El señor de las moscas
BREVE NOTICIA SOBRE LA LIBERTAD

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

No son buenas las noticias que nos llegan a diario sobre la libertad. En efecto, sin darnos cuenta hemos comenzado desde hace mucho a seguir los pasos de Aladino y a cambiar nuestra lámpara vieja del derecho a existir, por la lámpara nueva del simple derecho a estar dentro de un mínimo espacio de supervivencia. Para sobrevivir en las condiciones infames en que hoy sobrevivimos, lo primero que le hemos entregado al mago que pregona en nuestra puerta las maravillas de ese extraño negocio es el oficio del pensar. Pensemos, siquiera a vuelo de pájaro, sobre el hecho del pensar. ¿Cuál sería, aquí y ahora, nuestra forma de pensar? Dicho de otra manera, ¿estamos dispuestos a pensar? ¿Queremos pensar? ¿Podemos hacerlo?

Voy a partir de una hipótesis sencilla: los seres humanos hemos abandonado a su suerte el ejercicio del pensar. Y henos aquí, con las manos atadas, sometidos al arbitrio del poder. No hablo del poder político, que hace mucho dejó de ser el poder. Hablo de ese poder ambiguo e inasible que se esconde detrás de mecanismos sugestivos, creados para manipular un ente deleznable, la opinión pública, que, si existió alguna vez, sólo lo hizo como excepción. En una lista que no es exhaustiva, dentro de esos mecanismos están la publicidad, los media y las encuestas. Sin saber cómo, hemos llegado a ser una ficha más en la patética masa que existe para no darse cuenta.

No voy a repetir, por elemental, la historia del hombre que sale de su trabajo y, que, sin saludar a su mujer, sin percatarse de la existencia de sus hijos, y sin comprender para nada lo que lo rodea en su entorno inmediato, se sienta frente a la pantalla del televisor a masticar noticias construidas para él con un determinado propósito, juegos deportivos cada día más plásticos, y palomitas de maíz.

A ese individuo, que es la caricatura dramática de la imposibilidad absoluta en que estamos los seres humanos de avanzar hacia una respuesta ética de nuestra existencia, le basta tener a mano una lata de cerveza para consumirse con tranquilidad en su desolación. Porque él se sabe a sí mismo –y se vive a sí mismo– como la imagen de su desolación. Es analfabeta funcional. Ha perdido el uso de la palabra. Intuye que su único ejercicio es el de vegetar. Nació, si puede decirse que nació, y creció, si la adquisición de un volumen es una especie de crecimiento, y se reprodujo, si es reproducirse el hecho de tener hijos sin plantearse la urgencia de ser padre, y ese ejercicio mecánico lo ha convencido de que su única razón de ser es la muerte. Obedece entonces a ciegas las indicaciones que descubre en su inconsciente como inocuas frente a la inutilidad de su existencia, pero vive, sin saberlo quizás, el desarraigo. Un íntimo desarraigo. Y es este último el que le da su razón de ser ser humano y el que nos regresa al punto de partida de un proceso inicuo que es necesario reconstruir para que no desaparezca, sin saber cómo, el ejercicio esencial de la libertad. No somos seres libres.

Paso a paso el poder ha tejido a nuestro alrededor una red inextricable que nos ha alejado peligrosamente de la ética, entendida esta como Savater la entendió alguna vez: una reflexión sobre la libertad.

Sometido mediante los cantos de sirena de la sociedad contemporánea, el ser humano no se ha dado cuenta de que le ha vendido su alma a un diablo que se ha revestido de autoridad. Alrededor del ejercicio ciudadano, que constituyó hace doscientos y más años el horizonte de la libertad, se ha tendido la normatividad de un callejón sin salida.

La urdimbre es sutil. Una norma lleva a otra norma y las dos normas unidas constituyen las dos premisas de un silogismo, cuya conclusión es, a la vez, la primera premisa del próximo silogismo. Un simple registro de nacimiento prende todas las alarmas, de manera que en poco tiempo ese ser que tenía la vocación de ser feliz, se encuentra con la espesa red de deberes que lo aprisionan como una telaraña. No hay documentos autónomos. Cada vez que alguien firma un papel que especifica todavía más su identidad, se hunde en una esclavitud que le permite relacionarse con los demás siempre y cuando esté dispuesto a pagar, y a pagar abundantemente, por ello.

El poder se ha convertido en un ejercicio despiadado, al servicio de unos pocos propietarios de todo lo que nos rodea, la salud, el trabajo, la seguridad social, la infraestructura física, y, aún más grave, el pensamiento, la palabra, la política, la ética.

Lo que hasta no hace mucho nos pertenecía a todos, hoy es de unos pocos. El año pasado hubo sesenta muertos en Bolivia, cuando los indígenas quisieron rebelarse contra quienes se declararon dueños del agua. Ahora hay quienes se declaran dueños del espacio sideral, o dueños del aire, o dueños del mapa genético. ¡Dueños del mapa genético! ¡Dueños de la expectativa de conquistar algún día a Marte! ¡Dueños de lotes en la Luna! El absurdo de una sociedad en la que desaparecieron las ideologías, en la que –dicen– murió la historia, en la que la política le dio paso a las corporaciones, y en la que el éxito es la única expresión posible de lo verdadero y de lo bueno, se hace evidente en un universo donde los débiles carecen de cualquier derecho menos el derecho a desaparecer. Miren ustedes a su alrededor. ¿Es lícito llamar sociedad a un grupo inhumano donde los viejos que no lograron en su momento ubicarse dentro del plan de seguridad social deben trabajar hasta el mismo día de su muerte en oficios despiadados? No creo que esa sociedad, esta sociedad, merezca el nombre de sociedad. Nuestros viejos, nuestros niños, nuestros indigentes, nosotros mismos padecemos una forma cada vez más evidente de esclavitud. Ignoro hasta qué punto sea ético un enunciado según el cual “el que no trabaja no come”.

Por lo menos ignoro hasta qué punto lo sea ahora, porque con el prurito de combatir uno de los siete pecados capitales, el que no trabaja hoy por cualquiera de las razones poderosas que a veces se tienen para no trabajar, no come pero tampoco tiene servicios de salud ni puede educar a sus hijos y ni siquiera tiene el derecho de morir en paz.

Durante siglos se nos enseñó que nadie debe discutir el imperio de la ley, se nos obligó a respetar la norma, a acomodarnos a las disposiciones a veces inexplicables de los gobernantes. Y sí que aprendimos la lección. Pero no nos hemos dado cuenta de que la ley ya no es lo que solía ser la ley. Antes la ley estaba hecha para proteger el bien común, se dictaba en beneficio de todos los asociados. Hoy conserva esa apariencia, pero el propósito que la anima es muy distinto.

Para hacer esa afirmación me baso sobre un hecho evidente: las sociedades se han polarizado entre los muy pocos que lo tienen todo, y los muchos, muchísimos, que nada tienen. Hay algo que no está funcionando demasiado bien en ese esquema. El hombre, el “triste, solitario y final” ser humano de siempre, es el mismo en cualquier rincón del mundo por apartado que sea. Y dentro de ese género al que todos pertenecemos, dentro de esa geografía que es la nuestra, dentro de esa historia en la que estamos inmersos, no hay millones ni centenares de millones sino miles de millones de seres vivos, con verdad, con inteligencia, con conciencia, con derechos elementales, que no disponen siquiera de las condiciones necesarias para sobrevivir.

Miles de millones de seres vivos que están por debajo de la línea de pobreza, algunos de los cuales, los que no llegan siquiera a superar el estado de miseria, en las crueles palabras de los organismos económicos multinacionales, no son viables. Pues bien. Un solo ser humano inviable debería ser una carga ética capaz de derrumbar cualquier estructura económica, por poderosa que fuera. Un solo niño que muera de hambre debería arrasar hasta sus cimientos a cualquier imperio. Pero hemos creado un caparazón de insensibilidad alrededor de asuntos que nos afectan a todos. Con frecuencia se oye: ¡problema de ellos! ¿Problema de ellos? Pienso que no tenemos porqué compartir semejante exabrupto.

Para que podamos subsistir como especie debemos regresar a una vieja idea filosófica, según la cual el hombre sólo puede hacerse hombre en su relación con los demás hombres. Y sólo en caso de aceptar ese principio, podremos reencontrar el camino perdido, cuya única vocación posible es la ética y, no sobra decirlo, la libertad.