El señor de las moscas
ESCRITURA Y EXILIO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Se habla de escritura y exilio. Yo diría que toda escritura es un exilio. Fernando Pessoa, el gran exiliado de sí mismo, lo escribió alguna vez en dos
versos memorables:

Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.

Ser escritor es una manera de estar solo. Hoy, la escritura vive un estruendo de tesis, de argumentos y de contradicciones. En un mundo donde la ética ha abandonado para siempre a la política, donde el pensamiento se ha reducido poco a poco al desván de los objetos inútiles, y el decir verdad es apenas un viejo ejercicio platónico, el escritor se ha visto compelido a asumir el papel de protagonista político y a lanzar rayos y centellas, señalando aquí culpas y condenando allá culpabilidades. Me atrevería a decir que esa es una exigencia de la época, pero que el escribir obedece a otras urgencias. En 1980 Borges recordó a tres poetas admirables “que han sido relegados al olvido porque no fueron otra cosa que admirables poetas, que no modificaron el curso de la literatura”. La situación, querido Borges, ha empeorado desde entonces. Hoy los poetas, que es una forma antigua de decir los escritores, son relegados al olvido cuando no modifican el curso de la historia. Y en ese ejercicio sediento de no entrar por la puerta del olvido, el escritor se pone en peligro de obedecer a normas que no son ni pueden ser las suyas.

Pienso que el escritor construye su utopía, habla de su realidad y se convierte en testigo de su tiempo, sólo a partir de su expresión literaria. Y es ahí donde radica el peligro que él representa para los regímenes de oprobio que hoy se extienden por la faz de la Tierra. Ninguno de ellos, ni las tiranías que son abiertamente tiranías, ni las democracias formales que pululan en América Latina, ni los gobiernos de empresarios que hacen de las suyas en las grandes potencias, serán capaces de sobrevivir frente al sereno imperio de la poesía. Están ahí, claro, y ejercen el poder con mano de hierro y con mentira. Se perpetúan a través de mecanismos baratos que tienen que ver con fantasmas que crean burdamente en el inconsciente colectivo. Al fantasma del problema judío, que crearon los nazis hace setenta años, siguieron, de un lado el fantasma del imperialismo y del otro el fantasma del comunismo, ambos igualmente perversos. Y luego, cuando el poder no dispuso de nuevos ángulos desde los cuales pudiera amenazarse con eficacia, sacó de su sombrero de mago el fantasma del terrorismo. Para ello contó, claro está, con la torpe complicidad de los terroristas. Pero lo cierto es
que hoy el hombre común encuentra el terrorismo hasta en los resquicios más sencillos y transparentes de su vida, y vive bajo amenaza sin darse cuenta que ella, la amenaza, está más en la pantalla del televisor que en las obras de ciencia ficción que escriben los medios cada día.

Entre el escritor y sus lectores no puede interponerse el régimen político. Ni por acción ni por omisión. Si el escritor hace su trabajo como toca, vivirá, sí, en el exilio, pero más temprano que tarde verá cómo la fuerza de su palabra es la única capaz de demoler las frágiles, las deleznables murallas de la ignominia.