El señor de las moscas

LOS TRES VIAJES DE GARCÍA MÁRQUEZ
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Estas palabras están dedicadas a la amistad de Manuel Metz Desde hace muchos años, Gabriel García Márquez vive más allá de su historia. Se sabe que forma parte de un inventario exclusivo, donde figuran los clásicos de todas las épocas, definidos por Calvino en un libro memorable. Eso –y mucho más– lo ha convertido poco a poco en una estatua prematura de sí mismo. Y esa es la sensación que agobia al lector cuando se aproxima a este libro (*), en el que él, el lector, piensa que encontrará la clave de una escritura que tiene un poder único de convocatoria en el universo de la lengua castellana. Pero no. En él lo que hay es la vida de un hombre, que hizo del oficio literario una razón de ser y de existir. Como todos los libros, “Vivir para contarla” se lee de varias maneras. Quisiera referirme a algunas de ellas, en las que encuentro motivos para pensar y conversar, que son, al fin de cuentas, los motivos reales de los libros. La primera, la de la anécdota, es un viaje literario que fascina en su sencillez. Ahí está el autor dentro de su propia dimensión humana, con historias que pertenecen al génesis, a su génesis. Como vivo lejos de mi biblioteca, no sé hasta qué punto algunas de ellas pertenezcan ya a la maravillosa maraña de sus palabras, y se hayan dicho y repetido de diversa manera. Pero emociona encontrar algunas que forman parte de la memoria común. Ahí está, por ejemplo, la casa con fantasmas.

¿Quién que de verdad haya sido, no tiene en el fondo de su memoria una casa con un fantasma? El de Luisa Santiaga y su familia era una mujer, “con un vestido de florecitas rojas y el cabello corto sostenido detrás de las orejas con moños colorados”. Por fortuna, García Márquez tiene el buen gusto de asustarse. Y todos nos asustamos con él y con Margot cuando despertamos con ella en la madrugada, y vemos al espanto sobre la barandilla de la cama, escrutándonos desde el más allá “con una mirada intensa”. Aquí están también muchas “primeras veces”. Y no sólo esa primera vez que todos tuvimos y que, obvio, está en el libro (ella hace la siesta en una “cama de viento” y lo toquetea “con cinco dedos ágiles que se sentían como si fueran diez”), sino el primer viaje en avión, y el primer cuento y el primer baile y la primera llamada por teléfono y la primera amante y la primera corbata (porque hubo varias) y el primer bautizo, porque fueron dos, cuando no se llamó Gabriel, a secas, sino Gabriel José de la Concordia, aunque, de tener un calendario a mano, hubiera podido llamarse Olegario, que es el santo del 6 de marzo de 1927 y del 6 de marzo de todos los años. Ese libro, repito, es un viaje a la memoria colectiva de un país como Colombia, donde la muerte es una lección para aprender en el catecismo Astete, pero es, más allá, la visión tenebrosa de los piojos que escapan del cabello del muerto “y caminan sin rumbo por las almohadas”. Digo: esa muerte, la muerte. El segundo viaje va al fondo de su obra, y se hace a través de una serie de claves regadas a lo largo del texto. Parte de una pequeña razón de ser del realismo mágico que llega, como una iluminación, en la clase de literatura de 5º de bachillerato. “Me atreví a pensar –escribe– que los prodigios que contaba Scherezada sucedían de veras en la vida cotidiana de su tiempo, y dejaron de suceder por la incredulidad y la cobardía realista de las generaciones siguientes”. De ahí a la asunción de Remedios, la bella, no hay sino un paso. El paso que da una obra que se consolida lentamente, y que se recrea aquí en la morosidad. Tal vez no sea inútil decir que el resultado literario es mejor a partir de la mayor intensidad de los recuerdos. Así, es probable que el viaje para vender la casa se convierta en el segundo tomo de las memorias en “La siesta del martes” que es una obra perfecta. Pero todo está en las páginas iniciales de este libro, cuando puede suceder cualquier cosa. “Mi madre y yo –contará él cuarenta años más tarde– llegamos a la estación pasadas las ocho, pero el tren estaba demorado. Sin embargo, fuimos los únicos pasajeros.

Ella se dio cuenta desde que entró en el vagón vacío, y exclamó con un humor festivo: ‘¡Qué lujo! ¡Todo el tren para nosotros solos!’”. En “La siesta del martes”, la mujer y la niña son “los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase”. Y lo mismo ocurre con decenas de recuerdos, que el lector arma como un rompecabezas. El abuelo no murió cuando, luego de agarrar al loro, “resbaló en la pasarela y cayó a tierra desde una altura de cuatro metros”, porque, ya se sabe, él tenía que seguir su vida con Mina Iguarán. No así el doctor Urbino, que tuvo que darle paso a una historia de amor en los tiempos del cólera. Y el tercer viaje. Sin espacio para más me limito a enunciarlo. Se trata de la construcción de la obra futura. Una obra que podría seguir, incesante, hasta el fin de los siglos. Por ejemplo, la historia de la operación de la abuela, que barre el cuarto “con su mirada nueva” y enumera “cada cosa con una precisión admirable”. “El médico se quedó sin aire –cuenta él– pues sólo yo sabía que las cosas que enumeró no eran las que tenía enfrente, en el cuarto del hospital, sino las de su dormitorio de Aracataca, que recordaba de memoria y en su orden. Nunca más recobró la vista”. Esas, las historias que nunca serán. Aunque ya hayan sido.
(*) Vivir para contarla, Gabriel García Márquez, Alfred A. Knopf, Borzoi Books, Nueva York, 2002.