"LOS SINDICATOS TIENEN QUE HACER UN GRAN ESFUERZO PARA REPENSARSE": JUAN CARLOS MONEDERO


Juan Carlos Monedero


AGENCIA DE INFORMACIÓN LABORAL (AIL)

La gente joven no sabe qué es estabilidad ni un convenio colectivo de trabajo, y los sindicatos tienen que saber dar soluciones a esta nueva realidad laboral, es decir, a la precariedad y a las condiciones que la acompañan. Van a tener que reinventarse como un encuentro de articulación política y social, donde el puesto de trabajo sea uno de los elementos, pero también la vivienda, el acceso al ocio.

Juan Carlos Monedero, uno de los líderes del Movimiento de Los Indignados en España, y co-fundador del Partido Podemos, del cual es su principal ideólogo, estuvo recientemente en Colombia, invitado por la Corporación Viva la Ciudadanía y la Universidad Pedagógica Nacional, donde dictó dos conferencias, que tituló: "Las transiciones políticas", y "Conversación de política urgente".

Monedero es un destacado politólogo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense, ensayista y autor de varios libros. El más reciente "Curso urgente de política para gente decente", editado en 2013.

A pesar de la enorme repercusión y los logros que Podemos ha tenido en la política europea de los últimos años, como una propuesta de izquierda moderna, en Colombia se conoce poco de este partido, incluyendo el sector sindical.

Por eso la Agencia de Información aprovechó la visita de Monedero a Bogotá para conversar con él sobre diversos tópicos. En la entrevista se refiere al avance de Podemos en España, al proceso de paz en Colombia, a la vigencia del sindicalismo en el mundo actual y la necesidad que este tiene de repensarse para lograr una mayor incidencia en las relaciones laborales y en la vida política.

¿Qué es Podemos, señor Monedero, qué ha logrado en sus cortos años de vida? ¿Cómo consiguió recoger el inconformismo en España?

Podemos no hubiera existido si previamente no se hubiera producido el movimiento de los indignados, el 15-M. Es un movimiento que repitió algo que invariablemente ha pasado en España en momentos de crisis: que las clases medias y los sectores populares se encuentren. Ocurrió en la crisis de 1929, que se expresó en el surgimiento de la Segunda República de 1931; ocurrió después de la muerte de Franco en 1975, cuando clases medias y populares se juntaron para buscarle una salida al franquismo; y ocurrió luego de la crisis de 2008, con el surgimiento del movimiento de los indignados, las manifestaciones y acampadas que empezaron el 15 de mayo de 2011.

Podemos es la expresión de la necesidad de que no fueran las mayorías quienes pagasen la recuperación de le tasa de ganancia de un sector económico que se había comportado de manera depredadora. El modelo neoliberal, que es una sociedad donde todos tenemos que ser empresarios de nosotros mismos y vivir la vida como si fuéramos empresas individuales en competencia unos con otros. Cuando fracasa, hace una cosa muy perversa, y es que intenta solventar los problemas aplicando más de la medicina que nos mata. Eso generó un profundo enfado social y el movimiento de Los Indignados no trajo respuestas sino preguntas. A la política le preguntó: ¿por qué no me representas? Y a la economía le preguntó: ¿por qué me tratas como una mercancía si soy un ser humano? O sea que coincidieron dos cosas mágicas: por un lado, repolitizó a la gente desafecta de la política, de los partidos, interesada solo en el consumismo, en el fútbol; gente que de repente empezó a preocuparse por la política. Y en segundo lugar, construyó un relato alternativo, donde la culpa no es de los inmigrantes, de las izquierdas, los sindicatos, sino de unos sectores banqueros responsables de la crisis.

En ese contexto decidimos crear un partido político diferente, sobre todo porque el Partido Popular y los socialistas nos habían traicionado. Y también porque el partido Izquierda Unida, que era una posibilidad, se había contentado con lo que le daban las encuestas y había renunciado a incorporar a sus listas a gente que venía de la sociedad civil. Aprovechamos que había unos 6 o 7 millones de españoles que no tenían partido ni a quién votar, y teníamos una persona conocida en la televisión y los medios de comunicación, Pablo Iglesias, quien de alguna manera expresaba la necesidad de una ciudadanía que quería justicia popular frente a unos medios y unos periodistas que insistían en que estaba lloviendo cuando en realidad nos estaban era meando. Decidimos poner en marcha una formación política, nos presentamos a elecciones, tuvimos el 8% de los votos, o sea unos 5 millones de votos, 72 diputados y logramos ser la segunda fuerza política en España.

Colombia termina un conflicto de más de 50 años con las Farc. ¿Cuál es su visión del proceso de paz y cuáles las transiciones políticas que cree usted se plantean en torno a este proceso?

En los últimos 15 años hubo dos países en dirección contraria a los gobiernos de cambio que se estaban dando en América Latina, como en Argentina, Brasil, Ecuador, Venezuela, Bolivia. Esos dos países son México y Colombia, con realidades terribles ambos, "narcoestados" con una clase política estructuralmente corrupta, que impedía el cambio. Existía la convicción de que mientras hubiera violencia no podían surgir fuerzas progresistas, porque la violencia justificaba el voto conservador, el voto del miedo. El proceso de paz me parece una salida inteligente. Tanto el Estado colombiano como la guerrilla se dieron cuenta de que no iban para adelante ni para atrás, del desgaste fuerte que tenían. El proceso de La Habana fue un esfuerzo enorme, espectacular. Tuve la fortuna de ser invitado por las Farc y por el Gobierno colombiano, de reunirme con ambos sectores. Me sorprendieron gratamente los motivos de las Farc y su voluntad de construir la paz, su capacidad política, su lectura del momento histórico de América Latina y el mundo. Y me pareció sincera la gente del gobierno, como Naranjo, Humberto de la Calle. Son cosas que desde fuera parecían imposibles porque lo habíamos simplificado: los unos son fascistas y los otros "narcoguerrilleros". Te das cuenta que las cosas son más complejas. Creo que hubo cierta precipitación con lo del plebiscito, que tristemente se perdió, pero después con inteligencia se ha retomado.

Continuando con el tema de las transiciones políticas, ¿cómo fue la de España?

En España hay que diferenciar la transición, del relato sobre la transición. En el relato quedaron fuera de foco los que realmente hicieron la transición, porque el General Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en la calle. De 1974 a 1979 fue el periodo de mayor conflictividad laboral en la historia de España. La democracia no la trajo el rey Juan Carlos ni Felipe González sino la gente que peleó para evitar que el franquismo continuara su rumbo. En la transición española, más allá de la correlación de fuerzas se dio una correlación de debilidades. El franquismo no tuvo fuerza para continuar, pero sí tuvo fuerza suficiente para evitar la ruptura; y la oposición tuvo la fuerza para evitar que el franquismo continuara, pero no la tuvo para conseguir la ruptura. Al final hubo un acuerdo, una reforma pactada, en un país que cometió errores. España se acostó franquista y se levantó demócrata. Cuando se habla de transición a la democracia se presupone que se transita hacia una democracia que ya está dada, y ese es un error. Los Indignados han cuestionado esa democracia, porque no tiene sentido transitar a una democracia que fortalece las desigualdades, que entrega el bienestar de los trabajadores, una sociedad estratificada. Hay que establecer hacia qué democracia se quiere transitar. En ese sentido, es importante establecer el marco del relato. El problema de las Farc es que les queda difícil que su relato venza el que construye el gobierno, e incluso el que construye Álvaro Uribe. Por eso es importante una tarea pedagógica que corresponsabilice a toda la ciudadanía, no es un asunto de las élites. No puede ser que las víctimas en Colombia se burocraticen, que sean representadas por ONG que impiden la empatía. El proceso de paz en Colombia va a avanzar cuando la empatía sea la que rija el proceso.

El sindicalismo promueve el derecho de asociación como respuesta al neoliberalismo y para construir democracia. ¿Es realmente el sindicalismo la vía hacia esos dos objetivos? O sino, ¿qué le haría falta?

Los sindicatos, los partidos políticos, las universidades, los periódicos, son instituciones del siglo XIX y del XX. En el siglo XXI se están quedando rezagados. Estas instituciones se han mostrado incapaces de dar respuesta a las nuevas realidades. En el caso de los sindicatos, creo que hay un cambio radical en las condiciones laborales. La fábrica ha desaparecido, la estabilidad laboral está desapareciendo, en Europa la duración media de un empleo no llega a 3 meses, y así es prácticamente imposible que el sindicato tenga el mismo lugar que tuvo en el siglo XX. La gente joven no sabe que es estabilidad ni un convenio colectivo de trabajo, y los sindicatos tienen que saber dar soluciones a esta nueva realidad laboral, es decir, a la precariedad y a las condiciones que la acompañan. Van a tener que reinventarse como un encuentro de articulación política y social, donde el puesto de trabajo sea uno de los elementos, pero también la vivienda, el acceso al ocio. Tiene que advertir que si antes la condición laboral cubría las necesidades de las personas, ahora no cubre nada. Es lo que explica la decadencia de los sindicatos. Éstos tienen que repensarse, sin miedo, porque siguen siendo herramientas esenciales, el principal freno a los intentos neoliberales de regresar a las condiciones de trabajo del siglo XIX. Esa decadencia constante de los sindicatos no deja de ser triste, tienen dificultades para hacer valer sus reivindicaciones, y al mismo tiempo tienen menos fuerza. Es por tanto una espiral decadente que va llevándolos hacia la irrelevancia. No se va necesitar que prohíban los sindicatos, sino que ellos mismos van a ser incapaces de brindar soluciones. Como conclusión yo, modestamente, plantearía que los sindicatos tienen que hacer un gran esfuerzo para repensarse, tan relevante como el de los partidos políticos.

Bogotá, mayo de 2017.