El señor de las moscas
EL MACHO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

El Nuevo Siglo, que da muestras de convertirse en la única voz de oposición seria dentro del arrobamiento que aqueja a los medios del país frente al gobierno, llama la atención sobre la exigencia que hace el “Informe Nacional de Desarrollo Humano – Colombia 2003”. Según el periódico, en él se “advierte que sólo cuando se entiendan en toda su dimensión y complejidad las raíces locales del conflicto, se podrán aplicar los cambios estructurales requeridos para alcanzar una paz duradera” (Editorial,
05–12–04).

Habla Perogrullo, claro está. Habla el sentido común. A todos nos interesa la paz, y todos, colectivamente, queremos encontrar un camino eficaz que nos saque lo más pronto posible del despropósito en que morimos. Por eso, sin mirar, miramos hacia esa persona a quien algunos llaman el “primer magistrado de la Nación”. ¿Pensará él –si es que piensa– en el mismo sentido? Y es ahí donde encontramos un quiebre fundamental entre la actual administración y el país, que dibuja con nitidez el abismo al que nos estamos dejando llevar de cabestro, sin darnos cuenta del grave peligro que nos amenaza.

En efecto, en su discurso del 7 de mayo ante la Escuela Superior de Guerra, el “doptor Uribe”, como le decía, téte–a–téte, Rodríguez Gacha, puso los puntos sobre las íes, las áes, las óes, las úes y las ées, como a él le gusta, y al responder una pregunta que le formuló el capitán de fragata Fabio Jaimes (a quien ya debieron llamar a calificar servicios), sostuvo en palabras textuales que “aquí no hay conflicto, sino una agresión del terrorismo contra un pueblo y contra unas instituciones democráticas”.

Tal cual. Según esa persona a la que algunos conocen como presidente de la República, en Colombia no hay ningún conflicto. Y como no lo hay, tampoco hay un problema interno. “¿Cuál problema interno? –le vociferó al capitán Jaimes–. No sigamos hablando del problema interno. Aquí lo que hay es un desafío terrorista”.

Discúlpenme ustedes: aunque me extienda ad infinitum, no quisiera interrumpir la demoledora argumentación de esa persona que se identifica como jefe supremo de las Fuerzas Militares. De manera que voy a transcribir su larga parrafada, dicha con los cachetes colorados y el sudor a flor de piel, el mismo sudor que captó el fotógrafo cuando recibió el título Honoris Causa en Economía, concedido por la Corporación Universitaria del Sinú, que gradúa a los más conspicuos paramilitares del país, él entre ellos.

“La gran preocupación nuestra –dijo ese individuo al que los despalomados que nunca faltan le dan el título de primer mandatario– tiene que ser la derrota de los terroristas. Aquí hay que pensar qué se deja primero y qué de último. Nuestra misión es cumplir la primera tarea que es derrotarlos. Si nosotros nos aproximamos a cumplir nuestra misión, simplemente con concepciones de procesos de paz y no con vocación de combate militar, estamos perdidos.

“Mientras la Fuerza Pública se dedica a pensar en cómo operar un proceso de paz, los terroristas nos derrotan militarmente. Por eso aquí se necesita fundamentalmente en la Fuerza Pública una actitud combativa, una actitud de mentalidad de victoria, una actitud de derrotarlos…

“¡Esta es la hora de definición militar para derrotarlos!… Lo importante ahora, más que observadores militares en un proceso de paz, (es) tener consejeros militares que nos ayuden, si tienen consejos que darnos, a definir esto militarmente. Si nosotros no pensamos que esto hay que definirlo militarmente, estamos perdidos.

“No me vuelva a preguntar (¡capitán!) sobre la presencia de observadores militares en un proceso de paz en esta etapa. Dígame 'Presidente, nos hacen falta unos consejeros militares a ver cómo derrotamos esos bandidos', porque tenemos que ganar, es la hora de victoria, es lo que nos está demandando el pueblo colombiano…”.

La situación, pues, está clara. No hay conflicto, no hay problema interno, hay un desafío terrorista, la paz es un contrasentido, vamos a derrotar a “los bandidos” en el terreno de las armas, necesitamos consejeros militares que nos ayuden (y que ya se sabe de dónde vienen esos consejeros), esta es la hora de la victoria. Así de simple. En la
cabeza de chorlito de ese sujeto al que algunos llaman “excelencia”, sólo cabe la guerra. Supongo que durante el sueño le rechinan los dientes. Aquí hay que triturar, destripar, masacrar, acabar, arrasar, volver papilla. Esa es la única forma de superar nuestra tragedia.

Aumentar la tragedia para acabar con la tragedia. No oía un argumento parecido desde la época de ese tontarrón marxismo que todos padecimos en los 60’s. Que los ricos se enriquezcan más todavía, que los terratenientes se apoderen de todo, que los ladrones saqueen el presupuesto, que los empresarios esquilmen al pueblo hasta la última gota de sangre, para que así se agudicen las contradicciones y se precipite la revolución. Y ahí estamos. Ni revolución ni nada que se le parezca. Sólo más hambre, más miseria, más degradación, más oprobio. Y los de siempre ahí, felices, robando perdices.

La concepción que tiene del Estado esa persona a la que el padrino de la mafia llamaba confianzudamente Varito, carece de matices. En ese sentido (y no sólo en ese sentido), estamos bajo la autoridad de un primitivo, que ve el mundo a partir de una óptica maniquea. Para él, la guerra no es un vehículo hacia la paz. Aquí se hace la guerra por el sólo placer de hacer la guerra, de acabar con el contrario, de destruirlo. Y el contrario somos nosotros mismos. Supongo que en el fondo de su equívoco perfil psiquiátrico, este pobre personaje de bodevil tiene una insuperable tendencia suicida. Pues bien, si quiere suicidarse que lo haga, pero que no nos involucre a los demás en su aventura.

Afirmar, con esa sans façon envidiable, que no tenemos ningún problema interno, es trasladar de un solo plumazo nuestra tragedia de cada día al plano de la intervención militar extranjera. Sobra decir que eso es lo que quieren el presidente (o esa persona a la que algunos llaman “el presidente”) y los hombres del presidente. Los alegres marines norteamericanos y británicos, pensarán ellos, necesitan nuevos prisioneros que puedan degollar sin complicaciones. Es insólito que el mundo haya hecho semejante escándalo porque algunos de esos saludables soldados y oficiales orinaron sus residuos de coca–cola sobre los iraquíes. ¿Acaso los habitantes del tercer mundo no somos simples y llanas letrinas para los poderosos ejércitos que nos visitan de vez en cuando? De modo que si protestan por esas sencillas torturas y violaciones, que piensen en Colombia, donde somos mucho más dóciles y orinables.

Ante este panorama desolador, brillan con luz propia las declaraciones que le concedió Jan Egeland, subsecretario general de la ONU a Yamid Amat, y que publicó el Diario Oficial el pasado 8 de mayo. (Entre paréntesis, qué magnífica perla la del final, cuando un analfabeto, como Amad, felicita a su personaje porque “ha hablado mucho mejor castellano al final de la entrevista”). Pues bien. Egeland pide acabar de una vez por todas con la crisis humana que enfrenta el país, y compara nuestra miseria con la que ha visto en Uganda y en el Congo. Protesta, además, por la situación que viven los dos millones de desplazados internos, y señala que Colombia ocupa, “con Afganistán, el tercer lugar mundial con problemas de desplazados, después de Sudán y el Congo”.

“Lo terrible de Colombia –dice Egeland– es que la población civil no es la que recibe el daño colateral de la guerra sino que es el blanco de la guerra; por eso es tan grave y tan cobarde lo que hacen”. Y antes de denunciar que nuestras comunidades indígenas se enfrentan a un extermino, añade: “Colombia vive una grave crisis humanitaria. Hay que lograr compromisos humanitarios”.

Pues bien. Son esos compromisos humanitarios, que debemos lograr a cualquier costo, los que chocan de frente con la intemperancia y obcecación del gobierno (o de esa cosa a la que algunos llaman “gobierno”). Mientras para este último sólo existe el camino de la guerra, para Egeland, vale decir, para las Naciones Unidas, se requieren con urgencia nuevas negociaciones de paz. “No hay solución militar”, dice Egeland, porque las armas pueden “debilitar pero no exterminar” a la guerrilla.

Esa es otra lectura. Un país que tiene gentes que “viven en peores condiciones que en África”, no puede darse el lujo de despreciar las lecciones que el más pobre y conflictivo de los continentes le ha dado al mundo a lo largo de doscientos años y más de su tragedia colectiva.

Pero, según parece, nosotros tenemos que aprender en carne propia. Nuestro Mobutu está lejos de un pensamiento elaborado. Su prototipo, Idi Amín Dadá, caníbal y alharaquiento, fue un macho en toda la extensión de la palabra. Como Varito.
Pero los machos de papier maché esconden comportamientos complicados. Para entenderlos, valdría la pena releer el estudio clásico del profesor Socarrás sobre Laureano Gómez (Psicoanálisis de un resentido), donde se ve hasta qué punto estas explosiones de virilidad se aproximan a comportamientos secretamente femeninos.

Dejemos, sin embargo, esos pormenores para otra ocasión. Porque ahora, con la complacencia del sesenta y pico por ciento de los colombianos, hay que destacar que nuestro presidente (o ese individuo al que algunos le dicen “nuestro presidente”), es un macho de los machos/machos. Sin darnos cuenta de que ahí, precisamente ahí, puede estar el origen secreto del problema.