Afganistán y Colombia: ejemplos catastróficos del intervencionismo estadounidense

POR HÉCTOR GALEANO DAVID /

Para muchos, Afganistán comenzó a ser conocido luego de una de las películas de Rambo. Con el particular estoicismo que solo Hollywood puede impregnar en un personaje, ese mercenario norteamericano lideró las guerrillas afganas en contra del “diabólico” régimen soviético.

Sin embargo, lo que Hollywood no narró y los historiadores occidentales han ocultado es, por una parte, que el ingreso de los soviéticos se hizo en consenso entre el mandatario afgano Nur Muhammad Taraki -quien lideró la Revolución de Saur– y Leonid Brézhnev, sustentados en el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, suscrito entre los dos gobiernos.

Por otra parte, poco se comenta que precisamente los talibanes que hoy tanto preocupan a occidente nacieron de esos “héroes” que combatieron al lado de Rambo, conocidos como los muyahidines, conformados por fundamentalistas islámicos. De hecho, ya en la vida real, líderes como Thatcher y Reagan se reunieron con miembros de las guerrillas afganas. Es icónico el registro fotográfico que quedó del encuentro entre el presidente de los Estados Unidos y Muhammad Yunus Khalis, considerado como el padre ideológico de los talibanes.

El mandatario estadounidense Ronald Reagan durante su encuentro en la Casa Blanca con el líder fundamentalista afgano Muhammad Yunus Khalis.

Esas fuerzas que combatieron a los soviéticos y el gobierno afgano socialista fueron financiadas, formadas militarmente y armadas por los norteamericanos, con la excusa de promover la democracia y la libertad. Lo que tampoco se narra es que, con el triunfo de la Revolución de Saur, se hicieron profundos cambios a nivel social y económico. Sin duda, el más destacado fue el papel que la mujer comenzó a desempeñar en la política y la toma de decisiones.

Con la salida de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se le facilitó la llegada a Kabul a los talibanes, lo que de inmediato sumergió al país en un régimen teocrático que subyugó a la mujer a los peores vejámenes. Durante toda esa segunda mitad de la década de los 90, Afganistán desapareció del mapa para occidente y solo hasta los atentados del 11 de septiembre, los norteamericanos, nuevamente, apuntaron sus intereses hacía el país, esta vez invadiéndolo bajo la excusa de capturar a los líderes de Al Qaeda.

Sin embargo, lo que se anunció como una breve escaramuza, con un éxito rotundo para el poderoso ejército estadounidense, se extendió por 20 años y culminó con una estruendosa derrota para la mayor potencia militar del planeta. No obstante, los más afectados son los afganos, que ven cómo esa larga intervención no contribuyó al desarrollo social, la infraestructura y tampoco en la estabilidad institucional de su nación.

En ese orden de ideas, la potencia suma otra derrota a esa lista encabezada por Vietnam, a la que se unen Corea e Irak. En todos los casos, además de las tragedias como la muerte de tantos civiles, la miseria y el caos institucional son los comunes denominadores que se evidencian luego de la salida de los intervencionistas.

Intervención por invitación

No existe un solo ejemplo en la historia en la que se observe una transformación de un Estado luego de que las tropas y mercenarios norteamericanos lo ocuparan. En tal sentido, Colombia, aunque no puede homologarse al caso afgano, ha sufrido el fenómeno que la profesora Arlene Tickner describió como “intervención por invitación”.

Recordemos que desde el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), quien suscribió el Plan Colombia, autorizó la presencia de militares norteamericanos y especialmente los llamados “contratistas” -que no son más que mercenarios- cuyo único objetivo es servir al mejor pagador y cumplir ciegamente la misión que se le entregue, lo que incluye, por supuesto, el asesinato.

Cabe recordar que el Plan Colombia se consolidó desde los Estados Unidos bajo la excusa de que Colombia era un Estado fallido, lo que terminaría afectando los intereses geopolíticos norteamericanos. Congresistas republicanos, como John Mackey, impulsaron la intervención directa mediante un plan con un altísimo componente militar, con el cual supuestamente se priorizaría la sustitución de cultivos ilícitos como columna vertebral de la lucha contra el narcotráfico.

Al iniciar el plan habían cultivadas unas 160 mil hectáreas de coca. Al finalizar el segundo mandato de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) la cifra se redujo a sesenta mil. Cuantitativamente parecería un éxito, no obstante, para esa fecha ya se había ejecutado la tercera parte del plan, lo que conduciría a proyectar con base en lo prometido por los Estados Unidos y Uribe en campaña, que, en suelo colombiano, no deberían existir cultivos ilícitos para ese año.

La realidad ineludible es que los recursos del Plan Colombia se enfocaron en la mal denominada ‘Seguridad Democrática’ que Uribe desarrolló en sus dos periodos. Al culminar sus gobiernos no acabó con las guerrillas ni mucho menos con el narcotráfico. Sin embargo, la violación de los derechos humanos y el envenenamiento del medioambiente fueron los dos resultados más visibles del plan impulsado por la Casa Blanca y el legislativo. Prueba de ello son las ejecuciones extrajudiciales y la fumigación orquestada desde Washington y esparcida por aviones piloteados por mercenarios americanos.

A ese coctel de veneno y sangre se le debe agregar otro ingrediente que pasa a engrosar la lista de repudiables secuelas de la presencia norteamericana en territorio nacional: las comprobadas violaciones a menores de edad por parte de norteamericanos en poblaciones adyacentes a las bases que el gobierno colombiano les facilitó y sigue prestando.

En ese orden de ideas, las historias de Afganistán y Colombia están muy unidas. Desde el 11 de septiembre de 2001, luego de la promulgación de la doctrina Bush, Uribe Vélez se insertó en lo que llamaron la lucha contra el terrorismo global. A diferencia de Irak, no se enviaron tropas a combatir y morir por una guerra ajena, sin embargo, el gobierno de la ‘Seguridad Democrática’, manifestó su buena voluntad por enviarlos a luchar contra los talibanes.

Igualmente, los resultados de la presencia norteamericana han sido nefastos. En Afganistán volvieron los fundamentalistas al poder, en Colombia, volvimos a convertirnos en el principal país exportador de coca del planeta.

Por último, paradójicamente esas líneas se cruzan en un punto inimaginable, ya que Iván Duque y su equipo aceptaron el pago de los Estados Unidos para aceptar 4 mil refugiados afganos bajo unas condiciones poco claras. Lo único que la nación colombiana sabe es que la Casa Blanca pagará 3 mil dólares de sostenimiento por cada refugiado. El sarcasmo salta a simple vista, ya que el país con más desplazados del mundo, ese mismo que hasta hace poco vio como tuvieron que salir de la población antioqueña de Ituango más de 3 mil personas para salvar sus vidas, se dispone a recibir y garantizar la vida de miembros de una de las naciones en cuyo suelo los Estados Unidos vivió la guerra más prolongada de su historia, y de la cual salió humillado y derrotado.

@hectorjgaleanod

La Silla Vacía, Bogotá.