El señor de las moscas

¿Y QUÉ?
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

A la política que se hace en Colombia le falta política. Pierden unos, ganan otros, salen los más, vuelven los menos, pero en todo ese tejemaneje lo único que percibe el elector es una falta de horizonte. De vez en cuando los ciudadanos pensamos que todavía podemos intervenir en nuestros asuntos colectivos, y salimos hasta las mesas de votación con el propósito de dar lecciones que creemos definitivas. Pero no. Mientras volvemos a nuestro silencio, los viejos y los nuevos políticos, los que ingresaron al escenario y los que, mientras tanto, desaparecieron para siempre, los que usaron chaquetas amarillas (con la mira puesta en el futuro himno, es necesario recordar que amarillo rima con Paramillo), o rojas o azules o variopintas, los que ganaron con estruendo en los editoriales pero fueron derrotados, con estruendo también, a la hora de la verdad, se enredan en la mecánica de siempre, y pierden el norte.

Aquí, pienso yo, piensa cualquiera, detrás de estas palabras y de estos gestos y de estas propuestas y de estas sonrisas y de estos regaños y de estas alegrías y desolaciones, hay poca cosa. Hay, quizás, un episodio. El péndulo se mueve de la derecha a la izquierda y vuelve a la derecha, sencillamente porque ese es el oficio de los péndulos. Pero todo sigue igual. La misma guerra, la misma miseria, la misma incapacidad, las mismas fauces voraces alrededor del presupuesto, en una palabra los mismos políticos, eso sí con distintas caras, con otros pelambres y apellidos, ¡con diferentes maletines! E igual desde el comienzo de los tiempos. Si algún caricaturista se atreviera a ponerle a la escuálida figura del ministro del Interior y la Justicia (minInjusticia) el tricornio y la casaca ad usum en la época de la Colonia, sería fácil comprobar que nuestro mandamás es el virrey Messía de la Cerda (ascendiente suyo por el lado Cerda). Y si, por el contrario, pusiera a don José Manuel Marroquín en trance de yoga, veríamos que entre el autor de La Perrilla y su excelencia no hay ninguna distancia. Su excelencia fue la que hace cien años vendió a Panamá por treinta monedas de plata, y el señor Marroquín acaba de motejar de politiquero perfumado al más leal –y obtuso– de sus conmilitones. Y pare ahí el experimento, porque para qué comprobar que el doctor Gavirica es Juana la loca, o que el general Mora Rangel es la mula cascorva que se turnaron los próceres de la patria boba, o que el auto proclamado precandidato Vargas Lleras es una edición recalentada del doctor Goyeneche. Aunque no sobraría un fresco monumental que dejara constancia para la posteridad de varios de estos pormenores. Reconocer al doctor López Michelsen de ahora en la figura del doctor López Michelsen que alguna vez fue el hijo del ejecutivo, sería saludable. Y a Andrés Pastrana en su condición de Lorencita Villegas de Santos, tomando té a escondidas con Gabriel Turbay (a escondidas por el té, dado que era bien visto tomar chocolate), recuperaría para la historia la razón de ser de los cabellos plateados. Y ver al derrotado júnior Turbay bailando El Polvorete con monseñor Castrillón Hoyos antes de que lo elijan papa, le haría justicia a Turbay senior. Aparte de las mil y una posibilidades que ofrecen los protagonistas y las protagonistas de nuestra parroquia. Morenito, por ejemplo, trepado en la estaca del Banco del Pacífico con plumaje de lora, gritando “¡quiero cacao, quiero cacao!”, y abajo la académica doctora María Isabel Rueda (¿que no es académica?), corrigiéndole, en traje de don Marco Fidel: “No diga usted cacao: diga cacado, no sea guache”.

En fin, que aquí no pasa nada. Cambian las caras, de modo que Angelino, el
ministro de Pastrana, es gobernador del Valle, ¿y qué? Y Fajardo llega a la
Alcaldía de Medellín a cumplir los acuerdos firmados con los paramilitares, ¿y qué? Y los de siempre lloran y hacen crujir los dientes porque Bogotá eligió a un socialista, ¿y qué? Porque en todo eso lo que hay es una epidermis, una tenue capa de maquillaje sobre nuestro cadáver. Mientras no haya partidos políticos, mientras no se dejen de lado la pereza de la ideología y la ambigüedad de la imagen, mientras se acepten juegos malévolos en los linderos del Código Penal (¿no es la propuesta frustrada de Londoño sobre la ampliación del umbral una trampa idéntica a lo que hizo con los fondos de Invercolsa?), todo lo que hoy ocurra, así sea tan positivo como el derrumbe del referendo y el repunte de las opciones de izquierda, será rebasado en pocos días por la coyuntura.

No quiero ser la eterna Casandra. Pero, al igual que al resto de los colombianos a quienes nos llenaron de satisfacción los resultados electorales del sábado y el domingo, me gustaría advertir en las propuestas y programas algo más que la felicidad del triunfo. Sí, se sabe que Bogotá no puede seguir siendo el Palacio del Ladrillo, como alguna vez fue el Palacio del Chunchullo y luego el Palacio del Chanchullo. Esas son las buenas intenciones. Pero ¿dónde está la estructura política que le dé proyección a los anunciados programas de salud, a la educación pública, al reordenamiento de los servicios domiciliarios, a la refinanciación con base en una renovada y equitativa distribución tributaria? ¿Hay alguna solidez detrás de tanta frase chusca, de tanto acierto verbal, de tanta propuesta administrativa? Esperemos que sí. El país necesita una nueva clase política. Pero la clase política no puede seguir obedeciendo a la improvisación, al desconcierto, a la ausencia de una propuesta fundamental, al caos generalizado.

Echando mano de un viejo concepto, rebasado por las mediocridades de la época, deberíamos exigir que la política volviera a ser del pueblo. Ese podría ser un punto de partida. Porque si las cosas siguen como van, los nuevos políticos de hoy simplemente serán los viejos políticos de mañana. Y si las cosas son así, lo poco que se ha logrado no vale la pena.