El señor de las moscas
LA HERMOSA UTOPÍA

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Sin saber ni cómo ni cuándo ni por qué, la democracia desapareció como sistema. Tal vez nunca llegó a ser nada más que una hermosa utopía. En 1941 Roosevelt la definió como la herramienta adecuada para garantizarle a todos “igualdad de oportunidades, empleo, seguridad social, protección de las libertades civiles y participación en los frutos del progreso científico, dentro de un nivel de vida creciente y compartido”. Pues bien, nada de eso fue posible en el despropósito de un mundo que se ahogó bajo la tiranía de las corporaciones. Quizá porque se siente demasiado seguro en medio de la mediocridad que nos agobia, el poder muestra con descaro los mecanismos cada vez más baratos que utiliza para manipular a los desposeídos. El terrorismo, por ejemplo. Mientras el verdadero terrorismo, que es la injusticia en cualquiera de sus múltiples formas, se extiende como un fantasma por la faz de la tierra, el poder lo disfraza con un turbante, le pone en la mano un maletín lleno de explosivos y lo lleva a Madrid. Por favor, ¡ese no es el enemigo! El enemigo está en otra parte. El verdadero enemigo está en la forma como el poder extorsiona y aniquila a los débiles, como los convierte en los nuevos esclavos de una organización inicua y fría, que no se para en minucias para obtener sus objetivos. El enemigo no es, claro está, el pobre sujeto político, que hoy es y mañana desaparece. Sería ridículo pensar que el enemigo pueda ser Bush, que es un títere, o Aznar, que fue el títere de un títere.

Tal vez uno y otro lo sean para las víctimas indefensas de la avanzada mediática, que necesitan un ser de carne y hueso que salga por la televisión para poder odiarlo y despreciarlo como merece. Pero ese es el disfraz. Por fortuna, poco a poco los tontos y manipulables corderos que somos todos hemos comenzado a darnos cuenta de que detrás de las máscaras de cualquier especie que usan los asesinos, detrás de la torpeza elemental con que actúan los encargados de producir el hecho político, se esconde una sombra borrosa e indefinible que no está dispuesta a dar la cara mientras no termine de exterminarnos. Ese es el poder. Por eso, aunque denunciemos a voces, primero a los medios, que cayeron en el abismo sin fondo de la complicidad con el delito, y luego a los políticos, que se aprovechan de la coyuntura para sacar sus propios y momentáneos beneficios, comenzamos a darnos cuenta de que ni los unos ni los otros son el enemigo. Medios y políticos son apenas el instrumento del que se vale el poder para despojarnos de lo poco que todavía es nuestro Ya no son nuestros los países que alguna vez fueron nuestros. No son nuestros los espacios ideológicos, ni las empresas culturales ni el pensamiento ni mucho menos la ajena economía. Hasta hace cien años posiblemente eran nuestras las palabras en cualquiera de sus manifestaciones, pero el poder se apropió de ellas y las hizo adjetivas. Hoy hablamos un lenguaje de algodón. Este texto está hecho de algodón, y usa formas ambiguas. ¿Expresa lo que quiere expresar? Es posible que no, porque las palabras se han vuelto ajenas, porque entre el lenguaje y lo que se quiere –y se debe– decir hay un espacio muerto que pertenece al poder, al enemigo. Cuando alguien tiene la capacidad de expresión que se nos niega con frecuencia, llega el poder y por medio del mercado se apodera de su alma. ¿Un ejemplo? Dalí es un buen ejemplo. O Pavarotti. O Christian Barnardt. O Carlos Fuentes. Todos ellos se entregaron con armas y trebejos al enemigo.


En manos de esas organizaciones y personas, la democracia deja a pasos gigantescos de ser la democracia. Nunca lo fue de manera perfecta. Pero los defectos que tuvo que soportar en el pasado, se han vuelto de tal manera sutiles que hoy aparenta tener una salud a toda prueba, siendo apenas, como es, un pobre cadáver maquillado. El poder ha construido a su alrededor el anillo gelatinoso e indestructible de la imagen. De vez en cuando nos convoca a defender la democracia. Y allá vamos, luchando a brazo partido por el interés de las corporaciones, por el bienestar de los poderosos, por la perpetuación de las iniquidades. Es urgente denunciar ese esquema. Es necesario destruirlo.

La única defensa que tenemos contra ese poder perverso y pervertido es el de recuperar las herramientas formales que le entregamos hace mucho. La información, por ejemplo. Por ejemplo las elecciones. Ni la una ni las otras pueden seguir siendo manipuladas por los agentes a sueldo del enemigo. Comencemos por entender que este último ha convertido a la oposición en la otra cara de la misma moneda. Pero es la misma moneda. Entendamos también que los medios son un apéndice más de las corporaciones. Es inicuo, para poner cualquier ejemplo, que el periódico más antiguo y prestigioso de Colombia haya caído en pies de una cervecera. De esas elecciones, de esa oposición, de esos medios, de ese discurso, de esas propuestas sin contenido, no puede esperarse nada. ¿O acaso puede esperarse algo de la nueva edición del PSOE, un partido que se derrumbó en medio del peor escándalo de corrupción que se haya conocido en Europa en mucho tiempo? ¿Puede esperarse algo del hecho de que los republicanos en los Estados Unidos prometan llevar a cabo en la hipotética segunda administración Bush las reformas que el mismo Bush torpedeó a lo largo y ancho de sus primeros años? ¿Puede esperarse algo, si es que puede esperarse algo, de las zancadillas que comienza a ponerse el señor Lula?

Todo eso, repito, es la apariencia. Detrás el poder, el verdadero poder se ríe a carcajadas de nosotros y de los payasos que hoy sí y mañana también nos entrega como carnada. Pues bien. Esa democracia no es la democracia. Para desenmascararla, comencemos por recuperar para ella su condición de utopía. De vigorosa y sólida utopía.