¡AJUSTE Y AUSTERIDAD!

POR OCTAVIO QUINTERO


Los términos más temidos en el lenguaje socioeconómico de los neoliberales debieran ser "ajuste" y "austeridad", que se ponen de moda tras las bonanzas económico-financieras, como la última del petróleo y los metales, (que en Colombia se llamó la locomotora minera), cuyas utilidades, casi por completo, son capturadas por los grandes inversionistas aupados en las empresas multinacionales.

En antes, en el lenguaje económico se hablaba de "destorcida" y de "recesión". Ahora no; ahora se dice "ajuste económico", y de inmediato se agrega el plan de austeridad. Pero la austeridad no es para los que se beneficiaron de la bonanza; estos, que además tienen el control de los precios por exceso o defecto de la oferta, aseguran bien sus utilidades en inexpugnables paraísos fiscales, por lo general.

Al momento de hablar de ajuste y austeridad se da comienzo al recorte presupuestal en aquellos renglones más sensibles y, paradójicamente, de menor resistencia social: servicios públicos de salud y de educación y al sistema de seguridad social y de pensiones; se sigue con las privatizaciones de lo que queda de patrimonio estatal y finalmente se acude a la reforma tributaria.

Las reformas tributarias son más de lo mismo: más impuestos indirectos que, paradójicamente también, son los que golpean directamente a las clases más indefensas de la población. El IVA, por ejemplo, hace que el precio de una botella de leche sea el mismo para el que gana un escaso salario mínimo al día, a quien gana 100 salarios mínimos en el mismo tiempo. Y todavía hay teóricos neoliberales que se visten de frac al decir que "lo que es igual para todos, no es ventaja para nadie".

Mientras las socorridas "reformas tributarias estructurales" no ataquen la redistribución del ingreso bajo la premisa social de "dar tratamiento desigual o desiguales", siempre los ricos serán más ricos y los pobres más pobres; y esto ya no es arenga de mamertos sino cruda realidad: en Estados Unidos, por ejemplo, el 1% de los más opulentos acumula ingresos equivalentes al 90% del resto de los norteamericanos, y eso que allá se tiene una redistribución (41,1%) mejor que en Colombia (53,5%), medida por el Índice de Gini.

Los tiempos modernos no nos traen "prosperidad para todos", como reza el slogan del gobierno Santos. Por ejemplo, el avance tecnológico está dejando a mucha gente sin oficio. Las máquinas están reemplazando mano de obra por montones, especialmente la mano menos calificada. Ahí encontramos otra paradoja de la vida moderna: mientras los ricos incrementan sus ganancias mediante el reemplazo de trabajadores por máquinas, los trabajadores se quedan sin ingresos provenientes de su mano de obra. Es decir, lo que debe esperarse en el transcurrir de pocos años, es que la brecha de pobreza se amplíe más, en la medida en que más máquinas reemplacen a la gente. ¿Qué podría hacerse desde un punto de vista tributario equitativo? Gravar la producción de esas máquinas proporcionalmente a la mano de obra que reemplazan y trasladarle ese ingreso tributario a la gente que en virtud de las nuevas tecnologías van quedando sin empleo. Si no, llegará un momento en el tiempo en que mucha gente será desechable, pues, si no tienen nada que hacer en el mundo laboral, nada tendrán que hacer en el mundo consumista: ¡sobrarán en un lado y en otro!

Fin de folio: podríamos apostar a que la cacareada "reforma tributaria estructural" que se anuncia, nada contemplará de esto: ni mayores impuestos a los ricos como reemplazo de no más impuestos a los pobres, ni un tributo nuevo como sería el impuesto a la tecnología que reemplaza mano de obra.

7 de agosto de 2016.