El señor de las moscas
HISTORIA DE “EL SEÑOR DE LAS SOMBRAS” Y DEL CURIOSO SEUDÓNIMO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

No he vuelto a escribir. Considero que la situación que vive Colombia rebasa con creces la dimensión de un artículo de prensa. Por eso, he decidido empeñarme en terminar un libro que resuma en pocas páginas la tragedia de un país, que, según el Diario Oficial, respalda en un 79 por ciento la gestión de un individuo que lleva a hablar al Congreso de la República a tres asesinos y narcotraficantes confesos, que representa los intereses más sórdidos que se hayan dado jamás en Colombia, que actúa como comandante en jefe de un ejército que masacra a indígenas, dirigentes cívicos y sindicales y ciudadanos del común por el simple hecho de pensar de otra manera, que fracasa en toda la línea en su política social y económica, y que preside una democracia de papel, sin asidero en la realidad, seguramente popular pero ilegítima. Álvaro Uribe es un despropósito ético y un imposible político. Pero ahí está, poniendo las bases de una tiranía que muestra las garras cada vez que puede sin que nadie parezca percatarse de ello. El pobre y urgido país que es Colombia juega con fuego, y va a salir de esta aventura, si es que sale de ella, horriblemente chamuscado.

Pienso que, a partir de septiembre u octubre, enviaré a quienes forman parte del universo de las moscas un capítulo tras otro de ese futuro libro. Hoy mismo todo eso está apenas en esquema. Y, sin embargo, me he tropezado con un escollo complicado. No otro que el de utilizar materiales que ya empleé alguna vez, y que ahora debo manejar con mayor agilidad, aunque siempre dentro del mismo contexto.

Eso me lleva a resucitar un incidente que ocurrió en el año 2002 y que no rebasó, porque no quise, el ámbito de mis asuntos privados. Hablo del libro “Biografía no autorizada de Álvaro Uribe Vélez – El señor de las sombras”, que yo escribí en su totalidad y que firmé con un extraño seudónimo: Joseph Contreras.

Pues bien. Según leo ahora, el seudónimo ha vuelto a aparecer por ahí con un documento nuevo sobre la conocida vinculación de Uribe Vélez a las mafias del narcotráfico. Como lo señaló con acierto María Jimena Dussán en la columna que mantiene en el Diario Oficial, Contreras es un testaferro de los organismos policivos de los Estados Unidos. Hasta el más inocente de los observadores sabrá que las autoridades norteamericanas no están satisfechas con el manejo que le ha dado el gobierno de Colombia (o eso a lo que algunos conocen como “gobierno de Colombia”) a la extradición de los narcotraficantes concentrados en San José de Ralito. Entonces, piensan esas autoridades, es necesario advertirle a la díscola marioneta que debe comportarse como es debido, y “filtran” un documento con el que le anuncian que hay otras pruebas con las que pueden acabar de enredarlo. Ese fue el triste oficio de Contreras: servir de mandadero. Sobra decir que no participo de ninguna manera de esa forma de hacer periodismo.

Todo eso me obliga a publicar un viejo texto, en el cual le expliqué al penalista que llevó en ese instante mi representación en Colombia, cómo fue el origen, la redacción y el lío en que terminó convertido “el libro de Contreras”. Y lo hago porque necesito libertad para manejar los documentos que figuran en mi archivo, porque quiero precisar nítidamente mi forma de ver el problema y porque deseo dar una nueva lectura a mi interpretación sobre lo que se esconde detrás de todo este pandemonium. De lo contrario hubiera permanecido en silencio. Conservo aquí la redacción original, un tanto descuidada, a la que sólo le introduje ligeras modificaciones para reservar algunos nombres que no tienen por qué aparecer (dado el peligro en que se desenvuelve la vida en Colombia), y aclarar pormenores que, debido al transcurso del tiempo, pudieron terminar siendo confusos.

Repito: la situación del país demanda que nos empeñemos en denunciar las iniquidades del gobierno y de sus cómplices de cualquier catadura, mucho más allá de lo que permite un simple artículo de prensa. Este es, pues, el comienzo de otro camino.