LO ÚNICO QUE QUEREMOS HACER ES POSARNOS SOBRE LOS TENEDORES

POR FERNANDO GARAVITO

Hacia 1910 Alberto Caeiro escribió algo que ha sido una de las directrices de mi vida:

"…Procuro aproximar las palabras a la idea y no necesitar un laberinto del pensamiento a las palabras".

Aproximar las palabras a la idea. Cien años después, ese ideal se ve cada día más lejano. Hoy las palabras andan por un universo extraño, donde las ideas no son ideas sino cadáveres de ideas, y donde el laberinto entre unas y otras se ha convertido en un abismo. Yo, como Caeiro, procuro no dejarme arrastrar por el abismo. En el discurso político ese abismo es el de las promesas.

Estamos acá para señalar nuestra diferencia. El espacio en el que nos desenvolvemos se desarrolla alrededor de un concepto: lo mosca, que adquiere cada día mayor nitidez. Exponemos nuestras ideas en contravía de la rutina. En ese universo, ideas y palabras se desarrollan en una única instancia. Lo mosca es lo impertinente, en cierta manera lo insoportable. Sobre el mantel blanco del banquete nuestra presencia es un hecho incómodo. Apenas nos hacemos notorios, se nos espanta. Nuestra tarea es la de persistir, la de tocar con nuestras patas de mosca el plato inmaculado donde los comensales exclusivos devoran lo poco que queda de país. En contra de la tragedia que quieren protagonizar quienes esgrimen armas y discursos altisonantes, nosotros lo único que queremos hacer es posarnos sobre los tenedores. Sabemos que, de inmediato, nuestra contaminación provocará una tormenta en la cocina. Con el simple hecho de que toquemos uno solo de los elementos de la mesa servida, se fastidiarán los comensales. Eso es lo que pretendemos. A la manera del doctor Pedro Recio que tocaba con su varilla los platos que no podía probar el gobernador Sancho Panza, a lo largo de años nosotros hemos tocado todo lo que en este país parece impecable y que no es más que una olla podrida. Le doy a este plato castellano otra connotación para poder decir lo que quiero decir: nosotros, lo mosca, hemos querido arrasar con la olla podrida. De ahí que, como millones de colombianos, hayamos sido víctimas del exilio y el silencio.

Repito, en nosotros no tienen cabida las promesas. Nosotros no hacemos promesas. Quienes las hacen están habitualmente ubicados en el sitio donde se desenvuelve el poder, y desde allí prometen que trabajarán, que harán lo que no hicieron. Cualquiera se pregunta: ¿por qué no lo hicieron en el momento en que debieron hacerlo? Nosotros no prometemos. Simplemente seguimos trabajando en lo que hemos trabajado desde siempre. Cuando termine este período y yo pueda, por fin, cumplir mi deseo de ir a morir como un maestro de escuela primaria en un pueblo perdido de Colombia, quienes me sigan no prometerán nada en absoluto. Se limitarán a mostrar que lo que hicimos lo seguirán haciendo. Yo no estaré, tal vez, pero creo que podré continuar estando.

Aquí abro un paréntesis. ¿En qué hemos trabajado nosotros? Ante todo, en recuperar un nuevo espacio ético para el ejercicio político. En eso hemos sido inflexibles. Sin la ética, tal como nosotros la entendemos, no hay libertad, y por consiguiente no pude haber justicia ni política. Permítanme ustedes repetir una lección elemental: no hay solo una ética. Hay muchísimas éticas. Pues bien, la tarea que nos hemos impuesto es la de convencer a los demás de que nuestra ética le conviene a Colombia. Nuestra ética se basa sobre la libertad. Cuando se atropella la libertad, como ahora ocurre, no somos atropellados en nuestra libertad: somos atropellados en nuestra ética.

También hemos trabajado en la consolidación de un ambiente democrático. Desde ese ángulo nos horroriza la postración en que agoniza el país. Estas palabras sólo quieren ser una semilla de la democracia que queremos sembrar, y que esperamos hacer crecer como una de esas viejas ceibas centenarias de las llanuras del Tolima. Necesitamos que la política se llene de gente, tanta, que no quepa la gente en la política. Hemos venido trabajando en eso. Insistir sobre esa propuesta no nos será difícil. Lo mosca está por encima de los grupos. Lo mosca no es un partido ni mucho menos una coyuntura. Lo mosca es una forma de vida.

Escribo desde fuera del país, donde permanezco por decisión de la mano de hierro que nos gobierna. Quisiera decir que hoy no es lícito permanecer callado frente al desmoronamiento del país, a su desinterés, al autismo que se apodera de grupos humanos que alguna vez fueron vigorosos. La única razón que tengo para reclamar el apoyo de todos ustedes, es la de darle expresión a una idea que es nuestra idea: la de empujar con nuestra pata de mosca el cuerpo macizo del viejo establecimiento hacia su precipicio inevitable, y el de construir al mismo tiempo un espacio donde sean posibles, de verdad, la libertad y la justicia.

Enero 28 de 2010.