El señor de las moscas
LAS RAZONES DEL CERO

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

De un tiempo para acá el número se ha apoderado de nosotros. Si nos pusiéramos en el oficio de pensar alrededor de estos asuntos que hoy no le importan absolutamente a nadie, bien pronto descubriríamos que la razón de ser del 1 sólo puede ser el 2, y que es el 3 el que exige que el 1 y el 2 lo precedan en el tiempo, como una justificación de lo que habrá de llegar a ser el 4 en el futuro. Borges pensaría que todo esto tiende hacia el infinito, y tendría algo de razón, pero a la inversa. Pienso que un pensamiento que se agota en la imposibilidad absoluta de lograr un objetivo, no tiene razón ni explicación alguna. Para cualquiera es claro que el avance continuo hacia una cifra inalcanzable no nos lleva a ninguna parte. ¿Entonces? Si invirtiéramos nuestra mirada y regresáramos al 0, podríamos darle densidad a esa detestable hipótesis de lo que no termina. Expresado en forma comprensible para señoras de telenovela, si el 1 es el individuo, el 0 es el universo. Claro está, un universo finito. Quiero decir: si queremos controlar la demencia en que nos consumimos, tenemos que olvidarnos del 1 y volver al 0 como indispensable punto de partida.

Veamos este asunto, en apariencia hermético, alrededor de las estadísticas del crimen. Alguna vez, sólo un asesinato provocó una conmoción inmensa. No hablo de la muerte de esos archiduques emplumados que desataron guerras mundiales, porque en el mundo real ese tipo de personas no existen. Hablo de crímenes de verdad, provocados por razones de peso, sustantivas. Pensemos, por ejemplo, en Raskólnikov. La muerte de la vieja agiotista desató una tempestad ética. ¿Se justificaba ese crimen? Es más, ¿se trataba de un crimen? ¿Los delitos de ese ser detestable no merecían un mayor castigo? ¿Era Raskólnikov el necesario brazo armado de una justicia de verdad, enfrentada a la injusticia de la justicia? Dostoyevski creó la realidad, y la realidad fue la importancia de un crimen. De un solo crimen. En “El Túnel”, Juan Pablo Castel ratifica esa dimensión ética de la vida. En ese entonces vivíamos todavía en el universo del 0, donde los números y las cifras y las encuestas y las estadísticas alcanzaban apenas una importancia relativa. Pero llegaron los números y con ellos el macabro sentido de la competencia. Del horror provocado por un crimen se pasó a la costumbre del crimen. Sin equivocación posible, creo que, desde un punto de vista colectivo, en este asunto asesino y asesinado juegan en pie de igualdad con la noticia. Cuando la pérdida de una sola vida humana dejó de ser noticia de primera página, fueron los asesinos quienes decidieron que deberían incrementar el volumen de sus crímenes para seguir conquistando la atención del público. Alguna vez, que se pierde en el tiempo, a cualquier jefe de Redacción se le ocurrió que la primera página debía reservarse para la muerte de dos personas en el mismo hecho criminal. De ahí se pasó a cinco. Luego, alguien resolvió que por masacre se entendía el asesinato simultáneo de siete personas. ¿Por qué siete? Vaya usted a saberlo. El hecho es que, siempre detrás de la primera página, de una masacre de siete personas se pasó a una de diez, y de una de diez a una de veinte, y de una de veinte a una de veinticinco. Hablo de Colombia, claro está, siempre hablo de Colombia. En ella, el jefe de los primitivos “chulavitas”, que, ya se sabe, despachaba en el palacio presidencial, o Sangre Negra, o Jojoy, o Pablo Escobar, o Carlos Castaño, entraron alguna vez en la demencia de los números. “Que la próxima matanza sea de 35”. “De 45”. “De 60”. Y los periódicos, y la televisión, satisfechos de esa demencia. “¿Cinco muertos? ¡No! No tenemos espacio para cinco muertos. Que maten diez si quieren una columna. Que maten cien si quieren un “extra”. Que maten mil si quieren figurar en el resumen de fin de año”.

Estadísticas, cifras, competencia numérica. Hace poco recibí por la red el dramático balance del año 2003. Repito: en Colombia. “De los cuarenta y cuatro millones de habitantes –decía el aterrado cable–, 36 millones están en la pobreza, y de esos 36 millones, once millones se encuentran en la pobreza absoluta o indigencia. En el último año, cada hora 142 colombianos ingresaron al estrato de indigencia. Más de 3 millones están desempleados. Más de 7 millones sobreviven del desempleo disfrazado. Dos y medio millones de niños trabajan. De ellos, 800 mil tienen menos de 11 años. Dos millones setecientos mil niños no van a la escuela por falta de cupos. De 700 mil niños que nacen anualmente, 34 mil mueren antes de cumplir un año de vida. Treinta y siete mil niños duermen diariamente en las alcantarillas. El 47 por ciento de los colombianos no tiene agua potable ni servicios públicos. Más de un millón de campesinos no tienen tierra El 1.08 por ciento de los propietarios posee el 53 por ciento de la tierra, y el 0.2 por ciento de la población el 47 por ciento de las extensiones de cultivo. El 20 por ciento más rico de colombianos es veinte veces más rico que el 20 por ciento más pobre. El 0.07 por ciento de la población posee el 68 por ciento del capital financiero. Los intereses y la amortización de la deuda consumen el 70 por ciento de los ingresos totales del gobierno. Hay tres millones y medio de desplazados internos. Hay, también, más de 7 mil muertos por razones políticas cada año, o sea más de 20 por día, dentro de las cuales solo 4 mueren en enfrentamientos militares, lo que quiere decir que los 16 restantes son víctimas de la política represiva del Estado. Más de 4 mil sindicalistas fueron asesinados en 10 años…”.

¿Cómo luchar contar esa locura? Como diría Saramago, debería bastar una sola persona asesinada para que todos hubiéramos sido asesinados; una sola persona secuestrada para que todos estuviéramos secuestrados; una sola persona con hambre para que todos pasáramos hambre y fuéramos necesitados. Dicho de otra manera: el dramatismo de las cifras debe ser reducido a su importancia relativa. Antes importan los conceptos. Aunque los conceptos también se hayan vuelto avaros y mezquinos.

Quisiera, entonces, proponer una hipótesis: un mundo que gira alrededor de las cifras, de los números, de las encuestas, de las estadísticas, se reduce necesariamente a la defensa del más básico de los derechos, el derecho a la vida, y deja al azar la defensa del derecho a la existencia. Se trata de un absurdo, porque, ¿para qué defendemos el derecho a la vida si no somos capaces de construir colectivamente una existencia?

Una existencia implica, claro, el derecho a vivir, pero abarca también otra serie de derechos esenciales que hoy se nos niegan a los seres humanos. El derecho al trabajo, el derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho a la vivienda, el derecho a la tierra. Poco a poco esos derechos fundamentales comienzan a pertenecer al que, dentro del rudo capitalismo, esgrime el dinero o la pistola. Y todos, a través de las sutilezas de la imagen y del sordo usufructo de la palabra por parte de los medios, nos plegamos a esa realidad y, valga la redundancia, la consideramos un producto apenas lógico de la lógica.

El número nos ha enajenado a los seres humanos el usufructo del más sustantivo, frágil y quebradizo de los derechos: el derecho al pensamiento. Es insólito que regímenes de fuerza como el paramilitar que preside en Colombia un individuo oscuro llamado Álvaro Uribe, puedan alegar que se apoyan en una población satisfecha con el sacrificio del otro, con la muerte y desaparición del enemigo. Duele comprobar que nosotros, que somos el enemigo, somos los primeros partidarios de la destrucción del enemigo.

Los niveles de popularidad de un gobierno que, según las encuestas, bordean el 80 por ciento, recuerdan el ascenso al poder de un payaso que llegó a dominar buena parte el mundo. Ya entramos a la estrecha vía del patrioterismo, de la exaltación de valores sin contenido que apenas son cascarones vacíos. Aceptamos, sin beneficio de inventario, que el “Estatuto Antiterrorista” es la panacea, y no nos damos cuenta de que, con base en él, comenzamos a asistir a la invasión abusiva de nuestra vida privada, que comenzamos a ser detenidos sin fórmula de juicio, que nuestras viviendas pueden ser allanadas y nuestra correspondencia violada y nuestros teléfonos interceptados. Pero todos estamos felices. Manipulados por los medios, pensamos que por fin llegó el líder providencial que le pondrá fin a todos nuestros problemas. Nos hacemos lenguas de su religiosidad, de su moral, de su seriedad, de su disciplina. Pronto pasaremos al “Gott Mit Uns” y del “Gott Mit Uns” (“Dios está con nosotros”), llegaremos con facilidad al “Ein Volk, ein Reich, ein Fuhrer” (“un pueblo, una nación, un líder”), y con base en el “Ein Volk, ein Reich, ein Fuhrer”, respaldaremos la aniquilación de nuestro enemigo, y avanzaremos, con los ojos cerrados, hacia el abismo. La transformación de un autócrata como el nuestro, en un “Fuhrer” como el de los alemanes de hace setenta años, es bien fácil. Es más, el número nos demuestra que ya estamos en el tiempo de ese “Fuhrer”.

El poder habla y perora, y gobierna con la mano de hierro de la mentira y la violencia, mientras los demás (que somos los más) nos reducimos al espacio de los excluidos. No tenemos un territorio, no tenemos un debate, nos han marginado de los derechos fundamentales y vivimos sumidos en la hecatombe sin que el discurso del poder y la manipulación del pensamiento nos den tregua. Como estamos sometidos a la eficacia de las imágenes, aceptamos sin beneficio de inventario que este es el tiempo de la guerra. Y nos hundimos en la guerra, y participamos en ella con nuestro silencio y nuestra complacencia. Hace mucho dejamos de ser el contradictor necesario, aplastado bajo el imperio del número, bajo la locura de la cifra.

Una democracia que no es democracia no puede consolidarse a través de mecanismos democráticos. Cuando el gobierno vuelva a ser de todos, y el decir verdad sea la norma de conducta, y la justicia constituya el primer objetivo de la acción política, es posible que el número recupere su razón de ser y su eficacia. Por ahora, el 80 por ciento de popularidad de un régimen de oprobio, sólo genera miedo. O risa.