QUE SU MERECIDA CONDENA SEA UN EJEMPLO, NO UNA EXCEPCIÓN

POR OCTAVIO QUINTERO


N
o deja uno de conmoverse con la sentencia impuesta al exministro Andrés Felipe Arias, el joven economista, uno de los más brillantes de su época, cuyo prematuro fin profesional y político termina, de momento, prófugo; y en el futuro inmediato, muy probablemente tras las rejas.

Conmueve lo de Arias desde la debida solidaridad con la tragedia humana, porque lo suyo es una tragedia personal, familiar y política, independientemente de la causa; y, tampoco deja uno de relacionar su caso de corrupción con otros casos tan o más graves que el suyo que no avanzan en la investigación correspondiente ni terminan, cuando terminan, con la drástica y ejemplar sanción que se le impone al exministro.

Que no suene a defensa del exministro lo dicho atrás, porque de lo que se trata aquí es de poner su caso como ejemplo de justicia contra la corrupción; contra tanto ladrón de cuello blanco que se pasea por los despachos públicos nacionales, departamentales y municipales, incluyendo los mismos ámbitos judiciales, a sus anchas; a ciencia y paciencia y a sabiendas de las autoridades, inclusive con su misma complicidad…

Todos sabemos tanto de que ello es así, que los ejemplos abundan: el carrusel de la contratación en Bogotá y por analogía los carruseles de contrataciones en todas las ciudades y pueblos de Colombia, porque si algo prende fácil, como verdolaga en playa, es el mal ejemplo; el robo a la DIAN cuya denuncia, al parecer y por paradoja, cobró como víctima al propio director que tuvo que salir corriendo del cargo y del país, amenazado de muerte; la corrupción de Rubiales, la petrolera anfitriona de periodistas de postín junto al hijo del presidentes Santos; la corrupción política implícita en la mermelada que mana desde la propia casa presidencial o en los cupos indicativos asignados a los parlamentarios que terminan siendo utilizados a su discreción; el robo a la salud, con el señor Palacino a la cabeza, expatrón del actual fiscal general, cuyo delito, en cuantía, puede ser 10 veces superior al de Arias y, en lo social, incalificable e imperdonable; la corrupción que ahora se ventila en cabeza de la contralora Morelli o la que de tiempo atrás se sindica al procurador Ordoñez; la corrupción en Antioquia que involucra al "impoluto" gobernador Fajardo con el Banco de Colombia o la de otro "impoluto" como Petro con su ahora repudiada familia en Bogotá.

Y siga cada quien sumando casos a la lista de la corrupción presente en todas partes y en todos los escenarios de la vida pública y privada del país. Si la pena impuesta al exministro Arias no fue, a más de jurídica con sabor político, a uno si le gustaría ver detrás de cada caso de corrupción a un juez como la magistrada, María del Rosario González, de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, dictando pronta y debida justicia por parejo, a tirios y troyanos, porque en Colombia, a la hora de robarse el Estado, no hay diferencias políticas ni de ninguna otra índole: "todos a una, como en Fuente Ovejuna".

18 de julio 2014.