El señor de las moscas
EL ESLABÓN PERDIDO
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Tanto tiempo buscándolo, por Java o por Pekín (cuando era Pekín), confundiéndolo, y confundiéndonos, con el Australopithecus Africanus, para al fin de las cansadas venir a enterarnos de que el eslabón perdido estaba ahí, en la embajada de Colombia en Washington, y que pertenecía a una especie varias veces clasificada como insignificantus morenensis, o enanus sordidus. Porque ese extraño especimen, Luis Alberto Moreno, es el eslabón. No queda ninguna duda.

Los sabuesos encargados de rastrearlo encontraron hace poco un indicio importante de su existencia en la oficina del Ecuador ante el FMI. Allí se dieron de manos a boca con un prófugo de la justicia, Jorge Emilio Gallardo Zavala, ministro de Economía de ese país en el gobierno de Gustavo Noboa, quien, como presidente de la Junta Directiva del Banco del Pacífico, constituyó de manera irregular un fideicomiso por 78 millones de dólares a favor de los accionistas, con el propósito de que pudieran recuperar su inversión. Ese hecho llevó a la Corte Suprema de dicho país a dictarle un auto de prisión preventiva. Pero, según ocurre con frecuencia entre nosotros, el auto se le notificó cuando estaba en los Estados Unidos. De manera que él hizo un escándalo, habló de pedir asilo, y resolvió permanecer fuera del territorio. Y le fue bien. Porque el principal beneficiario de sus actividades dolosas, el embajador de Colombia, Luis Alberto Moreno, le consiguió un empleo amparado por visa diplomática: director por el Ecuador en el Fondo. En ello, claro está, el gobierno de Noboa –y ahora el de Gutiérrez– actuaron,, por lo menos, de manera imprudente. Lo que no importa. Porque lo que importa es que Gallardo cometió un “presunto” delito al que estuvo vinculado Moreno como presidente del Banco, lo que no impidió que uno y otro conservaran su calidad de diplomáticos (y en el caso de Moreno de diplomático ratificado), y se burlaran olímpicamente de la justicia.

De todo este enredo, que termina en el robo de millones de dólares pagados en impuestos por los colombianos, comienza a hablarse ahora con mayor libertad. Ya hay, por lo pronto, el capítulo de un libro escrito por Germán Castro, y una nueva investigación publicada en El Espectador por Fabio Castillo. ¡Asombroso! Hasta no hace mucho, se trataba de un tema vedado. El Grupo Bavaria decidió prescindir de mi columna en El Espectador cuando hice en ella un resumen del caso. Pero los hechos son tozudos. En el recuento de Castro se enumeran algunos de los asuntos sobre los cuales yo di en su oportunidad ciertas puntadas: tomando de aquí y de allá varios elementos, digamos que Moreno, Luis Fernando Ramírez y Moisés Jacobo Bibliowicz crearon la filial latinoamericana de un fondo gringo, el WestSphere, a través de la cual compraron los bancos Andino y del Pacífico; que los convirtieron en el paraíso de los autopréstamos; que las dos entidades fueron otros tantos eslabones (¿perdidos?) de una misma cadena; que en la segunda hicieron partícipes del “negocio” a individuos sin escrúpulos, vinculados a la política, como Fernando Londoño y Rodrigo Lloreda; que, mediante triquiñuelas, lograron captar alrededor de 140 millones de dólares en el pago de impuestos, que desviaron hacia Miami y las islas Caimán; que manipularon a Fanny Kertzman, directora de Impuestos, y a Sara Ordóñez, superintendente bancaria, para que se hicieran las de la vista gorda con el fin de poder culminar su tejemaneje; que terminaron por convertir en cómplice necesario al ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo; que, a través de Kertzman, distrajeron la atención de los perjudicados interponiendo demandas contra un banco donde debían demandar al otro; y que todavía siguen manejando los hilos de ese tinglado, con el fin de lograr que uno de los más grandes robos que se haya cometido jamás en Colombia, quede impune. ¡Y con sus autores en las embajadas! ¡Y en los ministerios! ¡Y quién sabe en que otros sitios de la administración, con banda terciada al pecho y banda en las oficinas!
No nos llamemos a engaño: detrás de empleados como Londoño, que salen bien librados de los informes con los que se pretende señalarlos (“ninguno de los préstamos violó el Estatuto Financiero”, “el dinero se recuperará gracias a la garantía firmada por el gobierno del Ecuador”, “seamos serios…”), y detrás de los beneficiarios como el mismo Londoño (¡que obtuvo allí el préstamo para comprar las acciones de Invercolsa!), está en cualquier época Luis Alberto Moreno. Aunque no se le mencione. Y no sólo está sino que seguirá estando. Porque, en efecto, la solicitud de extradición que formula Colombia para que Nicolás Landes, el ecuatoriano propietario del Banco Andino, prófugo en Miami, sea detenido y remitido al país con el fin de que responda por sus delitos, tiene el propósito de acabar de enredar la madeja. Si no es así, ¿a qué viene que la extradición sea pedida por el viceministerio de Justicia, que depende de Londoño? ¿Y por qué será el embajador en Washington, Luis Alberto Moreno, quien se encargará de adelantar los trámites ante los Estados Unidos? ¿Y por qué no se menciona para nada al Banco del Pacífico? ¿Y a qué se debe que “el gobierno de la moralización”, que, según parece, es este de ahora, guarde absoluto silencio?


En todo eso se ve la mano siniestra (que es demasiado diestra), del eslabón perdido. Landes llegará a Colombia, si es que llega, y la justicia lo pondrá en libertad por falta de pruebas. Como a un jefe paramilitar de apellido Marulanda, que luego de su extradición, estuvo en la cárcel 48 horas mientras el señor de la cara de yo no fui lo declaraba inocente. Y, en el entretanto, el caso del Banco del Pacífico, con informes o sin informes, con sentencias o sin ellas, se perderá definitivamente en el olvido.

¿Podrá Moreno provocar este nuevo descalabro? ¿Logrará lanzar una nueva cortina de humo sobre sus actividades irregulares? No se pierda, aquí mismo, la continuación de esta apasionante aventura.