El señor de las moscas
EL MACHO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

"Al menos una vez en la vida -dice Saramago-, cualquier cronista o literato que no acaba de dar con un tema hace su glosa personal de la puesta del sol". Y es verdad. Anoche fue mi turno. Serían, tal vez, un poco menos de las siete de la noche, cuando Manuela y yo nos lanzamos a recorrer "las solitarias calles de la aldea". El buen crepúsculo de Parra brillaba en todo su esplendor, y el viento levantaba su voz para contar de las cosas más cristalinas de la vida, del canto de los pájaros preparándose para dormir, del sonido del viento entre los árboles, de presagios del ángelus que ya
pasó, y del ángelus que algún día volverá a ser el mismo. Había algo de poesía en el ambiente, y mientras Pip, nuestro viejo perro de toda la vida, corría de un lado a otro olisqueando conejos inexistentes, y sabíamos que en la cocina las ollas cantaban en ese mismo momento su canción de olores y de sabores, algo hondo pareció tocarnos con una tenue mano de soledad, de distancia, por qué no decirlo, de melancolía. Caminábamos en silencio, ella una niña que comienza apenas a convertirse en una hermosa muchacha, yo, hecho tal vez un nudo ciego de recuerdos, de voces idas, de preguntas que jamás llegué siquiera a plantearme. De pronto, la voz de mi hija rompió el hechizo.

-¿Por qué estás triste? -me preguntó-. Mira el azul del cielo. Oye el viento. Mamá nos espera. Estamos juntos. Tal vez acá comencemos a ser felices. ¿Qué sucede?

No tuve respuesta. En efecto, acá podríamos comenzar a ser felices. Pero entonces, la vieja palabra de mi padre surgió dentro de mí, incontenible.

-Mira -le dije-, voy a cantarte una canción que me enseñó papá cuando fui su alumno en la escuela primaria. ¿Te parece?
Y, sin esperar respuesta, le canté con mi quebrada voz de muchos años, el himno que alguien escribió cuando nos enfrentamos a un Perú que no era nuestro Perú sino el Perú de Sánchez Cerro:

Si algún día a la frontera
me llamara el deber,
me llamara el deber,
abrazando mi bandera,
volaría sin temer,
sin temer.

Colombianos al mirar
la bandera ondular,
prometamos con valor
conservarle su honor.
Colombianos al mirar
la bandera ondular,
prometamos conservarle su honor,
con valor, conservarle su honor.

Levantamos la vista: una bandera que no era la nuestra ondulaba sin cesar en el arrebolado aire de la tarde.

-No estoy triste -le dije con las lágrimas pugnando por salir sin que ella se diera cuenta-. Pero lo cierto es que ya no podemos hablar del honor de nuestra bandera.

Ella permaneció en silencio. Lo sé, las niñas de doce años no tienen por qué pensar en banderas ni en honores ni en países ni en circunstancias. Piensan, creo yo, en las muñecas que comienzan a dejar olvidadas dentro de los armarios, y, tal vez, en la inquietud que les despierta encontrarse con un determinado muchacho mientras caminan por los pasillos de la escuela.

Entonces, sabiendo que era apenas un monólogo inaudible para ella, para todos, seguí el decurso de mi pensamiento. Afuera caían las sombras vorazmente sobre la tierra, y Pip, indiferente a todo, caminaba junto a nosotros esperando ver pronto la puerta por donde podría entrar rumbo a su plato de agua.

-Ya no podemos hablar del honor de nuestra bandera -repetí en voz baja-. Es más, ya no tenemos bandera. Lo que va al frente de los batallones y de los desfiles de los sicarios de cualquier pelambre es un trapo de tres colores manchado de sangre.
La banda que se tercia sobre el pecho este palafrenero de los Ochoa que ahora dice gobernarnos, no puede ser la misma que lucieron personas transparentes como Murillo Toro, como Santiago Pérez, como Darío Echandía.
Me fastidia pensar que la bandera que cubrió el catafalco de Jorge Eliécer Gaitán es lamisma que va a ondear dentro de poco en el campamento de los asesinos concentrados en Santa Fe de Ralito.
No creo que la bandera de un Congreso donde se oyó la voz de Jorge Soto del Corral sea la misma que preside las sesiones donde participan cerca de cien parlamentarios impuestos por el narcotráfico.

-No conozco a ninguna de esas personas -me dijo Manuela, con lo cual descubrí que yo hablaba más duro de lo que hubiera querido-. Y tampoco sé qué cosa sea un palafrenero.

-No importa -le dije-. Palafrenero es el criado que le sostiene el estribo al patrón para que se trepe sobre el caballo. Y eso es lo que ha hecho este individuo: sostenerle el estribo a Mancuso y a sus narcotraficantes, para que se monten definitivamente sobre el pobre jumento en que se ha convertido Colombia.

-Hablas muy raro -me dijo Manuela-. ¿Jumento es un burro?

-Sí -le contesté-. Jumento es un burro, un asno, una bestia de carga. Pero, más allá, jumento es Colombia. Desde que ese universo oscuro de las multinacionales, convirtió al narcotráfico en la columna vertebral de la economía,
Colombia pasó a ser el burro del que unos pocos se aprovechan. Yo sé que el burro está desesperado con la carga que le han puesto encima.

Encima lleva la tragedia de soportar masacre tras de masacre, la tragedia de los desplazamientos masivos, la tragedia del terrorismo de Estado, la tragedia de la corrupción (que no es sólo administrativa), la tragedia de la miseria generalizada, la tragedia de la denegación de justicia, la tragedia de la amenaza internacional, la tragedia del no futuro, la tragedia del dogma inalterable y del silencio, la tragedia del miedo. Sobre todo la tragedia del miedo. Pero eso nos ha llevado a aceptar, sin fórmula de juicio, la solución que nos propone el gobierno de Uribe, que es la de entregarnos con las manos atadas a la delincuencia común.

Ante los ojos de un mundo al que le importa un pito qué ocurra en ese rincón plagado de conflictos, Uribe le da status político a sus amigos del narcotráfico y los convierte en sus interlocutores. Ellos se han apoderado de todo. Hoy son los dueños de las tierras, de las carreteras, de la seguridad, de la justicia, de la administración, de lo que alguna vez se llamó vida, honra y hacienda de los asociados.

Pero, lo peor de lo peor, es que esos delincuentes comunes, que forman un todo con quienes nos gobiernan, con quienes nos representan, con quienes manejan una economía miserable que ha llevado a uno de los países más ricos y diversos del mundo a una bancarrota generalizada, son los dueños de nuestras conciencias.

No sé hasta qué punto sea lícito convivir en sana paz y compaña con los criminales, y asistir al derrumbe del país como quien no quiere la cosa. Porque en Colombia proliferan las voces que se levantan, erguidas, contra ese estado de cosas, pero que siguen ahí, construyendo dehesas donde se los permite el narcotráfico y el paramilitarismo, disfrutando de la vida y de la rumba barata de fin de semana, estrechando la mano manchada de sangre de los asesinos y gritando
¡ qué horror!, ¡qué horror! frente al cadáver de los asesinados.
Todo eso es una gran mentira. ¿Tú sabes quién es García Márquez?

No me contestó. Con seguridad, mi largo discurso la había llevado a lugares
donde viven los verdaderos pensamientos de las niñitas. Pero yo seguí, como
si su ausencia no tuviera que ver nada conmigo.

-Bueno, pues García Márquez se reunió en México con Álvaro Uribe, con el
pretexto de apoyar un proceso de paz con el ELN en el que sería garante el
gobierno de Fox. Hasta ahí, magnífico. Pero resulta que se prestó a asistir
con el palafrenero a una conferencia de prensa, y que, cuando este terminó
su discurso, lo aplaudió ante las cámaras de los reporteros. ¡García Márquez
aplaude a Álvaro Uribe! Eso no me puede caber en la cabeza, y no lo entiendo
sea cual sea el motivo último del aplauso.

Como no entiendo muchas cosas, que no voy a decirte porque ese, que es nuestro asunto vital, no es asunto nuestro. Tú me entiendes.

-No te entiendo -me dijo Manuela-. ¿Cómo puede ser que algo que sea asunto
nuestro no sea asunto nuestro?

-Mira -le contesté-, lo que es asunto nuestro es el país, no son las gentecitas que gobiernan al país. El país necesita una revolución, una auténtica revolución, que lo ponga patas arriba en todas sus estructuras, que le cambie su forma de pensar, de hablar, de sentir, de enterarse de los acontecimientos.

Ya están hechas todas las denuncias, ya se han señalado todas las dolencias, ya se han diseñado todos los diagnósticos, ya se han propuesto todas las soluciones, y seguimos cada vez peor, cada día estamos más y más hundidos en la tragedia de nuestra vida, de nuestro comportamiento.

Necesitamos una revolución contra el algodón azucarado en que los medios envuelven las noticias. Una revolución profunda, que estremezca los comportamientos del país, que sustituya, como un cataclismo, toda esa pequeñez que nos circunda.

No necesitamos una revolución política o una revolución económica o una revolución educativa o una revolución cultural. Necesitamos una revolución de la conciencia. Si yo tuviera treinta años menos estaría en el país desarmando los ejércitos y armando las
conciencias, todas las conciencias, con imágenes, con palabras, con conceptos, con respetos, con pensamientos, con recuerdos, con proyectos, con proyecciones. Pero estoy viejo y me siento inútil y desarmado.

--¿Tú sabes quién es Roberto Posada?

-No tengo ni idea -me dijo Manuela.

-Pues no voy a hacerte perder tu tiempo diciéndote quién es Roberto Posada.
Pero hace poco me describió como "el olvidado". Y sí, tiene razón, yo soy el olvidado. Un olvidado que piensa que sus pequeñas palabras, que sus denuncias y sus rabias, que sus reflexiones y querencias, que los artículos que envía, tienen algún interés, sirven para algo. No. Estoy convencido de que no sirven para nada. Eso de escribir espara Molano, ¿tú sabes quién es Molano?

-No tengo ni idea -repitió Manuela.

-Molano es un hombre muy valioso, que me escribe para decirme que está feliz en La Calera y que vive cerca de sus hijos y que cuida a sus animales y que cumplió 60 años.

-Como tú -anotó Manuela.

-Como yo. Yo también voy a cumplir 60 años. ¡Sesenta años! Y sigo haciendo lo mismo que hacía hace tiempo, cuando el país era un país que cuidaba el honor de su andera. Ya no vale la pena. He resuelto callarme. Todos los esfuerzos que hecho terminaron por ser inútiles y anodinos.

-¿Qué cosa es anodinos? -preguntó Manuela.

-¿Anodinos? Anodinos es que no se conocen, que no le importan a nadie. Te aseguro que de las 500 personas que reciben mi artículo semanal, por lo menos 450 lo mandan al reciclaje sin abrirlo. Entonces, ¿para qué sigo en esta bobada? Esta noche voy a escribir mi último artículo, mi artículo de despedida

-¿Estás triste? -me preguntó ella.

-Tal vez. Tal vez estoy triste. Pero no estoy triste por mí. Estoy triste por Colombia. Ya llegamos. ¿Quieres que te cante otra vez una estrofa de la canción que me enseñó Papá?

-Vale -dijo Manuela.

-Ojalá te la aprendieras. Dice así:

Colombianos al mirar
la bandera ondular,
prometamos con valor
conservarle su honor.
Colombianos al mirar
la bandera ondular,
prometamos conservarle su honor,
con valor, conservarle su honor.


-Qué linda -dijo Manuela.

-Sí -anoté yo-, es muy linda, porque es una canción que creía en Colombia.

Hoy los colombianos no creemos en nada, y los que creen no ven que detrás de
sus creencias está el horror y la muerte y el crimen y la desgracia.

-Llegamos -dijo Manuela-. ¡Entra, Pip! ¿Cierro la puerta?

-Sí -dije yo-. Y no te olvides de la llave.