El señor de las moscas
DESDE SODOMA
FERNANDO GARAVITO
jotamosca@hotmail.com

Si fuera posible hacer una transposición literal de la violencia privada que Sade dibuja en Los ciento veinte días de Sodoma, hacia la violencia pública y demencial que los colombianos protagonizamos cada día, podríamos encontrar que nuestras violaciones, nuestros crímenes y nuestras torturas y agresiones hacen de esa fatigante enumeración de atropellos un devocionario para niños ubicados en el borde angélico de su primera comunión. Porque Sade, con su aparente perversidad, era un libertario dedicado a luchar contra la opresión a través de la ruptura de esquemas y la denuncia de las iniquidades de un poder ejercido con base en el crimen. Sade se planteó conscientemente la necesidad de sacudir a un grupo humano sumido con los ojos abiertos en una inicua miseria, pero no lo logró porque la sociedad a la que se dirigió resolvió fascinarse ante la posibilidad de repetir el esquema. Nosotros, que superamos con creces nuestro modelo, no hemos tenido un Sade que haga la denuncia, pero nuestro proceso ha sido el mismo. Incapaces de reaccionar de manera inequívoca, los colombianos somos hoy una caricatura de la macabra organización que nos gobierna. Si ellos, los del poder, cometen crímenes, nosotros los cometemos peores. Si ellos, los del poder, desfalcan al Estado en gran escala, nosotros robamos y desfalcamos en lo que esté a nuestro alcance. Si ellos, los del poder, secuestran nuestra economía y nos torturan a través de esquemas económicos que no nos permiten levantar cabeza, nosotros secuestramos y torturamos y esgrimimos armas y construimos caletas para cometer nuestros mínimos desafueros y delitos.

El paralelo sadiano entre la violencia privada y la pública, nos llevaría en primer término a precisar dónde está el origen de nuestra tragedia, y luego a plantearnos la imperiosa obligación de reaccionar dentro de un esquema que no sea el que ellos nos imponen. Mientras los de siempre ejercen el poder para su exclusivo beneficio, mientras nos convierten con sus normas en los objetos que parecemos ser, mientras asesinan al país en cada uno de los seres ubicados por debajo de la línea de la pobreza y lo arrasan mediante una legalidad equívoca sobre la cual construyen sus ghettos y sus exclusivismos, mientras nos escupen en la cara un lenguaje que han ideado cínicamente para expresar su distancia (nosotros somos los desechables, los indios, los gamines, y para nosotros está hecha esa sentencia horrenda: “negro ni el Cadillac”, con la que expresan de un solo trazo su condición social, racial y mental), mientras nos torturan en las migajas que nos ofrecen de salud, de vivienda, de trabajo, de educación, de conocimiento, mientras nos someten a las desapariciones forzadas de quienes no somos viables dentro de la economía de mercado en la que ellos juegan de centros delanteros, mientras nos desaparecen a través del manejo macabro de una información sesgada que sólo dice lo que ellos creen que se debe decir, mientras todo eso ocurre y son ellos los que violan el código penal en sus más complejos artículos y luego se postulan para presidentes de la República y los elegimos (¡y los elegimos!), o se hacen necesarios como ministros y magistrados y parlamentarios y embajadores y generales y obispos y empresarios e industriales y comandantes y guerrilleros y narcotraficantes y delincuentes organizados y desorganizados de cualquier laya y cualquier condición, nosotros nos hemos convertido en sus pobres epígonos, y repetimos sus esquemas, y copiamos sus gestos y sus crímenes, e imitamos con nuestro cordobán la sobriedad majestuosa de sus despachos y oficinas, y calcamos sobre nuestras bocas sus rictus de desprecio, y nos odiamos porque ellos nos odian, sin darnos cuenta de que apenas somos unos pobres monigotes de feria con los que se divierten de lo lindo, ¡con los que nos divertimos de lo lindo!

Pero no. Ya es hora de que nos demos cuenta de quiénes somos nosotros y quiénes ellos. Esta semana nosotros somos los que aparecimos enterrados en el Tolima, en una fosa común a orillas del río Magdalena, junto a otros cincuenta cuerpos, entre ellos once de los capturados el 18 de enero por un grupo “autodefensas”. Y nosotros somos los habitantes de la Comuna 13, que fuimos muertos y heridos en un comienzo por las fuerzas regulares del Ejército, y nosotros los que vemos ahora, aterrorizados, cómo el control de la zona “recuperada” cae en manos de los paramilitares, y nosotros los que asistimos, impotentes, al asesinato sistemático, a la tortura y la mutilación y al fusilamiento de quienes, según los criminales, simpatizan con movimientos de izquierda. Pero no somos nosotros los que esta semana terminamos con un delincuente común de la peor condición, la “etapa exploratoria” de un diálogo que va a legitimar sus crímenes contra la humanidad: en ese caso son ellos los que hablan con ellos. Y no somos nosotros los asesinos de los treinta seis líderes indígenas que han muerto desde el comienzo del año, que El Tiempo publica como la más insignificante de sus noticias: son ellos, los mismos, los que los han asesinado. Y no somos nosotros los que, sin saber por qué, desde el 14 de febrero bombardeamos sin pausa los territorios de los cabildos indígenas del norte del Cauca: son ellos, los mismos, los que los bombardean. Y no somos nosotros quienes manejamos la política de Ecopetrol, que le regala el gas de la Guajira a la Chevron y se inventa un pozo gigantesco en Gibraltar para lograr que la Oxy regrese triunfante al territorio sagrado de los U’was, de donde fue expulsada en su momento con cajas destempladas: son ellos, y sólo ellos, los que andan en esos malos pasos. Y no somos nosotros los que amenazamos de nuevo a la población inerme de Puerto Lleras, y la obligamos a desplazarse una vez más, mientras organizamos balaceras intimidatorias en las inmediaciones. Esos no somos nosotros: esos son ellos, sólo ellos.

Nosotros y ellos. En nuestra tarea de precisar quiénes somos, es importante saber que no todos nosotros somos nosotros, pero que todos ellos sí son ellos.