El señor de las moscas
LLEVADOS DEL DIABLO
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

El país está en mora de emprender un gran debate sobre la información. Esto no quiere decir que no esté también en mora de hacer un gran debate sobre las ideas, sobre la cultura, sobre la ética, sobre la política, sobre el gobierno, sobre la economía, sobre las relaciones internacionales, sobre la educación, sobre el modelo de desarrollo. Todo ello: cultura, ética, política, economía, gobierno, se refleja necesariamente sobre el conflicto. Pero nosotros nos hemos acostumbrado a irnos por los cerros de Ubeda, como se decía antiguamente, cuando las cosas tenían ese clásico sabor de los clásicos castellanos. Nuestros sucesos son tan vertiginosos que sólo nos permiten apreciarlos en la confluencia de un resultado caótico. De ahí que el conflicto se haya convertido en ese hecho macizo que no se puede abordar de ninguna manera. Él va a acabar con lo poco que queda de Colombia, sin que posiblemente lleguemos a ver jamás quién o quiénes están entre bastidores. Para lograrlo, el camino más expedito sería el de examinar lo que ocurre en torno a los medios. Planteemos entonces una primera hipótesis relacionada con ellos: en Colombia no hay información. Veamos un solo ejemplo. Me cuenta Jorge Escobar que en el Noticiero CVN de Tele Pacífico, el coronel Óscar Naranjo anunció el 27 de marzo que la Policía Metropolitana de Cali había iniciado un programa de “Allanamientos Voluntarios”. ¿Allanamientos voluntarios? Ninguno de los periodistas que rodeaban al comandante planteó la posibilidad de que los allanamientos no lo fuesen y ninguno lo interrogó sobre la forma como podía armonizar en una sola frase esa, en apariencia, absoluta contradicción. De manera que el oficial señaló que los operativos llegarían a la impresionante cifra de medio millón, de los cuales, a raíz de la visita que había hecho a la ciudad esa persona a la que le dicen “presidente de la República”, ya se habían efectuado quinientos en dos de los barrios aledaños a la base aérea Marco Fidel Suárez. El noticiero se limitó a prestarle los micrófonos al coronel para que hiciera su anuncio. No interrogó, no mostró los operativos, no preguntó a los vecinos si en realidad habían dado su consentimiento para que sus viviendas fueran ocupadas, sus pertenencias examinadas y sus hijos atemorizados por un despliegue de fuerza que viola los derechos humanos más elementales. Fresco como una lechuga, el coronel sostuvo que el propósito de la Policía era el de lograr que los vecinos se conocieran entre sí. Nadie recibió la afirmación con una carcajada. Es más, supongo que nadie se atrevió a esbozar siquiera una sonrisa. Pues bien: si todo eso es cierto, el país está llevado del diablo.

Y en el desfile hacia el infierno nadie dice nada, nadie pregunta, nadie protesta, nadie grita, nadie da un golpe sobre la mesa. Sólo para mí, así nadie lo oiga en ninguna parte, este es mi estruendoso, mi desolado golpe sobre la mesa. Ahora, sólo utilizo esta expresión de la arbitrariedad revestida de formas en que se ha convertido el ejercicio del poder en Colombia, para señalar cómo en el país no hay información. Según lo explicó Kapuscinski, ella se convirtió en una mercancía que se vende al mejor postor. Sobra anotar que en una sociedad primitiva como la nuestra, el mejor postor es el gobierno. Por eso cuando los empresarios manejan a su amaño a los medios, e informan como les viene en gana lo que les viene en gana, y manipulan como quieren a Yamid y a Julito y a sus otras marionetas, y convocan foros para analizar si en Colombia hay o no libertad de prensa, y concluyen que “se enfrentan algunos problemas” pero que sustancialmente la hay, y oyen el apagado discurso de esa persona a la que llaman “presidente de la República”, en el que dice exactamente lo contrario de lo que hace, cuando todo eso ocurre, digo, lo que hay allí es una asociación delictiva entre el vendedor y el comprador del producto de moda, la información. Las noticias, los hechos, las realidades palpables, la descarnada verdad, son asuntos que no tienen ningún oficio en un mundo donde la conciencia de cada cual forma parte de la espesa compraventa de hoy en día. No intuyo bien qué reflexiones se hagan las estrellas mediáticas que dominan nuestro firmamento doméstico al terminar su jornada de trabajo, pero si conocen su oficio, es posible que no puedan dormir. Porque allá, en el fondo de su conciencia sabrán que con cada cheque que reciben pagado por los propietarios, o, peor, por las que deberían limitarse a ser sus fuentes, cometen una traición a sí mismos, pero ante todo a quienes constituyen la única razón de ser de su trabajo: los usuarios de los medios.

De tal manera, el problema no es el de la libertad de prensa que, según los empresarios, se cumple a cabalidad en Colombia. Para ellos, la libertad de prensa es su libertad de empresa. Pero para los demás, el problema real es la falta de información. Porque para decir lo que hoy dicen nuestros medios, para mostrar ese sitio de algodón azucarado donde de vez en cuando se enreda una mosca, para ponerle cortapisas a una realidad de oprobio y ser los corderos que demanda un sistema macabramente diseñado para una guerra sin fin, sólo se necesitan silencio y obediencia. La libertad no es un absoluto. Y esa libertad que nos quieren vender el régimen y sus cómplices, es la que les conviene: por ejemplo, la necesaria para convencernos de que en Colombia los allanamientos son voluntarios y se hacen para que nos conozcamos mejor. Como lo explicó Arnheim (y en ello sigo a Kapuscinski), ver no es comprender. Ni leer. Ni oír. Digámoslo de otra manera: la gran tarea de la información es hacer comprender. Y para ello se requiere algo tremendamente simple: que haya un intangible que comienza a desaparecer en el mundo entero. Un intangible esencial que se llama información.