Bolívar Echeverría a 10 años de su partida

POR JULIO PEÑA Y LILLO E. /

El 5 de junio de 2010 falleció el gran pensador ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría, en la ciudad de México, donde vivió y produjo por alrededor de 50 años. Sus aportes teóricos, así como su obra, acompañaron a un sinnúmero de generaciones y tuvo importantes reconocimientos. A los 10 años de su partida creemos menester rendirle un justo homenaje.

Bolívar Echeverría fue una persona de pensamiento firme, riguroso y fascinante. Su vida estuvo atravesada por la cultura, con un vasto conocimiento sobre el arte: la pintura, la música, la literatura, el cine; y todo ello en su inconmensurable diversidad. Fue portador de una provocadora ironía, entusiasta con el conocimiento, alegre y comprometido con su deber histórico como profesor que, con sus luces, ayudaba a advertir los violentos detalles de una cotidianidad aparentemente apaciguada en el consumo.

Fue un personaje que mantuvo siempre un sentido crítico frente a la modernidad capitalista. Sin embargo, a pesar de su pensamiento complejo y de toda su comprensión sobre el funcionamiento del mundo, fue siempre una persona cauta y prudente, entregada a la contemplación, al cultivo del disfrute de la vida, de la familia y de la amistad.

Poseedor de una calma y una sonrisa penetrante, gracias a su capacidad lúdica de crear y re-configurar conceptos, Bolívar Echeverría, como Walter Benjamin, nos recordaba siempre que el presente viene cargado de posibilidades redentoras y emancipadoras. La historia no puede contentarse con la versión de los “ganadores”, señalaba, y el tiempo no debería estar atado a una reproducción mecánica de la cotidianidad homogénea y vacía.

Para él, recuperar la esperanza y las acciones que nos permitan diseñar y configurar un futuro diverso, era indispensable. Sabía que el bienestar de todos, y ya no tan solo de unos cuantos, permitiría el aprovechamiento de los distintos campos de la vida, que ahora se ven vetados por el principio de realidad y su dinámica privatizadora.

Su paso por la tierra fue también el de ese reconocimiento de la vida contra la muerte, de los valores de uso por sobre los valores de cambio, del enaltecimiento de ese ser barroco, en su dimensión lúdica y encaprichada con el disfrute. Todas ellas figuras conceptuales que encauzaron y estrecharon nuestros vínculos de parentesco, de amistad y, por mi parte, de gran admiración para con el pensador.

Con su Ethos Barroco, propio de nuestro mestizaje latinoamericano, comprendimos cómo se puede reconstruir la vida desde las ruinas, cómo podemos hacer vivible lo invivible, y cómo sortear las imposiciones de ese Ethos Realista, que postula reductivamente que la vida es sacrificio, autorepresión y sometimiento a la unidimensionalidad  de la lógica de reproducción del capital.

¡La vida como una fiesta, nos recuerda Echeverría, es mucho más que eso!

Leer a Bolívar es también recuperar la voz de los vencidos o de los olvidados del ayer, cuyas reivindicaciones siguen latentes y con capacidad de resurgir en cualquier momento. La vitalidad, nos diría este pensador, radica siempre en la necesidad de llevar a cabo una apuesta obligada e incierta sobre lo posible, apuesta que es, a su vez, una ruptura implacable con el continuum, para lograr que aquello que parecía imposible, desde la libertad de las acciones humanas, pueda alterar lo aparentemente inamovible.

Bolívar Echeverría fue un investigador riguroso, atento al mínimo detalle, así como a todas aquellas lecturas y posturas que podían contribuir a fortalecer y enriquecer su perspectiva crítica. Pese a la infatigable lucha con una enfermedad que lo acompañó prácticamente gran parte de su vida, nunca abandonó la sonrisa, una mano extendida y el compromiso constante con las causas sociales y del saber, propio del intelectual comprometido.

Hasta sus últimos días, Bolívar Echeverría insistió en la necesidad de seguir trabajando, investigando, descifrando y militando por una política alternativa y emancipadora. El conjunto de su obra es, en sí mismo, toda una invitación a la resistencia y una contraposición al espíritu que gobierna nuestro tiempo.

Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que la riqueza de la obra y perspectivas reflexivas de Bolívar Echeverría, así como el peso de su intervención en la historia del pensamiento crítico, lo coloca, sin duda, entre las y los grandes pensadores de nuestro tiempo.

En estos días recordamos su forzosa partida. Hace ya 10 años que nos ha dejado una obra muy rica, pero a medio camino, como una invitación que surge desde la tragedia, para que las próximas generaciones sigan trabajando en pos de la reivindicación de la vida.

En vista de la amplitud y extensión de su obra, en la que desmenuza y reinterpreta la lectura de El Capital, apostando a una crítica original, pasando por los estudios de la modernidad, así como por su teoría de los cuatro ethes, o su aguda reflexión sobre el empobrecimiento cualitativo de la vida, ahora de la mano de la mundialización capitalista en su versión norteamericana, este filósofo vislumbró que América Latina puede abrirse camino a modernidades alternativas, quizás pos-capitalistas y porque no decirlo pos-barrocas. Intentaré a continuación compartir con ustedes una breve aproximación a una parte de su obra, para recordar a Bolívar Echeverría a los 10 años de su partida.

En un primer momento, nos adentraremos al análisis de la modernidad, que para Bolívar Echeverría permanece como un proyecto civilizatorio inacabado, o como una promesa incumplida, para, en un segundo momento, revisar una de sus propuestas centrales, como es el caso del Ethos Barroco, que surge como una alternativa a la modernidad, en su versión latinoamericana. Distinguiremos el rol que juega este ethos frente a ese proyecto inacabado de la modernidad capitalista.

Cerraremos este pequeño viaje por la obra de Bolívar Echeverría, re-abriendo de par en par esa ventana luminosa que fue su aproximación al valor de uso, como reivindicación de una relación erótica con los diferentes campos que enriquecen nuestra experiencia de vida, apostando a una versión del progreso, como liberación de esa tensión permanente entre el valor de uso y el valor de cambio que lo oprime, al subordinar la forma natural del valor,  bajo la forma de valor puramente económico.

El rescate de los valores de uso puede tener un poder de atracción, en la medida en que seamos capaces de hacer valer y reconocer otras dinámicas posibles de construcción de sociedad.  Ahora más que nunca, es necesario ensayar otras formas de convivencia, otras formas de evaluar y administrar la riqueza, teniendo claro que el capital no es una entelequia independiente de la voluntad política. Como sociedad es indispensable pensar en reconciliarnos con la vida, con nosotros mismos, como una especie que puede dejar de ser depredadora de sí misma.

Crítica de la modernidad

“La modernidad capitalista como esquema civilizatorio requiere e impone el uso de la ética protestante, traduce las demandas de productividad capitalista al plano de la técnica de autodisciplinamiento individual, exigencia de sacrificar el ahora del ‘valor de uso’ en provecho del mañana de la valorización mercantil”. Bolívar Echeverría

Podríamos decir, siguiendo a Echeverría, que uno de los méritos de la modernidad, fue el gran advenimiento de la Revolución Francesa, ya que, entre otras cosas, trajo consigo, por un lado, la adhesión al ideal de emancipación, comprendido como la autonomía moral del individuo, lo que al mismo tiempo tiene que ver con una crítica a toda forma de dominación, ya sea esta política, económica, social, cultural, de prejuicios o supersticiones; por otro lado, es al mismo tiempo el posicionamiento del espíritu irónico, el escepticismo, la posibilidad de crítica y de autocrítica que comienza cada vez más a tener una mayor relevancia, con lo cual se puede hacer frente a toda forma de dogmatismo, puesto que ya no hay una verdad única o absoluta.

Con la modernidad surge también la idea de lo universal, que entiende que todos los seres humanos son iguales en derechos unos con otros, ya no hay diferencias, ni por la raza, ni por la fortuna, ni por la cultura, ni por la ubicación geográfica. La modernidad no tiene una unidad doctrinal, es la escena plural de los debates y de las grandes interrogantes que se generan a partir de los diferentes sectores de la sociedad. Es la ocupación del espacio público y de la libertad de expresión.

Con la modernidad aparece la posibilidad de ubicar a la democracia por delante de los presupuestos del autoritarismo. El enemigo político a eliminar se convierte en el adversario con el cual deliberar, ya no se impone el absolutismo de monarquías o de teocracias. Este acontecimiento histórico puede ser considerado como un momento cúspide de la política, puesto que de él va a derivar la separación de los poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial; con lo cual se forja el Estado moderno, permitiendo que los ciudadanos puedan ampliar su espacio de participación al interior de la sociedad, pasando de la dependencia y buena voluntad del Príncipe, a la tan anhelada soberanía del pueblo.

La modernidad trajo consigo el despliegue de los diferentes derechos, como son: los derechos humanos, civiles, políticos, haciendo posible la participación democrática y ciudadana en la política y en la economía. Se abre a su vez la posibilidad de plasmar los presupuestos de libertad, igualdad o fraternidad, por sobre cualquier tipo o forma de dominación. La figura del Estado laico toma mayor relevancia, y las sociedades pueden alcanzar nuevas formas de solidaridad, desde donde se podría velar por los intereses del bien común, la protección del individuo, de su espacio, así como de su vida en sociedad.

La modernidad trajo también, nos dice Echeverría, la posibilidad de dominar el campo de las ciencias y de las tecnologías, cuyo posible uso y aprovechamiento, permitiría por vez primera, en la historia humana, que la abundancia sustituya a la escasez, en su calidad de situación originaria a lo largo de la existencia humana sobre la tierra. [1]

Sin embargo, la dinámica capitalista que acompaña el desarrollo de la modernidad se va a servir de la neotécnica, no para establecer el mundo de la abundancia o de la escasez relativa -prometido por la modernidad-, sino que se va a servir de los avances científicos y tecnológicos, para reproducir artificialmente una escasez absoluta, que opera, de acuerdo a lo señalado por Marx, como una “ley de acumulación capitalista, según la cual, el crecimiento de la masa de explotados y marginados, es una condición fundamental para la lógica de acumulación de la riqueza”.

El desarrollo de las ciencias, de las técnicas y tecnologías, nos dice Echeverría en Modernidad y blanquitud, dejaba entrever la posibilidad de que el trabajo humano no se diseñe como una arma para dominar a la naturaleza, o al propio cuerpo humano, sino que planteaba la posibilidad de un desarrollo alternativo, con la capacidad de liberar a los seres humanos de la opresión del trabajo, con la posibilidad de revalorizar el tiempo libre, tiempo de relacionamiento con los seres queridos y con las actividades que nos son afines, tiempos que no necesariamente son reproductores del capital.

En términos de este pensador “la modernidad si bien es una promesa de abundancia y emancipación, es al mismo tiempo, una promesa que llega a des-decirse en medio camino, porque el instrumento que eligió para cumplir esa abundancia, es decir el capitalismo, la desvirtúa sistemáticamente. Por ello, va a insistir Echeverría: “En nuestros días, la escasez no va a ser la consecuencia de un fracaso del capitalismo, sino justamente lo contrario, el resultado de su triunfo”. [2]

 ¿Y cuál va a ser esa fuerza mecánica o cultural que empuja y sostiene el desarrollo de la modernidad en su versión capitalista?

El Ethos Realista o “progreso” como dinámica de autorepresión

 “El Ethos Realista es la identificación total y militante con la vida económica regida por la acumulación del capital, no encuentra contradicción entre el valor de uso y el valor valorizándose, para este ethos se trata de una dinámica indivisible”. Bolívar Echeverría

El impulso, la fuerza o el ímpetu que conduce y dirige a la modernidad capitalista, para Echeverría, va a ser el llamado Ethos Realista.

Podemos decir, retomando a Echeverría, que “el término ethos tiene la ventaja de un doble sentido, por un lado, se lo puede entender por refugio o abrigo, y por otro lado, está relacionado con los usos, las costumbres, así como los comportamientos automáticos de una comunidad o de una sociedad. Es un modo de ser, o una manera de imponer nuestra presencia en el mundo.

El Ethos Realista, nos dice Echeverría, pretende o busca que los seres humanos vivan la realidad capitalista como una experiencia de vida, que es irrebasable, que es insuperable, que es prácticamente como una segunda “naturaleza”. El Ethos Realista que impera en Occidente, y que empuja al proceso económico de la globalización, es el que va a estructura la vida, sobre todo, desde una lógica cuantitativa, acorde con la lógica de multiplicación del capital.

El Ethos Realista opera entonces como una forma de totalitarismo sistémico, que penetra en todas las esferas de la vida, como son: el trabajo, el tiempo libre, el tiempo de esparcimiento, así como también, en la práctica de cualquier forma de sociabilidad. Para el Ethos Realista, la riqueza, sea material o inmaterial, sea de las experiencias, de los encuentros o momentos compartidos, solo puede o debe producirse en términos capitalistas.

Es por ello que el Ethos Realista va a imponerle a la modernidad, ese principio de rendimiento que impera hoy en día, principio que revela sociedades orientadas hacia el beneficio y la competencia, al punto de reproducir sociedades estratificadas, a partir de los rendimientos económicos o competitivos de sus miembros. El así llamado “progreso” de la modernidad capitalista, se va a convertir en una arena de batallas y de competencias despiadadas, con sociedades que producen ganadores y perdedores, explotadores y explotados, incluidos y marginados.

El buen funcionamiento de las sociedades modernas capitalistas reclamará entonces de sus ciudadanos una forma de “SANTIDAD”, en la cual nuestra existencia viene atada a un sinnúmero de restricciones, renunciamientos y postergaciones constantes. Se trata de un comportamiento, en donde prima el recogimiento y la autorepresión del placer, en función de una mayor producción.

Santidad, nos dice Echeverría, que va a organizar a la sociedad: aislando a la gente, poniendo distancia entre ellos, y entre sus barrios, que va a impedir las relaciones espontáneas, así como las expresiones naturales que fortalecen los sentidos de proximidad, es decir, un comportamiento “pulcro”, que limita toda la esfera erótica del relacionamiento no mediado por los intereses del capital. Esta Santidad productivista del llamado Ethos Realista, se va a manifestar así mismo en la destrucción de la intimidad, en el desprecio a la diversidad, en su incapacidad de tolerar los silencios o los paisajes libres de publicidad.

¿Cómo se inserta o dialoga el Ethos Realista con la realidad latinoamericana?

Ethos Barroco o el inventarse la vida aún dentro de la muerte

 “El Ethos Barroco se mantiene al margen del productivismo afiebrado, toma un distanciamiento en función de una “desviación esteticista” de la energía productiva, preocupado principalmente por poner el disfrute de lo bello como condición de la experiencia cotidiana, la belleza como catalizador de todos los valores positivos del mundo”. Bolívar Echeverría

En el caso de América Latina, nos dice Bolívar Echeverría, debido a la forma de construcción de nuestra propia versión de la modernidad, el ethos que prima va a ser el Barroco, ethos que va a nacer como consecuencia de la destrucción que hace el mundo europeo de los mundos prehispánicos.

Es un ethos que está íntimamente ligado al modo en como los indígenas se inventaron, junto con los españoles abandonados por España en América, una manera de sobrevivir, o una manera de cohabitar de una forma podríamos decir “civilizada”. Se puede comprender la estrategia del mestizaje cultural en América Latina sin duda como barroca, ya que promueve un tipo de comportamiento que intenta permanentemente romper con las reglas y las exigencias impuestas como lo “correcto” por las relaciones capitalistas de producción.

Este Ethos Barroco va a operar entonces, como una forma de rebelión dentro de la subordinación al capital, y lo va hacer activando la teatralización de la vida, impulsando las dimensiones de lo imaginario, se va a manifestar a partir del disfrute y aprovechamiento de las dimensiones del juego, de la fiesta y del arte. Dimensiones, que nos dice Echeverría, comparten entre sí el rasgo común de un restablecimiento obsesivo de los sentidos de la vida, frente a la artificialidad productivista que se impone, aísla y oprime a los seres humanos.

  • El Juego, nos dice Echeverría, consigue que se inviertan, aunque sea por unos instantes, los papeles que el azar de la vida nos ha impuesto.

  • La Fiesta, por su parte, es esa dimensión en la cual está permitido, y en la que sobre todo se exige, que se produzca alguna forma de transgresión, esto es justamente lo que le da su colorido y lo que llama la atención.

  • El Arte es una dimensión capaz de brindarnos esa plenitud que muchas veces, en vano, buscamos en la vida. Nos permite revivir el momento contemplativo, y opera como un detonante sensorial, que nos ofrece momentos y experiencias de goce y de vida, aún en medio de un escenario cotidiano, que puede ser hostil.

Gracias al juego, la fiesta, o el arte podemos salir de nosotros mismos, conocer lo que ven o lo que viven otras personas, cuya existencia y experiencia no es la misma que la nuestra. Expresiones artísticas que nos serían desconocidas, y que nos transportan a mundos de percepciones diferentes. En lugar de ver un solo mundo, el cotidiano, podemos acceder a través de estas dimensiones a la apreciación y experiencia de múltiples mundos, así como hay múltiples expresiones artísticas, así como cada uno de nosotros es también un mundo aparte. El arte muchas veces se va a expresar a través de la materia, el color como expresión de la pintura, el sonido como expresión de la música y la palabra como expresión de la escritura.

El Ethos Barroco es una forma de ser, que nos permite rescatar, al menos por unos instantes, la riqueza cualitativa de la vida, aún en medio del autosacrificio al que estamos expuestos en manos de la dinámica del capital. Opera como una resistencia a la destrucción de los valores de uso, promoviendo y reivindicando las formas sociales de la vida. En este sentido, visto desde el mirador del Ethos Realista, el Ethos Barroco puede ser considerado como muy poco productivo, ya que no contribuye de la manera “óptima” al incremento “necesario” del “famoso” PIB (Producto Interno Bruto), más bien podríamos decir que lo obstaculiza.

Una imagen que puede ayudarnos a clarificar el Ethos Barroco puede ser el recordar las grandes festividades, en las que incluso, en medio de una situación general de penuria, de precariedad y de represión, los habitantes de nuestro continente se procuran momentos de felicidad a expensas de su propia subsistencia.

¿Cómo se manifiesta el rescate de la vida en el Ethos Barroco?

Valor de uso en la obra de Bolívar Echeverría

“Frente  a  la  lógica ‘natural’  de  producciones  de  valor  de  uso,  se  encuentra  la realización autovalorizadora del  valor  mercantil  capitalista,  la  misma  que  posee  un  principio  organizador  diferente  -artificial-, que es no solo extraño, sino contradictorio con respecto del primero”. Bolívar Echeverría

Como señala Echeverría, todo ser humano tiene la capacidad definir las diferentes formas de los valores de uso con los que va a dar respuesta a sus necesidades, ya sean estas materiales o inmateriales. Así podemos citar, como ejemplo, el tipo de alimentos, el abrigo, la casa, los conocimientos, las herramientas de producción, los elementos de comercio o de intercambio, etc.

Toda producción humana, ya sea un bien, un producto o un objeto, tiene dos dimensiones. La primera tiene que ver con su valor de uso, es decir, la que responde a la necesidad por la cual fue realizada, producida o elaborada, y la  segunda es  la que concierne a la lógica del capital y a su principio de valor que se valoriza en el mercado.

El valor valorizándose, por principio, por su naturaleza, va  a  someter al  valor  de  uso,  y,  en  la  mayoría  de  los casos, lo va incluso a restringir o limitar, o a distanciar de cualquier posibilidad de goce, disfrute y aprovechamiento social, debido al imperio del mundo de lo privado.

Como ejemplo práctico podríamos describir lo que día a día salta a la vista en varios lugares del planeta, como el abandono del transporte público en beneficio del transporte privado, la privatización de los espacios urbanos en provecho de las grandes empresas inmobiliarias, la entrega de tierras con alta riqueza ecológica a los consorcios de la explotación petrolero o turística, la expropiación por parte del capital de los espacios públicos, la privatización de la salud, de la educación, del conocimiento, en definitiva, cada vez más una expropiación humana de todos los campos de la vida.

El principio de valor valorizándose termina aniquilando a los valores de uso, afectando directamente las condiciones de vida de la sociedad.  Es por eso que Echeverría nos dice que el tipo de ser humano que demanda o solicita la modernidad capitalista, debe poseer, antes de cualquier otra característica, la aptitud para vivir con naturalidad el sometimiento del valor de uso por la esfera de lo netamente mercantil.

Si  bien  la  modernidad  capitalista  pretendía ser una modernidad  de  la  abundancia  y  de  la emancipación,  ésta  terminó  siendo  una  modernidad  del  “auto-sabotaje”.  Con todas  las catástrofes  -ecológicas,  naturales,  sanitarias, financieras,  económicas  y  sociales-, esta modernidad en su versión capitalista ha terminando por auto-descalificarse.

Bibliografía

  • Echeverría, Bolívar (2011): “Discurso Crítico y Modernidad”. Ensayos escogidos. Ed. Desde Abajo. Colombia.

 

  • Echeverría, Bolívar (2011): “El Materialismo de Marx, discurso crítico y revolución” México” Edi. Ítaca.

 

  • Echeverría, Bolívar (2010): “Modernidad y Blanquitud”. México: Edi. Era.

 

  • Echeverría, Bolívar (2008): “Un concepto de modernidad”. En Revista Contrahistorias No. 11. México.

 

  • Echeverría, Bolívar (2005): “Renta Tecnológica y Capitalismo Histórico”. En Mundo Siglo XXI, Revista del CIECAS, IPN, No. 2. México.

 

  • Echeverría, Bolívar (1998): “La modernidad de lo Barroco”. Edi. Era. México.

 

  • Echeverría, Bolívar (1998): “Valor de Uso y Utopía”. México. Edi. Siglo XXI.

 

  • Echeverría, Bolívar (1995): “Las ilusiones de la Modernidad.”. Edi. Era. México.

 

  • Echeverría, Bolívar (1984): “El discurso crítico de Marx. México: Edi. Era.

 

  • Echeverría, Bolívar (1984): “La forma natural de la reproducción social”. En Revista Cuadernos Políticos, No. 41: 33-46. México.

 

Notas

[1] Echeverría Bolívar (2008): “ La modernidad versiones y dimensiones”. Revista Contrahistorias, N° 11 México 2008.

[2]   Echeverría Bolívar, “ La modernidad y el capitalismo” pag 147, en: “ La modernidad de lo barroco”. Edi Era, México 1998.