El señor de las moscas
QUIÉN CANTA AQUÍ
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

El señor vicepresidente de la República ha vuelto a hablar. Y como siempre ha dicho lo que debía decir, como lo debía decir, como se pensaba que lo debía decir. Porque el señor vicepresidente de la República es un caso aparte, lo que no quiere decir (pero casi quiere decir), un caso clínico.

Si acá nos diéramos cuenta de lo que tenemos, el señor vicepresidente de la República sería objeto de una atención especial, de tal manera que podría ser besado por las reinas de belleza, y entrevistado por el doctor Yamid y el doctor Arizmendi, y alzado en hombros, y reverenciado por todas y por todos. Pero no, porque en este país nadie da un ardite por un alma de cántaro, por una inocencia de primera comunión, por una castidad de san José, por una simplicidad de bobo del tranvía, de loca Margarita, de Pachito eché. No entiendo cómo ni por qué los medios dejan de lado a este ejemplar único, a este laboratorio de verdades, a esta falta de trastienda, a esta inocencia infantil. El señor vicepresidente de la República, claro está, tiene figura de cotorra y habla como una de ellas: sin pensar. Además, digámoslo con franqueza, no se distingue por su sagacidad, no brilla por su inteligencia, no sobresale por su rigor. Aunque suene ingenuo decirlo, es lo más parecido al padre Marianito: todo pureza, todo candor. Pero es precisamente ahí donde es tremendamente útil para los fines de la oposición… ¡si aquí hubiera oposición! Si aquí hubiera oposición, ella andaría detrás del señor vicepresidente de la República con un micrófono, una grabadora y una libretica de mano. Porque es en esas almas de cántaro que sólo se dan de vez en cuando (el padre Marianito, el psiquiatra de la ternura, Scooby Doo), donde está la verdad.

Los medios (o esas cosas a las que en Colombia les dicen medios) sostienen que el señor vicepresidente de la República no es interesante porque, según parece, se la pasa solitario en su despacho jugando solitario, y no sabe qué decir, ni cómo lo debe decir. ¡Pues, precisamente! Porque si no sabe qué decir ni cómo lo debe decir, terminará diciendo lo que debe decir, que es, cualquiera lo comprende, lo que no se debe decir. De manera que el señor vicepresidente de la República va por ahí, hablando, y sin querer queriendo comprueba que este gobierno es este gobierno (¿Bouvard? ¿Pécuchet?). En una palabra, diciéndole pan al pan y al vino, vino, sin sonrojarse, sin arrepentirse, sin atemorizarse, es más, sin darse cuenta, el señor vicepresidente pasará a la historia junto a los otros personajes típicos de este país de personajes típicos, el doctor Gabriel Antonio Goyeneche Corredor, Sabitas Pretelt, Julito Sánchez, el doctor Pachito Santos. Pero, ¡qué digo! ¡Si el doctor Pachito Santos es el señor vicepresidente de la República! ¿O no? Yo no estoy definitivamente seguro de que el doctor Pachito Santos sea Pomponio quiere queso. Pero bien puede ser.

Como sea: el señor vicepresidente de la República habló. Y dijo. Y lo que dijo lo dijo en la FM el 4 de marzo. Cuando se le preguntó por la seguridad de los periodistas en Arauca, contestó: “El comisionado de paz se va a reunir esta semana con las autodefensas, y esperamos que ellas les brinden protección”. Para que no quede ninguna duda sobre la transcripción exacta que hace de la frase el “Observatorio de la Civilidad”, que se demoró un mes largo en comprobarla palabra por palabra, la repito: “El comisionado de paz se va a reunir esta semana con las autodefensas, y esperamos que ellas les brinden protección”. De inmediato rectificó: “No, no, perdón”. Pero ya estaba dicho. De manera que, según el señor vicepresidente de la República, son los paramilitares, léase los peores criminales de este país, quienes deben proteger a los colombianos indefensos. Como siempre, nadie dijo nada porque aquí nadie dice nada. Ni siquiera El Tiempo, hizo un editorial. Claro que el señor vicepresidente de la República es el dueño de El Tiempo. Pero eso no quiere decir nada. Nada quiere decir.
El señor vicepresidente de la República es un auténtico tesoro. Antes de su elección, reconoció en un reportaje que se llevó casi un cuadernillo del periódico donde era jefe de Redacción, que entre narcotraficantes y guerrilleros él prefería a los narcotraficantes. Por eso, supongo, está en Palacio. Y luego, el 4 de marzo, dijo lo que se dice aquí. Y, por último, el 20 del mismo mes, le pidió a Estados Unidos “un despliegue similar al de Iraq” para Colombia. Tres frases que lo muestran de cuerpo entero, y que, de pasada, muestran de cuerpo entero al gobierno. Como en los juicios que el señor de la cara de yo no fui jamás saca adelante, el señor vicepresidente de la República dice acá la verdad y nada más que la verdad. ¿Para qué más?
En materia de lenguas este gobierno es una maravilla. El coronel Naranjo, el de Cali, no dijo sólo lo que dije que dijo la semana pasada. Dijo más. En torno a los “allanamientos voluntarios” que en su momento predicó el tontarrón de Mockus, sostuvo que “consideraremos antisociales a aquellos que no nos abran las puertas de su casa y los pondremos en observación oficial, con el fin de establecer qué clase de conducta esconden”. Eso, me dice Alberto Villamizar (el nuestro), es lo verdaderamente grave. Y lo es.
Pero volvamos a nuestro hilo conductor. Según el señor vicepresidente de la República, la defensa de los ciudadanos de este pobre país de pacotilla, de este pachito de medio pelo, está en manos de Castaño y su banda de facinerosos. Aunque lo dijo una de las más prominentes autoridades del Estado, todo el mundo se dedicó a hablar de Juanes. ¡Qué muchacho! ¡Qué lujo! ¡Cómo canta! Sin darse cuenta de que aquí, el que canta no es Juanes. El que canta de verdad, verdad, es el señor vicepresidente de la República. ¡Qué Juanes ni qué ocho cuartos!