El señor de las moscas
TRES HORAS AL SUR DE LA FLORIDA

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

No sé por qué, cuando pienso en la relación que tiene el país con la forma como Varito nos hunde en el despropósito, regreso a un son que tarareaban los viejos en el momento de recibir las órdenes impartidas por sus implacables mujeres:

María Cristina me quiere gobernar,
y yo le sigo, le sigo la corriente,
porque no quiero que diga la gente
que María Cristina me quiere gobernar…

Pero el presidente no es María Cristina. El presidente es Varito. Varias personas me escribieron esta semana para preguntarme de dónde salía ese apodo ridículo. Varito, sobra decirlo, es un apócope de Alvarito, y Alvarito se le dice a alguien cercano a los afectos del corazón. El testimonio en torno al asunto es de Alpher Rojas, director del Instituto del Pensamiento Liberal. En el libro que escribí bajo el extraño seudónimo de Joseph Contreras, censurado en Colombia por los cómplices del candidato para que no interrumpiera el apacible decurso de la campaña presidencial, conté el cómo y el por qué de ese mote.

“En una de las lujosas ferias de Armenia –se lee en el capítulo segundo–, cuando la ciudad se preparaba para su centenario, Rojas ve de lejos a Pablo Escobar, a Rodríguez Gacha, a los Ochoa que asisten al espectáculo. Dairo Chica, el consentido de la mafia, presenta su espectáculo de rejoneo. Las jacas encintadas son soberbias. Fabio Ochoa, “el obeso padrino de los nuevos ricos” imparte absoluciones y come mandarinas. “Tupac Amaru”, el caballo de un millón de dólares, opaca con su silueta y con el pequeño lucero de su frente, a las otras cabalgaduras. Rodríguez Gacha, propietario del ejemplar, “disfruta las mieles de su popularidad”. Y allí, en ese mismo sitio y hora está él, el candidato, “con sus magníficas cuadras caballares”. “Allí está el ‘doptor Uribe’, como le decía El Mexicano, o ‘Varito’, como lo motejaba cariñosamente don Fabio. Y de ninguna manera distante, ni prejuicioso, ni tímido, sino francamente comprometido en el negocio turbio, desde la brevedad ambigua de su atuendo maicero y sus gafas de Harvard, intercambiando información pecuaria para modernizar y ampliar sus dehesas”.
Nadie ha desmentido jamás esa estrecha relación entre María Cristina y la mafia. Pero el país está ciego y sordo y mudo, y lo único que le importa es que alguien le ofrezca ganar una guerra que no es guerra sino masacre, a como dé lugar, a cualquier costo. Por eso se fascina frente al embeleco de la reelección, mientras soporta que las soluciones a nuestra tragedia se aplacen “para después”, y que multitud de asuntos grandes y pequeños pasen desapercibidos.


SE BUSCA UN TINTERILLO
Pequeños, por ejemplo, la forma como es individuo oscuro y peligroso que es Rudolf Hommes, se lavó las manos respecto a su participación en la venta de Avianca. Como funcionario público que fue, ¿lo investiga la Procuraduría? ¿Alguno de nuestros acuciosos tinterillos (“tinterillo”, llamó Varito a su otrora jefe, Ernesto Samper, en una reunión con sus congresistas de bolsillo), lo ha demandado, siquiera por faltas contra la ética? Creo que no. Porque en Colombia esos avivatos que están en la cumbre del poder político y económico, nos tienen acostumbrados a que tiran la piedra y esconden la mano y no les pasa absolutamente nada.
Como miembro de la Junta Directiva del Grupo Santodomingo, Hommes tuvo que participar necesariamente en la venta de la compañía, negociación que se adelantó mientras “el astuto” se desempeñaba como asesor de Varito y tenía acceso a una información privilegiada. Pero, a última hora, cuando el jefe de los asesores estaba a punto de sacarlo a patadas de Palacio (y no precisamente por este asunto), renunció, se dio públicos golpes de pecho y habló de incompatibilidades. En ese momento la negociación ya se había cerrado. Que no sea tan fariseo y que, de paso, no nos crea tan pendejos. El país es un tonto de capirote pero no más. Hasta ahora, aunque muchos lo han querido, nadie ha logrado pasarlo a la categoría de bobo de la yuca.
Pequeños, además, el hecho de que el Congreso haya archivado el proyecto de ley que reglamenta el Acto Legislativo Nº 02 del año 2003, “por el cual se otorgan facultades de policía judicial a las fuerzas militares”, y que la bancada uribista lo haya resucitado a partir de una maniobra de tinterillo de pueblo (¿será suficiente decir “de una maniobra de Ernesto Samper”?), en abierto desafío a las normas legales. La Comisión Colombiana de Juristas dijo que “continuar el trámite del proyecto es abiertamente inconstitucional, compromete la responsabilidad política de los parlamentarios que participen en el trámite viciado y contraría el ordenamiento jurídico”. Pero estas son las cosas que pasan inadvertidas, mientras el país baila encantado un tango que podría llamarse “Héctor Helí y él”, y para el cual yo podría aportar, si ustedes quieren, la primera estrofa, con la música de “Adiós muchachos”:
Que no me hables por la radio ya te he dicho, que no me hables ni me musites, si no te callas no te nombro a tus sobrinos, ni te protejo ni te miro más.
Y pequeños, también, el mínimo despliegue que se le dio en Colombia a la advertencia formulada el pasado 13 de abril, en su sexagésimo período de sesiones, por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. “Las medidas tomadas dentro de la política de ‘seguridad democrática’ –dijo la Comisión– no acatan las obligaciones internacionales relativas a la promoción y protección de los derechos humanos”. Y añadió: “El estatuto antiterrorista es incompatible con los instrumentos internacionales aplicables en esa materia”. Ante esa seria advertencia, el país siguió con su invariable actitud de tango (silencio en la noche, ya todo está en calma…), y el gobierno se limitó a responder que se trataba de una simple difamación. Los miembros de la comunidad internacional se negaron a avalar esa explicación. Pero el país, puertas adentro, le creyó a Varito, porque el pobre tonto de capirote, en proceso de convertirse en bobo de la yuca, está dispuesto a creerle hasta que la dura realidad le abra los ojos.

LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS…
Pero también hay grandes sucesos inadvertidos. Comencemos, por ejemplo, con la contradicción absoluta entre quienes creen que uno u otro de los dos contendientes en esta confrontación sanguinaria: los paramilitares (de uniforme o camuflado), y la narcoguerrilla, encabezan las cifras de la hecatombe.
El 24 de abril informa El Tiempo que “investigadores de la Universidad de Londres destacaron avances del gobierno en el conflicto armado”. Y a continuación señala que dos profesores, Jorge Restrepo y Miguel Spagat, del Departamento de Economía del Royal Hollowey Collage, consultaron “la base de datos más completa” que existe en el país, “que recoge información de cerca de 20 mil ataques y combates en los últimos dieciséis años”, para demostrar que durante el gobierno de Varito la guerrilla ha realizado menos ataques en promedio, y que los muertos de hoy no son los 62 de hace algunos meses sino sólo 52 cada treinta días.

Mejor dicho, según esos dos serios eruditos de la City, el día en que la mataron Rosita estaba de suerte: de los tres tiros que le dieron sólo uno era de muerte. Porque esa es la única lectura posible cuando se comparan las cifras de nuestro conflicto con la dramática conclusión a la que llegaron los dos académicos. Dicen estos nuevos Bouvard y Pécuchet, que “el gobierno, al tomar la ofensiva en la guerra, está salvando vidas”. Maravillosa deducción, tomada, claro, al abrigo de la corte de su majestad, que mira por encima del hombro las tórridas regiones donde el desastre se vive en la boca de los fusiles. Las cifras, se ha dicho una vez y mil veces, son acomodaticias y miserables. Y las de los dos profesores no se quedan atrás de las del doctor Matallana (¿recuerdan ustedes al “doctor Mata?”), quien protestó indignado cuando la prensa dijo que sus asesinatos habían sido quince. “No señores –aclaró con dignidad–, sólo fueron catorce. El quince se los quedo debiendo para cuando salga de la cárcel”.

Ahora, el otro bando cree exactamente lo contrario. En un comunicado que expidieron el pasado 18 de abril, las FARC–EP dan unas cifras que no tienen nada qué ver con las de Bouvard y Pécuchet o con las de los continuos y mentirosos boletines oficiales.

“En el año 2003 –dice el documento– las FARC combatieron en 4.447 oportunidades contra la fuerza pública y los paramilitares (promedio de 12.18 diarias), en donde hubo 5.291 muertos entre militares, policías y paramilitares y 4.701 heridos. Sin contabilizar en estos totales, las bajas no confirmadas en más de 919 situaciones (algunos combates, emboscadas y minados donde es físicamente imposible hacerlo). En todas estas acciones recuperamos 356 fusiles, 7 morteros, 6 ametralladoras y 12 lanzagranadas, averiamos helicópteros en 99 ocasiones y destruimos 12, derribamos 5 aviones y averiamos 41, destruimos 1 piraña y averiamos 4, también destruimos 1 tanqueta y averiamos 6.
”En el año 2003 murieron en combate 542 guerrilleros y 77 milicianos, y fueron heridos 321 lo mismo que 13 milicianos, cifras que evidencian la dureza de la confrontación.

”En los tres primeros meses del año 2004 los choques se han presentado de la siguiente manera: Acciones militares 1.152 (12.8 diarias) que arrojan 1.373 muertos entre militares, policías y paramilitares y 818 heridos. De parte de las FARC hemos tenido 43 muertos y 29 heridos”.
Y a esa guerra sin cuartel, a esa masacre continuada, es a las que se enfrenta el país ahora mismo, cuando se inicia la “nueva etapa” de la que habló Navarro Wolf en Cambio (abril 18, 2004). “El nivel de los combates (sic) entre la Fuerza Pública y las FARC –escribió, mal, el insípido precandidato– es mucho más alto de lo que se tiene conciencia en la opinión urbana”. Él sabrá por qué lo dice. Pero, a partir de ahí, nosotros podríamos sacar algunas pocas conclusiones.


PACHITO SANTOS ABRE LA BOCA
Tomemos las cosas dentro de una mínima perspectiva histórica. El 21 de marzo de este año, Varito viajó a Washington con dos propósitos definidos: primero, entregar al país con las manos atadas a la voracidad de las corporaciones multinacionales, a través de un tratado bilateral de comercio que se firmará el 19 de mayo en Bogotá; y, segundo, buscar la ayuda indispensable para prolongar durante su segundo período de gobierno la ayuda proveniente del Plan Colombia.

Como es obvio, una cosa implicaba la otra. Mientras con una mano le regalaba el país a las multinacionales, con la otra recibía la ayuda. Y así ocurrió. Bush, que conoce mejor que nadie los malos pasos iniciales de Varito, sabe que es un monigote y que lo tiene entre el bolsillo. Para comenzar, fue él, Varito, el que en el foro de Davos le pidió a los Estados Unidos que invadieran militarmente al Amazonas y que le dieran prioridad a la crisis de Colombia frente a la de Irak.

Semanas después, el 20 de marzo del 2003, el vicepresidente Santos le pidió en Roma a la comunidad internacional “un despliegue militar en Colombia, similar al de Irak”. Textualmente, un individuo que por ese solo hecho debería ser demandado ante el Congreso de la República por traición a la patria, dijo: “Semejante despliegue para Irak, que apoyamos, nos hace preguntarnos cuándo veremos una acción igual de la comunidad internacional para ayudar a la democracia colombiana”.
Sobra decir que el mentor de uno y otro fue Luis Alberto Moreno, defraudador de 35 millones de dólares pertenecientes a la Nación y desde hace seis años embajador en Washington. En efecto, el 5 de marzo del 2002 Moreno publicó en The New York Times un artículo en el que dijo que los Estados Unidos no tendrían para qué intervenir en los conflictos de Afganistán, el Medio Oriente y Asia, si Colombia estaba apenas a tres horas al sur de la Florida.

Todos esos son movimientos de los peones del ajedrez internacional. Peones, porque Varito y sus funcionarios no dan, siquiera, para capataces.

Pues bien. Fue Varito a Washington y dijo que “su lucha” (Mein Kampf) contra el terrorismo (?) no podía quedar a medias. De inmediato, la administración Bush le pidió al Congreso aumentar el número de 400 marines y de 400 “contratistas civiles” autorizados a permanecer en territorio de Colombia. “Se trata de un pequeño aumento del tope actual” dijo el general James Hill, quien está al frente del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos. ¿A cuántos?, le preguntaron. A 800 marines y 600 “contratistas”, contestó. En total, 1.400 inocentes norteamericanos, que vendrían a vigilar el desarrollo de la guerra contra el narcotráfico y, de paso, a echar una mano experimentada en la lucha contra la guerrilla.
(Entre paréntesis, no sé si sea necesario repetir que “contratistas” es el nombre que ahora se les da a los antiguos mercenarios. Son individuos que provienen de las filas de la FBI, de la DEA o del ejército regular, que ganan el doble que un soldado común y corriente, y que, para poner un ejemplo de cómo opera internamente el tejemaneje de todo este espeso universo, en el año 2002 se llevaron la mitad de los 370 millones de dólares que los Estados Unidos destinaron al Plan Colombia (la otra mitad, no puedo decirlo con certeza, entró al patrimonio de Royne para que le comprara a Marlene un edificio y un collar de piedras finas).


INTRODUCCIÓN A LA AMAZONÍA
Ochocientos marines y seiscientos contratistas. Y miles de millones de dólares. Y una idea peregrina, que circuló esta semana profusamente por internet, según la cual la Amazonía “pasó a ser responsabilidad de los Estados Unidos desde mediados de los años 80”. Sé que la mayoría de ustedes pudo leer esos despachos por la red, pero voy a repetirlos en caso de que a alguno le hayan pasado desapercibidos.

Se trata del libro de texto para 6º grado, escrito por David Norman bajo el título “Introducción a la geografía”. Gracias a él, los niños de ese país aprenden que la Amazonía debe quedar bajo la “protección” de los autores de la masacre en Irak debido a que “está localizada en América del Sur, una de las regiones más pobres del mundo y cercada por países irresponsables, crueles y autoritarios”.
Y añade el libro (y aprenden los niños): “La Amazonía “fue parte de ocho países diferentes y extraños, los cuales son en su mayoría, reinos de la violencia, tráfico de drogas, ignorancia y de pueblos sin inteligencia y primitivos. La creación de la “Primera floresta internacional de la Reserva Amazónica” (PRINFA) es, según Norman, “una misión especial para nuestro país y un regalo para todo el mundo, visto que la posesión de estas tierras tan valiosas en manos de pueblos y países tan primitivos condenarían los pulmones del mundo a la desaparición y la total destrucción en pocos años”.

Pero la velocidad con que se mueve el mundo es palpable en la página 76 del volumen. Una vez en poder de los Estados Unidos, las cosas cambian:
“Podemos considerar –añade el libro– que esta área tiene la mayor biodiversidad del planeta, con una gran cantidad de especies de todos los tipos de animales y vegetales. El valor de esta área es incalculable, pero el planeta puede estar seguro de que los Estados Unidos no permitirán que los países latinoamericanos exploten y destruyan esta verdadera propiedad de toda la humanidad. PRINFA es como un parque internacional, con severas reglas para la explotación”.

Y termina: “La reserva internacional forma parte de ocho países de América del Sur: Brasil, Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Guyana Francesa, algunos de los más pobres y miserables países del mundo”.
Esto, que a primera vista es ridículo, no lo es tanto. Algo ocurre en Washington en torno a esa zona de reserva para la humanidad. Partamos, entonces, de una hipótesis: en la Amazonía, la lucha contra las drogas es apenas la puerta de entrada para la consolidación del dominio territorial sobre una zona que hoy es rica en petróleo, pero que tiene una riqueza potencial todavía mayor: el agua dulce, la biodiversidad y el oxígeno.

Con todo esto pasamos del movimiento de los peones al sesgado desplazamiento de los alfiles. Dentro de veinte meses desaparece, por consunción, el Plan Colombia, pero a lo largo de este período es necesario reforzar al máximo la Iniciativa Regional Andina, que ha sido la bandera adecuada para que los Estados Unidos extiendan el conflicto a la cuenca del Amazonas. Sin embargo, Colombia no dejará de ser la dócil y acerada punta de lanza en este panorama, primero porque desde tiempos inmemoriales se sabe que los sucesivos gobiernos del país han estado de rodillas frente a los designios del imperio, y segundo porque su posición estratégica es única y envidiable.


LOS INTOCABLES
Déjenme seguir en los próximos párrafos, casi textualmente y sin comillas, un documento excepcional que preparó Alexis Ponce para Nizkor en el año 2002, y que ustedes pueden consultar en la red. Su título es “Iniciativa Regional Andina: una estrategia integral para tiempos de guerra global”.
La Iniciativa Regional Andina se lanzó en Washington como una estrategia antidrogas. En el documento se “narcotiza la agenda regional”. No es sólo Colombia la que se descompone. Están también otros países, como Ecuador, Perú y Bolivia, que son definitivamente andinos, Venezuela (que más o menos podría serlo), y Brasil y Panamá, que poco y nada qué ver.

Ponce recuerda que en el primer párrafo del documento se habla de los “intereses de los Estados Unidos” y encuentra por ahí una clave importante: los indígenas del Ecuador son “populistas y radicales”. Ya lo había dicho el Informe Estratégico de la CIA: “Los indígenas son un factor de inestabilidad democrática”. Añade, además, que en el último párrafo del mismo documento se dice que la región Andina lo es de coca–naciones, y que necesita de la ayuda antidrogas.
En el panfleto, continúa Ponce, se habla también de las Fuerzas Armadas Andinas. “Se debe mejorar la capacidad militar de acción regional combinada”, lo que permite intuir la creciente posibilidad de una intervención militar de los Estados Unidos y de una “acción articulada” de los ejércitos andinos para misiones regionales”, frente a un fantasma que surge de nuevo: el del enemigo interno. La estrategia contra el enemigo interno cubre todos los Andes y la Amazonía y resucita el viejo y amenazante programa de Seguridad Nacional, que tuvo graves consecuencias en América Latina en las décadas de los 60’s y los 70’s del siglo pasado.

Las bases militares que rodean la región son fundamentales. Ponce, ecuatoriano, habla con énfasis sobre la de Manta, en Ecuador, que permite el movimiento de aviones pesados, entre ellos el 550 KW, en el que se puede transportar un batallón entero. ¿Eso para qué? La respuesta la dio el general René Vargas Pazos, del Ecuador: “Quieren montar una operación de ataque militar desde el Ecuador”.
La base de Manta tiene una posición privilegiada para controlar la llamada “Bolsa del Petróleo” que mantienen cinco naciones del área:
Ecuador, Colombia, Perú, Brasil y Venezuela, y cuenta con el apoyo táctico de la base holandesa de Curazao y de las bases de Liberia, en Costa Rica, y Sotocano en Honduras.
Pero la cadena militar se amplía con las bases de Tres Esquinas, Larandia y Puerto Leguízamo, en el Putumayo. En Perú se proyecta usar la Base de Iquitos. Y en el Brasil, la de Alcántara, cerca de Manaos, que cuenta con las Bases Satélites de Tabatinga, frente a Leticia, y Yavaraté en el Río Negro.
Y termina Ponce: El documento incluye una magnificación del ALCA, al que considera un “mega-componente” regional. El ALCA es el semáforo en rojo para el resto del mundo. Esta región es una zona hegemónica para los Estados Unidos, y en esa condición es “intocable”.


EL NUEVO IRAK, EL NUEVO VIETNAM
Todo eso es claro y surge de una lectura rápida y atenta. Pero hay un nuevo y crucial componente, que es el que en primer término nos interesa a los colombianos.
El 24 de abril, el Diario Oficial informó que en el curso de los próximos días el gobierno de Colombia pondrá en marcha un nuevo plan de lucha contra los guerrilleros de las FARC que ocupan vastas zonas del sur del país, proyecto al que llamó, dentro de sus términos de extrema derecha, “Plan Patriota”.
Se trata de desplegar una fuerza de quince mil hombres, para lo cual, según el periódico, “se han producido decenas de reuniones entre el Ejecutivo y la cúpula de las Fuerzas Militares con el Comando Sur y los departamentos de Estado y Defensa de los Estados Unidos”.
¡Quince mil hombres! Para apoyar un proyecto en el que intervino de manera directa y decisiva, el gobierno de los Estados Unidos, por intermedio del comandante del Ejército del Sur anunció que “apoyará” a Colombia con “planeación de combates terrestres, comunicaciones e inteligencia”, y que está dispuesto a financiar tres años de ofensiva.

Este año, la administración Bush, que necesita con urgencia un nuevo Irak, le destinará al Plan ciento diez millones de dólares. ¿Para qué? La respuesta la da el periódico: para comprar armas y equipos de comunicación y pagar labores de entrenamiento. “Se comprarán dos aviones de combate AC-47 y cuatro aviones para el transporte de tropa C-130”.

Y sigue el informe: “Para el 2005 se pidieron otros 110 millones de dólares que debe aprobar el Congreso… Y ya se está elaborando el plan del 2006. Aunque no se conocen los detalles se sabe que la asistencia será cercana a los 100 millones de dólares y servirá para respaldar todo lo creado hasta la fecha”.
De la noticia surgen varios factores de terror y desconcierto. Comencemos por el primero: ¿Qué ocurrirá con los derechos humanos? Es una incógnita. Pero uno de los militares involucrados anunció en la misma noticia que avanzar no es tan fácil porque, entre otras cosas, se trata de una zona donde “el enemigo ha estado por décadas con la población civil”. Leámoslo de otra manera: la población civil forma parte del enemigo.
Segundo. Demos un paso atrás y leamos de nuevo el discurso que pronunció la entonces embajadora de los Estados Unidos en Bogotá, señora Patterson, ante el Congreso de FENALCO reunido en Cartagena el 25 de octubre del 2001.

“Los ataques terroristas del 11 de septiembre –dijo ella– enfocaron nuestra atención en los nexos de la violencia internacional, que incluyen el terrorismo, el narcotráfico, el lavado de dinero y el crimen organizado. Hemos visto estos nexos claramente en Afganistán. El régimen talibán no sólo le proporcionó refugio a Osama ben Laden y a su organización terrorista, sino que hace años que ha suministrado gran parte de la heroína al mercado internacional. El régimen talibán y ben Laden han aprovechado las instituciones financieras internacionales para lavar dinero y continuar financiando sus actividades terroristas.
“Existe un nexo similar en las actividades violentas de los tres grupos terroristas en Colombia. A diferencia de los terroristas en Afganistán, los grupos colombianos no tienen un alcance mundial directo. Sin embargo, cada uno de estos grupos ejerce terrorismo sobre los colombianos y debilita las bases de la democracia más antigua de América Latina. Cada uno de estos grupos en Colombia (AUC, FARC) está profundamente involucrado en el narcotráfico”.
Ustedes acaban de leerlo: la embajadora habla de tres grupos pero sólo menciona dos. Ese no es un lapsus linguae. Simplemente no dijo que el tercer grupo es el gobierno. O, todavía más preciso, que el tercer grupo está formado por las Fuerzas Militares. Bastaría mencionar una sola palabra, Guatarilla, para que el mundo entero sepa que la funcionaria tenía toda la razón al cometer, tal vez voluntariamente, ese ligero desacierto.
Pero sigamos. “El año próximo (2002) es clave –dijo ella–. Con recursos y aeronaves adicionales que suministraremos, Colombia tiene una verdadera oportunidad de reducir los cultivos de coca y los ingresos ilegales que éstos generan. Muchos colombianos me preguntan si la aspersión funciona. Sí funciona y va a funcionar aún más efectivamente en los próximos meses. Tenemos aeronaves adicionales y podemos atacar los cultivos nuevos inmediatamente, no sólo en Putumayo sino también en el sur de Bolívar y en el Norte de Santander”.


LA OTRA GUERRA DEL PETRÓLEO
Digámoslo claramente: Putumayo, petróleo; Sur de Bolívar, petróleo; Norte de Santander, petróleo.
Ante lo cual sería necesario señalar que no hay para qué hacer semejante escándalo. Para entregar nuestros recursos naturales, renovables y no renovables, están las disposiciones gubernamentales de cualquier pelambre. En el caso del petróleo, el último regalo no se remonta a más de quince días. Un decreto de Varito (porque si no es un decreto de Varito, ¿de quién podría ser semejante decreto?), dispone que en el caso de la exploración y explotación en terrenos otorgados en concesión a las compañías extranjeras, la participación del Estado se limitará al pago de regalías y de impuestos nacionales.

De esa manera, y de un solo tajo, Varito le quitó a los colombianos, el treinta por ciento de cada barril (después de descontadas las regalías), lo que equivale a considerar que nuestro petróleo viene del extranjero. Son miles de millones de dólares los que Varito le regala a las multinacionales, con el pretexto de que las reservas ya no son lo que eran, y que las compañías temen trabajar en Colombia.
No es cierto ni lo uno ni lo otro. En primer término, las cifras que se manejan en el exterior muestran que la producción ha crecido en un 80 por ciento. Y, para completar, las compañías no abrigan temor alguno a partir del discurso en que Varito, al comienzo de su mandato, las autorizó para montar ejércitos privados integrados por lo más selecto de los batallones paramilitares.
¿Entonces? Entonces nada. Un simple y llano regalo de Varito, que es espléndido y generoso cuando se trata de bienes que no le pertenecen.

Y tercer factor de miedo y desconcierto. Nada distinto de poner en claro que todos estos no son hechos aislados, no son palabras sin contenido. El 24 de marzo pasado, el general Hill rindió una declaración ante la Comisión de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes. “Los Estados Unidos –dijo– enfrentan dos tipos de amenazas en el Hemisferio Occidental: la amenaza tradicional del narcoterrorismo y por otra parte, la amenaza incipiente del populismo radical”.
Y es aquí donde salta la liebre. Por lo general, los militares sólo son hábiles para disparar. “Más allá del narcoterrorismo y de la violencia de pandillas –confesó–, hay ramas de organizaciones terroristas de Medio Oriente que llevan a cabo actividades de recaudación de fondos en la región, lo que incluye lavado de dinero y tráfico de drogas ilícitas para luego canalizar ‘decenas de millones’ de dólares al año a las organizaciones matrices con sede en Medio Oriente”.

Así pues, la guerra es la misma. Un frente en Irak, un frente en Colombia o, más allá, en el Amazonas. Y, además, está el populismo radical. Se trata de una “preocupación incipiente”. Engolosinado por lo que aprendió en su reciente curso de ascenso, el general explicó que el populismo por sí solo no constituye una amenaza, pero se convierte en ella cuando se ve radicalizado por un líder que busca suprimir los derechos individuales. No sé en quién pensaría. ¿Tal vez en Fidel Castro? ¿O en Evo Morales? ¿O en el subcomandante Marcos? Pero lo que sí puedo afirmar con seguridad es que no pensó en Varito Uribe, sobre quien se explayó en múltiples elogios.
Ahora bien, el problema no es sólo Colombia. Más allá está la región andina, las naciones del Caribe, la América Central, el cono sur. Mejor dicho, todo lo que queda allende el agonizante Río Grande. El Comando Sur ha hecho ingentes esfuerzos en la guerra contra el terrorismo. “Estados Unidos equipa, elabora y entrena para mejorar la capacidad de control de fronteras, eliminación de refugios y proyección de presencia gubernamental en naciones socias. Los principales esfuerzos del Comando Sur respecto de la guerra contra el terrorismo están encaminados a mejorar la capacidad de las fuerzas armadas colombianas, operar el centro de detención de terroristas en la Bahía de Guantánamo en Cuba, fomentar la cooperación en el Hemisferio y mejorar el profesionalismo y el respeto de los derechos humanos entre las fuerzas armadas de la región”.


PARAMILITARES, DE AQUÍ PARA ALLÁ
De ahí que sea urgente aumentar el número de soldados y de “contratistas”. Si se dijeran las cosas por su nombre, esos “contratistas” serían el aporte paramilitar de los Estados Unidos. Pero el aporte paramilitar de Colombia es igualmente importante.
El 28 de marzo del 2001, el Boston Globe publicó las declaraciones del “comandante” Wilson, uno de los jefes de ese ejército de narcotraficantes, que ahora trabaja en el Putumayo. “El ‘Plan Colombia’, dijo Wilson, sería casi imposible sin la ayuda de las fuerzas paramilitares. Si no tomamos el control de las zonas antes que el ejército, las guerrillas derribarían sus aviones”.

Wilson añadió que la “estrategia global” se planifica entre sus “superiores” y el ejército… Hay destacamentos del ejército a veinte minutos de ambos lados del puesto de mando paramilitar. La ruta de tierra que cruza el valle está plagada de trincheras controladas por centinelas paramilitares. Camiones cargados con más de 40 soldados camuflados, armados con metralletas y lanzacohetes, se escuchan pasar regularmente mientras se dirigen a sus misiones de ‘búsqueda y destrucción’. Desde mediados de diciembre, helicópteros Huey de la era Vietnam y aviones preparados para destruir los sembrados, donados por los Estados Unidos, sobrevuelan ruidosamente el Valle de Guamuez echando un poderoso herbicida sobre las plantaciones ilegales de coca, la materia prima de la cocaína”.
“El fenómeno paramilitar en Putumayo es la punta de lanza del ‘Plan Colombia’ para hacerse con el control territorial de las áreas que han de ser fumigadas y para controlar a la población civil”, dijo en el mismo periódico Germán Martínez, ex defensor del pueblo en Puerto Asís.

Ese es el panorama. El principal problema que enfrentan hoy los Estados Unidos es el del suministro adecuado de petróleo. En el año 2000, el Departamento de Energía informó que “entre 1990 y 1999 el consumo creció en 15 por ciento, pasando de 17 a 19.5 millones de barriles por día”. En veinte años, ese consumo crecerá todavía más: en 5 millones de barriles diarios.
En contra de lo que dice el gobierno colombiano, durante el mismo período nuestra producción creció alrededor de un 80 por ciento. Colombia es el séptimo abastecedor de los Estados Unidos. Se calcula que en sus yacimientos no explotados hay 2.6 mil millones de barriles, y cerca de 26 mil millones más en sus reservas potenciales.


PRIMERO UN BRAZO, DESPUÉS UNA PIERNA…
¿Entonces? Entonces nada más ni nada menos que la urgencia de la guerra. Y ya conocemos esa guerra. “La primera fase del Plan (Patriota), dice el Diario Oficial en su remitido con cara de noticia, fue la operación en Cundinamarca, que recibió el nombre de ‘Libertad 1’, calificada como la más exitosa que se recuerde en el país”.
¿Por qué? Porque “no se podía ir allá (a la selva) sin antes romper los lazos que los alimentan (a los guerrilleros) con centros urbanos grandes como Bogotá, Medellín y Cali”. Y porque, con “la incursión en ciertos municipios de Cundinamarca con enorme influencia histórica de la guerrilla (los militares) ensayaron, aunque en menor escala, lo que pueden encontrar en las profundidades de la jungla del sur”.
Repitamos: ‘Libertad 1’ fue un ensayo hecho en las goteras de Bogotá para preparar la ofensiva de verdad que es la que ahora comienza.

¿Y cómo fue ese ensayo, o, dicho de otra manera, esa “ofensiva de mentiras”?
En Cundinamarca, como en el Putumayo, como en el Norte de Santander, como en Arauca, hay un esquema casi invariable: primero pasan por ahí los soldados; luego, llegan los paramilitares; y cuando estos culminan su “labor de limpieza”, regresan los soldados.

En un despacho de prensa del 29 de mayo del año 2003, Dick Emanuelsson trae el testimonio de Carlos Rubio, un anciano de 85 años, sobre la tortura y el asesinato de dos jóvenes campesinos.
Los paramilitares –cuenta Emanuelsson– acamparon en la finca de Rubio… Durante la noche, las víctimas fueron llevadas a unos sesenta metros detrás de la casa. Hasta allí, y más allá, se oyeron los gritos. De acuerdo con el testimonio de Rubio, “los cuerpos mostraron machetazos en la espalda, pero eso no mató al campesino… Siguieron la tortura, cortando un brazo. Cuando el campesino no pasó la información que los asesinos pedían, le cortaron el otro brazo, y después la pierna, y después la otra pierna, para terminar de cortarle a Wilson Duarte su cabeza”. Treinta metros más abajo, Hernando Micán sufrió la misma muerte terrible. Los cadáveres fueron enterrados en un hoyo.

De inmediato, dos mil campesinos huyeron hacia Viotá. Pero a lo largo de muchos meses formularon algunas insistentes preguntas, que Emanuelsson transcribió entre comillas:
¿Por qué los paramilitares dijeron llegar del Casanare, un departamento que es fronterizo con Venezuela?
¿Cómo es posible que unos cien paramilitares fuertemente armados, hayan podido trasladarse más o menos mil kilómetros con su armamento, sin ser descubiertos por la fuerza pública, que tiene regados retenes de la policía y del ejército por todas partes?

¿Cómo es posible que la contraguerrilla, en esa región tan militarizada, no haya detenido un solo paramilitar?

¿Por qué cuando los paramilitares cometieron sus barbaridades, el Batallón Colombia, que tiene presencia casi siempre en esta parte de Viotá, estaba muy lejos del lugar de los asesinatos y desapariciones?

Pero no son sólo los paramilitares. En la semana del 29 de mayo, cuenta Emanuelsson, “se produce otro asesinato en la inspección de San Gabriel. Una patrulla del ejército saca un campesino de la vereda El Retén a las 6 de la mañana… lo traslada a una vereda que se llama El Roblal, y a las 11 de la mañana lo mata. La versión oficial dice que era un guerrillero que estaba armado con una escopeta y un celular. Por lo tanto fue dado de baja en un combate. Pero la comunidad desmiente y dice que era un humilde trabajador que vivía en la vereda del Retén”.

Pero lo peor, tal vez, es la posición del gobierno. Los concejales visitan al mandatario seccional de ese entonces, Álvaro Cruz, para poner en su conocimiento lo que está ocurriendo en el municipio. Cuando los recibe, mirando el reloj les informa que tienen dos minutos para plantear el problema. Uno de ellos toma la palabra. Cuando formula su primera pregunta, el gobernador lo interrumpe y le dice: “Usted es un mandadero de la guerrilla”. Y luego, sin más ni más, les notifica: “Es mejor que se vayan acostumbrando a convivir con los paramilitares”.

Si esa es la primera parte del Plan Patriota, ¿qué podrá esperarse de la segunda? ¿Acaso no dicen que “nunca segundas partes fueron buenas? ¿Serán peores estas partes en el profundo sur del país, donde la población civil, como se le dice ahora a las personas que antes eran simplemente eso: personas, “han convivido durante muchos años con el enemigo”?
Tristemente, la respuesta puede darse de una vez: serán peores.