El señor de las moscas
REELECCIONES

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Veámoslo de esta manera: renuncié. Las razones fueron múltiples, pero la primera de todas fue, sin lugar a dudas, la impotencia. Se habla, se dice, se expresa, se opina, se repite, se insiste, se recalca, se subraya, se comprueba, se denuncia, se grita, se parla, se farfulla, se murmura, se susurra, se vocifera, se precisa, se tose, se explica, inclusive se blablablasea y se parlanchina. Y nada. Y nada. La cosa sigue igual. La voz que clama en el desierto. Claro que cuando hay una voz que clama, explicó en algún texto Saramago, el desierto se hace menos desierto.

¡Uuuuuuhhhhhhhhh!, grita la voz. Y le responde el eco: !hhhhhhhhhuuuuuU¡ Yo no sé si ustedes se hayan parado alguna vez en el borde de una montaña a despertar el eco. La sensación es horrible. Grita uno con la más potente de sus voces, ¡AQUÍ ESTOY! ¡ÓYEME! ¡TEN CUIDADO!, y lo único que recibe como respuesta es ADO, ADo, Ado, ado, con un tono que se hace más y más tenue hasta desaparecer por completo. De manera que la voz va, y viene, y desaparece por completo, y el ámbito de la montaña se convierte en el testigo enorme de la inutilidad, del vacío. Por eso renuncié. Por eso.

Pero resulta que esta semana las cosas sucedieron al revés. Esta semana el eco me convirtió a mí en un reflejo desvaído de otra voz, una voz profunda y poderosa que surgió de los acantilados y me lanzó, como hoja que lleva el viento, hasta el fondo de la caverna. Voces, voces, voces, voces, palabras cariñosas, palabras urgidas, palabras perentorias, palabras inconformes, palabras exigentes, palabras comprensivas, palabras regañonas o acusadoras. Esperaba, quiero decirlo sin modestia, alguna solidaridad. Tal vez veinte, tal vez treinta mensajes. Pero comenzaron a llegar, a regar por la
memoria del computador recuerdos e imágenes y argumentos y coscorrones muy bien puestos en el centro de la inútil cabeza. Por ellos supe de vericuetos, de caminos insospechados, de recovecos, de curvas del camino (“Más allá de la curva del camino…”, escribió Pessoa), de atardeceres en los que me senté a hablar con alguien alrededor de un cafecito, en cualquier taburete o pared o bolsillo o sillón o poltrona, en cualquier soledad, en cualquier sinrazón o razón o silencio. Y hablamos. Yo hablé con cada uno de ustedes, cada uno de ustedes me dejó cabizbajo, cada uno me dijo, con generoso corazón, lo que le quería decir a alguien de quien se sabe que sólo quiere ayudar a desmontar la estructura de hierro en que nos han encerrado sin saber cómo ni cuándo ni dónde ni por qué, y que para ello sólo tiene unas débiles patas de mosca.

Porque de eso se trata. Se trata de ganar la batalla que las moscas ganan en Pascal, sin cambiar de actitud, con el solo manejo del lenguaje. Y fíjense ustedes: Monterroso, de donde saco la cita, limita a las moscas de Pascal a ganar una batalla. Pero siendo Pascal Pascal, no tendría nada de raro que él haya escrito que lo que las moscas terminan por ganar es la guerra. Desvaríos, elucubraciones. Y sueños. Y, claro está, zumbidos.

Vamos entonces a seguir. Cada una de las personas que me escribió, me dio un argumento distinto y contundente para persistir. Siendo todos igualmente importantes y significativos para mí, el tiempo del que disponen ustedes sólo me permite citar dos. Gustavo Gómez me pregunta: “¿Qué haríamos en esta tierra de cadáveres sin las moscas?”. Y Manuel Rozental transcribe un párrafo que escribí algún día, y lo convierte en un poderoso jab, directo a la mandíbula: "Y para que nada perturbe la tranquilidad del reino, según los acuciosos amigos del Plinio y de los plinios, quienes no pensamos igual tenemos que callarnos. Pues no. No tenemos que callarnos. Y no lo haremos, porque el problema de este país no está en sus gobernantes ocasionales, que
hoy son y mañana desaparecen, o en los prestigios mentirosos que hoy detentan y que mañana provocarán toda suerte de arrepentimientos, sino en
una estructura inicua que permite mantener un statu quo miserable, hundido
hasta el cuello en una hecatombe sin sentido, en el que el crimen sistemático se ha vertido en una norma de conducta… El problema, repito, no es Uribe o Samper o Pastrana. El problema es Colombia. Y, que yo sepa, sobre los problemas de este país podemos opinar, mientras tanto, todos los colombianos. Ahora, si no es así, avísenme de inmediato. Porque entre otras
cosas, yo prefiero una y mil veces la literatura. Y la literatura me llama”. Y añade Manuel: “¿Te avisaron? ¿Acaso has dejado la literatura? Copié el texto que escribiste porque quería que lo leyeras. Tan profundamente lo comparto que esta vez quien lo escribió fui yo, y te lo dirijo para que me hagas el favor de leerlo, como que soy yo quien lo compuso”.

Bueno, lo leí, como leí una vez y otra vez las palabras que ustedes me dirigieron, que son las mismas desoladas palabras de un país que quiere decir pero no encuentra canales para decirlo. Y concluí que este no es el tiempo de las vanidades ni de los envanecimientos, pero tampoco de los silencios o las desolaciones. Convirtamos, pues, este asunto en un episodio más de la tristeza que de vez en cuando nos agobia a todos. Más a los viejos, claro. Si Uribe pudiera leer las 115 páginas hermosamente escritas que me enviaron ustedes, en las que palpita una voz erguida que no se da ni
se dará por vencida, sabría que este país, Colombia, el país nuestro de cada día, puede ser acorralado y acosado pero por muy poco tiempo, porque está en el voraz oficio de aprender a aplicar la duda metódica (lean lo de La Gabarra bajo la lupa de la duda metódica), de aprender a mirar con la mirada crítica, de equivocarse con la comprensión necesaria por el error, y de ser distinto con el respeto auténtico por la diferencia. Y sabría, otra vez, que este país, Colombia, el país nuestro de cada día, va a salir adelante, por
encima del crimen, más allá de su malignidad y su torpeza.

Yo soy un mandatario. Como Uribe. Un mandatario de ustedes. Eso quiere decir que ustedes son mis mandantes, que ustedes son quienes mandan. El mandatario no es el que manda. El mandatario es el que obedece. Llevaré en el fondo de la memoria las palabras que ustedes me enviaron, para sacarlas a relucir en los momentos de duda y de flaqueza. Habrá muchos momentos de duda y de flaqueza. Pero nunca más habrá un momento de renuncia.

Ahora, necesito mayor libertad. A veces me fatigo de hablar de esas gentecitas, y en el silencio de mi cuarto de estudio, cerca del ventanuco que amanece bajo la luz que proyectan las montañas de “Sangre de Cristo”, escribo lo que de verdad necesito escribir. Les envío una muestra para que, quien quiera, me acompañe un momento por esos desfiladeros.

Antes de terminar: esta es mi respuesta agradecida a quienes me escribieron. Que cada uno entienda, por favor, que la escribí en forma individual para cada uno, sólo para cada uno de ustedes. Los demás (y ustedes, claro) recibirán la próxima semana, mi artículo habitual. “Conservarle su honor” será la media mosca que nos faltó de la 54 (¿recuerdan que “El macho” se apoderó de media mosca de la 54?), y la 55. Y en estas “Reelecciones” estarán la mosca 56 y la 57 (la acumulación de números obedece al tamaño). La próxima, pues, será la 58. Y les propongo un método: por favor, quien no quiera recibir más mi artículo, ¿podría decírmelo? En esa forma le abríamos espacio a algunos otros, porque no pienso pasar de 500 lectores directos. En eso, como en las otras cosas, soy y seré siempre más terco que una mula.

Y ahora, lo prometido. Y mi emoción. Y mi gratitud para toda la vida.