El señor de las moscas
TANTAS IDAS Y VENIDAS…

Fernando Garavito
jotamosca@hotmail.com

Una de las razones del ejercicio político es la eficacia. También lo es la ética, pero ese es otro cantar. Un ejercicio político ineficaz podrá convertirse, si tiene las condiciones para ello, en un divertimento intelectual o académico, o en un espectáculo, pero, perderá su real importancia. El buen político (que por lo general es un hombre horrible), logra lo que se propone. En nuestro día a día hay innumerables ejemplos que señalan la validez de este aserto. Pensemos en Ernesto Samper. Los malabares que hizo para sostenerse en la Presidencia lo muestran como un extraordinario político. Ético o corrupto, no importa. Veraz o mentiroso, tampoco. Pero fue eficaz. Tremendamente eficaz. Entre tanto sus contradictores, que eventualmente pudieron tener razón, fueron torpes hasta el ridículo. Su ineficacia se mide en el hecho de que no hicieron mella en un barco herido que naufragaba en mitad de una tormenta. Si disponían de las pruebas suficientes para acabar con el “narco gobierno”, como ellos lo llamaban, ¿por qué no lo hicieron? Las respuestas podrían ser múltiples. Yo me contento con decir que Valdivieso y Frechette y todos los demás que ahora son los renovados amigos del expresidente, fueron ineficaces.

Eso ocurrió esta semana en el debate al ministro Londoño. Los indicios del testaferrato con las acciones de Invercolsa eran significativos. Pero los congresistas que promovieron la citación se contentaron con un opaco lucimiento personal de quince minutos. Ver a la senadora Córdoba recitando una de las fábulas infantiles de Pombo para desbaratar a un gato bandido, fue risible. Hubo, claro está, argumentos lúcidos y cargas de profundidad. Pero todo eso se convirtió en un fuego de artificio. Si el debate se hubiera planteado dentro de los términos adecuados, si se hubiera demostrado (como podía demostrarse) que el mar de corrupción en el que nada el ministro es el mismo en el que el presidente y su embajador en Washington y su consejero económico hacen piruetas olímpicas, Londoño sería hoy ex ministro y estaría en la cárcel, mientras que las demás personitas de este gobierno de mentirijillas enfrentarían una situación comprometida. Pero no. El debate se fue por el camino de lo conocido y sólo sirvió para que ese malabarista de la cuerda floja ventilara en público una serie de calidades que no tiene. Porque el ministro no es ese individuo honorable y mesurado que promete acompañarnos hasta el 2006. No. El ministro es un triste testaferro. Eso es todo. Los senadores que hablaron bonito, buscaron aplausos y “robaron cámara”, le prestaron al país un flaco servicio. Un debate eficaz hubiera precipitado la salida de Londoño por la puerta de atrás, que es lo único que merece. Pero la senadora Córdoba se limitó a demostrarnos que es versada en poesía infantil, y el senador Robledo que es un hombre ilustre que domina a las mil maravillas el universo económico, y el senador Serrano que es un auténtico experto en el tema del petróleo, y ninguno de ellos se preocupó por meter al testaferro de marras en el escabroso terreno del Código Penal, ni ninguno logró despeinar a un individuo que invariablemente actúa en el límite entre lo lícito y lo ilícito. En una palabra, fueron ineficaces. Y de ineficaces, más que de buenas intenciones, está empedrado el infierno.

Este pobre Congreso ya no es, siquiera, un sobreviviente de sí mismo. Hubo una época en que los debates conducían a algo. A Luis Guillermo Giraldo, coautor del escandaloso “robo a Caldas” y hoy embajador ante las Naciones Unidas, no lo dejaron posesionar como ministro de Justicia del presidente Barco dos discursos en los que otros tantos senadores hicieron un recuento de sus actividades ilícitas. En ese caso la ineficacia fue parcial, porque Giraldo no pasó directamente a la cárcel, como correspondía. Y años atrás, una sola pregunta formulada en muy pocas palabras por un senador que a la postre resultó vinculado a las mafias del narcotráfico, logró que Víctor Renán Barco, ministro de Justicia del presidente López, pusiera pies en polvorosa. “¿Es usted –le preguntó el senador– el mismo Víctor Renán Barco a quien el Tribunal de Manizales condenó por un delito contra la ética profesional?”. El ministro no contestó. Se limitó a salir del salón y a presentar su renuncia. Fíjense ustedes: ambos, Giraldo y Barco, políticos de Caldas y ambos ministros (o casi ministros) de Justicia. Como Londoño: político de Caldas y ministro (o casi ministro) de Justicia. Pero Londoño sale indemne porque los promotores del debate se contentaron con hacer perfiles frente a las cámaras de televisión. Y en esto de los perfiles hay que reconocer que él se hace mejor el blower.

Sólo se requería una prueba. Los senadores no la aportaron. Según parece, la época de los grandes sabuesos pasó a la historia. No se trataba, claro está, de convertir al Congreso en una instancia judicial. Se trataba de haber puesto en evidencia una circunstancia dolosa. ¿Existe esa circunstancia? Claro que existe. Pero todo esto se convirtió en la comedia de las equivocaciones. Y es ridículo, por decir lo menos, que el debate sólo haya servido para que un individuo mañoso y escurridizo, salte a la mitad del ruedo y cite de nuevo al toro. “Ahora sigamos con lo del Banco del Pacífico –desafió–. En ese asunto nos gastaremos otras seis horas”.

No. En ese asunto y en el de Invercolsa y en el del metro de Medellín y en el de la persistente labor que este salvaje y sus compañeros de aventuras han adelantado contra el país, no nos gastaremos las pocas horas de un debate. En esos y otros asuntos similares, que han enriquecido ilícitamente a unos delincuentes de cuello blanco que posan de moralistas, de rectos y de patriotas, Colombia se gasta su vida entera. Poco a poco el cáncer que nos aqueja muestra toda su dimensión. Nuestra tarea, sobra decirlo, es la de extirparlo para siempre de la faz de la tierra.