NI SE VA NI LO ECHAN

POR OCTAVIO QUINTERO


A
parte del carácter innato que acompaña a todos, la misma responsabilidad que se tenga en determinado momento como funcionario público o dirigente del sector privado, imprime carácter.

La línea que separa el carácter de la arrogancia es tan fina como grande es la diferencia entre uno y otro: carácter es la fuerza y elevación de ánimo natural de alguien; la arrogancia es el ánimo pendenciero y soberbio de alguien a quien el docto vulgo ve como con los humos en la cabeza.

El ministro de Agricultura, Rubén Darío Lizarralde tiene mucho de soberbia y poco de carácter.

Creyó en principio que porque lo habían nombrado ministro podía manejar el Ministerio como a Indupalma: eso fue arrogancia.

En poco tiempo se le ha demostrado que es un pícaro, y el presidente Santos le ha pasado por encima, pidiendo el retiro del Congreso de su proyecto bandera sobre los baldíos, denunciados por el senador del Polo, Jorge Enrique Robledo, como artimaña para tapar la usurpación de tierras por parte de grandes empresas agroindustriales.

Vencido en el debate por el senador Robledo y desautorizado por el presidente Santos, el ministro Lizarralde no ha renunciado: eso es falta de carácter.

Podría considerarse que cuando una persona no tiene carácter, y fuera de eso es soberbia, es problema suyo… Ello sería válido si y solo si esa persona es un Don Nadie que para nada afecta a otros…

Pero no parece prudente que el Ministerio de Agricultura de Colombia este en manos de un arrogante falto de carácter porque sus decisiones afectan a 47 millones de personas.

No solo porque ofendió al senador Robledo, y no solo porque miente en lo de los baldíos, debiera separarse del cargo sino, principalmente, porque una persona de este talante, es un peligro para el país.

Fin de folio. "Yo no renuncio, y si me echan, no acepto", simpática frase de los periodistas de la vieja guardia". Otra: "Detrás de toda renuncia irrevocable hay una súplica irreversible".

25 de noviembre de 2013.