El señor de las moscas

TEORÍA DEL BOTE
Fernando Garavito

jotamosca@hotmail.com

A lo largo de nuestros doscientos años de historia, todavía cortos, las pocas revoluciones que hemos intentado fracasaron una tras otra. No hablo, claro está, de los golpes de mano, que tuvieron éxito mediante argucias palaciegas, ni de la primera guerra de los mil días (porque en Colombia no tenemos una sola sino dos, y hasta tres), que en 1860 llevó al general Mosquera a la Presidencia de la República. Hablo de las revoluciones que se han anunciado como tales. La primera, la revolución de los comuneros: fracaso total. La segunda, la revolución del 20 de julio: fracaso total. La tercera, la revolución de la independencia: fracaso total, dado que los filipichines de la época dieron al traste con el universo político de Bolívar. La cuarta, la revolución de José María Melo: fracaso total. La quinta, la revolución en marcha: fracaso total en manos, ¡quién lo creyera!, de su ideólogo, que no fue capaz de desarrollar en su segunda administración las ideas que agitó en la primera. La sexta, la revolución marxista leninista, que terminó en lo que aún no ha terminado, pero que no tiene trazas de hacer nada por el pobre país. Así las cosas, lo que necesitamos aquí es una revolución de verdad, que anule a quienes hoy se imponen sobre los demás sin razón de ser, y deciden por ellos sin tener la necesaria dimensión personal, ni ética ni ideológica para hacerlo.

Por eso, pensando pensamientos he decidido proponer la “teoría del bote”.
Que yo sepa, hasta ahora no se ha aplicado en ningún país del mundo, lo cual demuestra que puede llegar a tener éxito. Aunque el cuento es sencillo, para entenderlo mejor, podríamos llamarla también la “revolución de los segundos”. Gracias a ella, quienes hoy ocupan el segundo lugar desbancarían a los que estén al frente de lo que sea. Londoño, por ejemplo, desbancaría a Uribe, y el general Mora Rangel desbancaría a la ministra Ramírez, y Juan Lozano desbancaría a Enriquito, Pachito, Juan Manuel, Rafael (ah, y Juanita y Beto), y Aguirre desbancaría a Santodomingo, y Jojoy desbancaría a Tirofijo, y Mancuso desbancaría a Castaño, y Santa Fe desbancaría a Millos, y Julito Sánchez desbancaría a Yamid, y así hasta el infinito, hasta tocar todos los vericuetos de la vida nacional, en cualquiera de las actividades que en ella se desarrollan. Pero ahí no pararía todo. Como los segundos tienen a su vez otros segundos, Londoño y Mora y Lozano y Aguirre y Jojoy y Mancuso y Santa Fe y Julito y todos los demás serían a su vez desbancados por los que hoy son terceros en el orden de jerarquía. Y luego los segundos de los terceros y los segundos de los cuartos y los segundos de los quintos desbancarían a los anteriores, hasta llegar a lo que se debe llegar: que la Presidencia de la República la ocupe la señora de los tintos, y que a los cargos de representación popular lleguen los que hasta hoy no han sido jamás representados, y a los más altos tribunales de justicia accedan los mensajeros de juzgados promiscuos municipales, que con seguridad saben más derecho que el doctor Lombana, el enanito de la Corte Suprema, y la dirección de El Tiempo se le entregue al lustrabotas que trabaja desde hace cincuenta años, de sol a sombra, en la esquina de la Jiménez con Séptima, y en el cardenalato se siente el cura párroco del último de los pueblos perdidos del Chocó, mientras que Rubi Cardenal Ano pasará a ocupar la susodicha parroquia, y Uribe terminará de inspector de policía de cualquiera de las veredas de Somondoco, y a Pachito Santos lo nombrarán por decreto “bobo de la yuca”, y a Fernando Botero lo pondrán en el oficio de robar empanadas en la puerta de La Picota, y así hasta el cansancio, momento en el cual la cadena se detendrá misteriosamente y el orden se invertirá, haciendo que Uribe pase en primer término a una de las inspecciones de policía del casco urbano del municipio mencionado, y sólo luego de dos o tres pasos, en lo posible bien difíciles, pueda llegar a la alcaldía. La inestabilidad burocrática sería algo de todos los diablos, pero no peor que la de ahora, cuando a los jefes naturales (por ejemplo a López Michelsen, a quien en alguna fecha remota lo podría reemplazar Poncho Rentería), ya no se les ocurre absolutamente nada para sacar al pobre país del caos en que se debate.

¿Ven qué fácil? En ese proceso nos gastaríamos entre ochenta y cien años, de manera que cuando Londoño vuelva a ser ministro del Interior y de la Justicia tal vez llegue con la humildad necesaria que da la sabiduría, y no intoxique a sus contertulios con sus píldoras ideológicas del doctor Ross. Y lo mismo Rubi Cardenal Ano, a quien los sufrimientos de sus parroquias pobres y de sus feligreses lo regresarían menos rubicundo al palacio cardenalicio. Y Aguirre, el presidente de Bavaria y director de El Espectador, tal vez aprendería algo de periodismo en la emisora comunitaria de cualquier población del Darién, donde saben más del asunto que él y todos sus áulicos juntos. Y Castaño experimentaría en carne propia el uso de la motosierra, etcétera, etcétera, etcétera. Porque, se me olvidaba anotarlo, nadie saldría del espacio en que ahora se desenvuelve, de manera que los políticos seguirían siendo políticos y los deportistas, deportistas y los científicos, científicos y los artistas, artistas. ¡Qué bueno sería ver al portero de RCN convertido en Yo, José Gabriel, con el mismo blazer prestado y mantecoso, mientras que Yo suda la gota gorda en la oscura portería!
No sé. Son las cosas que se le ocurren a cualquiera cuando ve que el pobre Pachito (léase “el pobre país de pacotilla”), no da pie con bola y sigue en el marasmo total, en la miseria absoluta y en la corrupción rampante.
La teoría del bote está llamada a abrir un auténtico futuro a esta enredada, patética y peripatética república de Colombia. He dicho.