencio. Todas las voces. Todas.

Las que sueñan con el pasado, las que sueñan con el futuro, las que no sueñan. La transición corta se ha revelado como la larga transición. La corta, la que no fue como dijeron. La larga, que será como la construyan. En eso están.

Los que no quieren ver. Ni el tránsito de la dictadura a la democracia vio los niveles de destrucción que hemos visto en estos días, dice el expresidente. Es la transición larga, la que busca sus cauces.

Las visiones no cuadran. Reivindican la desaparición “milagrosa”, de la pobreza y de la extrema pobreza. Pero las familias “están todas en crisis”. “Los horarios de trabajo semanal efectivo superan las 45 horas, el promedio en tiempos de desplazamiento casa-trabajo-casa ronda las tres horas diarias para mucha gente”.

Parece un sueño. Hablan del milagro. Los “expertos” también. Temen que Chile vuelva a ser parte del “vecindario incómodo”. Es solo un paso el que separa el oasis del desierto.

“Nunca fue tan alta la deuda en las familias como porcentaje de sus ingresos”. “Muchas familias hoy están usando sus tarjetas de crédito del retail para comprar alimentos básicos en los supermercados”.

“El mundo del trabajo está inundado de precariedad o incertidumbre. Muchos viven al límite para llegar a fin de mes, expuestos a que una enfermedad catastrófica o una pérdida de empleo los exponga a la vulnerabilidad absoluta”.

Todo es culpa del progreso. La gente mejoró tanto que ahora está inconforme. El es 30% de los que eran pobres y que ahora temen volver a serlo. Aspiraban a más.

Es difícil entender las cosas así. Y encontrarle solución a los problemas. Es difícil.

Un expresidente sugiere al gobierno “buscar espacios para escuchar mejor a la gente. Podría convocar un núcleo de 30 o 40 chilenos de los más distintos sectores: de las universidades, premios nacionales de ciencias o artes, el mundo vivo de las organizaciones sociales, juntas de vecinos, que refleje los diferentes segmentos y que tengan comunicación directa con la sociedad”.

¿Cómo fue que una generación con más oportunidades que las precedentes, de repente se convirtió en una masa desbordada, colérica, pero a la vez movilizada, crítica, valiente, festiva, dispuesta a todo?, se preguntan, sin encontrar respuesta.

No falta el que desvaría, el que sueña despierto:– Espero que el Ejército y la DINA controlen a estos locos socialistas como en los tiempos del héroe Pinochet, se atreve a decir.

Y agrega: –Si siguen por ese camino, ya se quedaron sin Metro, dentro de poco no tendrán ni papel higiénico, a los socialistas les gusta la miseria, cuando un pueblo progresa, lo echan a perder.

Hay todavía mucho loco suelto. Los que piensan que todo es culpa de Venezuela…

Hoy es día de cambio de gabinete. Difícil tarea para el presidente y para los que acepten incorporarse al gabinete. ¿A cuál receta se atendrán? ¿A cuál diagnóstico?

Me parece que la transición ha entrado en su fase final. Ya veremos…

Por mi parte, hasta aquí he llegado. Por ahora…

Hay ira en Chile

 Cae la tarde. Es martes y Santiago está caótico. Acaba de cerrar el metro. Algunas líneas funcionaron. Pero a medias. Algunas líneas, algunas estaciones. Un servicio que atendía a cerca de tres millones de personas diariamente. Quienes vuelven a casa buscan como hacerlo. En buses puestos en servicio por algunas municipalidades. Hay desconcierto. No se sabe cómo llegar, como irse.

Caminaba ayer por la ciudad. Por el parque Forestal. Uno de los rincones más hermosos de Santiago. Entre el parque y la casa, la plaza Italia. Y miles de personas. Y los gases lacrimógenos. Cuando pensaba que ya había cruzado el centro de la manifestación, caminando por un costado, se abalanza la multitud. Detrás vienen los gases. Cierro los ojos, trato de respirar. Me doy cuenta de que tengo que volver. Tratar de cruzar al otro lado del Mapocho. Me devuelvo. Corro. Cruzo el puente y el aire de hace más fresco. Hay que seguir caminando. Hacia Oriente. Más allá de las protestas. Y caminar hasta conseguir un taxi. De llegar a casa.

Hoy de nuevo. Las calles están tomadas. Las imágenes de la televisión muestran un escenario de guerra. Santa Rosa con Alameda. Bombas molotov. Carros lanza aguas. Gases lacrimógenos. Incendios y saqueos en la misma alameda. Es el corazón de la ciudad.

La pantalla se divide en cuatro. La información se multiplica: las barricadas, los incendios, bomberos sobrepasados, los carros lanza agua, la policía de Carabineros intenta apagar los fuegos y detener los saqueos.

Los reporteros llaman de un escenario a otro. Anuncian el control de un segundo amago de incendio. Muestran otro, por otro lado. Cae la noche.

Hace una hora, un funcionario del oficial Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) fue herido por siete balines. Disparados por Carabineros, usados para enfrentar las manifestaciones. Se esparce el humo por la Alameda. Abren las rejas del cerro Santa Lucía. Invaden el cerro.

Muestran un saqueo: San Antonio con Alameda. Un montón de ropa, maletas llenas de la ropa saqueada. Corren.

Imposible no vivir como en un escenario de guerra. ¿Qué hará el gobierno? Ayer anunció cambios en el gabinete. Pero nada muy nuevo. Caras conocidas, enroques, un par de ministros nuevos en Economía y Hacienda, ambos conservadores, neoliberales. No se puede esperar grandes cambios. Nuevo ministro del Interior. Nuevo, pero antiguo miembro del gabinete. La reciben con estas enormes protestas, con violencia.

El baleo del funcionario del Instituto Nacional de Derechos Humanos no ayudará. ¿Cómo enfrentará el gobierno un hecho que lo expone, en medio de las denuncias de asesinatos, torturas, secuestros, abusos? El ministro llama al director del INDH. Le garantiza investigaciones. No va a ser fácil. Por lo menos el funcionario está fuera de peligro.

Hace cuatro días el gobierno ofreció 15 medidas para atender algunas demandas: salarios, pensiones, costo de los remedios, que no satisfacen a la oposición. Los manifestantes protestan. Reclaman de las condiciones en que reciben (o no) atención en salud.

La gran demanda es el paso que no se ha podido dar desde el fin del régimen militar: una nueva Constitución. El presidente del Congreso anuncia que no esperarán la iniciativa del gobierno. Se encargarán en la cámara de Diputados y la de Senadores de iniciar el proceso.

En todo el país

Protestan en todo el país. De norte a sur. Siguen los saqueos. Oscurece y quienes llegan a sus casas al final de la tarde ven un escenario alucinante, un país desconocido.

El tránsito es muy difícil. Lo fue todo el día, pesado, lento.

Chile será escenario de dos cumbres internacionales. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) está previsto para el 16 y 17 de noviembre. Prácticamente en dos semanas. Trump confirma asistencia, Putin anuncia ausencia.

Y la COP, la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático, está prevista entre el 2 y el 13 de diciembre. El escenario caótico no ayuda.

Oscurece. Los manifestantes se mueven, van dejando Plaza Italia. Pero otros resurgen. Hay fogatas. La idea era haber llegado al palacio de gobierno, a La Moneda, completamente bloqueada por las fuerzas de seguridad.

Vuelan helicópteros. Sirenas. Explosiones. Hay ira en Chile.

La soledad de Piñera

Hace dos semanas que los chilenos se manifiestan en las calles de todo el país. En marchas gigantescas –la mayor, en Santiago, la semana pasada, se estimó en 1,2 millones de personas– expresan su hartazgo por más de 40 años de políticas que terminaron por demoler todo sentido solidario de una sociedad a la que intentaron educar en el orden del “sálvese quien pueda”. Y solo pocos pudieron. Los demás no se salvaron.

Bastó una generación para que quedara todo claro. El resultado venía el en cheque mensual de las pensiones. Mitad de los pensionados recibían menos del salario mínimo, después de cotizar 30 o 35 años. Mientras las administradoras privadas de pensiones se hacían con millones de dólares.

Viernes, 1 de noviembre. Feriado. Miles reunidos en la Plaza Italia. Es el corazón de la ciudad. De nuevo. Mujeres de luto protestaron más temprano, acercándose al palacio de gobierno. Más tarde el tono familiar de la protesta se va transformado. Se levantan barridas, se alza el humo, surgen saqueos. Miles han quedado heridos, más de 150 han perdido la vista o sufrido daños en un ojo consecuencia de bombas disparadas por la policía.

De nuevo las protestas se extendieron por todo el país. En Viña, en Valparaíso, en Temuco, en Concepción, al norte, al sur, en la costa.

Amanece el sábado, fresco y soleado. Se multiplican los contactos políticos. Pero no son tiempos normales. Más allá del gobierno, me parece que nadie le pone mucha atención. Más tarde se repetirán las protestas. Y de nuevo mañana.

Gobierno acorralado

Hace dos semanas empezaron. El gobierno sigue acorralado. Desde entonces no ha habido ni una sola manifestación pública a favor del gobierno o de Piñera. ¡Ni una sola! Es la soledad de Piñera. Viejos aliados lo abandonan. Se suman a las voces que exigen una nueva constitución. Es la llave para las demás reformas, incluyendo la del sistema de pensiones.

Se multiplican los cabildos. La población discute los intereses de las inmobiliarias, que amenazan la vida de los barrios, pero también los problemas de la educación, de la salud, la crisis que ha hecho romper el hilo de la paciencia de los chilenos.

El gobierno anuncia, cambia el discurso, pero el diálogo tampoco avanza. Las autoridades tienen voluntad para escucharnos, pero no para resolver, afirma un alcaldesa después de reunirse con el ministro.

Pero ese no es el problema. No hay acuerdo sobre los proyectos necesarios para cambiar la situación.

Aislado, el gobierno oye, pero no escucha. Se multiplican las asambleas de barrios. ¿Cuánto van a durar? ¿Qué cambios van a lograr? ¿Cómo encauzar las protestas, transformarlas en motor de los cambios? ¿De cuáles cambios?

La ciudad renquea. Santiago calcula los daños, los plazos para restablecer el funcionamiento del metro. Todos exigen cambios profundos. El nuevo (viejo) ministro del Interior confiesa que no podrá resolver todos los problemas en un día.

Pero ese no es el problema. No hay acuerdo sobre los proyectos necesarios para cambiar la situación.

Hace dos años Piñera asumía con una avalancha de votos. El sueño de la derecha parecía hacerse realidad. Piñera prometía “tiempos mejores”: desestatizando, privatizando, avanzando en la construcción de un Estado subsidiario, promoviendo los proyectos público-privados, desregulando la iniciativa privada.

El sueño ha hecho agua. Difícil promoverlo con bombas lacrimógenas, con los lanza aguas de los Carabineros.

Los militares volvieron temprano a los cuarteles. Desde entonces mantienen absoluto silencio. ¿Quién los ha callado?

Por ahora solo se oye el silencio ensordecedor de sus partidarios. El presidente está solo, como nunca.

Mirando el mundo

 Hemos mirado las protestas en Santiago y acompañado desde aquí las que se han extendido por todo el país. Durante dos semanas el mundo miró sorprendido como un modelo que trataban de exportar a toda América Latina se derrumbaba.

En el primer año de su segundo gobierno “el presidente Sebastián Piñera dobló la frustrada apuesta realizada en su primera administración”, decía un estudio sobre la nueva administración del mandatario pinochetista, iniciada en marzo de 2018.

“El nuevo relato, cuidadosamente preparado, mantuvo las principales orientaciones políticas de la derecha”, agrega el estudio. Eso implicaba avanzar en la configuración de una nueva economía mediante una alianza público-privada que prometía crear nuevos y buenos empleos, mercantilizar los bienes y servicios provistos a la población, desestatizar y privatizar a sus proveedores.

Todo parecía funcionar a la perfección. En noviembre y diciembre Piñera recibiría a los principales líderes mundiales en la cumbre de la APEC y en el COP, con los que compartiría escenario.

Hasta que todo se vino abajo. Este inmenso laboratorio del neoliberalismo se desfondó. De eso hemos estado hablando estos días.

Cuando se acerca la hora de dejar el país y volver a Costa Rica la mirada se vuelve a otros lares. Con asombro, con tristeza, veo a un gobierno aplicar allí las mismas recetas que aquí se desfondaron: impuestos para la mayoría, exoneraciones para las minorías, privatización de puertos, aeropuertos, carreteras, alianzas público-privadas presentadas como forma de avanzar en obras públicas, ataques a la salud y la educación públicas.

Un gobierno sin rumbo entregó la economía del país a quienes sí tenían rumbo. No fueron los elegidos, ni lo que ofreció en campaña. Es lo más conservador disponible en el escenario político de Costa Rica. Gente que jamás soñó que podrían poner en prácticas las medidas que el gobierno está promoviendo en el país.

Un presidente sin carácter gobierna el país con cinismo. Es de los que solo alcanzan a ver hasta la punta de sus zapatos.

Si extiendo la mirada, veo dos escenarios electorales en efervescencia: Uruguay y Bolivia.

En el primero, su destino se decidirá el 24 de noviembre en la segunda vuelta electoral. Derrotado en la primera, el conservador Luis Lacalle aglutina los demás pelajes conservadores para transformar el 28% de sus votos en mayoría en el segundo turno. Ganador en el primero, con 39%, el Frente Amplio tiene enfrente una dura lucha para intentar sumar y lograr lo mismo.

En esas condiciones, salió el expresidente José Mujica a dar la pelea, a recorrer el país para recordar a los uruguayos quienes son los que hoy proponen enderezar la política uruguaya. Los mismos que han gobernado casi toda la vida. Los que, cuando crece el país, concentran de nuevo la riqueza en menos manos. Con las cifras en las manos, Mujica recordó cuanto del crecimiento retornó a la gente durante los tres gobiernos del Frente Amplio.

Habrá que ver si será suficiente para volcar los votos necesarios para el triunfo en el segundo turno.

De regreso, está en el camino Bolivia, donde el triunfo ajustado de Evo Morales ha dado pie a nuevos intentos de una derecha muy conservadora de hacer inviable su gobierno.

Para eso cuentan con el apoyo de la OEA, a la que Morales puso en un aprieto: vengan a contar los votos, a revisar si hubo fraude. Encabezada por un mexicano, Arturo Espinoza, un enconado anti Morales, la misión comenzó mal. Revelada su posición, tuvo que renunciar antes de comenzar su trabajo. Ya veremos qué resulta.

En todo caso, ya nada será igual, sin el modelo chileno que sirva de ejemplo y de destino.

Y aquí, en Santiago, todo está también por resolverse. Me voy con la sensación de que, ahora sí, ha comenzado la transición entre una dictadura al servicio de los menos a alguna otra cosa, difícil aun de vislumbrar con precisión. Lo cierto es que, como se oye en la calle, Chile despertó. Ya veremos hacia dónde irá.

Las dantescas imágenes de Santiago

Las dantescas imágenes de Santiago la noche del viernes ponen contra las cuerdas el gobierno de Sebastián Piñera, inmovilizado desde que hace exactamente tres semanas, cuando se iniciaron las protestas, cuya dimensión va quedando en evidencia cada día que pasa.

Son la respuesta al alzamiento del 11 de septiembre de 1973.

Quiero explicar por qué lo pienso: cuando murió Pinochet sus funerales se celebraron en la Escuela Militar. Miles desfilaron delante del féretro. Pero dos jóvenes fueron los protagonistas. Dos nietos. El de Pinochet, militar, hizo un discurso fuera de protocolo defendiendo la herencia de su abuelo, delante del comandante en jefe del Ejército, que lo dio de baja de forma fulminante.

El otro nieto, Francisco Cuadrado Prats, lo era también de un general: del general Carlos Prats, superior y compañero de Pinochet durante una larga carrera de casi 40 años en el ejército. Antigolpista, Prats se exilió en Buenos Aires, donde Pinochet lo mandó asesinar con una bomba colocada debajo de su carro, que lo mató a él y a su esposa.

La cobardía y la brutalidad paralizaron a todos. Con el horror desatado Pinochet impidió toda protesta en las fuerzas armadas. Estaban todos avisados. El mensaje era brutal, cobarde. Ya lo había hecho con el resto de la sociedad, bombardeando el palacio de La Moneda y desarrollando un sistema de horror que inmovilizó todo el país.

El nieto del general Prats hizo la fila de quienes esperaban desfilar por delante del féretro y homenajear así Pinochet. Cuando llegó, lo escupió.

Una generación había quedado paralizada por el horror. Hoy, esos nietos se cobran aquella violencia desatada un 11 de septiembre de 1973. Santiago es el escenario principal de esa historia. Que se extiende, sin embargo, por todo el país, de Arica y Punta Arenas. Solo esa violencia inicial explica la magnitud de la protesta.

Un gobierno insensible, heredero de la violencia inicial que fundó el régimen actual, ciego ante el sufrimiento de la inmensa mayoría de la población, esquilmada durante 40 años, que ha visto privatizados todos los servicios –las pensiones, los colegios, la salud, todo– se enfrenta hoy a la rebelión de un país.

Es el mismo Chile del 73, el que entonces buscaba alternativas para organizar su sociedad según el programa de la Unidad Popular que encabezó Salvador Allende, y que fue arrasado por la ofensiva neoliberal que se ensañó con el país.

Sin entender la dimensión de lo ocurrido entonces, sin entender quiénes son los que hoy gobiernan sobre la herencia de la dictadura, no se puede entender la dimensión de las protestas.

Entonces se sentían dueños del mundo. Era la época de Reagan y Thatcher, la de tierra arrasada. Decían que no había alternativa. Hoy cosechan lo que sembraron.

Santiago lucía como tierra arrasada. El gobierno está ausente. Sus únicos voceros son los Carabineros en las calles, intentando apagar el incendio. Las autoridades de segundo y tercer plano, las que dan la cara, lucen patéticas.

La ciudad luce como tierra de nadie. Las imágenes son dantescas. Las fuerzas armadas, llamadas a poner orden cuando estallaron las protestas hace tres semanas, mantienen un silencio ensordecedor. Entonces

Piñera dijo que estaba en guerra. El general Javier Iturriaga, jefe de la Defensa Nacional, le contestó que no estaba en guerra con nadie. Y desaparecieron del escenario.

La respuesta de Piñera fue convocar al Consejo de Seguridad Nacional. No dijo nadie a la prensa. Ni una palabra. Todo lo que hace parece desastroso.

El Chile de Pinochet, finalmente, hace agua. Las protestas han arrinconado el gobierno. Piñera tendrá un fin de semana complicado.

En Brasil, Lula salió libre hoy…