El señor de las moscas

JUEGAN LAS BLANCAS Y GANAN
Fernando Garavito


jotamosca@hotmail.com


La posible cancelación de la ayuda militar de los Estados Unidos a Colombia pasó como un incidente más, apenas equiparable al lánguido puesto de Montoya en su última carrera. Uno o dos editoriales, tres noticias de primera página, el tradicional anuncio santista de que “la situación amerita un debate a fondo”, y pare de contar. El presidente de la República (o ese señor al que le dicen presidente de la República) se lució hablando con un cierto rin-tin-tin, y los medios se hicieron lenguas respecto de su independencia al atreverse a decir, en las narices del imperio, que “la ayuda no puede ser con condiciones mezquinas”. Y ahí se acabó todo.
Desde el viernes el Diario Oficial entró en un mutismo total, lo que indica que el asunto quedó en manos de “las altas instancias del poder” (hoy tan chiquitas), y que el país no tiene nada qué decir sobre algo que le interesa vitalmente, como es el desarrollo de la hecatombe en que morimos, el control de la tasa de desempleo a través de la peregrina incorporación de nuevos efectivos a las fuerzas militares, y el tradicional subsidio a la corrupción en los altos mandos, que es una especie de derecho adquirido que no tiene por qué verse disminuido de un momento a otro.

Si el país estuviera informado, tendría mucho que decir. Diría, por ejemplo, que la partida de ajedrez en la que siempre gana el gobierno ha perdido la fascinación de su misterio. Es cierto que esta vez la jugada se pensó más allá del inmediatismo tradicional. Pero el jaque mate podrá neutralizarse si el adversario, vale decir, nosotros, logramos percatarnos de las reales intenciones de nuestro enemigo, vale decir, el gobierno. Esa es la razón de ser de este artículo.
El asunto es sencillo: el presidente rechaza la excepción que busca darle inmunidad a los norteamericanos frente a la Corte Penal Internacional, y mantiene una posición digna, extraña dentro de su indignidad, en la que participa curiosamente de la tesis sustentada por Latinoamérica. Esa actitud le acarrea sanciones: los Estados Unidos congelan cinco millones de dólares de la ayuda militar, y amenazan con desviar otros 130. La región cree que el buen hijo ha vuelto a casa. Pero no. No ha vuelto. ¿Por qué ese castigo, podría preguntarse cualquiera, si se trata de un gobierno obsecuente (“regalado”, como dirían los jóvenes), que acompañó al imperio en su agresión contra Irak, y si es el único que sigue al pie de la letra las indicaciones del FMI, el único que acepta que el embajador gringo intervenga en asuntos de política interna, el único que permite que sus campos sean arrasados sin misericordia por las fumigaciones de glifosato, el perro faldero que siempre vota sí a cualquier propuesta, por peregrina que sea, y el único que pone en manos del imperio la economía, la educación, las obras públicas, la gestión administrativa y, para colmo, la justicia? ¿Por qué -seguiría el interrogatorio- no se toma la misma medida con otros países, que han mantenido a lo largo de décadas una posición menos indigna?
Aunque el asunto, en efecto, carece de lógica, comienza a aclararse si se piensa que una de las partes de este nuevo episodio, la insignificante, ha demandado en forma pública y notoria la intervención militar del imperio. El muñeco de ventrílocuo, señor Santos, por ejemplo, sostuvo en Roma que después de Irak los Estados Unidos tendrían que pensar en Colombia como escenario para un nuevo frente de lucha contra el terrorismo, y no teme proclamar a los cuatro vientos que el país está a punto de caer en manos del comunismo internacional, un fantasma que al desaparecer de la faz de la tierra buscó refugio en las acaloradas cabezas de nuestros altos (y chiquitos) burócratas. En una palabra, el gobierno está convencido de que la agresión militar norteamericana es un imperativo categórico, y se ha propuesto lograrla por cualquier medio. Intenta aquí, insiste allá, propone acullá, y nada. No porque el imperio se muestre retrechero, ni más faltaba (esos son asuntos de las monitas no de los monitos), sino porque una intervención descarada no tendría presentación alguna. Entonces a alguien, tal vez al mister Hyde que trabaja en el ministerio del Interior y de la Justicia, se le ocurre una jugada magistral. Colombia rechaza el tratado bilateral que garantiza la inmunidad de los norteamericanos ante la Corte Penal Internacional. Como consecuencia, el gobierno de los Estados Unidos le retira su ayuda militar. Los funcionarios colombianos gritan a voz en cuello que el país será la nueva víctima del terrorismo. Los Estados Unidos “consideran seriamente” el problema: retiraron la ayuda, es verdad, pero no van a permitir que una región que para ellos es estratégica, caiga en manos de sus enemigos. De manera que, presionados por la urgencia de salvar nuevamente a la civilización occidental y cristiana, intervienen. Pero no lo hacen en un pequeño país que, a la larga, poco y nada importa. Lo hacen en la región amazónica, desde la cual pueden dominar no sólo a Suramérica sino al mundo entero, y poner las bases de lo que será su desarrollo futuro.