Colombia: crisis de hegemonía, subjetividades insurgentes y perspectivas

Gigantesca manifestación realizada en el monumento a Los Héroes en Bogotá, el sábado 15 de mayo de 2021 en protesta contra el impopular gobierno neoliberal de Iván Duque.

POR SERGIO DE ZUBIRÍA SAMPER Y GIOVANNI LIBREROS JIMÉNEZ /

El presente texto tiene como propósito realizar una caracterización del panorama de Colombia, como de una crisis orgánica de hegemonía, en la que se está desplegando un complejo campo en disputa entre la producción de subjetividades neoliberales y anticapitalistas, como también de posibles perspectivas de trámite que se encuentran en desarrollo. Un aspecto central de esta reflexión problematiza la cuestión sobre cómo se resuelven crisis de estas dimensiones, algo que resulta estratégico para la perspectiva de las luchas contrahegemónicas. Esta exposición se desarrolla en tres momentos: en el primero, se recupera el concepto gramsciano de crisis orgánica de hegemonía, para verificar a partir de él si se cumplen o no las condiciones para su aplicación en el caso colombiano. En el segundo, se examinan los desafíos que implica para las Ciencias Sociales la compresión del nexo entre protesta social y emergencia de subjetividades insurgentes y, finalmente, la última parte explora los distintos caminos de trámite de estas conflictividades sociales y de una crisis inédita que aún no termina de desplegar todas sus facetas.

Con relación a lo que está ocurriendo en Colombia, es de anotar, en primer lugar, que la intensificación de las tensiones sociales expresada en las calles no responde a un fenómeno espontáneo, sino que tiene antecedentes estructurales que lo explican. Se trata de una crisis orgánica porque nunca se había presentado una convergencia tan singular entre crisis económica, crisis social y crisis política. Esta conjunción inédita ha sido presionada -reconózcase o no- en parte por los efectos políticos y culturales generados por el Acuerdo de Paz de noviembre de 2016, efectos que fueron agudizados por una implementación traicionada y luego por la exacerbación de la violencia neoliberal, autoritaria y fascista, que aprovechó la crisis de la pandemia. En segundo lugar, la crisis colombiana también es una crisis de hegemonía puesto que es al mismo tiempo una “crisis de autoridad” y una “crisis de representación”.

Crisis orgánica de hegemonía

Es necesario conceptualizar la noción misma de “crisis” para dimensionar las tareas emancipatorias del presente. De ahí la importancia de recuperar la categoría de “tendencias a la crisis” como quiera que “las crisis son momentos o estados transitorios”, por lo general vinculados a procesos multideterminados que se organizan y estructuran a partir de una forma específica de acumulación capitalista, y que, sin embargo, aunque tales tendencias se prolonguen, ellas comportan una dinámica de convergencia que puede producir en algún punto de su desarrollo una situación de desenlace. Cuando estas tendencias se conjugan en una situación histórica concreta se pone de manifiesto la presencia de una “crisis orgánica”. Pero ¿cuáles son entonces los rasgos distintivos de tal crisis? Antonio Gramsci (1981) aporta un corpus categorial que permiten definirlas, por ejemplo, cuando señala que “En cierto punto del desarrollo histórico, las clases se apartan de sus partidos tradicionales […] no representan ya a su clase o fracción de clase” (p. 224). Frente a los peligros que supone tal desestructuración del sistema político, Waldo Ansaldi (2003) sugiere por lo menos tres rasgos distintivos para identificar las “crisis orgánicas”: 1) una intensificación de las contradicciones, tensiones y desacuerdos al punto de que, tanto dominadores como dominados, “vacilan respecto de las decisiones a tomar, los caminos a seguir y las acciones a realizar”; 2) las normas, las reglas y las instituciones hasta entonces incontrovertibles “dejan de ser observadas y reconocidas, en mayor o menor medida, llegando, en el límite, a ser concebidas como un obstáculo para el desarrollo de la sociedad”, y 3) las nuevas propuestas de resolución de la crisis no terminan por ser elaboradas, pero, incluso si llegaran a estarlo, los sectores hegemónicos las asumen, erróneamente o no, como suficientes y eficaces para recomponer el consenso social (p. 15).

Resulta crucial la aproximación que propone Ansaldi puesto que permite establecer el nexo existente entre crisis orgánicas y crisis de hegemonía. Esta última se constata cuando en los rasgos señalados se manifiesta con intensidad 1) una crisis de autoridad de la clase dirigente (las clases subalternas se escinden de la ideología dominante) y 2) cuando dicha crisis afecta a los partidos políticos tradicionales (pensamos que también a las formaciones de la “izquierda institucionalizada o gubernamental”), los cuales devienen “anacrónicos” y “separados de las masas”, verificando así que se presenta una ruptura entre representantes y representados. En esta situación de crisis política e histórica lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Con relación a lo que está ocurriendo en Colombia, hay que anotar, en primer lugar, que la intensificación de las tensiones sociales expresada en las calles no responde a un fenómeno espontáneo, sino que tiene antecedentes estructurales que lo explican. Se trata de una crisis orgánica porque nunca se había presentado una convergencia tan singular entre crisis económica, crisis social y crisis política. Esta conjunción inédita ha sido presionada -reconózcase o no- en parte por los efectos políticos y culturales generados por el Acuerdo de Paz de noviembre de 2016, efectos que fueron agudizados por una implementación traicionada y luego por la exacerbación de la violencia neoliberal, autoritaria y fascista, que aprovechó la crisis de la pandemia.

En segundo lugar, la crisis colombiana no solo es orgánica, sino que también es una crisis de hegemonía, puesto que cumple la doble condición señalada por Ansaldi, a saber: la de ser al mismo tiempo una “crisis de autoridad” y una “crisis de representación”.

La primera se comprueba en la enorme dimensión que adquiere el desacato ciudadano frente a las medidas de confinamiento sanitario, a los toques de queda nocturnos y la prohibición legal de las movilizaciones, a las presiones armadas del paramilitarismo urbano, a los hostigamientos de la militarización y a las órdenes policiales de dispersar con violencia las manifestaciones y, finalmente, a las directrices de los grandes medios de comunicación para deslegitimar la protesta, evidenciando así un punto de soldadura de la triple crisis y la creciente insubordinación de amplias capas populares no solo de las principales capitales y ciudades intermedias, sino también de las pequeñas municipalidades que otrora se mostraban apáticas ante las explosiones de rebeldía. ¡Piedras contra balas!: gentes del común amotinadas contra el imperio del miedo.

La segunda condición se constata en la duración del movimiento en curso, indicativo de una tendencia sostenida (noviembre de 2019, septiembre de 2020 y de abril a la fecha), la cual se explica por el deterioro de los gobiernos neoliberales y su incapacidad de alcanzar nuevos consensos institucionales que pongan fin a la conflictividad social o, por lo menos, que la apacigüen. Por otra parte, contribuye también a esta crisis de representación el papel de las izquierdas institucionalizadas, las cuales se dividen entre quienes aceptaron “el diálogo nacional” con el gobierno y quienes con mayor cálculo político-electoral aguardan su momento, mientras se deslizan entre la movilización callejera y los acercamientos por las alturas. Esta ambigüedad tiene su correlato en las fosilizadas estructuras sindicales que aún no logran sintonizarse con las nuevas subjetividades insurrectas que eclosionan furiosamente ante el despojo de los precarios ingresos y la colonización capitalista de los bienes comunes y los territorios.

Protesta social y producción de subjetividades

El poderoso ascenso planetario de movilizaciones y protestas sociales desplegado a partir de 2011 continúa siendo un desafío para el análisis de las ciencias sociales. Aunque cada continente tiene sus peculiaridades y en cada país las correlaciones de fuerzas en la lucha de clases son sui generis, la continuidad de la protesta, el incremento de la insubordinación y la extensión de subjetividades implicadas ha exigido desprenderse de modelos interpretativos tradicionales y escuchar con gran atención las prácticas sociales.

Para el historiador Perry Anderson (2004), América Latina y el Caribe se han convertido en un nicho relevante de resistencias al capitalismo neoliberal por tres motivos centrales. Primero, desde finales del siglo pasado hasta hoy, las resistencias al neoliberalismo y al neoimperialismo conjugan lo social, lo cultural y lo nacional en perspectiva de una visión emergente de otro tipo de organización de la sociedad y de otro modelo de relaciones entre los Estados. Segundo, es la única área del mundo con una historia de levantamientos revolucionarios y luchas políticas radicales desde hace más de un siglo, empezando con la Revolución Mexicana (anterior a la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa), que entre las dos guerras experimentó importantes levantamientos y experimentos políticos derrotados; a partir de la revuelta zapatista, el último ciclo popular de resistencia contra el neoliberalismo aún no ha terminado. Tercero, la persistencia de potentes movimientos sociales con una clara conciencia anti – neoliberal y que luchan por un mundo diferente. Esta constelación dota al frente de resistencia de un repertorio de tácticas y acciones y de un potencial estratégico superiores a los de cualquier otra parte del mundo.

Los países de la región donde se ha aplicado al pie de la letra la ortodoxia neoliberal Chile y Colombia, han experimentado importantes grietas ideológicas luego de su “espectacular triunfo intelectual” (Villacañas, 2020) y un ascenso relevante de la protesta e insubordinación política. Lo anterior también confirma cómo la hegemonía neoliberal sigue siendo una realidad incuestionable; la crisis de 2008 no terminó con ella, y esta sigue siendo la lógica normativa global. Pero también es necesario constatar que comienza a mostrar fisuras y que, necesariamente, inquieta a aquellos poderes que la han usufructuado.

El neoliberalismo no es exclusivamente economía, es la producción de un tipo peculiar de subjetividades con su reducción del ser humano a absoluto homo economicus (Foucault, 2007). Entre sus dispositivos están la imposición de una racionalidad económica normalizadora del capitalismo, la aceptación de la economía financiera, formas existenciales disciplinadas, subjetividades empresariales, sentido de salvación, vidas precarias, inspiración de terror y darwinismo social (Villacañas, 2020). El neoliberalismo funciona porque entre sus dispositivos yuxtapone “vidas precarias”, “terror” y “darwinismo”. La “precariedad” en el sentido de aspirar a destruir la idea de sujetos capaces de reflexión, pensamiento y distancia crítica, un concepto muy cercano a la idea de Hannah Arendt de la “incapacidad de pensar”; la expansión del terror en la vida privada y pública para paralizar y convertir en pasivos a esos sujetos; el darwinismo y la eugenesia para reducir la “vida” a sobrevivencia en la competencia del mercado.

En Colombia, las mingas indígenas que han tenido lugar desde 2008, la movilización estudiantil de 2011, el paro agrario de 2013 y la protesta popular de 2019 conforman indicios de la emergencia de subjetividades alternativas y nuevas formas de la protesta social. Las ciencias sociales colombianas deben realizar urgentes esfuerzos para su análisis y comprensión.

En entrevista reciente concedida al diario BBC, Mauricio Archila, investigador destacado de la lucha social en Colombia, adelanta algunas primeras observaciones sobre la protesta social actual, a saber: no es posible establecer comparaciones con El Bogotazo o el Paro Cívico de 1977; las coberturas y sostenibilidad han sido inéditas; han llegado a pequeños y medianos municipios, donde antes no se solía protestar; han sido convocadas prioritariamente por jóvenes, pero cuentan con el apoyo decidido de adultos mayores y poblaciones “minoritarias”; se ha producido una alianza obrero-campesino-indígena que tal vez nunca había sido tan equilibrada.

Como se observa, se trata de componentes importantes para la descripción y comprensión del fenómeno. Estamos asistiendo a la producción de gérmenes de otras subjetividades hastiadas del formato neoliberal en medio de una protesta social heterogénea y colmada de contradicciones y conflictos. Diversos investigadores consideran que su potencia y configuración futura depende de las formas de tramitar su diversidad conflictiva. Algunos de estos gérmenes de producción de subjetividades no-neoliberales son los siguientes:

a. La emergencia de subjetividades múltiples y colectivas como expresión del sometimiento de la reproducción social en todos sus componentes (salarial, familiar, político, cultural, generacional, subjetivo) a la reproducción ampliada de la acumulación neoliberal, con un papel relevante de jóvenes, mujeres, campesinos, indígenas y afros.

b. La aparición de la capacidad formadora de comunidad que posee la muerte como la única forma de resistencia a través de la solidaridad interna de grupo ante una muerte anónima, biológica y que convierte al “mal gobierno” en uno de sus cómplices; al mismo tiempo, la necesidad de comunidad exige la inclusión del mundo de todos los seres vivos, la Casa Común, la Madre Tierra, la Pachamama; una crítica radical a la expansión capitalista de la vida.

c. La nítida distinción reflexiva de los sujetos entre el miedo que puede producir deliberación (Aristóteles) y el uso manipulador del “terror” que exacerban el régimen y el sistema político.

d. La posibilidad de construir organizaciones sin jerarquía e instituciones sin centralización, pero, ante todo, la desconfianza en la democracia representativa, la burocratización, los partidos políticos y la institucionalización estatal.

e. La reinvención de nosotros mismos en la acción política directa y la generación de espacios de libertad que no estén atravesados por el mercado.

f. La insubordinación contra la historia oficial de las élites y sus símbolos.

El despliegue de estas formas de producción de subjetividades y su correlación de fuerzas con la producción neoliberal serán determinantes para el destino de la protesta social. El trámite de toda crisis de hegemonía está mediado por el tipo de producción de subjetividades. Tiene razón Castoriadis (1988) cuando sostiene que la emancipación pasa por el cumplimiento de dos condiciones: una reconstrucción ideológica y la existencia de un movimiento social efectivo en lucha. Tal vez sean “insubordinación latente” o “insurrección en potencia” de las subjetividades las nociones más próximas a este movimiento real, porque se constatan elementos de “rechazo a todo lo que significa la forma contemporánea de capitalismo” (Moncayo, 2019).

Perspectivas de la crisis de hegemonía en Colombia

El despliegue y desarrollo de la tendencia a la crisis de hegemonía en Colombia, como en todo proceso histórico real, puede tener distintos destinos. La resolución de sus contradicciones principales, la correlación de grados de fuerzas de la lucha de clases, el papel de las subjetividades y las condiciones internacionales constituyen factores determinantes de las perspectivas futuras.

Ansaldi, retomando los agudos análisis de Gramsci, postula tres caminos para tramitar una crisis orgánica de hegemonía: a) En una crisis orgánica, “la capacidad de reacomodamiento de la clase dirigente o dominante es mayor y más rápida que la de las clases subalternas. Ello le permite -incluso realizando sacrificios y/o formulando propuestas demagógicas- mantener el poder, reforzarlo y emplearlo ‘para destruir el adversario’ […]”; b) La crisis orgánica también puede resolverse, “si bien menos frecuentemente, por la iniciativa política directa de las clases subalternas. En este caso, la multiplicidad de fuerzas y partidos políticos de tales clases confluye en una única organización política, la cual es la que mejor representa y resume las necesidades de toda la clase. Si se produce esta segunda salida, la solución es ‘orgánica’ […]”; c) “Pero igualmente puede ocurrir que no se genere una solución orgánica sino una tercera, la del jefe carismático. Tal salida ‘significa que existe un equilibrio estático (cuyos factores pueden ser eliminados, si bien prevalece la inmadurez de las fuerzas progresistas), que ningún grupo, ni el conservador ni el progresista, tiene la fuerza necesaria para la victoria, y que incluso el grupo conservador tiene necesidad de un jefe’ […]” (Gramsci, 1999, pp. 52-53).

El bloque de clases en el poder en Colombia experimenta una pérdida de capacidad de consenso e intenta tramitar la crisis por las alturas a través de acuerdos entre las élites económicas y los partidos tradicionales. Estas facciones de clases tienen diferencias en tres aspectos: la explicación de las causalidades de la protesta social, la actitud ante el Acuerdo de Paz y el tratamiento adecuado de la movilización social. Están de acuerdo en lo fundamental: conservar el poder, aniquilar al adversario y dispersar su “dirección” contrahegemónica. Su intelectualidad orgánica acepta la situación de “crisis” y la propia ANDI (gremio de los empresarios potentados) ha manifestado la necesidad de hacer sacrificios y pide al Gobierno: “no toque a nadie más…cóbrenos a nosotros”.

El primer escenario posible para la solución de la crisis está en la “capacidad de reacomodamiento” de la clase dominante (ya no hegemónica) para -a través de normalización jurídica, promesas demagógicas, cooptación y múltiples artimañas- lograr preservar el poder. El papel de la dirigencia de las organizaciones sindicales, el “centro” y la “izquierda institucionalizada” serán determinantes en este escenario de reacomodamiento del poder constituido.

El segundo posible destino de la crisis, tema anticipado también por Gramsci y muy pertinente para el análisis de la realidad política contemporánea, es la emergencia de un “jefe carismático” que pueda tramitar aparente y coyunturalmente la crisis (Berlusconi, Salvini, Trump, Putin, Bolsonaro, etc.). Tal vez por ello reitera el revolucionario italiano que en los momentos de crisis se pueden desatar los fenómenos “más morbosos”, como lo experimentó con el ascenso del fascismo en Europa.

Los partidos políticos no siempre saben adaptarse a las nuevas tareas y nuevas épocas, se imponen en su seno las tendencias burocráticas más conservadoras y la aparente “neutralidad” de los ejércitos termina aliada con las tendencias más retrógradas de la sociedad. Son tiempos propicios para el caudillismo, los populismos, como también para procesos neofascistas.

En América Latina, en el inicio del siglo XXI, se postulan las nociones de “populismo neoclásico de izquierda” y “populismo neoclásico de derecha y extrema derecha” (Finchelstein, 2018). En general, comparten la propuesta de un “capitalismo popular”, además de ciertos rasgos del “populismo moderno”, como la antipolítica o una visión apocalíptica de la política, una teología política fundada por un líder mesiánico y carismático del pueblo, la idea de que el líder es la personificación del pueblo, la identificación del movimiento con el líder, entre otras. Esta sería la segunda perspectiva: transitar hacia un gobierno populista neoclásico de izquierda, de derecha o extrema derecha.

El tercer despliegue de la crisis hegemónica, bastante condicionado por la producción de subjetividades anticapitalistas y la existencia sostenible de un movimiento efectivo en lucha callejera, es la creación de condiciones de posibilidad para un proceso constituyente abierto. Para Emir Sader, en nuestra región se ha empezado a experimentar una nueva estrategia para transformar las relaciones de poder, especialmente en los casos de Ecuador, Venezuela y Bolivia, con sus particularidades. Nos referimos en este contexto a la combinación de sublevaciones populares con grandes manifestaciones de masas que transforman las relaciones de poder por medio de la refundación de los Estados; no se trata de partir del poder constituido y sus instituciones existentes, se busca entrecruzar la estrategia insurreccional con la lucha por las reformas, combinando distintas formas de lucha y la rearticulación de la lucha social con la lucha política. No han sido los partidos institucionales de izquierda los que han orientado esta estrategia, sino la autogestión creadora de los propios movimientos sociales que han transitado a partir de la lógica movimientista de la lucha social territorial a la construcción hegemónica de un nuevo bloque histórico de poder social y popular. El caso aún más interesante para el análisis político sigue siendo el boliviano, con sus retrocesos y disputas. La situación actual en Chile y Colombia, aunque ninguna situación histórica es idéntica, podría transitar por estos senderos. Esta es nuestra tercera perspectiva.

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Referencias bibliográficas

» Anderson, P. (2004). Alternativas en la guerra contra el neoliberalismo y el neoimperialismo. Centro de Estudios Latinoamericanos.

» Ansaldi, W. (2003). La tierra en llamas. América Latina en los años 1930. Ediciones Al Margen.

» Castoriadis, C. (1988). Los dominios del hombre: Las encrucijadas del laberinto. Gedisa.

» Finchelstein, F. (2018). Del fascismo al populismo en la historia. Taurus.

» Foucault, M. (2007). Nacimiento de la Biopolítica. Fondo de Cultura Económica.

» Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel – Tomo 2. In Dk (Segunda, Vol. 2, Issue 9). Biblioteca Era.

» Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel – Tomo 5. In Choice Reviews Online (Primera, Vol. 5, Issue 01). Ediciones Era. https:// doi.org/10.5860/choice.27-0560

» Moncayo, V. (2019). El paro de 21N: La develación del orden capitalista. Revista Izquierda, 81.

» Villacañas, J. L. (2020). Neoliberalismo como teología política. Ned Ediciones.

Revista Izquierda, No. 96, Bogotá.