El señor de las moscas
LOS FANTOCHES

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Cuando los fantoches tomaron figura corporal como nosotros, se hicieron políticos latinoamericanos. Para precisar lo que quiero decir, valdría la pena transcribir las acepciones que trae el Diccionario de la Real Academia. “Fantoche. 1. Títere o figurilla que se mueve por medio de hilos. 2. Sujeto aniñado de figura pequeña o ridícula. 3. Sujeto informal o vanamente presumido”. Cualquiera: usted, usted… puede ubicar a su político preferido en una de las tres definiciones. ¿No es cierto que se ajusta a la perfección? Yo, por ejemplo, pondría a Álvaro Uribe. Esta semana le dieron catorce segundos en la televisión gringa, cuando fue de rodillas a suplicar que prolongaran el Plan Colombia y, para lograrlo, ofreció firmar un tratado bilateral de comercio que desde mediados de mayo tratará de acabar en un dos por tres con lo poco que queda de país. Ahí estaba, aniñado, con su figura pequeña y ridícula, dejándose mover por medio de hilos, pero presentando, eso sí, una imagen informal y vanamente presumida. Mejor dicho, el fantoche perfecto. Y a su alrededor, otros fantoches más, todos perfectos.

Ahora, una condición esencial para ser fantoche es la de vivir en la ignorancia absoluta de que el interesado es fantoche. El rey de España, por ejemplo (lo que tiende a demostrar que el mal se extiende por el mundo entero como una epidemia) está convencido de que él es el rey. Poco a poco, en medio de la ficticia solemnidad palaciega, el rey se convierte en una campaña publicitaria. El rey jugando tenis; el rey besando ancianitas; el rey paseando por una calle perdida de Sevilla; el rey usando loción XX para después de la afeitada. Y como el rey, muchos otros políticos y “dirigentes”. Puros fantoches, simple y llana fantochería.

¿Y qué me dicen de Vargas Llosa? No hace mucho, Vargas Llosa estuvo en Bogotá para presentar su increíblemente sugestiva última novela. No sé por qué los fantoches que escriben y hacen política, siempre tienen para presentar una “última novela”. Pues bien, en el caso de Vargas Llosa se trata de “El paraíso en la otra esquina”, en la que, alrededor de la figura de Gauguin y de su abuela Flora Tristán, el fantoche del “boom” defiende el vigor de las culturas marginales. Bien, aplausos en la galería. Pero, claro, el fantoche es fantoche. Y he aquí que en Bogotá borró con una mano lo que escribió con la otra. En efecto, en una de sus conferencias de prensa (fantoche que se respete siempre tiene “conferencias de prensa”), despotricó contra los indígenas. La noticia, ya vieja, no la leí en ninguno de los desabridos periódicos de Colombia, cortados con la misma tijera aséptica y enfermiza. La trajo ARGENPRESS, el 15 de noviembre, y la guardé como muchos otros recortes que conservo en el prontuario del mundo de fantoches en el que nos tocó vivir. Cuenta la agencia que el escritor pidió combatir los movimientos indígenas de Perú, Bolivia y Ecuador, que son “un peligro para la democracia debido al desorden social que crean”. Al absurdo de esa declaración se suma el despropósito de haberla formulado pocos días después de que los indígenas bolivianos sacaron a sombrerazos a Sánchez de Lozada no sólo por su posición insignificante frente al ALCA, sino por haber fusilado a 60 manifestantes pacíficos que exigían mejores condiciones de vida. A Vargas Llosa lo único que le interesa es el perfil y la fotografía. Ah, y el Nobel. Puro fantoche.


Todo esto podría demostrar que una de las condiciones esenciales del fantoche es la imbecilidad. En este terreno hay un ejemplo superior: Bush, y otra vez estoy fuera de Latinoamérica, es un fantoche con toda la barba. El 21 de febrero del 2003, Umberto Eco publicó en “El Mundo” una antología de sus frases célebres. Lean esta, captada al vuelo en una entrevista que concedió a la Associated Press el 18 de enero del 2001: “Sé que en Washington hay muchas ambiciones. Es natural. Pero espero que los ambiciosos se den cuenta de que es más fácil triunfar con un éxito que con un fracaso”. O esta otra, que dijo en Austin el 20 de diciembre del 2000: “El gas natural es hemisférico. Me gusta llamarle hemisférico en la naturaleza, porque es el producto que podemos encontrar en el vecindario”. ¿Qué clase de cabeza puede soportar frases de semejante calibre? Sólo hay una respuesta posible: la cabeza de un fantoche.


Podría decirse que la fantochería es una enfermedad de los políticos de nuestro tiempo. Dentro de ellos, Menem, claro está, se lleva las palmas. ¡Qué presunción y qué inmenso vacío! Nadie, que yo sepa, ha perdido su tiempo en publicar su iconografía, que va de las patillas de malevo porteño a la sofisticada figura del consorte de Cecilia Bolocco. Pero esa transformación esconde a un defraudador, que es otra condición esencial del fantoche. Vargas Llosa es un defraudador de la palabra; Bush de la inteligencia; Uribe de la ética… Menem es un fantoche defraudador de la palabra, de la inteligencia, de la ética y del tesoro público. En el primer tomo de los “Cuadernos de Lanzarote”, cuenta Saramago que en alguna ocasión, Menem “hablando en un acto cultural cualquiera, resolvió introducir en el discurso, que obviamente no había sido escrito por él, algo de su propia cosecha, y no encontró nada mejor que declarar que su vida había sido influida de manera profunda por la lectura de las novelas de Jorge Luis Borges… Y en otra ocasión, valientemente, afirmó que su libro de cabecera era la Obra Completa de Sócrates”. Si los periodistas fueran periodistas, alguno le debería haber preguntado: ¿De Sócrates Contreras?, con los cual el fantoche hubiera quedado como lo que es: un fantoche. Un fantoche al que le acaban de descubrir nuevas cuentas secretas por 600 mil dólares, y dos aviones privados que jamás declaró. Y un fantoche que se casa con una ex miss universo, para ayudarla a que, dada su edad provecta, siga siendo eternamente miss.

Fantoches. Los políticos son puros, llanos y auténticos fantoches.