NO SE DEJEN DESCRESTAR

POR OCTAVIO QUINTERO



Científicamente se ha advertido que el polígrafo solo mide el estado anímico de la persona sometida a la prueba, y jamás podrá precisar si sus respuestas son ciertas o falsas, y por eso, el resultado no puede ser usado como prueba sólida de nada. Una persona, supremamente nerviosa, pero muy honrada, puede arrojar un resultado contradictorio, y viceversa: un frío mentiroso, puede engañar al aparato.

A propósito, el vicepresidente de Colombia, Vargas Lleras acaba de anunciar, voz en cuello, que todos los funcionarios públicos bajo su mando (Invías, ANI, Aeronáutica y Minvivienda), es decir, los del feudo que le tiene adscrito el presidente Santos para la caza de votos con vistas a sus aspiraciones presidenciales, serán sometidos al detector de mentiras en procesos de licitación. El Vice espera que la medida "se vuelva una constante para todas las entidades que participan en el desarrollo de la infraestructura nacional".

Y también el presidente Santos, preguntado qué tan útil era el polígrafo, lo calificó como uno de los mejores instrumentos para blindar a las instituciones contra la corrupción, y consideró que el solo anuncio de someter al polígrafo a los ahijados políticos de Vargas Lleras, generaba la confianza de que "aquí nadie se está robando un peso".

No está bien que las dos primeras autoridades públicas del país se expresen así de un instrumento que, si se toma en serio su definición científica como apenas un medidor de cambios físicos que jamás podrá precisar si una respuesta es cierta o falsa, viene a quedar en lo que realmente es… un detector de mentiras, tan solo porque no es capaz de detectar la verdad.

Y sin necesidad de acudir al polígrafo, podemos ver que, en sus declaraciones, el Pre y el Vice le están metiendo al país una mentira más sobre la fementida lucha que libran contra la corrupción.

Más a propósito, según el informe de la Coalición Mundial Contra la Corrupción, Colombia ocupa un lugar indeseable, el 94, entre 175 países evaluados en una escala de corrupción que va de 0 a 100, en donde cero es lo más corrompido y cien lo impoluto.

En esa escala, el puntaje de Colombia es de 37, algo que nos dice mucho más que su puesto de 94, porque se podría considerar que si delante de uno hay 80 más "a mal de muchos consuelo de tontos", como dicen.

En reciente informe de la "Agencia del Inspector de Tributos, Rentas y Contribuciones Parafiscales" (ITRC), entidad creada para apaciguar el escándalo de la DIAN tras la revelación de un robo continuado en su momento (2011), de más de 300.000 millones de pesos, se dice que al cabo de tres años y pico de funcionamiento han llegado a su conocimiento 191.000 denuncias de corrupción en solo tres dependencias estatales a su cargo: la DIAN, la Unidad de Gestión Pensional y Parafiscales (UGPP) y Coljuegos.

Bueno, tampoco se requiere polígrafo para ver el tamaño de la corrupción en Colombia, si se posa una mirada panóptica sobre el resto de la administración pública, empezando por el mismo sector de justicia, siguiendo con los entes de control y vigilancia (Fiscalía, Procuraduría y Contraloría) pasando por la política y aterrizando en el omnímodo poder local que han desarrollado los gobernadores y alcaldes…

La prueba del Polígrafo (o detector de mentiras) es lo mismo que el Parche de León sobre un cáncer. Hay que hacer algo más: agilizar la carrera administrativa; cultivar la meritocracia; desmontar los cotos de caza políticos y los burocráticos, como el del mismo Vice… Pero ante todo, reformar la justicia, atrapada ella misma en una escandalosa corrupción de la que solo corrupción puede emanar… Por eso estamos como estamos.

15 de julio de 2015.