El señor de las moscas
LAS PIEDRAS QUE LLEVA EL RÍO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Empeñados, como estamos, en discutir cuál de los dos realities shows es mejor: si el de Caracol, con veinte muchachas engañadas por un presunto millonario, o el de RCN, con 35 aspirantes a un estrellato de lentejuela y papier maché, dejamos pasar inadvertidas las declaraciones del embajador de los Estados Unidos, que publicó el Miami Herald en su edición del 16 de junio. De acuerdo con el señor Wood, “la negociación entre Uribe y los paramilitares, encabezados por Salvatore Mancuso, no es una transición a favor de la paz sino a favor del narcotráfico”.

Allí juegan, pues, las cinco palabras que hacen la vida diaria de un país en declive como el nuestro: paz, Uribe, Mancuso, narcotráfico, negociación. Y quien las ensambla de una determinada manera para abrir con ellas el auto cabeza de proceso de lo que será Colombia en los próximos años, no es un guerrillero de vieja data, como “Alfonso Cano”, o un político avezado y en la oposición, como Jaime Caicedo, o un peligroso subversivo de salón, como Antonio Caballero, sino el intérprete de la divinidad, a quien el régimen no puede acusar de guerrillero ni de comunista ni de amargado, ni de ninguna otra de esas pamplinadas a las que nos tiene acostumbrados. ¿O será que lo es? ¿Será guerrillero el señor Wood? No tiene nada de raro. Porque si el profesor Alfredo Correa D’Andreis, maestro por antonomasia, es un rebelde y un ideólogo de las FARC, necesariamente el señor Wood tiene que ser Jojoy disfrazado de gringo.

El hecho es que el gobierno (o eso a lo que le dicen gobierno) guardó silencio. Pero la afirmación quedó ahí, monda y lironda, y en el punto exacto en el que, por lo general, saben dejar las cosas los funcionarios del Departamento de Estado. Lo que Wood insinúa es que de este lado de la negociación hay un grupo de individuos que mantienen distintos vínculos con el narcotráfico. Pues bien. En aras de marcar distancias
respecto de la maniquea y peligrosa posición de los norteamericanos, echemos mano de un ejemplo socorrido, y digamos que la relación de Uribe con el “negocio”, rebasa hoy el hecho de que haya sido hijo y hermano de narcotraficantes y que él mismo, como director de Aeronáutica Civil, sólo haya ido al aeropuerto las pocas veces en que tuvo que recibir las cuadras de caballos importadas por sus parientes narcotraficantes, los señores Ochoa. Pero todo eso es ahora una simple anécdota sin importancia. Porque lo que en realidad debe entenderse es que Uribe es uno de los peones del ajedrez con los que juega un sistema económico corrupto que depende esencialmente del narcotráfico para poder subsistir en el futuro.

De esa manera, Santa Fe de Ralito es sólo el laboratorio donde se examinarán algunos pormenores de la marcha del “negocio” a una escala mucho mayor de la que estábamos acostumbrados. Mancuso y sus asesinos ya cumplieron la parte sustancial de su misión. Gracias a las masacres sistemáticas que organizaron a lo largo y ancho del país, la propiedad de las mejores tierras se entregó a traficantes que actúan de manera abierta y descarada o a sus amigos y simpatizantes. Las cadenas de distribución siguen intactas. Los resultados de la fumigación, que
merecieron el aplauso de la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, acabarán en pocos años con nuestro medio ambiente, pero en lo que se refiere al control de los sembrados de coca, sólo tendrán un éxito ocasional y momentáneo. Gracias al glifosato disminuye
la producción, pero como al mismo tiempo aumenta el consumo, los réditos del tráfico son cada vez mayores. A través del lavado de dólares, los barones de la droga obtienen carta de presentación ante los círculos másherméticos de lo que Chávez llamó “la decadente oligarquía bogotana”, y en retribución por el saludo, la ponen en camino de obtener fortunas varias veces millonarias. Y ya que llegamos al tema, permítanme ustedes hacer un paréntesis: en este terreno ninguno de nuestros medios se planteó siquiera un mínimo interrogante alrededor del caso de José
Dover, alias Pepe, mecenas del expresidente Gaviria, quien vinculó a su lavadero a no menos de noventa industriales y empresarios colombianos de campanillas, dentro de los cuales figuran algunos cercanos colaboradores de dicho mandatario. Ahora bien, ¿no estará este último dentro de ese paseo? Porque recuerden ustedes que él, que llegó a la primera magistratura del Estado con una mano adelante y otra atrás, cuenta hoy,según sus propias palabras, con una colección de arte avaluada en 60 millones de dólares. En todo este ocultamiento, en todo este disimulo,
en todo este hacerse los desentendidos, juegan un papel importante los medios manipulados por el gavirismo, algunos de ellos en trance de “ refinanciación”, como la revista dirigida por el antiguo ministro de Comunicaciones, señor “teta” Vargas, de la que es copropietario el inefable Nobel que aplaude las atrocidades de Uribe como si se tratarade hazañas de un campeón de la justicia. Nadie pregunta, nadie investiga, nadie informa, nadie dice nada, pero, eso sí, todos saben que
ahí siguen los mismos con las mismas. O, mejor, los mismos con los mismos, dado que el ejemplo se circunscribe al equívoco y perfumado equipo de Gaviria.

Sé que con todo esto no hago nada más que un amasijo. Pero resulta que, precisamente, se trata de un amasijo, en el que naufragan las tragedias de un país que no cuenta con la voluntad necesaria para salir del atolladero. Nosotros somos el paraíso del narcotráfico. Tenemos un
presidente (bueno: tenemos un individuo al que le dicen presidente), que labró su fortuna en las proximidades del negocio; tenemos un ejército paramilitar de más de treinta mil hombres dedicado a proteger el negocio; tenemos una sociedad corrupta que va de rumba en rumba gracias
a las ganancias del negocio; tenemos unos medios de información enredados sin remisión en la telaraña del negocio; tenemos unos políticos de medio pelo que se benefician de los tentáculos más gruesos del negocio; somos una ficha más en un imperio que no está interesado en
absoluto en solucionar las perversidades del negocio; pero lo peor de lo peor es que tenemos un país ciego, sordo y mudo, que soporta sin protestar las iniquidades con que lo destruye el negocio.

Ese es el panorama. Y hablamos de reelección. Y oímos las peroratas que lanza Uribe con el ojo certero de quien sabe cómo se da en el blanco. Por ejemplo, la salida calculada contra Amnistía Internacional. De inmediato llovieron las críticas y las advertencias y los artículos y hubo llanto y crujir de dientes y algunos llegaron a rasgarse las vestiduras. Pero, ¿ para qué advertirle a Uribe que se pone en peligro de seguir los pasos de Fujimori, si este último es su paradigma? Lo único que le falta por ahora es trasladarse a vivir al Cantón Norte, porque lo demás:
popularidad mediática de cerca del 70 por ciento, reelección, ubicación del proyecto global del Estado dentro del esquema de seguridad democrática, control militar de todos los resquicios de la vida en comunidad, extensión del conflicto a las comunidades marginales, red de informantes, entrega de la justicia a las distintas unidades de fuerza,estatuto antiterrorista, alternatividad penal, armas para la poblacióncivil, y lucha contra un enemigo difuso que se denomina “terrorismo”,
parece calcado de lo que hicieron Montesinos y Fujimori en los años 90, siendo nuestro Montesinos mucho más hábil que su homólogo peruano, hasta el punto de haber logrado tapar la historia de su hijo rejoneador y de sus presentaciones ante la mafia, y de manejar a su amaño un pequeño universo doméstico, antes reservado a la primera dama.

En fin, ya no podemos abrigar ninguna duda. El Estado se entrega con lasmanos atadas al crimen organizado, y entre uno y otro montan pantomimas que distraen la atención de un país que parece dormir el sueño del opio. Los primeros resultados del “Acuerdo de Santa Fe de Ralito”, firmado el 15 de julio del 2003, se vieron en la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara, que desde siempre fue un fiasco. Pero ese fue un pequeño vientecillo si se le compara con el huracán que se avecina. El país comienza a adquirir una nueva fisonomía, responde a unos nuevos valores, sigue siendo el único cordero del rebaño que va –sin que lo lleven de cabestro– al matadero, cambia de conceptos y de formas de hablar, cree, con fe de carbonero, que es posible convivir en pie de igualdad con Mancuso y sus asesinos, sustituye la ética pública por la ética del negocio, entendiendo que el único negocio posible es el que proviene del crimen, y, sin haberlas exigido jamás, reniega de las garantías que le ofrecía el Estado Social de Derecho y las sustituye por el espejismo de la seguridad democrática, una seguridad que no es seguridad y que no
tiene nada de democrática.

¿Qué le pasa a Colombia? Es difícil creer que se haya extraviado en el laberinto, porque la imagen más certera que da de sí misma es la de ser el Minotauro y la de estar feliz en medio de su tragedia. Sin percatarse que se trata de un terreno lleno de arenas movedizas, le presta atención
al discurso del yerbatero de feria que le promete curarle todos sus males si se aplica un ungüento de pésimo olor. Porque eso es la seguridad democrática: un ungüento de pésimo olor, que emplea a diario indiferente ante la tronera que se abre a sus pies. Pasemos por alto las situaciones de orden general, y limitémonos por ahora a los dos más recientes atropellos de la dictadura contra los derechos esenciales de los colombianos. ¿Con base en qué indicio serio puede alguien capturar al profesor Alfredo Correa D’Andreis, que ha hecho de su vida una docencia impecable, acusándolo de rebelión por el simple hecho de ser un defensor a ultranza de una salida política para el conflicto? Es cierto que Ploter, un ex guerrillero refugiado en los Estados Unidos, señaló
como ideólogo de las Farc a alguien a quien llamaban “profe”. Pero es absurdo que el fiscal haya utilizado su cabeza de chorlito para cruzar ese dato con otro según el cual al profesor Correa lo llamaban “profe”. ¡ Pues claro que lo llamaban “profe”!. ¿De qué otra manera quiere el
establecimiento que llamen los alumnos a un maestro querido, que ha estado 23 y más años en el ejercicio docente? ¿Esas son las investigaciones de la seguridad democrática? ¿A ese tipo de adivinanzas tendremos que someternos los colombianos? ¿Y qué respuesta hay para los
integrantes del grupo “Pasajeros”, detenidos en Copacabana cuando participaban en una jornada cultural, acusados del delito de solidaridad con los sectores populares? Ya sabemos que los agentes de seguridad no soportan un canto que no sea bajo tortura. Pero no podemos aceptar que
estos ocho versos transparentes:

Con el sol a medio cielo
me di cuenta que la vida
le daba la bienvenida
y un abrazo al compromiso.

Y he seguido en la pelea
aligerado de peso.
Siempre volará la idea
aunque se pudran mis huesos…

no podemos aceptar, digo, que esos ocho versos sean revolucionarios. Para desgracia de la dictadura, desde su calabozo, los “Pasajeros” enviaron un mensaje en el que informan que no están solos. “Efectivamente –dicen– aquí con nosotros están las señoras comadres del asentamiento de desplazados de La Honda y La Cruz, detenidas junto con decenas de
señores trabajadores, obreros de la construcción, presos en similar ejercicio de ‘seguridad democrática’ en múltiples redadas arbitrarias en la zona nororiental. Y están también algunos campesinos y pobladores de Yarumal y Campamento detenidos masivamente, acusados de terrorismo, concierto para terrorismo, tentativa de terrorismo…”.

Esas son las piedras que lleva el río. La dictadura que soporta Colombia constituye una amenaza interna y externa. Interna, porque trabaja contra el país, y es represiva, criminal y autoritaria. Y externa, porque se va a prestar para que el gobierno de los Estados Unidos ataque a Venezuela
e intente apoderarse de la zona amazónica. Uribe es el enemigo. Y a los enemigos hay que desenmascararlos… aunque se pudran los huesos.