El señor de las moscas
LA PATRIA
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

En estos días se oye hablar con enorme frecuencia de la patria. Las dos sílabas llenan la boca de los soldados y de los políticos, de los reporteros de guerra y de los empresarios de la muerte, de las novias abandonadas en su soledad y en sus quehaceres y de los estudiantes a quienes se les pone como tarea regresar por un momento a los héroes y a su circunstancia. En todos esos discursos, en esas palabras vacías que se dicen a partir de un compromiso, en ese punto de referencia hecho de colores y de himnos marciales, se busca devolverle a algo que es sólo emoción, su chaleco y corbata de concepto. No. La patria no es lo que quisieron hacer de ella los intérpretes del Manifiesto. Mucho menos ese sórdido esperpento en uniforme sobre el cual se basaron todos los nacionalismos para justificar sus crímenes. La patria es precisamente aquello que no pueden quitarnos los teóricos, aquello que persistió tercamente a lo largo de setenta interminables años del siglo XX, y que comenzó a recuperar terreno a partir de las inconsistencias de los nazis y del stalinismo. Y, sin embargo, es esa patria del paso de ganso y del saludo ridículo la que ahora vuelve por sus fueros, la que comienza a dibujarse como un oprobio más en un mundo de oprobios, la que se alega antes de sentirse, y se esgrime como una cárcel o como una amenaza. Esa patria de los herrajes y de las medallitas, del nudo de víboras de Franco y de Salazar y de los ridículos papagayos latinoamericanos, es la que vuelve a las marchas y a las declaraciones. Hoy se habla con demasiada frecuencia de una patria que parece estar hecha sólo de ideas romas y grises, y de corporaciones. Pero no puede ser de esa patria –que es la patria de nadie, construida sobre ametralladoras y vacíos– de la que hable cuando se habla de la patria.

Hubo un tiempo en que la patria llegó a ser de mal gusto, y quienes se referían a ella estaban obligados a medir sus palabras, a calcular el efecto que producían en círculos dedicados al culto de la Internacional y a la exaltación de los valores proletarios y universales. Y sin embargo, en el fondo de los hirsutos marxistas de ese entonces y de su rechazo por los nacionalismos de cualquier pelambre, quedaba siempre el rescoldo de saberse de un solo sitio único en el mundo, y de sentir que algo profundo se revolvía en el ánimo y asomaba en el rostro al oír las hermosas palabras sólo nuestras, al probar los sabores que comenzaban –antes de hacerse pan– en las espigas de la tierra, al ver los verdes irrepetibles de las sabanas y los rojos de los Andes y los amarillos del sol de los venados. Por encima de todos los fastidios y de cualquier esperpento, la patria conservó su acento y su misterio, y permaneció como una heredad a la que nadie renuncia, a la que nadie puede renunciar sin ponerse en peligro de cometer traición contra sí mismo.
Sería necesario decir entonces que la patria no es sólo un pedazo de tierra rodeado de fronteras por todas partes. Desterrado, Edipo lleva a Tebas como una llamarada sobre su corazón. La odia intensamente pero la ama más intensamente aún y la necesita y la reclama y la exige y le demanda recuerdos y palabras. En el incesante exilio en que convierte su vida, Edipo oye propuestas tentadoras. Los habitantes de Colono, ciudad a la que se ha acercado tal vez para morir, esperan que permanezca en ella y se la dibujan con palabras transparentes y esplendorosas. Creonte le pide regresar, porque “la patria verdadera es aquella donde uno se ha criado”. Pero Edipo es el extranjero. Y sólo se puede ser el extranjero cuando se es la patria, cuando se la lleva en las voces y en las miradas, en las ilusiones y en las angustias. El extranjero es un nómade que lleva la patria a cuestas. Y la patria, en él, nace cada día en su voz, en sus palabras, cuando escribe, cuando piensa, cuando ama, cuando desea.

Ahora mismo, bajo el ulular de las sirenas y la tecnología oprobiosa de las armas, se habla de la patria como de un sitio que debe defenderse. Y allí, sin saber cómo, hemos vuelto a los rancios nacionalismos de otras épocas. Hubo un tiempo en que el discurso político se hacía sobre ese tipo de esquemas. La patria salía entonces a relucir en los momentos más inoportunos y en las voces más ásperas. Hoy, esa patria ad usum está de vuelta. Nadie la quiere, nadie la necesita. Pero se la saca aquí y allá, en las declaraciones de quienes están empeñados en sumir al mundo en una tragedia inenarrable. Hay que defender a la patria contra el enemigo, para lo cual se atraviesan mares y nevados y desiertos inexpugnables y se ataca con fuerza demoledora. “Hoy –dicen los guerreros– nuestras armas tienen una precisión 25 por ciento mayor que hace diez años”. Y todos sienten que la patria está segura en esa tecnología. La patria. Esa patria.
Pero no. En un mundo que dice ser una aldea global, donde el imperio único se inventa falacias para atacar donde le conviene a su propio egoísmo, la patria vuelve por sus fueros y nos hace un solo hombre que defiende con su sola endeble figura de junco pensante el derecho a la vida. Saramago nos lo enseñó. Frente al poder político empeñado en sus pequeños asuntos de cada día, los europeos se levantaron como un solo ser regido por una única consigna: “Todos somos ibéricos”. Hoy todos somos iraquíes. Y en el fondo de nuestra mirada dirigida al desierto, en nosotros brilla la luz de la fe en el destino del hombre. Más allá de la guerra está la patria. Una patria donde cabe la verdad y cabe la justicia.