El señor de las moscas
CUANDO TÚ TE HAYAS IDO
Fernando Garavito


jotamosca@hotmail.com

Sé que la muerte sube por el parque. Desde hace años ella tiene una cita conmigo, en este sitio, a esta hora, en esta soledad, con mi silencio. Le he dicho que venga sin temor. Pero ella, la necesaria, tiene la costumbre de agazaparse, de modo que debe estar tratando de sacarle el cuerpo a los transeúntes escondiéndose detrás de cada árbol y buscando que su túnica negra no se le enrede en los rosales. La pobre es muy ingenua. A esta hora ya casi nadie pasa por la calle, y ella podría venir sin que la vieran, haciendo tintinear sus huesos y cloqueando como le gusta cuando se percata que se acerca a su víctima. Ahora mismo lo hará porque sabe que aquí estoy yo, esperándola. Yo, que me burlé de ella tantas veces, y que supe, tantas veces también, que con ella el asunto iba en serio, que la esperé en el cotidiano montón de ropa para lavar y la desafié en la aventura de la sopa, sé que llega, sé que ya viene subiendo por el parque.
¿Tendré que ponerme bonita? Tal vez no, porque esta no es una ceremonia, porque esta fiesta es entre ella y yo, sin invitados. Cuando se siente frente a mí, cuando me pregunte por mi vida y mi equipaje, le diré que me espere un momento. Y entonces, como lo hice no sé cuántas veces contigo, iré al baño para mirarme al espejo. Sólo allí sabré si esa que creo ser yo, sigue siendo yo o es otra distinta. Siempre volví a la mesa donde me esperabas, con la sonrisa de no haberme ido. Pero hoy no lo sabré a ciencia cierta. Es posible que esa que soy yo sea otra distinta, y que mientras la nueva yo vuelve a la ceremonia, yo regrese a las calles para seguir haciéndolas, como siempre, de cansancio o de tedio.

Ah, las calles de esta ciudad que fue mi vida. Siempre que quise ser de cualquier parte, siempre que volví al mar o a otro sitio, comprobé que estaba atada a estas puertas y a estos rincones, y sólo supe que era yo en medio del desatado viento de La Candelaria, de la corte de los milagros que es cada esquina, de las vigorosas miserias que todos exhibimos, llenas del duro oficio de vivir, que se convierte en el pavoroso oficio de vivir nuestro de cada día. Yo soy alguien de aquí, de estas ventanas que se abren sobre las nubes, de estos soles fríos, de estos aguaceros torrenciales, de estas gentes que van como turbiones, sin destino. Aquí hice mi vida, aquí luché por la libertad de ser de otra manera, aquí vencí, aquí terminé por ser vencida. Estoy sola en mi trabajo silencioso. Ni tú ni nadie quisieron entender de qué se trataba. Se trataba de poner las cosas en su sitio, de no dejarse vencer por las buenas maneras, por los gestos de persona decente, por la modosidad, por la costumbre. De eso se trataba. Se trataba de romper el aire con el aire, las palabras con las palabras, el amor con el amor, la verdad con la vida. De eso se trataba, le diré ahora, cuando llegue, cuando abra la puerta, cuando se siente y me eche sobre la cara su aliento de ceniza. Le diré que no es necesario morir porque la vida es un morir continuo. Le diré de mi amor por la vida que me negó la vida, de mi pasión por las formas sensuales de los vasos, de mi deseo de agua pura, de mi necesidad de sed. Sé que en este momento atraviesa la avenida. Viene por mí y aterroriza a los perros. ¿Oyes ladrar los perros? Ya no ladran los perros, aúllan por mí, porque no volveré a salir por esta puerta, porque no seré más, y ya sólo una vez bajaré la escalera.

Sé que está aquí y que debo dejar que otros digan lo que fueron mis palabras. Ojalá digan que fui fuerte como las nubes y débil como las rocas, que fui sombra de varias sombras, niña extraviada, mujer rota. Que recuerden mi desolado amor y mi tristeza. Que quise estar estando, amar amando, cantar cantando. Que estuve desde el comienzo de los tiempos, que nunca jamás, pero nunca jamás, renegué de lo mío. Que poco a poco fui siendo día a día. Pero que ahora vuelvo a lo esencial. Que antes de las palabras están las letras que son trozos de vidrio, y antes de la música el silencio que es la forma que toma la eternidad en este sitio, y antes del volumen la áspera materia que hace cada cosa, que me hizo a mí y hará al resto del mundo hasta el fin de los siglos.
Llega la hora. Como ella viene al asalto, sé que entrará por la azotea. Ah, la azotea, con mis matas de toda la vida y la escultura de Melibea lectora y el ululante viento de Cruz Verde, y la imagen de la ciudad y de sus luces. Ahora le dará paso a ella, la necesaria, la definitiva. Está ahí. Tengo miedo pero no tengo miedo. Mientras ella saca del fondo de su túnica un nudillo de huesos para golpear el vidrio de la ventana, mientras ella hace con sus mandíbulas una mueca macabra y me indica que debo dejarla entrar porque está escrito, yo entro dentro de mí y me despojo, me despojo de amores y de recuerdos y de dolores y de lágrimas, me despojo de mí misma, me dejo aquí, me pongo sobre la mesa, soy esta carta para mi único amor, para mi amor verdadero, soy esta desolación, esta tristeza, soy este deseo de ir más allá, más allá, de comprenderlo todo, soy la única desolada soledad que fui toda la vida. Ella está aquí y yo la abrazo, con amorosa desolación la abrazo y me resigno.

CINCO VIEJOS POEMAS DE MARÍA MERCEDES CARRANZA

Quién lo creyera
Crece una bestia por dentro,
por fuera la más dulce sonrisa.
Las garras se estiran
en uñas rosadas y manos muy suaves.
Crece una bestia por dentro
y esta voz es sólo un gemido.
Si le fuera posible hablar
diría encantando de conocerlo
o cosas por el estilo.
(De Vainas y otros poemas)

Ahí te quiero ver
Es así, en la aventura de la sopa
y un poco más o un poco menos
donde todos los días te le mides a la muerte.
Que se muera el vecino es lógico;
tras algunas lágrimas es también natural
que se muera aquella amiga
y uno por uno todos los que están contigo.
Pero ¿cómo entender que el más allá
es también para ti estando tan más acá?
Al llegar aquí dejas de comprenderlo todo,
tanto que el misterio de la Santísima
Trinidad es un chiste: una especie
de pared negra y neblinosa, para más
exactitud, te golpea en la frente y no
te deja pasar; buscas salidas como en
los sueños, atrabiliarias, tropezadas
y tan en duermevela. Finalmente
lo dejas para otro día.
(De Vainas y otros poemas)


En vida y otras muertes
No llega. Va con cada palabra
que te digo, me la entregas
en cada gesto y yo te la devuelvo,
mano a mano. Es un ir y venir
disfrazado de nosotros dos. Vuela
air mail con las cartas
que escribimos, anda entre la sopa
y más que nunca por la tarde. Está
detrás de todo ese montón de ropa
para lavar, contra el espejo que miramos,
desde la sonrisa de las fotos, junto
a aquel viaje al mar. “Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos”. Y sólo será
un gesto más entre tú y yo.
(De Vainas y otros poemas)


Fuerza canejo, sufra y no llore
Entre la espada y la pared
está el gesto necesario,
siempre listo
para asaltar a aquel que nos habla
al que hablamos.
El catálogo es dispendioso
y se parece al andar de las palomas
en el parque, sutil y monótono.
Sonreír para verse amable, para
bailar torcer el cuello. Alzar
las cejas al asombro,
con el asco arrugar la cara y
mucho parpadeo que eso sirve para todo.
El pedir puesto requiere
capítulo especial, modoso, solícito y
más que nada mostrarse
dispuesto a vender el alma.
Si gesto tras cada cosa, no
en todo lugar y menos al morir: allí
sólo seriedad y buenas maneras.
(De Vainas y otros poemas)


El oficio de vestirse
De repente,
cuando despierto en la mañana
me acuerdo de mí,
con sigilo abro los ojos
y procedo a vestirme.
Lo primero es colocarme mi gesto
de persona decente.
Enseguida me pongo las buenas
costumbres, el amor
filial, el decoro, la moral,
la fidelidad conyugal:
para el final dejo los recuerdos.
Lavo con primor mi cara de buena ciudadana,
visto mi tan deteriorada esperanza,
me meto entre la boca las palabras,
cepillo la bondad
y me la pongo de sombrero
y en los ojos
esa mirada tan amable.
Entre el armario selecciono las ideas
que hoy me apetece lucir
y sin perder más tiempo
me las meto en la cabeza.
Finalmente,
me calzo los zapatos
y echo a andar. Entre paso y paso
tarareo esta canción que le canto
a mi hija:
“Si a su ventana llega
el siglo veinte,
trátalo con cariño
que es mi persona”.
(De Tengo miedo)