El encuentro entre Simón Bolívar y Pablo Morillo, una mirada crítica

Simón Bolívar y Pablo Morillo

POR FRANK D. BEDOYA M. /

En algunos escenarios académicos y políticos se ha querido dar una trascendencia mayor al encuentro entre el Libertador de Suramérica y el “Pacificador” español ocurrido el 27 de noviembre de 1820 en Santa Ana de Trujillo, Venezuela, donde se firmó el tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra, también conocido como el Armisticio de Trujillo. Si se hace una lectura más serena, debemos enunciar que allí se escenificó un teatro de cordialidad que develaba la victoria de Bolívar sobre un general español que ya iba en retirada. Como lo dijo Bolívar, ésta simplemente fue una “comedia diplomática”.

Durante la estancia de Bolívar en la villa de Bucaramanga, en el año 1828, el francés Luis Perú de Lacroix transcribió un testimonio de Bolívar sobre aquella famosa entrevista. La evaluación que hizo Bolívar sobre este hecho es categórica y vale la pena recordar hoy este juicio completo:

“Que mal han comprendido y juzgado, algunas personas, de aquella celebre entrevista. Unos no han visto por mi parte ninguna mira política, ningún medio diplomático y solo el abandono y la vanidad de un necio; otros solo la han atribuido a mi amor propio, al orgullo y a la intención de hacer la paz a cualquier precio y condiciones que impusiera la España. ¡Que tontos o que malvados son todos ellos! Jamás, al contrario, durante todo el curso de mi vida pública, he desplegado más política, más ardid diplomático que en aquella importante ocasión; y en esto puedo decirlo sin vanidad, creo que ganaba también al general Morillo, así como lo había ya ganado en casi todas mis operaciones militares. Fui en aquella entrevista con una superioridad, en todo, sobre el general español; fui además armado, de cabeza a pies, con mi política y mi diplomacia bien encubiertos con una grande apariencia de franqueza, de buena fe, de confianza y de amistad, pues es bien sabido que nada de todo esto podía tener yo para con el Conde de Cartagena, y que tampoco ningunos de aquellos sentimientos pudo inspirarme en una entrevista de algunas horas: apariencias y todo esto, es lo que hubo porque es de estilo y de convención tacita entre los diplomáticos, pero ni Morillo, ni yo fuimos engañados sobre aquellas demostraciones; solo los imbéciles lo fueron, y lo están todavía. El armisticio de 6 meses que se celebró entonces y que tanto se ha criticado, no fue para mí sino un pretexto para hacer ver al mundo que ya Colombia trataba como de potencia a potencia con España: un pretexto también para el importante tratado de regularización de la guerra que se firmó tal, casi, como lo había redactado yo mismo: tratado santo, humano y político que ponía fin a aquella horrible carnicería de matar a los vencidos; de no hacer prisioneros de guerra; barbarie española que los patriotas se habían visto en el caso de adoptar en represalias: barbarie feroz que hacía retroceder la civilización; que hacía del suelo colombiano un campo de caníbales y los empañaba con una sangre inocente que hacía estremecer a toda la humanidad. Por otra parte, aquel armisticio era provechoso a la Republica y fatal a los Españoles: su ejército, no podía aumentar sino disminuir durante dicha suspensión: el mío por el contrario aumentaba y tomaba mejor organización: la política del general Morillo nada podía adelantar entonces en Colombia, y la mía obraba activamente y eficazmente en todos los puntos ocupados todavía por las tropas de dicho general. Hay más aun, el armisticio engañó también a Morillo, y lo hizo ir para España y dejar el mando de su ejército al general Latorre, menos activo, menos capaz y menos militar que el Conde de Cartagena: esto ya era una inmensa victoria que me aseguraba la entera y pronta libertad de toda Venezuela, y me facilitaba la ejecución de mi grande e importante proyecto, el de no dejar un solo Español armado en toda la América del Sur. Digan lo que quieran los imbéciles y mis enemigos, sobre dicho negocio: los resultados están en mi favor. Jamás comedia diplomática ha sido mejor representada que la del día y noche del 27 de noviembre del año 20 en el pueblo de Santana: produjo el resultado favorable que había calculado para mí y para Colombia, y fue fatal para la España. Contesten pues a esto los que han criticado mi negociación y entrevista con el general Morillo; y que no olviden que en las aberturas de paz que se hicieron hubo, sin embargo, de parte de los negociadores colombianos un sine qua non terminante por principal base; es decir el reconocimiento previo de la Republica: sine qua non que nos dio dignidad y superioridad en la negociación”. [1]

Después de esta lección de política, poco suma a la conmemoración de este episodio, hablar de un resultado más allá de lo que sirvió en ese determinado contexto histórico, que fue el reconocimiento de una nación libre. Bolívar además de ser un gran guerrero, fue un gran diplomático y un gran político. Esta última virtud poco reconocida y valorada por sus contemporáneos que, después de lograda la independencia, tergiversaron y traicionaron sus ideas políticas. Paradójicamente, fue Pablo Morillo (y no Francisco de Paula Santander, ni José Antonio Páez, por solo mencionar los más cercanos que luego lo traicionaron) quien dejó un juicio posterior de Bolívar más acertado:

«Nada es comparable a la incansable actividad de este caudillo. Su arrojo y su talento son sus títulos para mantenerse a la cabeza de la revolución y de la guerra; pero es cierto que tiene de su estirpe española rasgos y cualidades que le hacen muy superior a cuantos le rodean: él es la revolución». [2]

Sin recargar los hechos del pasado con símbolos postreros, quizá sea más adecuado recordar el episodio de este encuentro con la bella prosa que hay en una de las últimas biografías que se ha realizado sobre Simón Bolívar, la obra: Bolívar. Libertador de América de Marie Arana:

“En ese momento histórico, Bolívar cabalgaba en una mula fuerte, iba acompañado de un puñado de hombres y llevaba el vestido de un humilde soldado. Morillo, por otro lado, avanzaba en un caballo magnifico, luciendo un uniforme adornado con lentejuelas y condecoraciones, y acompañado por cincuenta de sus mejores oficiales y regimiento completo de húsares. […] A medida que se acercaban el general Morillo quiso saber cuál de los hombres a caballo era Bolívar. Cuando O’Leary lo señaló, el español exclamó: “¿Cómo? ¿Aquel hombre pequeño de levita azul, con gorra de campaña y montado en una mula?”. Pero, apenas lo dijo, Bolívar ya estaba frente a él. Los generales desmontaron y se abrazaron efusivamente. Sus palabras fueron cordiales, cálidas, llenas de respeto y de la admiración que solo los rivales más enconados se pueden tener. […] Se hicieron innumerables brindis por el fin de las hostilidades y el futuro de las relaciones entre España y América. […] En últimas, la hora avanzada puso fin al intercambio, pero los generales decidieron que incluso la caída de la noche no los separaría. Colgaron las hamacas en la misma sala, se dieron las buenas noches y durmieron a pierna suelta, tal vez compensando, como lo describió un cronista, las muchas horas de insomnio que se habían causado el uno al otro”. [3]

En el encuentro de Santa Ana en Trujillo más que un armisticio -que reitero debe estudiarse en el contexto de su época y limitarse al escenario puntual del fin de la guerra- lo que se dio fue el encuentro entre la gloria política de un hombre que representó la dignidad y la libertad de un continente, con un militar derrotado, cruel en su tarea de “pacificación” que representó a un imperio que llegaba a su fin.

Notas

[1] Simón Bolívar citado en: Luis Perú de Lacroix, Diario de Bucaramanga, edición del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información de la República Bolivariana de Venezuela, 2009, páginas 156-159.  En esta edición citada se ha reproducido la trascripción exacta de aquellos manuscritos con la grafía de la época, pero acá, para facilidad del lector moderno, se ha corregido la ortografía sin alterar el texto original.

[2] Pablo Morillo citado en: Mario Hernández Sánchez-Barba, Simón Bolívar. Una pasión política, Editorial Ariel, 2004, p. 162.

[3] Marie Arana, Bolívar. Libertador de América, Editorial Debate, 2019, páginas 333-335.

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