BAILO TREGUA Y BAILO CATALA

FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

El asunto se percibe temprano en la mañana. Es un pequeño vértigo que hace cascabeles sin saber por qué, que sin saber por qué descubre relámpagos en el bigote de la gata. Hay un extraño ángulo agudo entre el sabor del té y la luz del sol que brilla entre las hojas de los árboles. Hoy, las palabras no dicen lo que saben decir. La palabra acantilado no dice acantilado. Dice catala, y baila tregua y baila catala, mientras llega la hora del café y el azul del cielo pierde la inocencia de la mañana y se hace profundo. Todo lo cual se dice por decir, porque hoy a ese extraño ser que escribe le ocurre no ser el mismo ser de cada día, le ocurre ser recuerdo feliz o fragmento de circunstancia o silla o sílaba. Y siendo eso lo que es y lo que debe decir, se sabe entonces que es necesario romper lo muchas veces dicho y aprendido. “Otra vez este y su cantaleta”, pensarán algunos y seguirán de largo. Pero no. Esta vez no habrá cantaleta porque por la ventana entra una rara luz, y el río brilla a lo lejos, y más lejos el mar.

Bailo tregua y bailo catala. Ante todo tregua. Hoy voy a pasar de largo por la maraña de los corredores que me cuentan que la Fiscalía le abrió a monseñor José Luis Serna un proceso penal como “auxiliador de la guerrilla”. No me preguntaré si ese fiscal es el mismo que le dio libertad al cerebro de un grupo paramilitar, llamado Marulanda, o el mismo que entorpeció la investigación que iba a descubrir el nudo de crímenes atroces manejado en la jurisdicción de Rito Alejo del Río. Para qué voy a dañar el desayuno. De manera que también dejaré de lado la noticia del asesinato de Tirso Vélez, un activista de izquierda candidato a la gobernación del Norte de Santander, y hombre admirable por su incansable trabajo a favor de la paz. Sé, como todos, que Tirso Vélez no será un muerto más en la lista interminable de quienes han dado su vida por Colombia, y que el crimen de que lo hicieron víctima los paramilitares golpeará la conciencia colectiva y terminará por convertirse en una bandera. Pero ya hablaré de él mañana, porque hoy es un día para leer en García Márquez que alguna vez hubo un país que se llamó Colombia, el cual quedaba, extrañamente, en un sitio llamado Barranquilla. De manera que no voy a hundirme en nuevas tragedias y en más desolaciones. Regreso a mi sonrisa (debo reconocerlo, ya algo estereotipada), y golpeo con las yemas de los dedos sobre la mesa. La música aún me habita. El ritmo traduce que Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía. ¿Entonces? Entonces nada. Que mañana será otro día, día de cantaleta, pero que hoy trataré de que sea otra cosa, que no me toque el secuestro de Luz Marina Robayo, líder campesina del Meta y militante de la Unión Patriótica, a manos de un grupo de paramilitares. Y si eludo ese secuestro y el de otros miles de colombianos, ¿por qué habría de inquietarme el hecho de que el presidente de la República proponga, diez días antes de la desmovilización (en apariencia frustrada) de mil de los 18 mil paramilitares, que los colombianos nos hagamos los de la vista gorda porque si queremos la paz es necesario perdonar los delitos atroces? Hago un esfuerzo supremo por conservar la calma, y me digo que no repetiré un argumento que ya he esgrimido varias veces, según el cual la extrema medida de perdón y olvido, que se aplicó en 1958, sólo produjo el afianzamiento de la hecatombe. Es posible que algún día me refiera a esa estupidez, que sólo puede caber en una cabeza de chorlito (o, para ser exactos, en dos cabezas de chorlito), pero no será hoy, porque el nacimiento de la tarde conserva íntegro el esplendor de la mañana y no voy a discutir precisamente ahora si esa decisión tiene nombre propio y busca que los colombianos olvidemos que Carlos Castaño es el más sanguinario de los asesinos que ha asolado al país, que el origen de su poderío militar se remonta a la defensa del narcotráfico, y que las peores masacres que se hayan cometido jamás en América Latina fueron ejecutadas por sicarios bajo su mando. Y no lo hago porque no. Porque no voy a amargarme un día en el cual me apresto a dar una larga caminata por la playa, hablando con mi mujer de todo lo que fue nuestra vida en común, que estuvo llena de encantos y de encantamientos y que fue generosa así haya resuelto volverse cada vez más estrecha y mezquina. Y como en la otra mesa me espera la historia de Flora Tristán y de Gauguin, puedo sacarle el cuerpo al despido de Fabio Castillo, el jefe de investigaciones de El Espectador, que constituye un violento atropello del gobierno y del Grupo Bavaria contra la libertad de prensa. Pero luego me hundo, sin poder evitarlo, en la denuncia del pueblo guahíbo contra el batallón Navas Pardo al mando del coronel Alberto Padilla, que desde el 5 de mayo comete asesinatos, torturas y violaciones contra el resguardo de Betoyes, sin que los indígenas encuentren ninguna defensa en las autoridades del Arauca contra las autoridades del Arauca. Y me descalabro de una vez por todas en la angustia de cuatro mil indígenas wiwas, que huyen ahora mismo hacia la Sierra Nevada acosados por los paramilitares, luego de que el 20 y el 21 de abril cuatro helicópteros y un avión, que no pudieron identificar, los ametrallaron y bombardearon sin misericordia.

Termina el día. Pero el pequeño gracioso vértigo de la mañana, que me llevó a pensar en bailar algo de tregua y algo de catala, se convierte sin saber por qué en esta desolación, en estas lágrimas.