El señor de las moscas
EL ÚLTIMO DE LOS GRANDES (SIC)

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Dentro del proyecto “Misión la Política”, que dirigió Guillermo Solarte,escribí el 26 de febrero del año 2001 una carta dirigida al expresidente López Michelsen, destinada a publicarse en un volumen donde, en forma epistolar, se analizaban los temas de interés público en Colombia. El libro nunca se editó (siempre he pensado que Guillermo es uno de los grandes ingenuos que, por fortuna, aún quedan entre nosotros), de modo que a comienzos de este año reescribí algunos párrafos y la dejé nuevamente en salmuera, hasta que se presentara la ocasión de publicarla. Esta vez no tuve que esperar mucho tiempo. A finales de mayo recibí un mensaje de Alpher Rojas, quien me pedía algún texto con destino a la revista “Nueva Página”, que estaba a punto de editar el Instituto del Pensamiento Liberal puesto a su cuidado. Pensé que no perdía nada con enviar mi carta y supuse que, dado los términos en que estaba concebida, iba a seguir durmiendo el sueño de los justos. Pero me equivoqué. El doctor Rojas me informó que la había sometido a la aprobación del expresidente (cosa que me molestó pero que, al mismo tiempo, me señaló en forma explícita quién tiene ¡todavía! la sartén por el mango), y que López había aceptado que se publicara. De modo que apareció en “Nueva Página”, una revista, según me dicen, excelente. Sobra decir que no mereció ninguna respuesta del patriarca en su invierno, respuesta que, por lo demás, yo no esperaba.

Pues bien. El 30 de junio los sectores más reaccionarios del país le rindieron un homenaje al expresidente, tal vez por el hecho de haber llegado a los 91 años sin un alzheimer demasiado notorio. Con tal motivo el Diario Oficial tituló su editorial "El último de los grandes", y el homenajeado pudo decir una nueva serie de barrabasadas, entre ellas una que rompe el record de la opacidad y del descaro, como es la de considerar “un acierto” el nombramiento de Fernando Londoño como ministro del Interior. No sobra decirle a quienes leen mi artículo en el exterior, que Fernando Londoño es un individuo que, de haber justicia en Colombia, estaría en este momento condenado a varios años de cárcel.

Pienso, entonces, que mi carta puede tener interés para algunos de ustedes, por lo cual la reproduzco como una larga serie de cuatro moscas seguidas que, espero, zumbarán durante veinte minutos en los oídos de quienes quieran leerla.

* * *

Bogotá, marzo 21, año 2004

Señor Don
ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN
Expresidente de la República
Ciudad

Señor expresidente:

En un período no mayor de diez años usted entrará definitivamente en la historia. Es posible que en ese momento usted, como en el poema de
Eduardo Carranza, vuelva a mirarse y se deje solo, abandonado en este cementerio. Es posible que no. Los grandes hombres nunca se abandonan, nunca dudan, sólo muy pocas veces se interrogan. Y por lo menos acá, en nuestro ámbito doméstico, usted es grande. En el libro que le dedicaron sus amigos en 1998, Benjamín Ardila habla sobre el imperio tranquilo que usted ejerce entre nosotros. Y Carlos Lemos, siempre tan medido, señala que es difícil encontrar en nuestra historia política un pensamiento más coherente y transparente que el suyo. Usted declina rodeado, si bien no del cariño, sí de la admiración de sus compatriotas. Todos sabemos que usted es hombre de arraigadas disciplinas intelectuales, que sus conocimientos son vastos y diversos, que analiza los temas más intrincados a partir de una arriesgada pirueta conceptual, siempre compleja y siempre sorprendente. En su extensa bibliografía a usted no le faltó sino escribir algunos poemas memorables para ser un típico político colombiano. De ahí que en ocasiones sus análisis pequen, para mi gusto, de esa cierta tenue distancia que los hace tan apetecibles, tan londinenses, en un medio pacato y restringido como el nuestro.
Cierta vez, cuando algún ácido comentarista criticó su primer gabinete ministerial por considerarlo demasiado cercano a la vieja clase política tradicional contra la que usted había luchado buena parte de su vida, su respuesta fue demoledora. Palabras más, palabras menos, dijo “yo trabajo con lo que da la tierra”. En esa frase tajante precisó una distinción fundamental: nosotros somos lo que da la tierra. Usted, doctor López, supongo que ante todo para usted mismo, es producto de un medio superior. Enhorabuena.

Sin embargo, permítame caer en una obviedad. A usted también lo dio esta tierra, usted está inmerso en ella, quiéralo o no, y es aquí donde lo hemos elegido y donde le hemos dado los elementos indispensables para que piense, para que critique, para que escriba, para que se divierta, para que juegue su agudo juego intelectual. Fíjese usted, no anoto que le hayamos dado el elemento necesario para que se desgarre, porque a usted jamás lo ha desgarrado este pobre y roto país. En el terreno de lo público supongo que ese desgarramiento corresponda a una forma de ser muy distinta, la de los políticos de pueblo tipo Jorge Eliécer Gaitán o Gilberto Alzate o María Cano o, inclusive, Julio César Turbay Ayala o Pedro Antonio Marín, alias Tirofijo. Todos ellos forman parte de ese misterioso río profundo que se llama Colombia, el cual se precipita hacia no se sabe dónde por un desfiladero. Todos ellos, con Darío Echandía y Alberto y Carlos Lleras y López Pumarejo y el aborrecible monstruo de La Capuchina y el general que lo derrocó y Carlos Lozano y Diego Montaña y Gerardo Molina, participan vigorosamente en un proceso en el que surgen o se hunden con todos sus pelos y señales. Usted no.
Usted tiene que inventarse canales de comunicación con ese espacio que ve ambiguo en cuanto no le pertenece. Entonces recurre al vallenato, recurre al gallo de pelea, recurre al sombrero vueltiao, recurre a la cabalgata con aquellos que de verdad surgen de la tierra. Quiero decirle que en esas situaciones se ve que usted pisa en falso. ¡Y sin embargo son tan suyas! Un político avisado tiene que saber jugar en todos los terrenos, como lo hacía usted cuando iba de gira y le salía de pronto ese otro yo que aceptaba –y acepta– negándolo continuamente, ese Jekill que echa discursitos y toma aguardiente y abraza gordas y baila hasta el amanecer en las cumbiambas. Es a ese: al que lo identifica con lo que da la tierra, al que lo sumerge en el buen o mal suceso de la Asamblea de Cundinamarca, al que lo desvela con los resultados de la Costa (¿y qué pasó en la Costa?), al que lo iguala con todos los politiqueros que en Colombia han sido, a quien le escribo. ¿Para qué? Posiblemente para nada.

Equivocadamente para mucho.

Ahora bien, duele decirlo, echar discursitos y abrazar gordas es uno de los pocos puntos de contacto que mantienen nuestros políticos con su entorno. De resto cada cual va por su lado. El lado del entorno es el autismo. Un pequeño grupo de colombianos se expresa ruidosamente por medio de las armas y se empeña en una hecatombe territorial que nosotros, habitantes del país de la gramática, conocemos como conflicto.
En él juegan factores gruesos y factores sutiles. Los factores gruesos tienen que ver con lo que todos conocemos, el cerrado espacio político que heredamos de ustedes, la tremenda desigualdad social, el manejo del narcotráfico como herramienta de dominación, la corrupción que nos arrasa, la impunidad, la obsecuencia frente a los grandes poderes económicos… Todo ello es el pancoger de nuestro día a día, que aceptamos como una condición sine qua non del hecho de ser pobres y marginales y tercermundistas. Ya sé que usted no lo es (que usted no es pobre ni marginal ni tercermundista), por lo cual puedo intuir su divertida sonrisa al oír de nuevo ese viejo lenguaje pauperizado y seudo-marxista.
Pero, permítame usted: enfrentados al pobre manejo que muchas veces damos a las palabras, nuestros términos pueden sonar acartonados, pero la “libertad para morirse de hambre”, el “ahí están, esos son los que venden la nación”, “el pueblo unido jamás será vencido” y demás paparruchas que gritaron alguna vez los otros, tristemente siguen siendo las mismas. No quisiera, sin embargo, avanzar por ese camino. La discusión política en este país se montó hace mucho en una bicicleta estática. Aquí se habla de paz, se habla de democracia, se habla de igualdad, se habla de justicia, se habla de libertad, se habla –inclusive– de fraternidad, sin que nadie se percate de que con todo ello no se dice nada. Hay que cambiar el nombre de las cosas, propuso alguna vez Nicanor Parra. Si, de pronto, la palabra Colombia desapareciera del mapa de las palabras, si en nuestra enciclopedia doméstica se cambiaran los tradicionales mojones de los períodos presidenciales por la estatura dada y adecuada de la pantaloneta de Pambelé, si en el melindroso lenguaje de los informes oficiales se emplearan de repente los términos que intercambian las barras bravas en los partidos de fútbol y, al revés, estas se dedicaran a hablar, con pudor, de la gloria inmarcesible y del júbilo inmortal, sería posible recuperar el uso de la palabra del que ustedes, los políticos, nos despojaron hace marras. El único lenguaje que se habla en Colombia es el de los fusiles. Lo demás es silencio. Perdone usted que emplee un término coprológico para decirle lo que oye la gente cuando los políticos hablan de paz o de justicia o de igualdad. ¿Sabe lo que oye?
Oye invariablemente la inmensa y tierna palabra con la que termina El coronel no tiene quien le escriba, la mejor de las novelas de García
Márquez, que voy a repetir aquí con el propósito de insistir hasta el cansancio en el absurdo que implica nuestro mutismo habitual. “Dime qué comemos”, preguntó la mujer. Y cuenta García Márquez: “El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: ¡Justicia!”.

Pero, le decía, en nuestro conflicto juegan también innumerables factores sutiles. Uno de ellos, el miedo. Otro, esa proclividad hacia los pífanos y los clarines que cantó con tanto garbo Rubén Darío. Otro más, la reverencia hacia lo establecido. Otro, el culto obcecado por la gramática. Desde la época del general Santander ustedes construyeron a este país a su imagen y semejanza. Su miedo creó el nuestro. Recuerde el grito aterrado de la consulesa Buddenbrook: “¡Antonio, baja! ¡Cierra la puerta de entrada! ¡Ciérralo todo! ¡Es el pueblo!”. Ese es el abismo que existió desde siempre entre ustedes y nosotros, la carne de cañón. No creo que nunca, salvo su mejor opinión, el país nacional se haya sentido interpretado cabalmente por sus políticos. A veces se han dado pequeños puentes de comunicación: en el siglo pasado con el primer López Pumarejo, por ejemplo, con Gaitán, por ejemplo, con Uribe Uribe, por ejemplo... y pare de contar. Los demás convirtieron a los partidos en esas cajas de Pandora a las que rodea la curiosidad y la expectativa de todos y de las que sólo surgen epidemias y desgracias. La epidemia del clientelismo, la epidemia del sometimiento, la epidemia de la indiferencia, la desgracia de la corrupción. Es doloroso ver cómo en
Colombia los políticos y el pueblo (otra vez el viejo lenguaje pauperizado y seudo–marxista) van cada cual por su lado. Hace mucho ustedes se convirtieron en un elemento más del folclor, como el masato o el bullerengue. Tengo la impresión de que el país los mira como un factor exógeno e inevitable. Como ustedes están rodeados por sus áulicos y por sus medios de información de bolsillo, es posible que no sientan la crisis que se nos vino encima, que no es la crisis de la guerra o de la muerte o del desempleo o del hambre, sino la crisis del desánimo, de la indiferencia, del silencio, de la apatía. Estamos sentados sobre un volcán. ¡Qué fácil es decirlo! Ustedes piensan que la explosión se va a controlar cuando las fuerzas regulares del Estado triunfen sobre las fuerzas regulares de la guerrilla. Están muy equivocados. La dramática realidad que vivimos determina que cada día se mire con mayor apatía quién pueda ganar en esa confrontación, porque lo único que se sabe a ciencia cierta es que el perdedor será el país. Lo que alguna vez fue un compás de esperanza o, inclusive, de confianza, ante el hipotético triunfo de la revolución que aquí se impone, se convirtió, por fuerza de la ineptitud de los políticos, en el espacio del bostezo. Esa guerrilla de mentirijillas en que los militares de la otra facción convirtieron el espacio revolucionario, no pudo presentar sus ideales mediante un discurso coherente y nuestro, y se fue por los cerros de Ubeda de una propuesta que pone pavor en el corazón de un todo colectivo aterrado por cualquier pellizco que pueda sufrir el dogma de la propiedad privada.
Una propiedad privada que para el 85 por ciento de los colombianos no va (cuando va) más allá de una casita y de dos aparatos eléctricos: un equipo de sonido para oír vallenatos, y un televisor para ver la telenovela de moda. De esa pobre guerrilla nuestra, que se ensimismó y se dedicó a la desoladora contemplación de su ombligo, todos esperábamos una puerta abierta hacia la igualdad, hacia una adecuada distribución de la riqueza, hacia un presente sin oprobios. Ya sabemos que de ella no vamos a recibir nada de eso. Como sabemos que de ustedes sólo recibiremos una y otra vez el sustento de esa democracia de papel que nos engolosina. El país está solo. Y está mudo. Y tiene un aire inevitable de derrota.

El panorama de nuestra política –o por lo menos de eso que llamamos nuestra política– es desolador. Sin que nadie se haya percatado, su ejercicio se trasladó de los directorios a las juntas directivas de los grandes consorcios. Desde ellos se manejan las opiniones de los
expresidentes, las decisiones de los cuerpos colegiados, las políticas de la administración. En ellos se determina quién es viable y quién no, y cuáles deben ser las modalidades de pensamiento que jalonen el discurso del país, y cuál el modus operandi de la nueva moral. Dentro de ese panorama regido ahora por los principios neoliberales y por la globalización, ustedes, los viejos políticos se dejaron vencer sin presentar las armas. Ahí tiene mucho que ver, claro está, la corrupción de nuestras costumbres, el pago en efectivo de los favores políticos, la financiación de las campañas. Es tan grave la vinculación de los dineros de la mafia a una elección presidencial, como la de aquellos que provienen de los atildados propietarios de las grandes empresas. Ellos todo lo pagan: conciencias, opiniones, voluntades, criterios. Poco a poco el país se entera de cuál es su nuevo frente de lucha, y poco a poco sabe también que ustedes, los políticos, fueron cómplices en este abandono de la cosa pública, que se convirtió en un simple instrumento de los intereses privados. Ustedes, que se dicen los representantes del pueblo, son unos traidores a la causa del pueblo.
Ustedes repican y andan en la procesión, confundiéndolo todo, matizándolo, disimulándolo, reburujándolo. Ustedes eran los encargados de predicar entre la gente (perdone el tono bíblico de esta frase), para que esta última pudiera enfrentar, con los ojos abiertos, su ardua supervivencia en el mundo moderno. Pues no. Lo que ustedes hicieron fue exactamente lo contrario. Ustedes se convirtieron en unos ilusionistas que nos hicieron ver graciosos y sonrosados conejitos donde en realidad había sanguinarios tigres. ¿Qué hizo usted, personalmente, ante los desafueros del proceso de globalización, usted que, según dicen, es el encargado de hacer pensar al país? Permítame decirle que sus ensayos sobre los problemas territoriales de Colombia son fascinantes, que sus anécdotas sobre episodios desconocidos de nuestra historia son provocadoras, que sus reflexiones sobre las gestiones administrativas de sus predecesores y sucesores son lo suficientemente inoportunas para ser seductoras. Pero no se trataba de eso. Se trataba de que usted, desde su opinión privilegiada, y sus congéneres desde los balcones donde todavía peroran como peroraron nuestros oradores del siglo XIX, previnieran a los colombianos sobre las dolencias que les esperan en un mundo fascista que comienza a destruir con su engranaje todo aquello que le ofrezca un mínimo escollo. No lo hicieron, por desgracia, y hoy nuestras pobres gentes no entienden porqué las decisiones no se toman en el gobierno sino en un ente extraño que es el Fondo Monetario Internacional, o porqué las oscilaciones de la Bolsa de Nueva York o de Tokio tienen más incidencia sobre nuestra economía que los decretos del gobierno. Todavía no entienden que la junta directiva del Banco Emisor es una borona insignificante en el engranaje mundial y que nuestro suceso colectivo va y viene al capricho de las grandes multinacionales. Antes creían que usted o que el presidente o que Tirofijo o que el ministro de Hacienda de este o de cualquier gobierno tenían alguna razón de ser en nuestro panorama doméstico. Pero ante los hechos que viven, hoy comienzan a saber que no, por la sencilla razón de que no hay un panorama doméstico.
Pero ustedes: el vanidoso expresidente y el gobernante santurrón y el centenario guerrillero y el despreciable ministro no les dicen las cosas como son porque les interesa más mantenerlas sumidas en el extraño mundo de Subuso donde agonizan de necesidades y de engaños. Flaco favor el que les hacen. Mientras ellas, las gentes, van en mula, ustedes viajan en
internet. Conclusión: la distancia entre unos y otras, como dice una de sus inolvidables rancheras, es cada día más grande.

Permítame aquí hacer un pequeño esguince dentro de los muchos que conforman el gran esguince de esta carta. Me refiero a la reverencia que despierta en ciertos gruesos tituladores de prensa su insular aticismo.
Gracias a él usted marca distancias y disfruta que, como una condición sine qua non de su relación con los colombianos, se caiga, un día sí y otro también, en ese caballito de batalla que ya sabe a cacho según el cual cada vez que usted habla “pone a pensar al país”. No quiero discutir la validez de este aserto porque, en efecto, usted pone a pensar al país. Pero lo que sí me inquieta –e inquieta también a muchos otros observadores más autorizados que yo–, es sobre qué pone a pensar al país. Ya lo dije. Si nos atuviéramos a sus declaraciones, entrevistas, comunicados y artículos de prensa, los colombianos pensaríamos sobre la mecánica política, sobre la historia como anécdota y sobre las fronteras. Gracias a la perversa actitud de los políticos, y a pesar de la tremenda complejidad de nuestra vida en común, nosotros seguimos siendo un país costumbrista, un país que ha roto sistemática y violentamente las formas pero que ha conservado, inclusive agudizado, el más secreto fondo de su carácter. Usted no nos hace pensar sobre lo que nosotros deberíamos pensar. Nosotros deberíamos pensar a partir de profundas raigambres regionales, de agudas y casi insuperables diferencias sociales y económicas, de insobornables distancias culturales. No considero que en esa geografía quebrada y huidiza estemos obligados a ver una tragedia. Por el contrario, sobre tal desidentidad podremos hacer el país que no hemos logrado hacer hasta el momento, y es a partir de ella que debemos pensar en torno a nuestras carencias y posibilidades. Cualquiera desearía, entonces, que aquel que “hace pensar al país” –sea quien sea– encuentre un hilo conductor para enlazar esas diferencias. En un comienzo alcanzaron a intuirse en usted algunos atisbos sobre esa tarea. Pienso, por ejemplo, en Los elegidos. El planteamiento que usted hizo en torno al calvinismo de la familia de B.K. y que desarrolló –no sé si antes o después– en su tesis sobre la estirpe calvinista de nuestras instituciones, fue un elemento importante en la discusión de un país prácticamente al margen del mundo de las ideas. Pero el debate se acalló para darle paso a “reflexiones” las más de las veces hechas por usted, frente a la mecánica política, al quisicosismo electoral, a las posiciones burocráticas, a las pequeñas alianzas estratégicas. Sin decirlo, y digo sin decirlo porque él pretende decir exactamente lo contrario, lo dice Lemos Simmonds: “Cuando el expresidente escribe sobre la crisis en el cultivo de la palma africana en Malasia, no son pocos los que deducen que se trata... de enviarle a Dios sabrá quién un mensaje cifrado sobre el comportamiento electoral del liberalismo o de lanzarle una crítica velada a la política exterior de alguna administración”. El hecho de que la prensa del país gaste ríos de tinta en semejantes minucias indica a las claras que su oficio de hacer pensar al país adolece de graves fallas.

Hacer pensar al país. La política –y usted es el más notable de nuestros políticos– no hace pensar al país. Mucho menos la politiquería. Ella hace reír o rabiar o sufrir al país pero no lo hace pensar. “Tararea para no pensar”, decía Sartre de su abuela. Colombia tararea para no pensar. ¿Qué calificativo podría caberle a eso que entre nosotros se llama “la política”? Hasta el momento se han empleado algunos de prudencia ejemplar. Se dice que es oportunista, que es acomodaticia, que es de parroquia, que es fronteriza. Todo eso es cierto pero, aún más, yo diría que es cínica. A ella podría aplicarse el aserto de Stuart Mill, que cita Celine como epígrafe de Semmelweiss: “Si las verdades geométricas le hubieran resultado incómodas a los hombres, hace mucho tiempo que se las habría declarado falsas”. Si las verdades geométricas les hubieran resultado incómodas a nuestros políticos, hace mucho tiempo que las habrían declarado falsas. Ese, el cinismo de nuestros políticos. Fíjese usted, los esfuerzos que ellos hacen apuntan únicamente a su supervivencia. El hecho de que el partido liberal, que avaló la gestión neoliberal del doctor Gaviria como presidente de la República y que, por consiguiente, es uno de los responsables del derrumbe de nuestra economía y de la agudización de la crisis de todo orden en que se debate el país, haya intrigado hasta el cansancio (lagarteado, se dice comúnmente) por espacio de veinte años para que lo aceptaran como miembro de la Internacional Socialista, hasta que lo recibieron en noviembre de 1999, indica a las claras la contradicción ideológica y programática en que cumple su tarea política. Si esa es la Internacional Socialista, si en la Internacional Socialista encuentran cobijo individuos como Gaviria, como Hommes, como Montenegro, y del lado de los chiquitos, de los manzanillos, seres como Turbay Ayala o como Name o como Aurelio Iragorri, y del otro lado (porque el liberalismo, usted lo dijo bien, es una coalición de matices de izquierda, ¡de izquierda!, y por consiguiente debe ser un poliedro), del lado de la cueva de Rolando “personajes” como Álvaro Uribe Vélez o Plinio Apuleyo Mendoza o Rafael Pardo Rueda o tantos otros, ¿qué fuerzas formarán la internacional neonazi? Todos esos nombres, que sólo traigo a manera de ejemplo, y muchos más que campean en la memoria y en la punta de la lengua de cualquier colombiano, son la demostración palpable de cómo se puede ejercer la política contra los intereses de un país. Al aceptar la inclusión del liberalismo colombiano en la IS, usted dijo que “ser liberal es un estado del alma”, y habló sin sonrojo alguno de la lucha de clases, de la caída del neoliberalismo, de los conquistadores españoles como padres del Derecho Internacional Humanitario (supongo que se trate de unos españoles distintos de los que mataron en el solo territorio de la Nueva Granada a dos millones setecientos cuarenta mil indígenas en el curso de veinte años), de la revolución biotecnológica que, según usted, va a ser un arma eficaz para combatir la pobreza, y pidió que fuera ese grupo de honrosos “compañeros” el que se pusiera a la vanguardia del empleo de los nuevos recursos generados en la información, en la clonación y demás avances de la ciencia. Quiero decirle que su invocación a Dios y su inquietud en torno a los conflictos morales generados en la iglesia católica por la fecundación in vitro debieron sonar un poco charras, porque lo demás, pero sobre todo su sans façon para hablar de los atropellos a los derechos humanos y su explicación del por qué no se les daba en asambleas semejantes el mismo tratamiento que a las violaciones en Europa, debieron pasar desapercibidas. De lo contrario, alguno de esos serios delegados europeos se hubiera visto obligado a protestar. ¿Protestó alguno? ¿O, quizás, esa reunión también fue una payasada? Lo cierto es que el partido al que usted pertenece forma hoy parte de una asamblea que tiene su origen en los movimientos sindicales del siglo XIX, precisamente aquellos que –salvo en los gobiernos de Obando, de los radicales y del primer López Pumarejo– no tuvieron eco alguno en una organización política reaccionaria y de derecha. El partido liberal colombiano (y hablo de él sólo a manera de ejemplo) es un sepulcro blanqueado: hacia afuera, socialista y fervoroso de las causas populares; hacia adentro, neoliberal a ultranza, represor de cualquier postura crítica y violador de los derechos humanos. Hacia afuera, con dirigentes que participan de la necesidad de una renovación a fondo de los mecanismos de la acción política; hacia adentro, con líderes históricos que ofrecen su apoyo a un régimen de oprobio como es el de Álvaro Uribe. Hacia afuera, demócrata y renovador y libertario; hacia adentro, víctima de caciques que consideran un atropello la posibilidad de elaborar listas únicas y demás consideraciones aprobadas por la constituyente, que encontraron una oposición sorda e insuperable en los cuadros de siempre, por siempre y para siempre. Como miembro de la IS, el partido liberal es un castillo de naipes que se derrumbará con el primer leve vientecillo que lo acometa.

En esta reflexión elemental sobre lo que hoy es la política en Colombia, quedan por fuera una gran cantidad de situaciones y dolencias. Hubiera sido imposible enumerarlas a todas. Pero no quiero terminar sin hacer una anotación marginal. No otra que este país, como es, con sus tragedias diarias y sus masacres y sus atropellos y sus iniquidades y sus desigualdades sin término, es el que ustedes, los políticos, nos dejaron de herencia. Y que somos nosotros, sus herederos, quienes estamos en la obligación de reconstruir esa hecatombe. De ustedes no recibimos ninguna indicación, ninguna señal sobre la forma como podríamos emprender con generosidad ese camino. La lección que ustedes nos dieron nos remite al egoísmo extremo, al odio entre facciones, a la zancadilla como método, al aprovechamiento indebido de los recursos y de las posibilidades que ofrece el Estado. De ahí que sean ustedes los primeros que deban ser rebasados, ser destituidos, ser ubicados en su exacta mediocridad y distancia. Lástima sí que nos acometa aún ese temor reverencial hindú que nos inmoviliza: el de las vacas sagradas. Pero el tiempo de los políticos se aproxima en la misma forma vertiginosa en que avanza, en sentido inverso, el tiempo de la política.

Espero, doctor López, que lo que piensa un ciudadano del común no lo perturbe en su grandiosidad y distancia.

De usted,

Fernando Garavito