El señor de las moscas
RICITOS DE ORO HACE EL OSO
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Hasta el momento el gobierno de Uribe (o esa cuadrilla a la que le dicen “el gobierno de Uribe”) había demostrado su torpeza, su intemperancia, su extremismo, su iniquidad, inclusive su ramplonería, pero no había hecho el oso. Pues bien, esta semana corrigió esa falla, y lo hizo como le gusta: en grande. Si a la declaración presidencial de que “no vamos a dejar solos a nuestros aliados”, Carlos Duque pudiera añadirle unas cuantas goticas de himno nacional, si en la parte de atrás del escenario, el doctor Pachito Santos, encargado de la utilería, colgara uno de esos trapos tricolores a los que alguna vez le dimos el nombre de bandera, y si la banda municipal que antes de que entrara en funciones la nueva ministra vallenata se llamaba Orquesta Sinfónica, lanzara al aire esas dos estruendosas notas que le señalan a los no iniciados el final del espectáculo: tan–tán, el más divertido de los animales de la selva entraría para siempre a nuestro zoológico. De cualquier manera los tres osos de Ricitos de Oro: el oso grande, la osa mediana y el oso chiquito, están tratando de abrirle campo, como sea, al oso gigantesco que les trajo de la mano su excelencia. Y que Ricitos de Oro, una señora colombo–norteamericana que en este momento ocupa la Cancillería, se haya dedicado a estudiar con tanto ahínco la forma como se meterá en la boca ese cucharón lleno de sopa. La cosa no es tan fácil. El cucharón es demasiado grande, la sopa está muy caliente, y Ricitos está cansadísima (aunque no se sabe bien si es la abuelita del Interior la que está cansadísima de ella), de modo que quiere irse a probar la cama pequeña, la cama mediana, la cama grande y, ahora, la cama gigantesca en que podrá dormir un rato mientras le llega la hora de salir corriendo.

Pero me desvío. Lo cierto es que nuestro inefable señor de las pestañas hizo el oso en materia grave, y, lo que es peor, involucró al país en ese episodio ridículo. Ya se ha señalado que con el apoyo a la guerra en Iraq (no a la guerra de Iraq, como dicen por ahí), la posición internacional del país queda seriamente comprometida. Al calificar la “Declaración de las Azores” como “un significativo aporte para enfrentar la seria amenaza que representa para la paz y la seguridad internacionales el continuado incumplimiento de Iraq de las resoluciones del Consejo de Seguridad”, el gobierno entró de lleno en la peligrosa teoría de la guerra preventiva. Esa es una posición insostenible. Que los Estados Unidos o la Gran Bretaña se lancen por la calle del medio, violen la normatividad internacional y atropellen a los pequeños, podría explicarse dentro de la iniquidad que parece apoderarse del mundo a pasos gigantescos. Pero que lo haga Colombia, que tiene la vocación de convertirse en una de las próximas víctimas de esa doctrina, es, por decir lo menos, absurdo.

En todo esto hay algo de las actitudes corrientes de las hienas. Después de que las grandes bestias sacian su hambre con los cadáveres de sus víctimas, las hienas se acercan sigilosamente a los despojos que quedan, para aprovechar una que otra piltrafa. Nuestra política internacional, tan elogiada en estos días por tiros y troyanos, no es más que eso. Con razón o sin ella, con el aval de la comunidad de las naciones o sin él, con precisión en los argumentos o con simples emotividades, nosotros hemos sido siempre el pequeño muñeco de un ventrílocuo. Por ahí ronda todavía el lamentable recuerdo de nuestra posición frente al conflicto de las Malvinas. O el desangelado papel que hemos desempeñado con persistencia alrededor de las erguidas posiciones de Cuba. Porque, ¿no fue Colombia la que se atravesó con su candidatura de última hora para que la isla no obtuviera la representación del continente en el Consejo de Seguridad, a la que tenía pleno derecho? ¿Y no fue ese lamentable empleado de Colombia, Valdivieso, quien hace poco entregó documentos reservados de las Naciones Unidas a la delegación norteamericana? La posición internacional de Colombia es una vergüenza. De ahí que no sea extraño que gobiernos insignificantes, como este, se sumen a la “coalición de los voluntarios”, donde ni siquiera están (¡ni siquiera están!) esas islitas acomodaticias del Caribe

Nuestra política exterior, escribe horrorizado un funcionario de la Cancillería, es “alucinante”. Se trata de “volver a Colombia un blanco potencial del terrorismo fundamentalista”. Y no es él, el único que señala que el país pagará caro su solidaridad con el agresor de Iraq. Por lo pronto, “la posibilidad de una participación viable de la ONU en la resolución de nuestro conflicto interno queda por supuesto descartada”. Pero hay otros escenarios. Uno: si actuamos dentro de una mínima coherencia, tendremos que abandonar de inmediato el grupo de Países No Alineados que alguna vez presidimos. Dos: ¿qué pasará con el colombiano tembleque y gris que preside la OEA? ¿Qué papel podrá jugar esa Presidencia en un continente que, aparte de tres vergonzosas excepciones: Colombia, Nicaragua y El Salvador, se mostró distante y digno? Y tres: ¿funciona todavía ese “oscuro objeto del deseo” que se llama Comisión Asesora de Relaciones Exteriores? ¿Creerán allá, como dijo Ramírez Ocampo, que “Colombia ha roto una tradición jurídica que la ha ennoblecido por muchos años”? Quizá sí, porque toda esa gente vive de una catarata de palabras vacías.

Alrededor de este incidente el régimen de Uribe ha mostrado al mundo entero lo que es: un sindicato empresarial agresivo e irrespetuoso, que como cualquier grupo al margen de la ley actúa por fuera de las normas jurídicas, que es indiferente ante el atropello a los derechos fundamentales, y que sigue sometido al más fuerte por su falta de carácter y por su cobardía. Con este apoyo, la cuadrilla que gobierna a Colombia acaba de firmar la sentencia de muerte de Colombia. Nada más. Nada menos.